Chapter 6: Samuel pidió que le quitaran a sus nietos, pero no imaginó quién entraría a la audiencia con la prueba que lo destruiría
Abigail pasó la noche sin dormir, porque cada vez que cerraba los ojos imaginaba unas manos extrañas arrebatándole a sus gemelos.
La cabaña de los Mercer nunca le había parecido tan pequeña.
Ruth había preparado una cama junto a la chimenea y colocado una silla cerca para que Abigail pudiera alimentar a los bebés durante la noche. Daniel reforzó el cerrojo de la puerta y dejó una lámpara encendida junto a la ventana.
Thomas Bell trabajó hasta tarde revisando los documentos.
Richard permaneció sentado en silencio, con el medallón de su madre entre los dedos.
Nadie habló mucho.
No hacía falta.
Todos sabían que la mañana siguiente podía cambiar la vida de Abigail para siempre.
—¿Y si el juez le cree? —preguntó ella finalmente.
Thomas levantó la vista de sus papeles.
—Tendremos que demostrar que las acusaciones son falsas.
—Mi padre conoce a todo el mundo en Silverton. Ha vivido allí durante años. Todos lo respetan.
—El respeto que alguien recibe no convierte sus mentiras en verdad.
Abigail miró a sus hijos.
Samuel dormía con los labios ligeramente abiertos. Grace movía las manos debajo de la manta, como si estuviera intentando alcanzar algo invisible.
—¿Y si dicen que no soy capaz de cuidarlos porque tengo diecisiete años?
Thomas dejó la pluma.
—Tu edad no demuestra que seas incapaz. Tampoco el hecho de haber dado a luz recientemente. Lo que importa es si puedes proporcionarles un entorno seguro y si alguien está intentando perjudicarlos.
Daniel se acercó desde la puerta.
—Y aquí no les falta nada.
Abigail lo miró con gratitud, aunque la preocupación no desapareció.
—No quiero depender de ustedes para siempre.
Ruth, que estaba doblando ropa limpia, se volvió hacia ella.
—Nadie te está pidiendo que dependas de nosotros para siempre, hija. Pero una cosa es recibir ayuda y otra muy distinta es que alguien use tu necesidad para quitarte lo que amas.
La anciana colocó una mano sobre el hombro de Abigail.
—Mañana vas a entrar a esa audiencia como la madre de Samuel y Grace. No como la hija avergonzada que tu padre quiere presentar ante todos.
Abigail respiró hondo.
—¿Y si me preguntan quién es el padre de mis hijos?
Thomas contestó con serenidad:
—Dirás la verdad. No tienes que inventar una respuesta para satisfacer la curiosidad de nadie. Lo importante es que nadie puede utilizar una acusación falsa para arrebatarte tus derechos.
Richard levantó la cabeza.
—Yo puedo declarar que nunca tuve ninguna relación con Abigail.
Abigail lo miró.
—¿Y si el juez pregunta por qué firmó la declaración?
Richard apretó los labios.
—Diré que me dejé engañar. No voy a intentar esconder mi responsabilidad.
Aquella respuesta no borró la desconfianza de Abigail, pero le permitió respirar un poco mejor.
Poco después, Thomas reunió los documentos y se retiró a una habitación contigua para preparar su argumento.
Daniel salió a revisar los caballos.
Abigail se quedó junto a la chimenea, sosteniendo a Grace, mientras Ethan dormía en una silla.
Fue entonces cuando oyó una voz detrás de ella.
—Abby.
Se volvió.
Su madre estaba en la puerta.
Margaret Pierce llevaba un vestido oscuro, un abrigo demasiado delgado y el rostro de una mujer que no había dormido en toda la noche.
Abigail se quedó helada.
Durante un instante, el cuerpo le pidió que corriera hacia ella como cuando era pequeña y se lastimaba las rodillas jugando en el patio.
Pero luego recordó el rostro de Margaret mientras la carreta se alejaba.
Recordó las lágrimas en sus ojos.
Y recordó que, a pesar de esas lágrimas, no había hecho nada para detener a Samuel.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
Margaret dio un paso hacia la cama.
—Necesito hablar contigo.
—¿Mi padre sabe que estás aquí?
Su madre bajó la mirada.
—No.
—¿Vas a llevarte a mis hijos?
—¡No! ¡Por supuesto que no!
La respuesta fue tan desesperada que Grace comenzó a llorar.
Abigail la acunó inmediatamente.
Margaret se tapó la boca al escuchar el llanto de la niña.
—¿Puedo verla?
Abigail tardó en responder.
—Puedes mirarla desde ahí.
Su madre aceptó la distancia sin protestar.
Observó a Grace y luego a Samuel, que seguía dormido en la cesta.
Las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas.
—Son hermosos.
Abigail no dijo nada.
—Lo siento, hija.
La joven sintió que algo dentro de ella se tensaba.
—¿Por qué?
Margaret se quedó inmóvil.
—Por haberte dejado allí.
—No. Quiero saber por qué lo hiciste. ¿Por qué te quedaste sentada mientras él me arrojaba a la nieve?
Su madre se derrumbó en una silla.
—Tenía miedo.
—Yo también.
Margaret se cubrió el rostro.
—Tu padre llevaba meses amenazándome. Me dijo que si lo desobedecía, echaría a Ethan de la casa y me dejaría sin nada. Yo pensé que, si me quedaba callada, podría encontrar una manera de ayudarte después.
Abigail sintió una punzada de amargura.
—¿Y cuál era tu plan? ¿Esperar a que yo muriera para llorar sobre mi tumba?
Margaret levantó la cabeza.
—No.
—Entonces explícame qué hiciste para salvarme.
Su madre abrió la boca, pero no encontró palabras.
El silencio fue más doloroso que cualquier respuesta.
Finalmente, Margaret sacó un sobre del bolsillo interior de su abrigo.
—Te traje esto.
Abigail no lo tomó inmediatamente.
—¿Qué es?
—Una carta de tu abuela. La encontré hace meses, escondida detrás de una tabla del escritorio de tu padre. Él no sabe que la tengo.
Abigail miró el sobre.
Reconoció la letra de Margaret Pierce, la misma que había visto en las recetas y las tarjetas de cumpleaños que su abuela solía escribir.
—¿Por qué no me la diste antes?
Margaret bajó la cabeza.
—Porque Samuel me convenció de que, si la leías, intentarías reclamar la propiedad. Dijo que perderíamos la casa, que nos quedaríamos en la calle. Yo le creí.
Abigail tomó el sobre.
Sus dedos temblaban.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que la casa y el dinero nunca fueron suyos. Y sé que lo que hizo contigo no tiene perdón.
La joven abrió la carta con cuidado.
La primera línea decía:
Mi querida Abigail: si estás leyendo esto, es porque tu padre ha vuelto a intentar decidir tu futuro sin preguntarte qué deseas para tu propia vida.
Abigail sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Continuó leyendo en silencio.
Su abuela explicaba que había descubierto las mentiras de Samuel muchos años atrás. Sabía que había ocultado la existencia de Richard y que había utilizado parte de los beneficios del negocio familiar para pagar deudas personales.
También advertía que, si Samuel intentaba reclamar la propiedad después de la muerte de Margaret, Abigail debía buscar una copia de los registros guardada en la oficina del antiguo aserradero.
Pero había algo más.
Una frase escrita al final, con tinta más oscura:
No confíes en el documento que lleva mi firma si aparece sin el sello azul. Samuel sabe imitar mi letra, pero nunca pudo reproducir la marca que usaba mi abogado.
Abigail levantó la vista.
—Mamá, ¿el documento que mi padre presentó tiene un sello azul?
Margaret negó con la cabeza.
—No lo sé.
Thomas apareció en la puerta al escuchar la pregunta.
—Déjame verlo.
Leyó la carta dos veces.
Después abrió el maletín y sacó la copia de la supuesta renuncia de Abigail.
La colocó junto a la carta.
El abogado palideció.
—Esto es más importante de lo que imaginaba.
Daniel entró desde el exterior, seguido por Richard.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Thomas señaló la copia.
—La renuncia que Samuel presentó no tiene el sello azul. Si el original tampoco lo tiene, tendremos motivos sólidos para impugnarlo por falsificación.
Abigail sintió que una chispa de esperanza atravesaba el miedo.
—Entonces podemos demostrar que mintió.
—Podemos empezar a hacerlo —respondió Thomas—. Pero todavía necesitamos los registros originales del aserradero.
Richard se acercó a la mesa.
—Sé dónde está la oficina. Puedo llevarlos.
Thomas negó con la cabeza.
—No tenemos tiempo para ir y volver antes de la audiencia.
Margaret se levantó de la silla.
—Yo sé dónde guardaba Samuel las llaves.
Todos la miraron.
—Cuando compró la propiedad del aserradero, dejó una copia de las llaves en una caja de madera detrás del armario de la cocina. Siempre decía que nadie tenía por qué entrar allí.
Daniel se puso el abrigo.
—Entonces iremos ahora.
Abigail intentó levantarse.
Ruth, que acababa de entrar, le puso una mano en el hombro.
—Tú te quedas aquí.
—Pero...
—Acabas de dar a luz a dos bebés. No vas a recorrer caminos helados esta mañana. Thomas puede presentar tu declaración y Richard puede acompañar a Daniel.
Abigail apretó los labios.
No quería quedarse esperando, pero sabía que Ruth tenía razón.
—Traigan todos los documentos que encuentren.
Richard asintió.
—Te lo prometo.
Antes de salir, se volvió hacia ella.
—Abigail, sé que no tengo derecho a pedirte confianza. Pero si encuentro algo que pueda demostrar lo que Samuel hizo, lo entregaré. Aunque eso signifique que yo también tenga que responder por mis actos.
La joven sostuvo su mirada.
—Entonces haga lo correcto por primera vez.
Richard inclinó la cabeza y salió con Daniel.
La audiencia comenzó a las nueve de la mañana.
Abigail llegó al juzgado acompañada por Thomas, Margaret y Ruth. Llevaba a los gemelos envueltos en mantas limpias, y Ethan caminaba a su lado sosteniéndole una mano.
El salón estaba lleno de vecinos.
Samuel se encontraba en la primera fila, vestido con su mejor traje y con una expresión de profunda tristeza cuidadosamente ensayada.
Cuando vio entrar a Abigail, se puso de pie.
—¡Hija mía!
La joven sintió que la sangre le hervía.
Samuel avanzó con los brazos abiertos, como si quisiera abrazarla.
Daniel no estaba allí para detenerlo, pero Abigail retrocedió por iniciativa propia.
—No me toque.
El murmullo recorrió la sala.
Samuel se llevó una mano al pecho.
—Sé que estás confundida, Abigail. Sé que has sufrido mucho. Pero estoy aquí para ayudarte.
—¿Ayudarme? —preguntó ella—. ¿Como me ayudaste cuando me arrojaste a la nieve?
Algunas personas bajaron la mirada.
Otras se volvieron hacia Samuel.
El hombre palideció, pero enseguida recuperó la compostura.
—No sabes lo que dices. Estabas enferma y fuera de control. Hice lo que creí necesario para proteger a la familia.
—¿Y declarar que estaba muerta también fue necesario?
El murmullo se convirtió en un alboroto.
El juez golpeó la mesa.
—¡Silencio! Tendrán oportunidad de hablar cuando se les conceda la palabra.
Samuel regresó a su asiento, pero sus ojos estaban llenos de odio.
La audiencia comenzó con la presentación de la solicitud de custodia temporal.
El médico que Samuel había contratado declaró que no había examinado personalmente a Abigail, pero que, según la información recibida, la joven mostraba signos de inestabilidad emocional.
Thomas se levantó inmediatamente.
—¿Puede explicar al tribunal cómo llegó a ese diagnóstico sin haber visto a mi representada?
El médico se aclaró la garganta.
—Fue una evaluación preliminar basada en los informes proporcionados por su padre.
—¿Quién proporcionó esos informes?
—El señor Samuel Pierce.
—Entonces, para que quede claro, usted no examinó a Abigail Pierce, no habló con ella y no observó su comportamiento. ¿Correcto?
El médico guardó silencio.
—Correcto —admitió finalmente.
Thomas se volvió hacia el juez.
—No tenemos un diagnóstico médico. Tenemos una acusación presentada por un hombre que intenta obtener la custodia de dos recién nacidos y controlar una herencia.
Samuel se levantó indignado.
—¡Esto es una vergüenza!
—¡Siéntese, señor Pierce! —ordenó el juez.
Abigail abrazó a Grace mientras Ethan sostenía a Samuel.
Su padre parecía cada vez más desesperado.
Pero todavía no había terminado.
Cuando Thomas presentó la copia de la renuncia, Samuel sonrió con suficiencia.
—Ese documento demuestra que mi hija ya había aceptado sus responsabilidades.
El juez lo examinó.
—¿Dónde está el original?
Samuel respondió sin vacilar.
—Guardado en mi propiedad.
—¿Y por qué no lo presentó?
—Por razones de seguridad.
Thomas se puso de pie.
—Tenemos motivos para creer que el documento es falso.
Samuel soltó una carcajada.
—¡No tiene ninguna prueba!
En ese instante, las puertas del juzgado se abrieron.
Daniel entró primero, cubierto de polvo y con el abrigo desabrochado. Richard venía detrás, cargando una caja de madera. Ambos estaban acompañados por un alguacil que llevaba varios documentos sujetos con una cinta.
Thomas Bell sonrió por primera vez en toda la mañana.
Samuel perdió el color del rostro.
—¿Qué significa esto? —exigió.
Daniel dejó la caja sobre la mesa.
—Encontramos los registros del aserradero.
Richard colocó los documentos junto al expediente de la audiencia.
—Y encontramos algo más.
Sacó una hoja amarillenta, doblada y sellada con cera azul.
El juez la tomó.
Al leer las primeras líneas, su expresión se volvió severa.
—Señor Pierce, ¿reconoce esta firma?
Samuel no respondió.
El juez levantó el documento.
—Porque aquí aparece una declaración firmada por usted en la que admite que Abigail Pierce es la heredera legítima de la propiedad y que no existe ninguna renuncia válida a sus derechos.
Abigail sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Su padre estaba atrapado.
Pero entonces el juez llegó a la última página.
Frunció el ceño y miró a Samuel.
—Hay algo que no entiendo. Este documento indica que, si Abigail no pudiera recibir la herencia, la propiedad pasaría a una segunda beneficiaria.
Samuel cerró los ojos.
Margaret se llevó una mano a la boca.
El juez pronunció el nombre lentamente.
—Eleanor Hale.
Richard retrocedió como si alguien lo hubiera golpeado.
Abigail lo miró, confundida.
—¿La madre de Richard?
Thomas Bell tomó el documento y examinó el sello.
Su rostro se volvió sombrío.
—No puede ser. Eleanor murió hace dieciocho años.
El juez señaló una anotación escrita al margen.
—Según este registro, Eleanor Hale no murió cuando ustedes creen. La declaración oficial de su fallecimiento fue presentada bajo circunstancias que deben investigarse.
Richard comenzó a temblar.
—Mi madre... ¿está diciendo que mi madre podría haber seguido viva?
Nadie respondió.
Entonces Samuel se levantó bruscamente.
—¡Ese documento no significa nada! ¡No pueden utilizarlo contra mí!
El alguacil se acercó.
—Señor Pierce, deberá permanecer aquí mientras se verifica la autenticidad de los documentos.
Samuel miró a Abigail con una furia que ya no podía ocultar.
—¡Tú no sabes lo que estás haciendo! ¡Estás destruyendo a tu propia familia!
Abigail sostuvo a Grace contra su pecho y lo miró directamente a los ojos.
—No, papá. Estoy dejando de permitir que tú la destruyas.
Por primera vez, Samuel no tuvo una respuesta.
Pero mientras el alguacil lo acompañaba hacia una sala contigua, Richard permaneció inmóvil frente al documento.
Sus ojos estaban fijos en la fecha de la supuesta muerte de su madre.
Y Abigail comprendió que, aunque por fin había encontrado una prueba capaz de derribar las mentiras de su padre, acababan de descubrir una verdad todavía más dolorosa.
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La mujer que había criado sola a Richard, la mujer que había trabajado hasta enfermar y que él había llorado durante dieciocho años, quizá nunca había muerto.
Y si alguien había falsificado su fallecimiento, Samuel Pierce no era el único que tenía algo que ocultar.
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