Calm

Chapter 1: La hija que su propio padre condenó al frío

El primer grito de Abigail Pierce se perdió entre los rugidos de la tormenta, pero el segundo hizo que el desconocido que caminaba entre los pinos se detuviera en seco.

—¡Por favor! ¡Que alguien me ayude!

La joven de diecisiete años estaba arrodillada en la nieve, con una mano apretada contra su vientre y la otra aferrada a una manta que apenas le cubría los hombros. El viento le mordía la cara. Sus dedos estaban tan entumecidos que ya casi no sentía las piedras bajo las palmas.

Hacía apenas unos minutos, su padre la había arrojado de la carreta como si fuera un costal de grano echado a perder.

Y ahora, mientras otra contracción le atravesaba el cuerpo, Abigail comprendió que podía morir allí mismo, con sus dos bebés todavía dentro de ella.

—No... no puedo... —susurró, intentando ponerse de pie.

Sus piernas no respondieron.

A lo lejos, la luz de la carreta de Samuel Pierce desapareció detrás de una cortina blanca. Ni siquiera quedaba el sonido de las ruedas.

Su familia se había marchado.

Su padre. Su madre. Su hermano menor.

Todos.

Abigail cerró los ojos un instante y recordó el rostro de su madre cuando la había mirado desde el asiento delantero.

No había sido un rostro lleno de odio. Eso habría sido más fácil de entender.

Había sido un rostro lleno de vergüenza.

Como si Abigail hubiera dejado de ser su hija desde el momento en que descubrieron que estaba embarazada.

Una nueva punzada la obligó a encorvarse.

—Por favor, Dios mío... —murmuró—. No dejes que mis hijos nazcan aquí.

El viento respondió con un silbido que parecía burlarse de ella.

Abigail había aprendido a obedecer desde pequeña. Obedecía cuando su padre le ordenaba levantarse antes del amanecer para alimentar a los animales. Obedecía cuando su madre le exigía mantener la casa impecable. Obedecía incluso cuando ambos le pedían que sonriera en la iglesia, aunque llevara semanas sin poder dormir por el miedo a que alguien notara su embarazo.

Pero aquella noche ya no podía obedecer al miedo.

Tenía que sobrevivir.

Se arrastró hasta un tronco caído y se apoyó en él para levantarse. El vestido se le pegaba a las piernas húmedas. Cada respiración le quemaba el pecho.

—Un paso —se dijo—. Nada más un paso.

Avanzó.

Después otro.

No sabía si caminaba hacia una casa, un camino o un precipicio. La nieve borraba todo a su alrededor, y los árboles parecían enormes sombras inclinadas sobre ella.

Entonces escuchó un crujido.

Abigail se quedó inmóvil.

—¿Quién anda ahí?

Nadie respondió.

El corazón le golpeó las costillas.

Había oído historias sobre viajeros que desaparecían en las montañas de San Juan durante las tormentas. Algunos eran encontrados días después. Otros nunca volvían a aparecer.

Un hombre surgió entre los pinos.

Era alto, de hombros anchos, con barba oscura y un abrigo grueso cubierto de nieve. Llevaba una lámpara en una mano y una bolsa de cuero colgada del hombro.

Al verla, se detuvo.

—¡Señorita! ¿Qué hace aquí afuera?

Abigail retrocedió hasta chocar contra el tronco.

—¡No se acerque!

El hombre levantó las manos.

—Está bien. No voy a tocarla.

—¡Déjeme en paz!

Él miró la manta empapada, sus labios amoratados y la manera en que protegía su vientre.

Su expresión cambió.

—Está embarazada.

Abigail soltó una risa quebrada.

—Qué observador.

El hombre no se ofendió.

—¿Dónde está su familia?

La joven volvió la mirada hacia el camino que había desaparecido bajo la nieve.

—Se fue.

—¿La dejaron aquí?

Abigail apretó los dientes. No quería llorar delante de un extraño. Ya había llorado demasiado en las últimas semanas.

—Mi padre dijo que no llevaría mi vergüenza hasta el lugar al que íbamos.

El desconocido guardó silencio.

Por primera vez desde que había aparecido, su rostro mostró algo más que preocupación. Sus ojos se endurecieron, y su mandíbula se tensó.

—¿Cómo se llama?

—Abigail.

—Yo soy Daniel Mercer.

Ella observó la lámpara, la bolsa y las huellas profundas de sus botas.

—¿Va a llevarme con usted para entregarme a mi padre?

—No.

—¿Entonces qué quiere?

Daniel se quitó el abrigo lentamente.

—Que no muera congelada.

Lo colocó sobre los hombros de Abigail, pero no intentó acercarse más de lo necesario.

El calor de la prenda la envolvió. Olía a humo de leña, cuero y algo parecido a jabón de pino. Aquel olor le recordó que todavía existían cosas en el mundo que no estaban cubiertas de hielo.

Y entonces llegó otra contracción.

Abigail gritó y se dobló hacia adelante.

Daniel la sostuvo por los brazos antes de que cayera, pero en cuanto sintió que ella se tensaba, aflojó el agarre.

—Respire. Despacio. Míreme.

—¡No puedo!

—Sí puede. Solo míreme.

Abigail levantó los ojos hacia él.

—Son dos —dijo entre sollozos—. Voy a tener gemelos.

Daniel parpadeó, sorprendido.

Después miró hacia la espesura.

—Mi madre está en nuestra cabaña. Está a menos de media milla. Ha ayudado a nacer a varios niños.

—No voy a llegar.

—Entonces nos aseguraremos de que llegue usted.

—No entiende. Mi padre me arrojó de la carreta. Si regreso, me echará otra vez.

—No vamos a regresar con su padre.

La firmeza de su voz la desconcertó.

Daniel se agachó para quedar a su altura.

—Escúcheme, Abigail. No sé qué pasó antes de encontrarla. No sé quién es el padre de sus hijos ni qué hizo su familia.

Pero nada de eso importa ahora. Lo único que importa es que usted y esos bebés lleguen vivos a mi cabaña.

Ella lo miró durante varios segundos.

—¿Por qué?

Daniel bajó la vista hacia sus manos enrojecidas.

—Porque hace muchos años alguien debió ayudar a mi hermana y nadie lo hizo.

No explicó más.

Extendió un brazo para que ella pudiera apoyarse.

Abigail dudó, pero otra punzada le arrebató el orgullo. Se sujetó de él.

El trayecto fue una lucha.

Daniel caminaba delante de ella, abriendo camino entre la nieve, mientras Abigail avanzaba aferrada a su brazo. Cada pocos pasos tenía que detenerse. El dolor aumentaba y la distancia parecía crecer con cada minuto.

—No voy a poder —murmuró ella.

—Sí va a poder.

—Usted no sabe nada de mí.

—Sé que lleva un buen rato luchando por llegar hasta aquí. Eso me basta.

Aquellas palabras le dolieron más de lo que esperaba.

Porque su padre nunca le había dicho algo parecido.

Samuel Pierce siempre había hablado de la fortaleza como si fuera una obligación que solo existía para los demás. Él podía cansarse, enojarse y equivocarse, pero sus hijos tenían que soportarlo sin protestar.

Abigail había pasado años intentando ganarse una palabra amable.

Ahora un desconocido se la ofrecía sin pedir nada.

Cuando finalmente apareció la cabaña, Abigail apenas podía mantener los ojos abiertos.

Daniel gritó:

—¡Mamá! ¡Abre la puerta!

La puerta se abrió de golpe.

Una mujer de cabello plateado, envuelta en un chal de lana, salió con una lámpara.

—¡Daniel, por el amor de Dios! ¿Qué...?

Entonces vio a Abigail.

—Métela inmediatamente.

La mujer no preguntó por su reputación, por su familia ni por el hombre que la había dejado embarazada.

La hizo entrar.

El calor del fuego golpeó a Abigail y, por un instante, pensó que había llegado al cielo.

Después sintió humedad entre las piernas.

La mujer lo notó enseguida.

—Soy Ruth Mercer —dijo mientras la guiaba hacia una cama junto a la chimenea—. Vas a estar conmigo, hija. ¿Cuánto tiempo llevas con dolores?

—Desde hace horas.

Ruth se quedó seria.

—¿Y has estado caminando bajo esta tormenta?

Abigail asintió, avergonzada.

—Mi padre...

—Eso puede esperar.

Ruth le quitó con cuidado la ropa mojada, la cubrió con mantas limpias y pidió a Daniel que calentara agua y preparara las sábanas que guardaba en un baúl.

Luego se arrodilló junto a la cama.

—Necesito que me digas la verdad. ¿Cuántos meses tienes?

—Casi nueve.

—¿Los bebés se han movido hoy?

—Sí. Hace un rato. Los dos.

Ruth puso una mano sobre el vientre de Abigail y escuchó con atención.

Su rostro se relajó apenas.

—Muy bien. Vamos a hacer esto paso a paso.

Abigail le agarró la muñeca.

—¿Van a vivir?

La anciana le sostuvo la mirada.

—Voy a hacer todo lo que esté en mis manos. Pero necesito que confíes en mí.

Una contracción hizo que Abigail apretara las sábanas.

Ruth la examinó y luego levantó la cabeza.

—Daniel, necesito que traigas más agua caliente. Y rápido.

Él salió hacia la cocina.

Ruth volvió a mirar a Abigail.

—Escúchame, hija. El primer bebé viene ahora.

Abigail soltó un grito.

Afuera, la tormenta golpeó las ventanas con tanta fuerza que una de las lámparas se apagó.

Ruth no apartó la vista de ella.

—Mírame, Abigail. No estás sola.

Y, por primera vez en toda la noche, la joven quiso creer que era verdad.

Pero mientras luchaba por traer a su primer hijo al mundo, ninguno de los tres sabía que, a varios kilómetros de allí, Samuel Pierce estaba a punto de cometer un error que cambiaría el destino de toda su familia.

Porque en el fondo de la carreta, debajo de una manta olvidada, había algo que Abigail había logrado esconder antes de que su padre la arrojara a la nieve.

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Una pequeña bolsa de tela.

Y dentro de ella, una carta que Samuel habría dado cualquier cosa por recuperar.

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