Calm

Chapter 8: La mujer escondida durante dieciocho años sabía quién había falsificado su muerte y por qué Abigail debía encontrarla

El carruaje desapareció por la calle antes de que Daniel pudiera alcanzarlo, pero la mirada del hombre de abrigo gris dejó claro que ya no estaban investigando un secreto del pasado.

Alguien sabía que Richard había encontrado la carta.

Y ese alguien estaba dispuesto a impedir que llegaran hasta Eleanor.

—Tenemos que irnos —dijo Thomas, guardando el sobre dentro de su maletín—. Ahora.

Richard no se movió.

Seguía mirando la esquina por donde había desaparecido el carruaje.

—Mi madre está viva. Después de dieciocho años, sé dónde está. No voy a regresar a casa para esperar a que otro hombre decida si puedo verla.

—Nadie te está pidiendo que renuncies a buscarla —respondió Thomas—. Te estoy diciendo que no podemos entrar en esa propiedad sin protección.

Richard apretó los dientes.

—¿Y si la trasladan esta noche?

El anciano que les había entregado la carta levantó el bastón.

—Conozco un camino por detrás de la residencia. Lo usaban los trabajadores cuando llevaban suministros. La entrada principal tiene vigilancia, pero el camino del norte conduce a un viejo cobertizo.

Daniel miró a Thomas.

—Podemos llegar hasta allí sin entrar en la casa. Al menos podremos comprobar si alguien sigue viviendo en el lugar.

El abogado dudó.

Abigail observó la carta entre sus manos.

La advertencia de Eleanor no parecía una exageración. Si alguien había mantenido oculta a una mujer durante tantos años, era evidente que no quería que apareciera.

Pero Abigail también sabía lo que significaba perder a alguien sin poder despedirse.

Había visto a Richard arrodillado frente a una tumba que quizá no contenía a su madre. Había visto a su padre inventar una muerte para proteger sus propios intereses.

No podía pedirle a Richard que abandonara la búsqueda.

—Vayamos —dijo.

Thomas la miró de inmediato.

—Tú no.

—No voy a entrar en la propiedad. Me quedaré en un lugar seguro con los bebés. Pero no me pida que finja que esto no me importa.

Daniel asintió.

—Ruth puede quedarse contigo en la casa del anciano. Nosotros iremos a revisar el cobertizo.

Richard se volvió hacia Abigail.

—No tienes que hacer esto por mí.

—No lo hago por ti. Lo hago porque estoy cansada de que nuestra familia se construya sobre secretos que nadie se atreve a enfrentar.

Richard bajó la mirada.

Después extendió la mano.

Abigail se la estrechó.

No era un perdón completo, ni una promesa de confianza absoluta.

Era el primer acuerdo sincero entre dos personas que habían sido utilizadas por el mismo hombre.

La residencia se encontraba al norte de Durango, detrás de una hilera de árboles altos y una cerca de madera que necesitaba reparaciones.

Desde el camino parecía una casa abandonada. Las ventanas estaban cubiertas por cortinas gruesas, el jardín había crecido sin cuidado y una de las columnas del porche estaba inclinada.

Sin embargo, Daniel notó humo saliendo de una chimenea.

—Alguien está dentro.

Thomas observó la entrada.

—No nos acercaremos a la puerta principal. El anciano dijo que había un cobertizo al norte.

Los cuatro siguieron el sendero estrecho entre los árboles.

Richard llevaba la carta de su madre dentro del abrigo. La sacaba de vez en cuando para comprobar que seguía allí, como si temiera que alguien pudiera arrebatársela.

Al llegar al cobertizo, encontraron una puerta entreabierta.

Dentro había herramientas viejas, sacos vacíos y una pequeña mesa cubierta de polvo. En la pared del fondo, Daniel descubrió una abertura por la que se alcanzaba a ver una ventana de la residencia.

Se acercó con cautela.

Una mujer estaba sentada junto a una mesa.

Tenía el cabello gris, el rostro delgado y una manta sobre los hombros. Parecía mucho mayor de lo que Richard imaginaba que debía ser.

Frente a ella había un plato de sopa intacto.

Un hombre de abrigo oscuro estaba de pie junto a la puerta.

—El señor Cole no quiere que reciba visitas —decía—. Si necesita algo, tendrá que pedírselo a él.

La mujer levantó la cabeza.

—No soy una prisionera.

El hombre soltó una risa breve.

—Por supuesto que no. Solo vive aquí porque así lo decidió el señor Cole.

Richard se puso rígido.

Daniel lo sujetó del brazo para impedir que saliera de inmediato.

—Espera.

El hombre abandonó la habitación y cerró la puerta con llave.

La mujer se quedó inmóvil durante unos segundos.

Después se llevó una mano al cuello y sacó un pequeño medallón.

Richard miró el suyo.

Era idéntico.

Se cubrió la boca.

—Mamá...

La palabra salió tan débil que Daniel apenas la escuchó.

Richard no pudo esperar más.

Salió del cobertizo y rodeó la casa hasta encontrar una puerta lateral. Thomas lo siguió, consciente de que intentar detenerlo solo lo haría más imprudente.

La puerta estaba cerrada, pero una ventana del pasillo había quedado entreabierta.

Daniel la abrió lo suficiente para entrar.

El suelo crujió bajo sus botas.

La mujer levantó la cabeza al escuchar el ruido.

—¿Quién está ahí?

Richard apareció en el umbral.

Durante un instante, ninguno de los dos se movió.

La mujer lo miró como si estuviera viendo a un hombre salido de un sueño.

—¿Richard?

Él comenzó a llorar.

—Mamá.

Eleanor se puso de pie con dificultad. La manta cayó de sus hombros y una mano temblorosa buscó apoyo en la mesa.

Richard cruzó la habitación.

Cuando ella extendió los brazos, él la abrazó con una fuerza desesperada.

Eleanor cerró los ojos y apoyó la cara contra su pecho.

—Mi niño —susurró—. Mi niño, pensé que nunca volvería a verte.

Richard lloraba sin poder hablar.

—Te enterré, mamá. Durante dieciocho años creí que estabas muerta.

Eleanor le acarició el cabello.

—Lo sé. Lo sé, hijo mío.

—¿Por qué no volviste?

La mujer cerró los ojos con dolor.

—Porque me hicieron creer que, si intentaba acercarme a ti, te destruirían.

Richard se apartó lo suficiente para mirarla.

—¿Quién?

Eleanor volvió la cabeza hacia la puerta.

—Samuel.

El nombre cayó entre ellos como una piedra.

Thomas Bell se acercó lentamente.

—Señora Hale, soy Thomas Bell. Necesitamos que nos cuente qué ocurrió.

Eleanor lo reconoció y soltó un suspiro.

—Usted era el abogado de Margaret.

—Sí.

—Entonces quizá todavía podamos arreglar algo.

Se sentó con ayuda de Richard.

Su rostro estaba pálido y sus manos temblaban, pero sus ojos conservaban una claridad sorprendente.

—Samuel descubrió que yo tenía documentos que demostraban que había reconocido a Richard en secreto. También tenía pruebas de que había desviado dinero del negocio maderero.

Thomas asintió.

—Margaret sospechaba algo parecido.

—Ella me pidió que entregara los documentos. Yo acepté. Pero antes de poder hacerlo, Samuel me interceptó cuando viajaba hacia Durango.

Richard apretó la mandíbula.

—¿Qué te hizo?

Eleanor negó con la cabeza.

—No quiero describirlo ahora. Lo importante es que me llevaron a una clínica privada. Cuando desperté, me dijeron que había sufrido un accidente y que Samuel había informado a todos de mi muerte.

—¿Y la tumba? —preguntó Thomas.

—Nunca hubo un entierro mío. Samuel organizó una ceremonia y colocó una placa con mi nombre, pero no permitió que nadie viera el cuerpo. La mujer enterrada allí era una desconocida que había muerto sin familiares.

Richard cerró los ojos.

—Y yo lloré frente a esa tumba durante años.

Eleanor le tomó las manos.

—Lo siento, hijo. No hay un solo día en que no haya pensado en ti.

—¿Por qué no escapaste?

—Lo intenté. Varias veces. Pero Cole controlaba el dinero, las cartas y a las personas que podían ayudarme. Me decía que Samuel tenía poder suficiente para acusarte de fraude y enviarte a prisión si yo hablaba.

Richard bajó la cabeza.

—Nunca tuve nada que ver con sus negocios.

—Lo sé. Pero ellos no necesitaban que fueras culpable. Solo necesitaban que tuvieras miedo.

Daniel se acercó a la ventana.

—Tenemos que salir de aquí. El hombre que estaba vigilando la casa podría regresar.

Eleanor se puso de pie con esfuerzo.

—No puedo irme sin mis documentos.

Thomas la miró.

—¿Dónde están?

—En el escritorio de la habitación de arriba. Hay una caja pequeña con una cerradura de latón. Dentro guardé las cartas originales de Samuel y los registros que prueban que Richard es su hijo.

Richard se quedó inmóvil.

—¿Y las pruebas de la herencia?

Eleanor asintió.

—También. Margaret y yo hicimos copias de todo. Tu padre pensó que podía destruir una sola caja y acabar con la verdad, pero nunca supo que guardamos duplicados.

Daniel miró hacia el pasillo.

—Entonces debemos encontrarlas rápido.

Thomas se quedó con Eleanor, mientras Richard y Daniel subían las escaleras.

La habitación del fondo estaba cerrada.

Richard encontró una llave escondida debajo de una maceta seca, tal como su madre había descrito.

Dentro, el escritorio estaba cubierto de papeles.

La caja de latón permanecía en el cajón inferior.

Richard la abrió.

Encontró varias cartas, dos libros de cuentas y un documento sellado con cera azul.

Pero debajo de todo había una hoja que no esperaba encontrar.

Era una carta de Samuel dirigida a Nathaniel Cole.

La leyó en voz baja.

Si Eleanor llega a hablar con el abogado, perderemos el control de la propiedad. No podemos permitir que Richard descubra la verdad sobre el acuerdo. Y Abigail debe permanecer lejos de ambos.

Richard sintió que la sangre se le helaba.

—Mi padre sabía que Abigail era la pieza que podía arruinarlo todo.

Daniel tomó el documento.

—Hay algo más.

En la parte inferior aparecía una fecha: apenas unos días antes de que Abigail fuera abandonada en la tormenta.

Samuel había firmado una orden para transferir los derechos de la herencia a Nathaniel Cole si alguno de los beneficiarios desaparecía o era declarado muerto.

No se trataba de una simple disputa entre hermanos.

Samuel había organizado un plan para quedarse con todo, utilizando a Richard como heredero aparente y a Abigail como una hija que debía desaparecer de los registros.

Un ruido seco llegó desde abajo.

Después, una voz masculina gritó:

—¡¿Quién está en la casa?!

Daniel guardó los documentos dentro de su abrigo.

Richard tomó la caja.

Bajaron las escaleras de inmediato.

Eleanor estaba de pie junto a Thomas, pálida pero decidida.

El hombre de abrigo oscuro había regresado y llevaba a otro individuo detrás de él.

—¡Dejen eso donde está! —ordenó.

Daniel se colocó delante de Richard.

—No queremos problemas.

—Entonces suelten la caja y salgan.

Eleanor levantó la cabeza.

—¡Ya basta, señor Cole! No voy a seguir escondida para proteger las mentiras de Samuel.

El hombre de abrigo oscuro se volvió hacia ella.

—No sabe lo que está diciendo.

—Sé exactamente lo que digo. Tengo las cartas. Tengo los registros. Y ahora mi hijo está aquí.

Nathaniel Cole apretó los labios.

Por primera vez, pareció comprender que había perdido el control de la situación.

Thomas dio un paso al frente.

—Estos documentos serán entregados a las autoridades.

Cole miró la caja.

Después miró a Richard.

—Si hacen eso, destruirán a Samuel Pierce. Y también destruirán todo lo que queda de su familia.

Richard sostuvo su mirada.

—Mi familia fue destruida cuando ustedes decidieron que la verdad valía menos que el dinero.

En ese momento, se escucharon pasos apresurados en el exterior.

Un alguacil apareció en la entrada acompañado por dos hombres.

—Nathaniel Cole, debe acompañarnos para responder algunas preguntas sobre la retención de Eleanor Hale y los documentos relacionados con la herencia Pierce.

Cole intentó protestar, pero uno de los agentes le indicó que se apartara.

Eleanor comenzó a llorar.

Richard la abrazó nuevamente.

—Te voy a llevar a casa, mamá.

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

—Primero tenemos que encontrar a Abigail.

Richard frunció el ceño.

—¿Por qué?

Eleanor lo miró con una expresión que lo hizo quedarse inmóvil.

—Porque tu padre no está actuando solo por dinero. Hay algo que nunca te conté sobre tu nacimiento y que Margaret decidió ocultar para proteger a Abigail.

Thomas se acercó.

—¿Qué cosa?

Eleanor respiró profundamente.

—Richard no es el único hijo que Samuel tuvo antes de casarse. Hubo otra mujer. Y un niño que desapareció mucho antes de que Richard naciera.

El silencio cayó sobre la habitación.

Richard miró a su madre.

—¿Estás diciendo que tenemos otro hermano?

Eleanor asintió lentamente.

—Y si mis sospechas son correctas, ese hombre lleva años viviendo bajo una identidad falsa.

Abigail no estaba allí para escuchar la revelación.

Pero cuando Richard regresó a la cabaña y le contó lo sucedido, comprendió que la historia de su familia era todavía más oscura de lo que había imaginado.

Porque, al final de la carta de Eleanor, había un nombre escrito con tinta azul.

May you like

Un nombre que Abigail conocía desde niña.

El nombre del hombre que había sido el mejor amigo de su padre.

Related Stories

Other posts