Calm

Chapter 4: El hijo secreto de Samuel Pierce regresó para quedarse con la fortuna de Abigail

—No puede ser cierto —murmuró Abigail, apretando a sus gemelos contra el pecho—. Mi padre siempre dijo que yo era su hija mayor.

Thomas Bell dejó el sobre sobre la mesa y se quitó los lentes para limpiarlos con un pañuelo.

—Entiendo que esto sea difícil de aceptar, señorita Pierce. Pero su abuela me entregó documentos que demuestran que Samuel tuvo un hijo antes de casarse con su madre.

Abigail miró a Ethan, esperando encontrar en su rostro alguna señal de que él conocía aquella historia.

Su hermano negó lentamente con la cabeza.

—Nunca escuché nada de eso, Abby. Te lo juro.

—¿Cómo se llama? —preguntó ella.

El abogado abrió nuevamente el sobre.

—Richard Hale. Tiene treinta y cuatro años y vive en Durango. Su madre trabajó durante un tiempo para la familia de su padre. Cuando quedó embarazada, Samuel negó públicamente ser el responsable y la obligó a marcharse del condado.

Abigail sintió que el estómago se le revolvía.

—¿Y ahora aparece para reclamar una herencia que ni siquiera sabía que existía?

—Eso parece.

Daniel, que permanecía junto a la chimenea, se cruzó de brazos.

—¿Cómo supo de la propiedad?

Thomas hizo una pausa antes de responder.

—No lo sé con certeza. Sin embargo, hace tres semanas presentó documentos que incluyen una declaración de Samuel Pierce. En ella, su padre afirma que Abigail murió durante el parto y que, como único hijo varón reconocido con derechos sobre la propiedad, Richard debe recibir la herencia.

—¡Pero yo no estoy muerta! —exclamó Abigail.

La niña que sostenía en brazos se removió al escuchar su voz. Abigail la acunó inmediatamente, tratando de controlar el temblor de sus manos.

—Lo sé —respondió el abogado—. Y eso cambia las cosas. Mucho.

Ruth se acercó para acomodar una manta sobre los hombros de la joven.

—¿Qué necesitamos hacer?

Thomas abrió su maletín y sacó varias hojas.

—Primero, demostrar que Abigail está viva. Segundo, impugnar la declaración falsa. Tercero, localizar el testamento original de su abuela y revisar las transferencias que Samuel ha realizado.

—¿Y cuánto tiempo tenemos? —preguntó Daniel.

El abogado miró el reloj de bolsillo.

—La solicitud de transferencia podría resolverse en pocos días. Si Richard logra que se reconozca como heredero antes de que presentemos nuestras pruebas, tendremos que iniciar una batalla legal mucho más complicada.

Abigail bajó la vista hacia sus hijos.

No tenían ni un día de nacidos.

Samuel apenas había tenido tiempo de enterarse de que eran dos niños, y ya había decidido que ella estaba muerta.

Ni siquiera le había concedido la oportunidad de despedirse.

—¿Por qué? —susurró.

Nadie contestó.

—¿Por qué mi padre haría algo así? ¿Por qué no se conformó con abandonarme? ¿Por qué también necesita quitarles el futuro a mis hijos?

Thomas cerró el maletín.

—Porque el dinero puede convertir la codicia en una enfermedad, señorita. Y porque algunas personas prefieren destruir a su propia familia antes que reconocer que han hecho algo malo.

Abigail se quedó mirando el fuego.

Recordó a su abuela Margaret sentada junto a la ventana de su antigua casa, cosiendo una manta azul mientras le contaba historias sobre mujeres que habían levantado sus hogares con sus propias manos.

Margaret nunca hablaba mal de Samuel delante de sus nietos. Sin embargo, cuando estaban solas, a veces le decía a Abigail que jamás permitiera que alguien la convenciera de que no merecía tener algo propio.

En aquel momento, Abigail había creído que eran simples consejos de una anciana.

Ahora entendía que su abuela había intentado prepararla.

—Quiero ver el testamento —dijo.

Thomas asintió.

—Lo haremos. Pero necesito que me cuente todo lo que recuerde de la caja de hierro.

Abigail describió el granero, las tablas del fondo y la llave de latón que había guardado junto con la carta. El abogado escuchó sin interrumpirla.

Cuando terminó, Daniel se puso de pie.

—Conozco la propiedad de los Pierce. Si la caja sigue allí, puedo ayudar a buscarla.

—No irás solo —dijo Ruth.

Daniel la miró.

—Mamá, no voy a dejar que Abigail se exponga a ese hombre.

—No he dicho que vayas a llevarla. He dicho que no irás solo.

Thomas levantó una mano.

—Antes de hacer cualquier cosa, debemos averiguar si Samuel sigue en la zona. Si sabe que Abigail sobrevivió, podría intentar destruir los documentos.

Ethan palideció.

—Él siempre guarda una lámpara encendida en el granero. Dice que es para vigilar los animales, pero nunca deja que nadie entre cuando está trabajando allí.

Daniel miró al muchacho.

—¿Cuándo fue la última vez que viste la caja?

—Hace dos días. Papá estaba en el granero hasta pasada la medianoche.

Thomas se levantó de inmediato.

—Entonces no podemos perder tiempo.

A varios kilómetros de la cabaña, Samuel Pierce estaba sentado frente a una taza de café frío en la habitación de una posada.

Su esposa, Margaret, permanecía junto a la ventana, retorciendo un pañuelo entre los dedos.

—Tenemos que regresar por ella —dijo por quinta vez.

Samuel ni siquiera levantó la mirada.

—Ya hablamos de eso.

—No, Samuel. Tú hablaste y yo tuve que escucharte. Eso no es lo mismo.

Él dejó la taza sobre la mesa con tanta fuerza que el café salpicó el mantel.

—¡No voy a regresar a buscar a una muchacha que decidió arruinar esta familia!

Margaret cerró los ojos.

—Tiene diecisiete años.

—Y suficiente edad para saber lo que estaba haciendo.

—Estaba asustada.

—¡Estaba embarazada!

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Samuel se levantó y caminó hacia la puerta. Su rostro estaba rojo, pero sus manos temblaban.

Margaret lo conocía demasiado bien. Había vivido junto a él durante veinte años y sabía distinguir cuándo estaba enojado y cuándo tenía miedo.

Aquella mañana, Samuel tenía miedo.

—¿Qué pasará si alguien la encuentra? —preguntó ella.

—Nadie va a encontrarla.

—¿Y si sobrevivió?

Samuel se detuvo.

Por un instante, la expresión de su rostro cambió.

Después soltó una carcajada seca.

—Con esa tormenta, ni un hombre adulto habría sobrevivido caminando sin abrigo.

Margaret se llevó una mano a la boca.

—No digas eso.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que ojalá vuelva para que pueda arrastrarnos a todos a la vergüenza?

—Es tu hija.

Samuel se acercó hasta quedar frente a ella.

—Escúchame bien, Margaret. Si alguien pregunta, Abigail murió durante el viaje. Fue una desgracia. Una tragedia que no pudimos evitar.

Su esposa retrocedió.

—No voy a mentir.

Samuel la sujetó del brazo.

—Vas a hacer exactamente lo que te diga.

Margaret lo miró con una mezcla de terror y repulsión.

—¿Qué te pasó? Cuando nos casamos, eras un hombre bueno.

Él la soltó bruscamente.

—Los hombres buenos terminan sin nada.

Antes de que Margaret pudiera responder, alguien llamó a la puerta.

Samuel se quedó inmóvil.

El golpe se repitió.

—¿Quién es?

—Un mensaje para el señor Pierce —contestó una voz masculina desde el pasillo.

Samuel abrió apenas.

Un hombre de abrigo gris le entregó un sobre.

—El señor Hale quiere verlo esta tarde.

Samuel tomó el sobre y lo abrió.

Dentro había una sola frase escrita con tinta negra:

He recibido noticias de que la muchacha podría seguir viva. Si eso es cierto, nuestro acuerdo debe cambiar.

Samuel arrugó el papel.

—¿Quién le dijo eso?

El hombre se encogió de hombros.

—No lo sé, señor. Solo me pidieron que se lo entregara.

Samuel cerró la puerta y se quedó mirando a su esposa.

Margaret lo observaba con los ojos llenos de lágrimas.

—Está viva, ¿verdad?

Samuel no respondió.

Pero su silencio fue suficiente.

En la cabaña de los Mercer, Abigail acababa de alimentar a Grace cuando Thomas Bell recibió una noticia que lo obligó a cambiar todos sus planes.

Un vecino había visto a Samuel Pierce en la posada de Silverton.

Y no estaba solo.

Richard Hale había llegado esa misma mañana.

—¿Cómo es él? —preguntó Abigail.

Thomas consultó una anotación que acababa de recibir.

—Alto, cabello castaño, una cicatriz pequeña cerca de la barbilla. Por lo que me dicen, se parece bastante a Samuel.

Ethan se puso de pie.

—Es uno de los hombres que vi en la taberna.

Daniel lo miró con atención.

—¿Estás seguro?

—Sí. Llevaba el abrigo gris.

Thomas guardó el papel.

—Entonces tenemos un problema. Si Richard y Samuel están trabajando juntos, quizá nunca hubo una disputa entre ellos por la herencia. Tal vez todo esto fue planeado desde el principio.

Abigail sintió que el miedo le apretaba la garganta.

—¿Planeado desde cuándo?

El abogado la miró.

—Eso es lo que debemos descubrir.

En ese momento, Grace comenzó a llorar. Abigail la acercó a su pecho, mientras Samuel, su pequeño hermano gemelo, dormía en la cesta.

Daniel se agachó junto a ella.

—No vas a enfrentarlos sola.

—¿Y si vienen por mis hijos?

—Tendrán que pasar por nosotros.

Abigail lo miró. Había firmeza en sus ojos, pero también una tristeza que parecía venir de muy lejos.

—No quiero que pierda nada por mi culpa.

Daniel sonrió apenas.

—No puedes perder algo que ya decidiste entregar.

Antes de que Abigail pudiera responder, Thomas abrió el último documento de su maletín.

Lo había recibido junto con la noticia sobre Richard, y hasta entonces no había tenido oportunidad de leerlo completo.

Su expresión se volvió grave.

—Abigail, necesito que escuches esto con atención.

Ella sintió que el corazón se le detenía.

—¿Qué pasa ahora?

Thomas colocó el documento sobre la mesa.

—La declaración de Samuel no solo afirma que estás muerta. También identifica al padre de tus hijos.

Abigail se quedó helada.

—¿Qué?

El abogado tragó saliva.

—Tu padre declaró bajo juramento que el hombre responsable de tu embarazo fue Richard Hale.

Ethan dejó escapar un grito de incredulidad.

—¡Eso es mentira!

Abigail miró al abogado, incapaz de hablar.

Richard Hale era un desconocido para ella. Nunca lo había visto antes de aquella mañana en que Thomas mencionó su nombre.

Sin embargo, Samuel lo había señalado como responsable de su embarazo.

—¿Por qué haría eso? —susurró.

Thomas bajó la voz.

—Porque si logra convencer a las autoridades de que Richard es el padre de tus hijos y el heredero legítimo, podría utilizar esa declaración para justificar la transferencia de la propiedad.

Daniel golpeó la mesa con la palma.

—¡Está usando a su propia hija como una pieza en un negocio!

Abigail abrazó a Grace con tanta fuerza que Ruth tuvo que ayudarla a acomodar a la niña.

Durante un largo momento, la joven no lloró.

Su rostro se quedó inexpresivo, como si algo dentro de ella acabara de romperse definitivamente.

Luego levantó la mirada.

—Quiero ver a Richard Hale.

Thomas abrió la boca para protestar.

—No creo que sea prudente.

—Él está reclamando mi herencia. Mi padre está diciendo mentiras sobre mis hijos. Si ese hombre forma parte de esto, quiero escucharlo de su propia boca.

Daniel se inclinó hacia ella.

—Abigail, todavía estás recuperándote del parto.

—Y mientras yo me recupero, ellos están decidiendo mi futuro.

Su voz tembló, pero no se quebró.

—Toda mi vida me enseñaron a callarme para no avergonzar a mi familia. Ya no voy a hacerlo.

Thomas la observó durante varios segundos.

Finalmente, cerró el maletín.

—Está bien. Pero no iremos a la posada sin tomar precauciones.

Abigail asintió.

No sabía quién era realmente Richard Hale, ni por qué había aceptado reclamar una fortuna que no le pertenecía.

Tampoco sabía hasta dónde estaba dispuesto a llegar Samuel.

Pero una cosa había cambiado.

Ya no era la muchacha arrojada a la nieve que suplicaba por una oportunidad para vivir.

Era una madre.

Y si su padre quería declararla muerta para robarles el futuro a sus hijos, tendría que enfrentarse a la mujer que había sobrevivido a la tormenta.

Lo que Abigail todavía ignoraba era que Richard Hale llevaba años esperando aquel encuentro.

Y que, cuando finalmente la viera, no sería la herencia lo que lo haría palidecer.

Sería el medallón de su abuela que Abigail llevaba colgado al cuello.

May you like

Porque él tenía otro exactamente igual.

Y en el reverso del suyo estaban grabadas tres palabras que podían revelar la verdadera identidad de ambos.

Related Stories

Other posts