Chapter 8: El hombre que quiso quedarse con la herencia de una hija
Cuando Nia regresó a casa, supo inmediatamente que algo había cambiado.
Había carros estacionados afuera.
Personas hablando en la entrada.
Y en medio del jardín estaba Roberto.
El mismo hombre que años atrás le había llevado regalos de cumpleaños.
El mismo hombre que la había abrazado después de perder a su mamá.
Ahora estaba parado frente a su casa como si ya fuera dueño de ella.
Nia bajó del auto.
Roberto sonrió.
—Nia.
Ella no respondió.
Marcus caminó junto a ella.
—¿Qué haces aquí?
Roberto levantó unos documentos.
—Tengo permiso legal para revisar la propiedad.
—Esta es mi casa.
Roberto sonrió.
—No exactamente.
Nia sintió rabia.
—¿Cómo puedes decir eso?
Roberto la miró.
—Porque eres joven. No entiendes cómo funcionan estas cosas.
Esa frase fue suficiente.
Nia dio un paso adelante.
—No vuelvas a hablarme como si fuera una niña.
El rostro de Roberto cambió ligeramente.
Porque ya no veía a la niña que recordaba.
Veía a alguien que había descubierto la verdad.
—Tu madre cometió errores —dijo.
Nia sintió un golpe.
—No hables de ella.
—Carmen era buena, pero no entendía de negocios.
Marcus se acercó.
—Cuidado con tus palabras.
Roberto levantó las manos.
—Solo digo la verdad.
Nia soltó una risa triste.
—La verdad es que intentaste cambiar documentos.
Roberto quedó serio.
—No sabes lo que dices.
—La verdad es que hablaste con Rebecca.
Silencio.
Por primera vez, Roberto perdió seguridad.
Marcus lo notó.
—Así que sí.
Roberto apretó la mandíbula.
—Ella vino a mí.
Nia miró hacia la casa.
Rebecca estaba observando desde la ventana.
—Claro.
Roberto continuó:
—Yo solo ofrecí una solución.
—Una solución donde yo perdía mi hogar.
Roberto suspiró.
—Ese lugar vale mucho dinero.
Nia lo miró con decepción.
—Eso es todo lo que ves.
La casa.
El dinero.
Los documentos.
Pero nunca viste lo que significaba.
Roberto no respondió.
Entonces llegó el abogado.
Traía una carpeta.
—Señor Collins.
Roberto volteó.
—¿Sí?
—Tenemos evidencia nueva.
El abogado abrió la carpeta.
—Documentos originales de Carmen.
Roberto se quedó callado.
—Incluyendo pruebas de que usted conocía sus deseos desde antes de su fallecimiento.
La expresión de Roberto cambió.
—Eso no prueba nada.
El abogado sonrió ligeramente.
—También tenemos registros de sus comunicaciones con Rebecca.
Marcus miró a Roberto.
—Terminó.
Pero Roberto dio un paso atrás.
—No.
Su voz era más baja.
Más peligrosa.
—No entienden.
Nia lo miró.
—¿Qué no entendemos?
Roberto observó la casa.
—Tu mamá no me dejó otra opción.
Todos quedaron confundidos.
—¿Qué significa eso? —preguntó Marcus.
Roberto guardó silencio.
Y entonces dijo:
—Carmen sabía algo sobre mí.
Nia sintió un escalofrío.
—¿Qué cosa?
Roberto no respondió.
Subió a su vehículo.
Antes de irse, miró a Nia.
—Pregunta por qué tu mamá estaba investigándome.
Y se fue.
Esa noche, nadie pudo dormir.
La frase de Roberto se repetía en la mente de Nia.
“Tu mamá sabía algo sobre mí.””
Buscó entre las cosas de la caja de madera.
Fotos.
Papeles.
Recuerdos.
Hasta que encontró una pequeña libreta.
Era de su mamá.
La abrió.
Las primeras páginas eran recetas.
Notas familiares.
Cosas normales.
Pero al final había una sección diferente.
Una lista.
Nombres.
Fechas.
Cantidades de dinero.
Y un título escrito con letra firme:
“Personas en las que no puedo confiar.””
Nia sintió que el corazón se le detenía.
El primer nombre era Roberto.
Pero debajo había otro.
Uno que no esperaba ver.
Rebecca.
Y después…
Marcus.
Nia dejó caer la libreta.
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Porque por primera vez apareció una pregunta que jamás había querido hacerse.
¿Su papá también había estado escondiendo algo?
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