Calm

Chapter 9: El mejor amigo de Samuel escondía la última pieza del secreto familiar y Abigail tuvo que decidir si podía confiar en su madre

Abigail dejó caer la carta sobre la mesa cuando leyó el nombre.

—No —susurró—. Él no puede ser.

Richard, que acababa de regresar de Durango con Eleanor y Thomas, se sentó frente a ella.

—¿Lo conoces?

Abigail asintió lentamente.

—Nathaniel Cole ha sido amigo de mi padre desde que tengo memoria. Venía a cenar a nuestra casa. Me regaló un libro cuando cumplí doce años. Cuando mi abuela murió, fue uno de los hombres que cargó su ataúd.

Miró nuevamente el nombre.

—¿Cómo puede estar involucrado en todo esto?

Eleanor, sentada junto a la chimenea, cerró los ojos.

—Porque Nathaniel no es solamente el socio de Samuel. Es el hombre que ayudó a ocultar el nacimiento de su tercer hijo.

Margaret, que había permanecido de pie cerca de la ventana, se llevó una mano a la boca.

—Dios mío.

Abigail la miró.

—¿Tú sabías algo?

Su madre negó rápidamente con la cabeza.

—No sabía que existía otro hijo. Te lo juro.

Eleanor respiró hondo antes de continuar.

—Hace muchos años, Samuel tuvo una relación con una mujer llamada Clara Cole. Era hermana de Nathaniel. Cuando Clara quedó embarazada, Samuel prometió reconocer al niño, pero después desapareció y negó que fuera suyo.

Richard apretó los puños.

—¿Otro hijo al que abandonó?

—Sí. Pero esta vez Nathaniel intervino. Convenció a Clara de que Samuel jamás las aceptaría y se ofreció a criar al niño como si fuera suyo.

Thomas frunció el ceño.

—¿Por qué haría eso?

Eleanor lo miró con tristeza.

—Porque Nathaniel siempre quiso controlar el negocio maderero de los Pierce. Si lograba convertirse en el tutor del niño y mantener oculta su verdadera identidad, podría utilizarlo algún día para reclamar una parte de la herencia.

Daniel, que estaba junto a la puerta, se cruzó de brazos.

—¿Y qué pasó con Clara?

—Murió cuando el niño era pequeño. Nathaniel lo crió bajo su apellido y le enseñó a odiar a Samuel. Durante años, nadie supo que el muchacho era hijo de mi esposo.

Richard se levantó.

—¿Quién es?

Eleanor miró directamente a Abigail.

—El nombre que aparece en la carta es el de un hombre que todos conocen en Silverton. Un hombre que ayudó a Samuel a preparar la transferencia de la herencia.

Thomas tomó la carta y revisó la última línea.

Su rostro se endureció.

—Nathaniel Cole.

—No —dijo Abigail—. Él es el tío.

Eleanor negó con la cabeza.

—Nathaniel es el hombre que lo crió. Pero el nombre del hijo aparece debajo.

Thomas leyó la anotación.

Después levantó la mirada.

—Benjamin Cole.

Abigail sintió que la habitación se inclinaba.

Benjamin era el administrador del aserradero. Un hombre tranquilo, de unos cuarenta años, que había trabajado para la familia durante casi dos décadas.

Siempre había tratado a Abigail con amabilidad. Cuando ella era niña, le enseñó a llevar las cuentas del negocio y le explicaba cómo se medía la madera antes de venderla.

Cuando su abuela enfermó, Benjamin había sido uno de los pocos hombres que la visitaron con regularidad.

Abigail nunca había sospechado que pudiera tener algo que ver con el plan de Samuel.

—¿Benjamin sabe quién es su padre? —preguntó.

Eleanor asintió.

—Lo descubrió hace años. Nathaniel se lo contó cuando empezó a necesitarlo para manejar los documentos del negocio. Benjamin aceptó colaborar porque creyó que, si conseguía la herencia, podría demostrar que era más capaz que Samuel y Richard.

Richard soltó una risa amarga.

—Otro hombre que quiere cobrar una deuda que no tiene nada que ver con nosotros.

—No es tan sencillo —respondió Eleanor—. Benjamin fue educado para creer que los Pierce le debían una vida mejor. Nathaniel le prometió que, cuando obtuviera el control de la propiedad, lo convertiría en socio principal.

Abigail miró a sus gemelos.

Samuel dormía tranquilamente en su cesta, mientras Grace se había quedado dormida contra su hombro.

—¿Y qué quiere Benjamin de mí?

Eleanor bajó la voz.

—Que desaparezcas de los registros. Mientras tú sigas viva, no puede reclamar la parte de la herencia que Nathaniel le prometió.

Abigail apretó la manta alrededor de Grace.

—Mi padre me arrojó a la nieve para que Benjamin pudiera quedarse con lo que me pertenece.

Thomas asintió.

—Eso parece. Pero ahora tenemos documentos que pueden demostrar la conspiración.

—Entonces debemos entregarlos a las autoridades.

—Lo haremos. Pero hay un problema.

El abogado señaló uno de los libros de cuentas.

—Los registros muestran que Benjamin lleva años firmando documentos en nombre de Samuel. Si conseguimos demostrar que conocía la falsificación, podremos establecer su participación. Sin embargo, necesitamos que alguien confirme que él sabía que Abigail estaba viva antes de presentar la declaración de muerte.

Richard se volvió hacia Eleanor.

—¿Tienes pruebas?

La anciana abrió su bolso y sacó una carta.

—Benjamin me visitó hace cuatro meses. Me dijo que Samuel estaba preparando una transferencia de la propiedad y que necesitaba que yo firmara una declaración en la que reconocía a Richard como único heredero.

Richard frunció el ceño.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque sabía que era mentira. Le dije que no firmaría nada sin consultar con Thomas. Entonces me amenazó.

La voz de Eleanor tembló.

—Dijo que, si no cooperaba, nunca volvería a ver a Richard. Poco después, Nathaniel me trasladó a la residencia donde me encontraron.

Abigail sintió un escalofrío.

—¿Benjamin fue quien te encerró?

—No lo sé con certeza. Pero estuvo allí el día que me llevaron. Y no hizo nada para ayudarme.

Richard apretó la mandíbula.

—Entonces también tendrá que responder por eso.

Thomas guardó la carta.

—Mañana presentaré una solicitud para que se investigue formalmente la participación de Benjamin. Pero necesitamos actuar con cuidado. Si descubre que Eleanor está libre, podría intentar destruir los documentos que conserva.

Daniel se puso de pie.

—Puedo ir al aserradero esta noche y comprobar si alguien está sacando papeles de la oficina.

Abigail negó con la cabeza.

—No quiero que vayas solo.

—No voy a entrar. Solo revisaré desde afuera.

Richard se acercó.

—Yo iré contigo.

Daniel lo miró con desconfianza.

—¿Estás seguro?

—Benjamin puede reconocerme. Si está allí, quiero verlo a la cara.

Eleanor tomó la mano de su hijo.

—No hagas algo de lo que después te arrepientas.

Richard le besó los dedos.

—No voy a lastimarlo, mamá. Pero tampoco voy a permitir que siga destruyendo vidas.

Aquella noche, mientras Daniel y Richard vigilaban el aserradero, Abigail se quedó en la cabaña con Ruth, Margaret y Eleanor.

Por primera vez desde que había sido abandonada en la tormenta, tenía a su madre y a su abuela política —la mujer que había sido como una madre para Richard— compartiendo el mismo techo.

La situación parecía absurda.

Dos mujeres que habían sufrido por las mentiras de Samuel estaban sentadas frente al fuego, intentando decidir qué hacer con el futuro de sus hijos.

Margaret preparó café y colocó una taza frente a Eleanor.

—No espero que me perdones por haber callado —dijo—. Pero quiero que sepas que lamento no haber tenido el valor de enfrentar a Samuel antes.

Eleanor sostuvo la taza entre las manos.

—Yo también tuve miedo durante muchos años. No sé si habría sido más valiente en tu lugar.

Margaret levantó la mirada.

—Abigail no me ha perdonado.

—No tiene por qué hacerlo ahora.

La respuesta fue suave, pero firme.

Margaret asintió.

—Lo sé.

Abigail había escuchado la conversación desde la cama.

Una parte de ella quería levantarse y abrazar a su madre. Otra recordaba con demasiada claridad el momento en que la había visto alejarse en la carreta.

No sabía cómo reconciliar esas dos imágenes.

Margaret podía haber tenido miedo.

Pero Abigail también lo había tenido.

Y aun así había tenido que sobrevivir sola.

Ruth se sentó junto a la joven.

—No tienes que decidir esta noche qué lugar tendrá tu madre en tu vida.

Abigail acarició el cabello de Grace.

—¿Y si nunca puedo volver a confiar en ella?

—Entonces tendrás que aprender a vivir con esa verdad. Pero no permitas que la culpa de otra persona se convierta en una obligación para ti.

Abigail miró a su madre, que seguía sentada junto al fuego.

—Quiero que mis hijos conozcan a su abuela. Pero no quiero que aprendan que amar a alguien significa permitirle hacerte daño.

Ruth sonrió con tristeza.

—Entonces tendrás que enseñarles con tus decisiones.

Antes de que Abigail pudiera responder, alguien llamó a la puerta.

Tres golpes rápidos.

Después, silencio.

Daniel había dicho que regresaría antes de medianoche, pero todavía faltaba mucho para esa hora.

Ruth se levantó y miró por la ventana.

—No veo a nadie.

Eleanor se puso de pie con dificultad.

—No abras.

Los golpes se repitieron.

Una voz masculina llegó desde el exterior.

—Señorita Pierce, necesito hablar con usted.

Abigail reconoció la voz.

Benjamin Cole.

Se incorporó de inmediato.

—¿Qué hace aquí?

Benjamin respondió desde el otro lado de la puerta.

—Vengo a ofrecerle una solución. Si me escucha, no tendremos que convertir esto en una guerra.

Ruth se interpuso entre Abigail y la entrada.

—No abras.

Pero Abigail se acercó lo suficiente para hablar a través de la madera.

—¿Qué quiere?

—Que retire la reclamación sobre la herencia.

Abigail soltó una risa incrédula.

—¿Después de lo que hicieron?

—No tiene por qué perderlo todo, señorita Pierce. Su padre cometió errores, pero todavía podemos llegar a un acuerdo.

—¿Qué clase de acuerdo?

—Usted recibe una cantidad de dinero, renuncia a la propiedad y se marcha con sus hijos. Nadie volverá a molestarla.

Abigail sintió que la sangre le hervía.

—¿Y Richard? ¿Y Eleanor?

Hubo un silencio breve.

—No sé de qué está hablando.

—Entonces puede marcharse.

Benjamin bajó la voz.

—No entiende lo que está provocando. Si continúa, todos perderán algo.

Abigail miró a sus hijos.

—Yo ya perdí mi casa, mi familia y la confianza en mi padre. No me queda nada que usted pueda usar para asustarme.

—Todavía puede perder a sus hijos.

La amenaza hizo que Margaret se llevara una mano a la boca.

Ruth avanzó hacia la puerta.

—¡Aléjese de esta casa!

Benjamin no respondió.

Unos segundos después, se escucharon pasos que se alejaban por la nieve.

Abigail se quedó inmóvil, respirando con dificultad.

No lloró.

No gritó.

Solo sintió una claridad nueva.

Benjamin ya no fingía ser un amigo de la familia.

Había mostrado quién era.

Daniel y Richard regresaron poco después de la medianoche.

Richard llevaba un libro de cuentas bajo el abrigo y una expresión sombría.

—Benjamin estuvo en el aserradero —dijo—. Lo vimos salir con una caja de documentos.

Daniel cerró la puerta.

—Intentamos seguirlo, pero tomó un camino secundario. Cuando llegamos a la carretera principal, había desaparecido.

Thomas, que había regresado a la cabaña para revisar los papeles, tomó el libro de cuentas.

—¿De dónde lo sacaron?

—Estaba escondido detrás de un armario en la oficina —respondió Richard—. Había una lista de pagos a Nathaniel Cole y varias transferencias que no aparecen en los registros oficiales.

Thomas comenzó a pasar las páginas.

Su expresión se volvió cada vez más grave.

—Aquí hay pagos a un médico, a un funcionario del registro y a un hombre que firmó la declaración de fallecimiento de Eleanor.

Eleanor cerró los ojos.

—Entonces Samuel compró todas las firmas que necesitaba.

—Eso parece —respondió Thomas—. Y hay algo más.

Señaló una anotación fechada tres semanas antes.

Preparar traslado definitivo de la beneficiaria si la joven Pierce sobrevive.

Abigail sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Qué significa traslado definitivo?

Thomas la miró.

—No lo sabemos todavía. Pero parece que alguien había planeado sacarte de la región si sobrevivías a la tormenta.

Daniel apretó los puños.

—Tu padre no pensaba detenerse hasta que desaparecieras por completo.

Richard cerró el libro.

—Tenemos que entregarlo mañana a las autoridades.

Thomas asintió.

—Y debemos presentar una declaración sobre la amenaza que Benjamin hizo esta noche.

Abigail miró hacia la ventana.

La nieve había comenzado a caer de nuevo.

Aquel hombre había ido hasta la cabaña sabiendo que ella estaba recuperándose del parto, que tenía dos recién nacidos y que estaba rodeada de personas que apenas podían protegerla de la influencia de los Pierce.

Aun así, había intentado intimidarla.

Pero no había conseguido que renunciara.

Abigail se volvió hacia Thomas.

—Quiero declarar mañana. Quiero contar todo lo que hizo mi padre y todo lo que Benjamin intentó hacer esta noche.

El abogado asintió.

—Lo haremos.

En ese instante, Eleanor se acercó a Abigail y le tomó la mano.

—Hay algo más que debes saber.

La joven la miró.

—¿Qué pasa?

Eleanor respiró profundamente.

—La herencia de tu abuela no estaba destinada solamente a ti y a Richard. Margaret dejó una cláusula que protege a cualquier descendiente que haya sido ocultado o negado por Samuel. Si encontramos al tercer hijo y demostramos su identidad, tendrá derecho a una parte de la propiedad.

Abigail frunció el ceño.

—¿Incluso si ha participado en el fraude?

—La herencia no borra sus actos. Pero tampoco podemos decidir quién merece conocer la verdad según lo que nos convenga.

Richard asintió lentamente.

—Entonces Benjamin tendrá que elegir entre seguir obedeciendo a Nathaniel o admitir quién es.

Thomas cerró el libro de cuentas.

—Y esa decisión podría determinar si el patrimonio de Margaret se recupera por completo.

Abigail miró a sus gemelos.

No quería que crecieran en medio de disputas por dinero. Quería una casa segura, una mesa donde pudieran sentarse juntos y una vida en la que nadie tuviera que temer que un padre decidiera borrarlo del mundo.

Pero para conseguir esa vida, primero tenía que enfrentar la última mentira de Samuel.

Y la mañana siguiente podría revelar si Benjamin estaba dispuesto a confesar la verdad o si intentaría destruir las pruebas antes de que llegaran al juzgado.

Lo que Abigail no sabía era que, en ese mismo momento, Benjamin estaba sentado frente a Nathaniel Cole, leyendo una carta recién entregada.

El mensaje contenía una orden de Samuel.

Si Abigail declara mañana, no permitas que termine de hablar.

Benjamin levantó la mirada.

—¿Qué quieres que haga?

Nathaniel cerró la puerta del despacho.

—Lo que tu padre debió hacer desde el principio.

Benjamin miró la carta durante varios segundos.

Después la dobló cuidadosamente y la guardó en el bolsillo.

—No —dijo.

Nathaniel se quedó inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

Benjamin levantó la cabeza.

—He dicho que no. Mañana voy a contar la verdad.

Y mientras Nathaniel comprendía que estaba a punto de perder el control de su propio hijo, Abigail se preparaba para entrar al juzgado una vez más.

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Esta vez no iría solamente a defender su herencia.

Iría a demostrar que ninguna familia tenía derecho a decidir quién merecía existir.

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