Chapter 2: Dos llantos en medio de la tormenta y una carta que podía destruir a su padre
El primer llanto atravesó la cabaña justo cuando un golpe de viento hizo temblar la puerta.
Abigail dejó caer la cabeza sobre la almohada, agotada, mientras Ruth envolvía al recién nacido en una manta tibia.
—Es un niño —anunció la anciana con una sonrisa cansada—. Un niño fuerte.
Abigail intentó levantar la cabeza.
—¿Puedo verlo?
—Claro que sí, mi niña.
Ruth acercó al bebé a su pecho.
El pequeño tenía el rostro enrojecido, los puños cerrados y una mata de cabello oscuro pegada a la cabeza. Su llanto era débil, pero constante.
Abigail lo contempló como si el mundo acabara de entregarle algo imposible.
—Hola, mi amor —susurró—. Perdóname por no tenerte una cama bonita. Perdóname por no tener una casa.
El bebé abrió la boca y volvió a llorar.
Abigail sonrió entre lágrimas.
—Te prometo que nunca voy a dejarte solo.
Ruth le acomodó la manta alrededor de los hombros.
—No le prometas cosas que dependen de que nunca te equivoques. Prométele que siempre vas a luchar por él.
Abigail miró al niño.
—Eso sí puedo prometerlo.
Pero la alegría duró apenas unos segundos.
Otra contracción la sacudió con tanta fuerza que soltó un grito. Ruth dejó al primer bebé en una cesta acolchada junto a la cama y volvió inmediatamente a su lado.
—Todavía falta el segundo —dijo—. Necesito que guardes fuerzas.
—No puedo más.
—Lo sé.
—¡No, usted no sabe! —Abigail lloraba sin poder detenerse—. ¡Mi padre me dejó morir!
¡Mi mamá lo permitió! ¡Ni siquiera pude despedirme de mi hermano!
Ruth le tomó la mano.
—Puedes odiarlos mañana. Esta noche vamos a concentrarnos en sacar a tu otro bebé.
Abigail soltó una carcajada amarga que terminó convertida en un sollozo.
—Mi madre me decía que una mujer decente debía aguantarlo todo en silencio.
—Tu madre se equivocó.
La respuesta fue tan directa que Abigail dejó de llorar por un instante.
Ruth continuó:
—Una mujer decente también merece que la cuiden. Y una muchacha asustada no deja de ser hija de alguien por cometer un error. Ahora respira.
Desde la cocina llegó el sonido de una olla golpeando contra la estufa.
Daniel apareció en la puerta con un recipiente de agua caliente. Tenía las mangas remangadas y el rostro pálido.
—¿Cómo está?
—El primero ya nació —respondió Ruth—. Ahora necesitamos que el segundo llegue pronto.
Daniel miró al recién nacido.
El pequeño se había calmado y dormía con una mano diminuta junto a la mejilla.
—Es increíble —murmuró.
Abigail volvió la cabeza hacia él.
—¿Qué?
—Que alguien tan pequeño pueda llegar al mundo con tanto ruido.
Ella sonrió débilmente.
—Todavía no conoce a mi familia.
Daniel no se rio. La miró con una tristeza silenciosa que Abigail no alcanzó a comprender.
Entonces Ruth volvió a examinarla y frunció el ceño.
—Daniel, necesito que prepares más toallas. Y después tendrás que salir un momento.
Él asintió de inmediato.
—Lo que necesites.
Abigail sintió que el miedo regresaba.
—No deje que se vaya.
Daniel se acercó a la cama.
—No voy a abandonarla.
—Todos dicen eso antes de hacerlo.
Él se quedó inmóvil.
Ruth levantó la vista hacia su hijo, sorprendida por la dureza de aquellas palabras. Daniel respiró hondo antes de responder.
—No puedo prometerte que nunca tendrás que enfrentar algo difícil, Abigail. Pero sí puedo prometerte que no voy a subir a una carreta y dejarte tirada en la nieve.
La joven bajó la mirada.
Era una promesa sencilla.
Y, sin embargo, le parecía más grande que cualquier juramento que hubiera escuchado en la iglesia.
La segunda parte del parto fue mucho más difícil.
Abigail sentía que su cuerpo ya no le pertenecía. El dolor la hacía perder la noción del tiempo. Afuera, el viento no cedía, y el fuego crepitaba mientras Ruth la animaba a seguir.
—¡Eso es! ¡No te rindas ahora!
—¡No puedo!
—¡Sí puedes! ¡Ya llegaste demasiado lejos!
Abigail apretó los dientes.
Pensó en su padre.
Pensó en su madre.
Pensó en el momento en que la carreta se alejó, y en cómo su hermano pequeño había vuelto la cabeza sin decir una palabra.
La rabia le dio fuerzas cuando el miedo ya no podía hacerlo.
—¡No voy a morir aquí! —gritó.
Ruth asintió.
—¡Así se habla!
Un último esfuerzo.
Un grito.
Y luego, el segundo llanto.
Ruth se quedó callada durante un instante, escuchando al bebé.
Después sonrió.
—Es una niña.
Abigail rompió a llorar.
—¿Está bien?
—Está respirando. Dame un momento.
La anciana limpió y envolvió a la pequeña antes de colocarla junto a su hermano.
La niña tenía el cabello más claro que el niño y una expresión seria que hizo que Daniel soltara una risa nerviosa desde la puerta.
—Parece que ya está enojada con el mundo.
Abigail volvió la cabeza hacia él.
—Tiene motivos.
Ruth acomodó a los gemelos junto a su madre.
—Aquí están tus hijos, Abigail.
La joven extendió los brazos con cautela.
Primero tomó al niño.
Después a la niña.
Los sostuvo contra su pecho y sintió el calor de sus pequeños cuerpos. Sus dedos diminutos se movían bajo las mantas, y sus respiraciones parecían dos susurros.
—No sé qué nombres ponerles —dijo.
Ruth se sentó a su lado.
—No tienes que decidirlo ahora.
Abigail miró al niño.
—Samuel.
La anciana levantó las cejas.
—¿Samuel?
Abigail apretó al pequeño contra su pecho.
—No por mi padre. Por el hombre que quiero que llegue a ser. Alguien que nunca use su fuerza para lastimar a quienes dependen de él.
Daniel bajó la mirada.
—Es un buen deseo.
Abigail contempló a la niña.
—Y ella se llamará Grace.
—¿Gracia? —preguntó Ruth.
—Sí. Porque alguien me dio una oportunidad cuando yo ya no esperaba ninguna.
Ruth le acarició el cabello.
—Entonces Samuel y Grace serán.
Por primera vez desde que la tormenta había comenzado, Abigail sintió que podía respirar sin miedo.
Pero la paz no duró mucho.
Cuando Ruth fue a buscar una taza de caldo, Abigail intentó acomodarse y descubrió que la pequeña bolsa de tela seguía atada bajo su vestido interior, donde la había escondido antes de que su padre la sacara de la carreta.
La sacó lentamente.
Era una bolsa vieja, con los bordes deshilachados. En su interior había una carta doblada cuatro veces, una pequeña llave de latón y una medalla que había pertenecido a su abuela.
Daniel regresó justo cuando Abigail abría el papel.
—¿Necesitas algo?
Ella se sobresaltó y estuvo a punto de dejar caer la carta.
—No es nada.
Daniel se detuvo.
—No tienes que explicarme tus cosas.
Abigail observó la puerta para asegurarse de que Ruth seguía en la cocina.
Luego volvió a mirar la carta.
—Mi abuela me la dio antes de morir.
—¿Qué dice?
Abigail tragó saliva.
—Nunca la había leído completa. Mi padre me la quitó una vez, pero logré recuperarla. Después escondí la llave y la carta en mi ropa porque sabía que él revisaría mis cosas.
—¿Por qué la buscaría?
La joven pasó un dedo por el borde del papel.
—Porque mi abuela dejó una propiedad a mi nombre.
Daniel no dijo nada.
Abigail continuó:
—Una casa pequeña, un terreno y dinero que guardó durante años. Mi padre siempre dijo que no existía ninguna herencia. Cuando le pregunté, me gritó y me prohibió volver a mencionar el asunto.
—¿Y esta carta?
—Dice que la propiedad me pertenece desde que cumplí diecisiete años. También menciona un documento que mi padre debía entregarme.
Daniel se acercó un poco, sin invadir su espacio.
—¿Lo tiene él?
Abigail asintió.
—Creo que sí. Y creo que por eso me odia tanto.
El rostro de Daniel se endureció.
—¿Crees que te abandonó por una propiedad?
—No lo sé. Pero mi abuela escribió que, si alguna vez alguien intentaba obligarme a renunciar a lo que me correspondía, debía buscar a un abogado llamado Thomas Bell en el pueblo de Silverton.
Daniel tomó aire lentamente.
—Conozco ese nombre.
Abigail lo miró de inmediato.
—¿De verdad?
—Era abogado de mi padre. Se retiró hace unos años, pero todavía vive cerca de la plaza.
Abigail sintió que una pequeña puerta se abría en medio de la oscuridad.
—Entonces podría ayudarme.
—Si los documentos dicen lo que tú crees, sí.
La joven miró a sus bebés.
—No quiero que crezcan dependiendo de la caridad de nadie.
Daniel se sentó en una silla junto a la cama.
—No hay vergüenza en recibir ayuda cuando la necesitas.
—No quiero pasarme la vida agradeciendo que alguien no me haya dejado morir.
Él sostuvo su mirada.
—Entonces asegúrate de que tus hijos aprendan a agradecer sin creer que deben obedecer ciegamente a quien les da algo.
Abigail guardó aquellas palabras en su corazón.
Afuera, la tormenta comenzaba a disminuir.
Ruth regresó con el caldo y encontró a los dos bebés dormidos junto a su madre.
—Mañana veremos cómo organizar todo —dijo—. Ahora necesitas descansar.
Abigail guardó la carta y la llave bajo la almohada.
Pero antes de cerrar los ojos, recordó algo que había visto en el rostro de su padre cuando descubrió que ella había leído la primera parte de la carta semanas atrás.
No había sido solamente enojo.
Había sido miedo.
Un miedo profundo, desesperado.
Como el de un hombre que acababa de descubrir que su hija podía destruir una mentira que llevaba años protegiendo.
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Y si Abigail estaba en lo cierto, la tormenta no había sido la peor amenaza de aquella noche.
Lo peor estaba esperándola en el lugar al que su padre había huido.
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