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Chapter 7: La madre que Richard lloró durante dieciocho años podía estar viva, y Samuel sabía dónde encontrarla

Richard Hale no lloró cuando el juez ordenó investigar la supuesta muerte de su madre. Se quedó mirando el documento, con los labios entreabiertos y los dedos tan apretados alrededor del medallón que las uñas se le pusieron blancas.

—Dígame que esto es un error —le pidió a Thomas Bell—. Mi madre murió cuando yo tenía dieciséis años. Yo mismo estuve en su funeral.

El abogado no respondió de inmediato.

Volvió a examinar la hoja, comparó la firma con los registros que habían encontrado en el antiguo aserradero y después miró al juez.

—No puedo asegurar que Eleanor Hale siga viva. Pero sí puedo asegurar que este documento contiene irregularidades que deben investigarse.

Richard negó con la cabeza.

—La enterré.

Su voz se quebró en la última palabra.

Abigail, que sostenía a Grace mientras Ethan cargaba a Samuel, sintió que toda la sala había dejado de respirar.

Hasta ese momento, Richard había sido para ella el hijo secreto de su padre, el hombre que había intentado reclamar su herencia y después había decidido ayudarla a descubrir la verdad.

Ahora era un hijo que acababa de enterarse de que quizá había pasado dieciocho años llorando a una madre cuya muerte alguien había inventado.

Abigail se acercó un poco.

—Richard...

Él levantó una mano.

—No. Necesito entenderlo.

Se volvió hacia Samuel, que permanecía bajo la vigilancia del alguacil.

—¡Mírame!

Su padre no respondió.

—¡Te estoy hablando! ¿Qué sabes de mi madre?

Samuel levantó lentamente la cabeza.

Durante un instante, Abigail vio algo parecido al miedo en sus ojos.

Después regresó la arrogancia.

—Tu madre murió hace muchos años. No sé de qué estás hablando.

Richard soltó una risa amarga.

—¿Entonces por qué te pusiste pálido cuando el juez mencionó su nombre?

Samuel se acomodó el cuello de la camisa.

—Porque todos ustedes están intentando convertir una tragedia familiar en un espectáculo.

—¡Tú me dijiste que había muerto!

—Y así fue.

—¡Entonces explica por qué existe una declaración que dice que su muerte fue registrada bajo circunstancias irregulares!

Samuel guardó silencio.

El juez golpeó la mesa.

—Señores, esta audiencia no se convertirá en una discusión personal. La solicitud de custodia temporal queda suspendida hasta que se verifiquen los documentos presentados. La declaración de fallecimiento de Abigail Pierce también será revisada.

Samuel apretó la mandíbula.

—¿Y mis nietos?

El juez lo miró con severidad.

—Por ahora, permanecerán con su madre. No se ha presentado evidencia válida que demuestre que ella sea incapaz de cuidarlos.

Abigail sintió que las piernas casi le fallaban.

No era una victoria definitiva, pero sus hijos seguirían con ella.

Eso era suficiente por el momento.

El juez ordenó que Samuel permaneciera disponible para responder a las preguntas de las autoridades y permitió que Richard entregara una declaración formal sobre los documentos que había firmado.

Cuando el alguacil se acercó para acompañar a Samuel, el hombre se volvió hacia su esposa.

—Margaret, ven conmigo.

Ella no se movió.

Samuel parpadeó, desconcertado.

—Te estoy hablando.

Margaret apretó las manos contra su falda.

—Te escuché.

—Entonces levántate.

Por primera vez en veinte años, ella lo miró sin obedecer.

—No.

La palabra fue pequeña, pero hizo que varias personas volvieran la cabeza.

Samuel abrió los ojos.

—¿Qué dijiste?

Margaret tragó saliva.

—Dije que no voy a ir contigo.

El rostro de Samuel se endureció.

—Después de todo lo que he hecho por ti...

—¿Qué has hecho por mí? —preguntó ella, con lágrimas en los ojos—. ¿Me diste una casa para que tuviera que vivir aterrorizada dentro de ella? ¿Me diste una familia para obligarme a elegir entre obedecerte y proteger a mis hijos?

Samuel miró alrededor, consciente de que todos escuchaban.

—¡Cállate!

Margaret retrocedió, pero no bajó la mirada.

—Callé cuando negaste a Richard. Callé cuando escondiste el dinero de tu madre. Callé cuando me obligaste a mirar cómo arrojabas a Abigail a la nieve.

Se llevó una mano al pecho.

—Pero no voy a callar otra vez.

Samuel intentó acercarse.

El alguacil se interpuso.

—Será mejor que venga conmigo, señor Pierce.

Mientras lo conducían hacia la salida, Samuel lanzó una última mirada a Abigail.

—Crees que ganaste, ¿verdad? No sabes nada de lo que está pasando.

Abigail sostuvo su mirada.

—Sé que mis hijos están conmigo.

La puerta se cerró detrás de él.

Y, por primera vez en mucho tiempo, el silencio que quedó en la sala no pertenecía a Samuel Pierce.

Aquella tarde, Thomas Bell llevó a Abigail, Richard, Daniel, Margaret y Ethan a su despacho.

Los gemelos descansaban en un pequeño moisés que Ruth había preparado para que Abigail pudiera atender la reunión sin tenerlos todo el tiempo en brazos.

El abogado extendió los documentos sobre la mesa.

—Necesitamos separar los hechos de las sospechas. Sabemos que Samuel presentó una declaración falsa sobre la muerte de Abigail. Sabemos que intentó transferir la herencia. Y ahora tenemos motivos para cuestionar el registro de Eleanor Hale.

Richard permanecía junto a la ventana.

—¿Dónde está la tumba de mi madre?

—En el cementerio de Durango —respondió Thomas—. Según el registro, fue enterrada allí dieciocho años atrás.

—Quiero ir.

—Primero necesitamos revisar el acta de defunción, los documentos del entierro y los registros médicos, si existen.

Richard se volvió.

—¿Y si todos fueron falsificados?

Thomas se quitó los lentes.

—Entonces tendremos que averiguar quién participó y por qué.

Margaret, que había permanecido callada desde la audiencia, levantó la cabeza.

—Yo sé por qué Samuel tenía miedo de Eleanor.

Todos la miraron.

Abigail se acercó a ella.

—¿Qué quieres decir, mamá?

Margaret respiró profundamente.

—Tu abuela descubrió que Samuel había utilizado dinero del negocio familiar para pagar deudas. Pero no fue lo único que descubrió. Eleanor tenía cartas que demostraban que Samuel había reconocido en privado a Richard cuando era niño.

Richard se apartó de la ventana.

—¿Qué?

—Tu padre sabía que eras su hijo. Te visitó varias veces cuando vivías con tu madre. Te enviaba dinero a escondidas, aunque después lo negara delante de todos.

Richard parecía incapaz de procesar la información.

—Mi madre nunca me contó eso.

—Quizá no quería que crecieras esperando algo de un hombre que nunca tuvo el valor de reconocerte.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Margaret continuó:

—Poco antes de morir tu abuela, Eleanor vino a verla. Discutieron durante horas. Yo no escuché todo, pero recuerdo que Eleanor dijo que tenía pruebas de que Samuel estaba desviando dinero y que pensaba entregárselas a un abogado.

Thomas se inclinó hacia adelante.

—¿Recuerda cuándo ocurrió?

—Unas semanas antes de que nos dijeran que Eleanor había muerto.

Richard cerró los ojos.

—¿Y Samuel?

Margaret bajó la mirada.

—Desapareció durante dos días. Cuando regresó, dijo que había ocurrido un accidente y que Eleanor había muerto lejos de aquí. Nunca nos mostró un certificado original. Solo una copia.

Thomas anotó cada palabra.

—¿Por qué no habló antes?

Margaret comenzó a llorar.

—Porque Samuel me dijo que, si lo denunciaba, Richard perdería cualquier posibilidad de recibir una herencia. Y después me amenazó con quitarme a Ethan y Abigail.

La joven miró a su madre.

Sentía rabia, pero también veía a una mujer que acababa de empezar a reconocer el daño que había permitido.

—No puedo perdonarte todavía —dijo Abigail—. No voy a fingir que lo que hiciste no pasó.

Margaret asintió con tristeza.

—No te lo pido.

—Pero si sabes algo más, necesito que lo digas. Aunque te dé miedo. Aunque eso destruya la vida que creías tener.

Su madre se secó las lágrimas.

—Lo haré.

Thomas cerró el cuaderno.

—Mañana iremos a Durango. Si existe alguna irregularidad en los registros, la encontraremos.

Richard se quitó el medallón y lo dejó sobre la mesa.

—Mi madre me dijo que nunca me separara de esto. Decía que era la única prueba de que pertenecía a una familia, aunque esa familia no quisiera reconocerme.

Abigail colocó el suyo junto al de él.

—Quizá por eso mi abuela hizo dos.

Richard contempló ambos medallones.

—¿Crees que ella sabía lo que iba a pasar?

—Creo que conocía a mi padre mejor que nosotros.

Daniel, que había permanecido cerca de la puerta, habló por primera vez.

—Entonces debemos descubrir qué más dejó preparado.

A la mañana siguiente, el grupo viajó a Durango.

El cementerio estaba cubierto por una capa delgada de nieve. Las ramas desnudas de los árboles se mecían bajo un cielo gris, y el viento arrastraba hojas secas entre las lápidas.

Richard caminó delante de los demás, siguiendo las indicaciones del registro.

Finalmente se detuvo frente a una tumba sencilla.

El nombre de Eleanor Hale estaba grabado en una placa de piedra.

Debajo aparecían dos fechas: una de nacimiento y otra de fallecimiento.

Richard se arrodilló.

Pasó los dedos sobre las letras.

—Te traje flores cuando cumplí dieciocho años —murmuró—. Volví cuando me casé. Volví cuando murió mi esposa. Te conté cosas que nunca le dije a nadie.

Su voz se quebró.

—¿A quién le estaba hablando?

Abigail se acercó, pero no intentó tocarlo.

Richard se quedó mirando la tumba hasta que Thomas se arrodilló junto a él.

—Necesito que me permitas revisar los registros del cementerio.

El encargado llegó poco después, acompañado por un funcionario local. Revisaron el libro de entierros, las anotaciones del sepulturero y el documento que autorizó el sepelio.

La primera irregularidad apareció en la firma del médico.

El hombre que supuestamente había certificado la muerte de Eleanor llevaba varios años viviendo en otro estado cuando se registró el fallecimiento.

La segunda apareció en la autorización del entierro.

No había constancia de que un familiar hubiera identificado el cuerpo.

Richard se quedó sin habla.

—Entonces, ¿a quién enterraron?

El funcionario no quiso especular.

—No podemos concluir nada sin una investigación formal. Pero el registro es inconsistente.

Thomas pidió una copia certificada de todos los documentos.

Después se dirigieron al archivo municipal, donde un empleado les permitió consultar los libros de correspondencia de aquel año.

Encontraron una entrada relacionada con el traslado de una mujer herida a una clínica privada, a varias horas de Durango.

El nombre estaba parcialmente borrado.

Solo se distinguían dos letras.

E. H.

Richard apretó el borde del escritorio.

—Eleanor Hale.

El empleado revisó el volumen siguiente.

—Aquí hay una anotación adicional. La paciente fue trasladada bajo la autorización de un hombre llamado Samuel Pierce.

Abigail sintió que el corazón se le detenía.

—¿Mi padre?

El funcionario asintió.

—Eso parece.

Richard retrocedió un paso.

—Mi padre sabía que estaba viva.

Thomas cerró el libro con cuidado.

—Ahora tenemos una razón para investigar el traslado. Pero necesitamos saber si Eleanor permaneció en esa clínica y adónde fue después.

El empleado buscó entre los documentos hasta encontrar una dirección antigua.

La clínica ya no existía.

En su lugar había una residencia privada que, según los registros de propiedad, había pertenecido durante años a un hombre relacionado con Nathaniel Cole.

Daniel miró a Thomas.

—El prestamista.

—Sí —respondió el abogado—. El mismo hombre que firmó el acuerdo con Samuel.

Abigail sintió que todas las piezas comenzaban a encajar de una forma aterradora.

Su padre había utilizado a Richard para reclamar la herencia. Había intentado quitarle a ella a sus hijos. Había declarado que Eleanor estaba muerta y, posiblemente, había pagado para mantenerla oculta.

Y Nathaniel Cole aparecía en cada parte de la historia.

—Tenemos que ir a esa residencia —dijo Richard.

Thomas negó con la cabeza.

—No entraremos en una propiedad privada sin autorización. Presentaremos la información a las autoridades y solicitaremos que investiguen.

Richard apretó los puños, pero terminó asintiendo.

Cuando salieron del archivo, Abigail se detuvo en los escalones.

El aire frío le golpeó el rostro.

—Si Eleanor está viva, ¿por qué nunca intentó buscar a Richard?

Nadie tenía una respuesta.

Entonces un hombre de edad avanzada, que había estado escuchando la conversación desde una banca cercana, se acercó lentamente.

Llevaba un sombrero gastado y un bastón de madera.

—Disculpen —dijo—. No pude evitar escuchar el nombre de Eleanor Hale.

Richard se volvió de inmediato.

—¿La conoció?

El anciano asintió.

—Trabajé como conductor para el señor Cole hace muchos años. Recuerdo que una mujer con ese nombre vivió en una casa al norte del pueblo. No podía salir sola y recibía visitas de un hombre que se parecía mucho a Samuel Pierce.

Abigail sintió que el pulso se le aceleraba.

—¿Cuándo fue eso?

—Durante varios años. Después la casa quedó vacía. Yo creí que la mujer había muerto.

Richard se acercó.

—¿Recuerda dónde estaba exactamente?

El anciano les dio la dirección.

Thomas la anotó y le agradeció.

Antes de marcharse, el hombre añadió algo que hizo que todos se quedaran inmóviles.

—Hay otra cosa. La última vez que vi a esa mujer, me entregó una carta y me pidió que la guardara hasta que apareciera su hijo.

Richard dejó de respirar por un instante.

—¿Tiene esa carta?

El anciano asintió.

—La he conservado todos estos años. No sabía si usted seguía vivo, muchacho.

Metió una mano en el bolsillo interior de su abrigo y sacó un sobre amarillento.

En el frente aparecía un nombre escrito con letra temblorosa.

Para Richard, mi hijo.

Richard lo tomó con ambas manos.

No se atrevió a abrirlo inmediatamente.

Abigail se acercó a su lado.

—Sea lo que sea que diga, no tiene que leerlo solo.

Richard la miró y, por primera vez desde que se conocieron, no vio en ella a una rival por una herencia.

Vio a su hermana.

Abrió el sobre.

La carta contenía apenas unas líneas.

Mi querido hijo: si esta carta llega a tus manos, significa que alguien finalmente encontró el valor de desafiar a Samuel. No creas todo lo que te han contado sobre mi muerte. Estoy viva, pero no puedo volver mientras él tenga poder sobre tu vida.

Richard se llevó una mano a la boca.

Al final había una fecha reciente.

No de dieciocho años atrás.

De apenas tres meses antes.

Y una dirección escrita con tinta azul.

La dirección de la residencia donde Nathaniel Cole había mantenido a Eleanor Hale.

Richard levantó la cabeza, con lágrimas recorriéndole el rostro.

—Mi madre está viva.

Pero antes de que pudieran dar un solo paso hacia aquella dirección, Thomas observó la última línea de la carta.

Su expresión cambió por completo.

—Esperen —dijo—. Hay una advertencia.

Abigail se inclinó para leerla.

No vengan a buscarme sin saber quién trabaja para Samuel. Uno de los hombres que lo ayuda conoce cada movimiento de la familia. Y si descubre que mi hijo ha encontrado esta carta, intentará detenerlo.

Richard miró hacia la calle.

Un carruaje oscuro acababa de detenerse al otro lado de la plaza.

Un hombre de abrigo gris descendió, observó al grupo y volvió a subir sin decir una palabra.

Daniel lo reconoció inmediatamente.

—Es el socio de Nathaniel Cole.

Thomas guardó la carta.

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—Nos han encontrado.

Y en ese momento, desde el interior del carruaje, alguien levantó una mano enguantada y señaló directamente a Richard.

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