Calm

Chapter 5: Richard Hale reconoció el medallón de Abigail y reveló una verdad que Samuel juró llevarse a la tumba

El hombre que reclamaba la fortuna de Abigail palideció en cuanto vio el medallón que colgaba de su cuello.

No fue una reacción discreta.

Richard Hale dejó caer la taza de café que sostenía, y el ruido de la porcelana al romperse hizo que todos los presentes en la posada voltearan hacia él.

Abigail se quedó inmóvil junto a Daniel.

Habían llegado a Silverton poco después del mediodía, acompañados por Thomas Bell y por Ethan, que se había negado a quedarse en la cabaña.

Ruth había querido impedir que Abigail saliera tan pronto después del parto, pero la joven insistió en que no podía permitir que otros siguieran decidiendo por ella.

Viajaron en una carreta pequeña, con los gemelos envueltos en mantas y una bolsa de ropa limpia a los pies de Abigail.

El trayecto fue doloroso.

Todavía sentía debilidad en las piernas y tenía que detenerse de vez en cuando para alimentar a sus hijos. Sin embargo, cada vez que pensaba en regresar, recordaba la declaración que su padre había firmado.

La había declarado muerta.

Había utilizado su embarazo para acusarla de una relación que nunca existió con Richard Hale.

Y pretendía quedarse con la herencia de sus hijos antes de que pudieran siquiera abrir los ojos al mundo.

Abigail había terminado de sentir vergüenza por los actos de su padre.

Ahora quería respuestas.

Richard estaba sentado en una mesa cerca de la ventana cuando Thomas Bell se acercó.

—Señor Hale, necesito hablar con usted sobre la reclamación que presentó contra la herencia de Margaret Pierce.

Richard levantó la mirada.

—Señor Bell. No esperaba verlo aquí.

—Eso resulta curioso, considerando que su reclamación depende de documentos que yo mismo ayudé a redactar.

Richard endureció el rostro.

—No tengo nada que discutir con usted.

Entonces vio a Abigail.

Su mirada recorrió su rostro pálido, los brazos que sostenían a uno de los bebés y el medallón de plata que descansaba sobre su pecho.

La taza cayó.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó.

Abigail bajó la vista hacia el medallón.

—Era de mi abuela.

Richard se puso de pie tan rápido que la silla raspó el suelo.

—No puede ser.

Daniel dio un paso adelante.

—Tranquilo. No se acerque más de lo necesario.

Richard ni siquiera pareció escucharlo.

Se llevó una mano al bolsillo interior del abrigo y sacó una cadena. Al final colgaba un medallón idéntico al de Abigail.

La joven sintió que el aire se volvía más pesado.

—¿Por qué tiene uno igual?

Richard abrió el suyo.

En el reverso había tres palabras grabadas con letras pequeñas:

La sangre recuerda.

Abigail abrió el suyo con dedos temblorosos.

Las mismas palabras aparecían en el reverso.

Thomas Bell cerró los ojos durante un instante.

—Margaret nunca me explicó por qué encargó dos medallones —murmuró—. Solo me dijo que algún día entendería su propósito.

Richard miró a Abigail como si estuviera contemplando un fantasma.

—¿Cómo te llamas?

—Abigail Pierce.

Él retrocedió.

—No...

La joven sintió que la rabia le ganaba al miedo.

—Mi padre dice que soy una vergüenza. También dice que estoy muerta. Ahora necesito saber por qué usted tiene un medallón igual al mío y por qué está reclamando una propiedad que pertenece a mi familia.

Richard bajó la cabeza.

Cuando volvió a levantarla, sus ojos estaban llenos de lágrimas que parecía avergonzarse de mostrar.

—Porque yo también soy parte de esa familia.

El silencio que siguió fue tan profundo que Abigail pudo escuchar el golpeteo del viento contra los vidrios.

Ethan fue el primero en reaccionar.

—¿Usted es el hijo que papá escondió?

Richard asintió lentamente.

—Sí.

Abigail sintió que algo se le hundía en el pecho.

Había imaginado muchas explicaciones durante el trayecto. Ninguna incluía la posibilidad de que aquel hombre fuera realmente su hermano.

—¿Y por eso quiere quedarse con mi herencia?

Richard cerró los ojos.

—Eso es lo que te hicieron creer.

—Entonces explíqueme por qué firmó esos documentos.

Él no contestó de inmediato.

Thomas señaló una silla.

—Será mejor que se siente, señor Hale. Todos necesitamos escuchar la verdad.

Richard se dejó caer en el asiento.

Durante unos segundos observó sus manos, como si buscara en ellas las palabras adecuadas.

—Mi madre se llamaba Eleanor. Trabajó para tu abuela cuando era joven. Samuel era apenas un muchacho cuando se enamoraron, pero la familia de él nunca habría permitido que se casara con una mujer sin dinero ni apellido importante.

—¿Y por eso la abandonó? —preguntó Abigail.

—Cuando mi madre le dijo que estaba embarazada, Samuel prometió casarse con ella. Después desapareció durante semanas. Cuando regresó, le dijo que su padre había arreglado un matrimonio que no podía rechazar.

Richard hizo una pausa.

—Mi madre intentó buscarlo. Él negó conocerla. Dijo que ella inventaba la historia para obtener dinero.

Abigail sintió una oleada de repulsión.

Su padre había construido su reputación sobre la destrucción de una mujer que confiaba en él.

—¿Qué pasó con su madre?

—Me crió sola. Trabajó hasta que sus manos dejaron de servirle para coser. Nunca volvió a casarse. Murió cuando yo tenía dieciséis años.

Richard miró a Abigail.

—Antes de morir, me entregó ese medallón. Me dijo que mi padre algún día tendría que reconocerme, aunque tuviera que hacerlo delante de todo el pueblo.

La joven bajó la vista hacia su propia cadena.

—Mi abuela me dijo algo parecido. Me aseguró que la verdad estaba guardada en un lugar donde mi padre no podría destruirla.

Thomas Bell se inclinó hacia adelante.

—Margaret Pierce sabía de la existencia de Richard. Me pidió que localizara a Eleanor, pero cuando finalmente la encontré, ella ya había muerto. Después traté de convencer a Samuel de que reconociera a su hijo. Se negó.

—¿Entonces por qué Richard tiene derecho a reclamar la herencia? —preguntó Daniel.

El abogado respiró hondo.

—Porque Margaret dejó instrucciones específicas para que se reconociera a todos sus descendientes directos. Sin embargo, la participación de Richard no anulaba la de Abigail. La herencia debía dividirse conforme a las condiciones del testamento.

Abigail apretó los labios.

—Entonces mi padre mintió.

—Sí —respondió Thomas—. Y parece que también le mintió a Richard.

El hombre asintió con amargura.

—Samuel me encontró hace unos meses. Me dijo que mi abuela había dejado una fortuna a su familia, pero que Abigail había renunciado a sus derechos. Aseguró que solo necesitaba mi firma para corregir una injusticia que había cometido durante años.

Abigail lo miró con incredulidad.

—¿Le dijo que yo había renunciado?

—Sí. Me mostró una copia de un documento que llevaba tu nombre. Me dijo que querías repartir la propiedad conmigo para compensarme por lo que le había hecho a mi madre.

—¡Nunca firmé nada!

Richard bajó la cabeza.

—Ahora lo sé.

Daniel intervino con voz firme.

—¿Y la declaración en la que dice que Abigail murió?

Richard se pasó una mano por la cara.

—Samuel me aseguró que la declaración era un trámite necesario. Dijo que ella había muerto durante el parto y que no existían otros herederos con derecho a reclamar. Yo no sabía que seguía viva.

Abigail sintió que la rabia se transformaba en una tristeza pesada.

—Usted firmó sin preguntar.

Richard aceptó la acusación sin defenderse.

—Sí. Quería creer que mi padre estaba intentando reparar lo que le hizo a mi madre. Quería creer que, después de tantos años, por fin me reconocería como su hijo.

Miró el medallón que llevaba en la mano.

—Me equivoqué.

Abigail se quedó callada.

Por primera vez, entendía que Richard también había sido utilizado. Pero eso no borraba lo que había hecho.

—¿Va a retirar la reclamación? —preguntó.

—Sí. Y voy a declarar todo lo que sé.

Thomas asintió.

—Eso ayudará, pero necesitamos el testamento original y los registros financieros. Sin ellos, Samuel podría intentar sostener que los documentos que presentó son legítimos.

Richard levantó la mirada.

—Sé dónde puede estar el testamento.

Todos se volvieron hacia él.

—Cuando Samuel me habló de la herencia, me llevó a la casa familiar. Me mostró una caja de hierro y dijo que allí guardaba los documentos. Pero no me permitió abrirla.

Abigail sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.

—La caja está en el granero.

Richard asintió.

—Probablemente. Y hay algo más que debes saber.

Sacó un papel del bolsillo y lo puso sobre la mesa.

Era una copia de un contrato firmado por Samuel Pierce y Nathaniel Cole.

El documento establecía que, una vez transferida la propiedad, Richard recibiría una cantidad fija de dinero y renunciaría a cualquier reclamación futura.

Pero al final había una cláusula escrita a mano.

En caso de oposición de Abigail Pierce, se procederá conforme al acuerdo privado.

—¿Qué significa eso? —preguntó Daniel.

Richard negó con la cabeza.

—No lo sé. Samuel nunca me explicó esa parte.

Thomas estudió el documento.

—Este acuerdo parece anterior a la declaración de muerte. Necesito examinarlo con cuidado.

Abigail sintió que la esperanza que había comenzado a crecer se mezclaba nuevamente con el temor.

—¿Y si mi padre destruyó el testamento?

—Entonces buscaremos otras pruebas —respondió Thomas—. Los registros del negocio maderero, las cartas de tu abuela, las cuentas de los pagos. Una mentira puede ocultar un documento, pero es mucho más difícil borrar todos los rastros.

Richard se puso de pie.

—Quiero acompañarlos.

Daniel lo observó con desconfianza.

—¿Por qué deberíamos confiar en usted?

Richard no apartó la mirada.

—No tienen por qué hacerlo. Yo firmé esos documentos. Si Abigail quiere denunciarme por mi participación, tendrá razón. Pero no voy a seguir permitiendo que Samuel utilice mi existencia para robarle lo que le pertenece.

Abigail contempló a aquel hombre que, hasta hacía unos minutos, había sido un desconocido dispuesto a quedarse con su futuro.

No podía perdonarlo todavía.

Pero tampoco podía ignorar que su padre había convertido a sus propios hijos en herramientas para alimentar su codicia.

—Puede ayudarnos —dijo finalmente—. Pero no vuelva a firmar nada sin leerlo. Y no espere que yo confíe en usted de un día para otro.

Richard inclinó la cabeza.

—Lo entiendo.

Cuando salieron de la posada, el cielo estaba cubierto de nubes grises. Daniel ayudó a Abigail a subir a la carreta, mientras Thomas guardaba los documentos en su maletín.

Richard caminó unos pasos detrás de ellos.

Antes de subir, Abigail volvió la cabeza hacia la posada.

Su padre había mentido sobre su nacimiento, sobre su herencia y sobre la muerte que había inventado para ella.

Ahora sabía que también había destruido la vida de Eleanor y había negado a Richard durante treinta y cuatro años.

¿Cuántas mentiras más podía esconder aquel hombre?

La respuesta llegó antes de que alcanzaran la salida del pueblo.

Un muchacho apareció corriendo por la calle, agitando una hoja de papel.

—¡Señor Bell! ¡Señor Bell!

Thomas detuvo la carreta.

—¿Qué sucede?

El muchacho le entregó el documento.

El abogado lo leyó y palideció.

Abigail se incorporó.

—¿Qué dice?

Thomas levantó los ojos.

—Samuel ha solicitado una audiencia de emergencia para mañana por la mañana. Afirma que usted no está en condiciones de cuidar a sus hijos y pide que los gemelos queden bajo la custodia temporal de la familia Pierce.

Abigail sintió que el mundo se inclinaba.

—¿Quiere quitarme a mis bebés?

Thomas dobló el papel.

—Y no es lo peor. Ha presentado una declaración de un médico que asegura que usted sufrió una alteración mental después del parto.

Richard apretó los puños.

—¡Ese médico no la ha visto en su vida!

Daniel miró a Abigail.

Ella abrazó a sus hijos, sintiendo que una furia nueva comenzaba a crecer dentro de ella.

Samuel no se conformaba con declararla muerta.

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Ahora pretendía convencer al pueblo de que estaba loca para arrebatarle a sus propios hijos.

Y la audiencia comenzaría al amanecer.

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