Chapter 3: La firma falsa que podía destruirlo todo
Nia nunca imaginó que su propia casa podía convertirse en el lugar donde descubriría tantas mentiras.
Durante años había pensado que las paredes guardaban recuerdos.
Las risas de su mamá.
Los desayunos antes de la escuela.
Las tardes viendo películas con Marcus.
Pero ahora esas mismas paredes parecían esconder secretos.
Marcus imprimió el documento que el abogado había enviado.
Lo dejó sobre la mesa.
Nadie hablaba.
Rebecca estaba parada junto a la ventana.
Ya no parecía segura.
Ya no parecía la mujer que había ordenado una venta sin sentir culpa.
Ahora parecía alguien que sabía que estaba perdiendo el control.
—Léanlo —dijo Marcus.
Nia tomó la primera página.
Sus ojos recorrieron las líneas.
Era una transferencia de propiedad.
Pero tenía algo extraño.
La firma del notario no coincidía.
La fecha tampoco.
—Esto es falso —susurró.
Marcus asintió.
—Eso dijo el abogado.
Hailey bajó las escaleras.
—¿Qué está pasando?
Nia la miró.
Por primera vez, Hailey parecía realmente preocupada.
Marcus señaló los documentos.
—Tu mamá y Rebecca intentaron cambiar la propiedad de esta casa.
Hailey miró a Rebecca.
—¿Tú hiciste eso?
Rebecca no respondió.
Y esa falta de respuesta dijo más que cualquier confesión.
Hailey retrocedió.
—Pero me dijiste que todo era legal.
Nia sintió algo extraño.
Porque incluso Hailey parecía no saber toda la verdad.
Rebecca cerró los ojos.
—Solo estaba intentando proteger a mi hija.
Marcus soltó una risa sin humor.
—¿Protegiéndola robándole a otra hija?
Rebecca apretó los labios.
—Nunca entendiste.
—No. Nunca entendí cómo alguien podía mirar a una niña que perdió a su mamá y aun así intentar quitarle lo único que le quedaba.
Nia bajó la mirada.
Había esperado una disculpa.
Una explicación.
Algo.
Pero Rebecca solo hablaba de Hailey.
Nunca de ella.
Nunca del dolor que había causado.
Entonces Marcus sacó otro papel.
—Hay algo más.
Rebecca levantó la mirada.
—¿Qué?
Marcus puso el documento sobre la mesa.
—El abogado encontró una copia del testamento de tu mamá.
El rostro de Rebecca cambió.
Nia tomó el papel.
Leyó.
Y sus manos comenzaron a temblar.
Su mamá había dejado instrucciones claras.
La casa.
Los recuerdos.
Las pertenencias familiares.
Todo debía quedar protegido para Nia.
Pero había una nota escrita a mano.
Una pequeña frase al final.
“Confío en que Marcus cumplirá mi promesa.””
Nia cerró los ojos.
Su mamá había confiado en ellos.
Y alguien había intentado romper esa confianza.
Marcus se acercó a ella.
—Perdóname, hija.
Nia levantó la mirada.
—¿Por qué?
Él respiró profundamente.
—Porque debí proteger esto desde el principio.
Nia negó con la cabeza.
—Tú no sabías.
—Pero era mi responsabilidad.
Por primera vez en mucho tiempo, Nia abrazó a su papá.
No porque todo estuviera arreglado.
Sino porque entendía que él también estaba enfrentando una verdad dolorosa.
Pero entonces escucharon un ruido.
Un golpe en la puerta.
Era el abogado.
Había llegado personalmente.
Traía una carpeta.
—Marcus, encontré algo más urgente.
Todos lo miraron.
El abogado abrió la carpeta.
—La transferencia falsa no fue el único problema.
Nia sintió un escalofrío.
—¿Qué más?
El hombre sacó una hoja.
—Alguien intentó vender la propiedad.
Marcus se quedó quieto.
—¿Venderla?
El abogado asintió.
—Sí.
Nia miró a Rebecca.
—¿A quién?
El abogado observó los documentos.
—A una persona que ya había dado dinero por adelantado.
Marcus apretó los puños.
—¿Quién?
El abogado tardó unos segundos en responder.
—Alguien cercano a la familia.
El silencio fue absoluto.
Entonces dijo el nombre.
Y Nia sintió que el mundo volvía a detenerse.
Porque la persona que había intentado quedarse con su casa no era un extraño.
Era alguien que había estado sentado en su mesa.
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Alguien que había fingido quererla.
Alguien que ahora tendría que explicar por qué quería borrar para siempre la memoria de su mamá.
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