Chapter 9: La declaración que podía destruir a los Thorne
La declaración llegó a Redemption Gap dentro de una caja de madera cerrada con dos sellos oficiales.
Sable no había dormido más de una hora cuando el sheriff regresó al rancho acompañado por un mensajero del condado. El hombre llevaba barro en las botas y una expresión tan seria que Leland lo hizo pasar sin pedir explicaciones.
—¿La declaración está aquí? —preguntó Sable.
El mensajero asintió y puso la caja sobre el escritorio.
—El abogado Samuel Pike la dejó bajo custodia de su secretaria. Ella la entregó a las autoridades después de que descubrieran su muerte. La declaración estaba sellada y llevaba instrucciones para entregársela personalmente a usted.
Sable miró su nombre escrito en la tapa.
Le temblaban las manos.
—¿Sabe qué contiene?
—No, señora. No abrimos documentos sellados salvo que exista una orden legal para hacerlo.
El sheriff examinó los sellos.
—Los abriremos en presencia de todos y dejaré constancia de cada hoja.
Leland se colocó junto a Sable, sin tocarla.
Ella respiró hondo.
—Ábrala.
El sheriff rompió los sellos con cuidado.
Dentro había tres documentos, una fotografía antigua y un sobre pequeño dirigido a la viuda del difunto.
Sable reconoció la letra de su esposo en el sobre.
Sintió que el pecho se le cerraba.
El sheriff le entregó la carta.
—Puede leerla primero.
Sable abrió el papel con delicadeza.
«Mi querida Sable:
Si esta carta ha llegado hasta ti, significa que mis temores no eran infundados y que Everett consiguió ocultar parte de lo que preparé para protegerte.
No quiero que vivas pensando que debiste haber hecho algo diferente. Estabas conmigo cuando más te necesitaba. Si mi enfermedad empeoró, no fue por falta de cuidado tuyo.
Descubrí que mi hermano había utilizado mi firma para retirar dinero y negociar terrenos que no le pertenecían. Cuando lo confronté, me pidió que guardara silencio. Me dijo que la familia no sobreviviría a un escándalo.
Le respondí que una familia no se salva sacrificando a una persona inocente.
He hablado con Samuel Pike. Él tiene copias de los documentos y sabe quiénes participaron en el acuerdo. También le pedí que conservara el registro del médico, porque temo que Everett intente culparte si algo me sucede.
Si no logro resolverlo, quiero que recuerdes algo: no permitas que el miedo de los demás se convierta en tu condena.
Con amor, siempre».
Sable bajó la carta.
Durante un instante, no pudo ver nada más que las palabras escritas por su esposo.
Leland permaneció en silencio.
El sheriff se quitó el sombrero.
Nadie intentó apresurarla.
Cuando Sable logró respirar con normalidad, tomó los otros documentos.
El primero era una declaración firmada por Samuel Pike. Confirmaba que había recibido instrucciones del esposo de Sable para preparar una transferencia legal de la propiedad y proteger los ahorros familiares.
El segundo contenía copias de varios contratos.
El tercero era una lista de pagos vinculados a la venta de los terrenos.
En la parte inferior aparecían tres nombres.
Everett Thorne.
Beatrice Thorne.
Y el doctor Whitcomb.
Sable levantó la vista.
—¿Por qué aparece el doctor?
El sheriff examinó la hoja.
—Puede tratarse de un pago por servicios, una deuda o algo distinto. No podemos determinarlo solo con una lista.
Leland señaló la fotografía.
Mostraba a cuatro personas frente a un edificio: Everett, Beatrice, Samuel Pike y un hombre que Sable no reconoció.
En el reverso, Samuel había escrito una fecha y una nota.
«Reunión para discutir la venta de los terrenos. El señor Thorne afirma que su hermano ha aceptado, aunque todavía no existe una firma válida».
Sable miró al sheriff.
—Mi esposo nunca aceptó vender esos terrenos.
—La carta que acabamos de leer indica que se oponía a la operación —respondió el oficial—. Pero necesitamos establecer quién falsificó los documentos y qué relación tiene cada persona con la muerte del abogado.
Leland tomó la fotografía.
—¿Quién es el cuarto hombre?
El mensajero se inclinó para observarla.
—Creo que es el señor Daniel Mercer. Trabajaba para la compañía que pretendía comprar los terrenos.
Sable sintió que el nombre le resultaba familiar.
—¿Mercer?
El sheriff asintió.
—Tiene una oficina en la ciudad. Según el registro comercial, fue uno de los negociadores de la venta.
Leland dejó la fotografía sobre el escritorio.
—Entonces hay que hablar con él.
El sheriff negó con la cabeza.
—No todavía. Primero debemos asegurar todos los documentos y solicitar una investigación formal. Si alguien mató al abogado para destruir pruebas, no podemos darle oportunidad de desaparecer.
Sable miró el sobre vacío.
—¿Y qué hacemos mientras tanto?
El sheriff la observó con seriedad.
—Protegerla. Y mantener la investigación en manos de quienes puedan llevarla ante un juez.
Sable asintió.
Pero en su interior crecía una pregunta que no podía ignorar.
Si Everett había querido apropiarse de la propiedad, si Beatrice lo había ayudado y si el abogado había conservado pruebas, ¿por qué había muerto Samuel Pike justo cuando la declaración estaba a punto de salir a la luz?
Alguien seguía intentando detenerlos.
Y tal vez esa persona no fuera Everett.
Al mediodía, el doctor Whitcomb llegó al rancho acompañado por uno de sus ayudantes.
Caminaba despacio y llevaba un vendaje alrededor de la frente. Cuando vio los documentos sobre el escritorio, se detuvo en seco.
—¿De dónde sacaron eso?
Leland lo miró con frialdad.
—De la declaración que Samuel Pike dejó a nombre de Sable.
Whitcomb se acercó a la lista de pagos.
Su rostro perdió el poco color que había recuperado.
—No puede ser.
Sable se puso de pie.
—¿Qué significa su nombre en esta lista?
El médico cerró los ojos.
—Necesito explicarles algo.
Leland cruzó los brazos.
—Será mejor que sea una explicación completa.
Whitcomb asintió.
—Hace dos años, Everett vino a verme y me pidió que certificara que su hermano estaba demasiado enfermo para tomar decisiones legales. Dijo que necesitaba proteger las cuentas familiares. Me ofreció dinero por preparar un informe.
Sable sintió una oleada de indignación.
—¿Y usted aceptó?
El médico bajó la cabeza.
—Sí.
El silencio fue absoluto.
Whitcomb continuó antes de que alguien pudiera hablar.
—Pero cuando examiné a su esposo, descubrí que, aunque estaba muy enfermo, seguía consciente y entendía perfectamente sus decisiones. Me negué a firmar el informe.
—Entonces, ¿por qué recibió dinero? —preguntó el sheriff.
—Everett me pagó una cantidad por la consulta y por revisar los documentos. Yo devolví parte del dinero, pero conservé el resto para cubrir unas deudas personales. Fue un error. Nunca debí aceptar nada.
Sable lo miró con una mezcla de dolor y furia.
—Mientras yo perdía mi casa, usted conservaba el dinero que le habían pagado para ayudar a quitarle a mi esposo el derecho a decidir.
Whitcomb no intentó defenderse.
—Sí.
—¿Y cuando empezó a circular el rumor de que yo había causado su muerte?
El médico tragó saliva.
—Tenía miedo de que descubrieran mi participación en el asunto de los documentos. Si decía que Everett había intentado conseguir un informe falso, todos preguntarían por qué no lo denuncié. Me convencí de que no tenía pruebas suficientes.
Sable sintió que las lágrimas le ardían en los ojos.
—Siempre había una razón para callarse. Siempre había algo más importante que decir la verdad.
Whitcomb bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No. Usted sabe que hizo algo malo. No sabe lo que me costó.
El médico guardó silencio.
Leland dio un paso hacia él.
—¿Puede identificar al hombre de la fotografía?
Whitcomb la examinó.
—Sí. Es Daniel Mercer. Vino conmigo a una reunión en la oficina de Pike. Quería comprar los terrenos, pero Pike le dijo que no podía cerrar la operación sin una firma válida del propietario.
—¿Y Everett?
—Estaba furioso. Dijo que su hermano no viviría mucho y que no tenía sentido retrasar la venta.
Sable sintió que la habitación se enfriaba.
—¿Escuchó alguna amenaza?
Whitcomb asintió lentamente.
—Everett dijo que, si su hermano se negaba a firmar, encontraría otra manera de conseguir lo que necesitaba.
El sheriff anotó la declaración.
—¿Y Beatrice?
El doctor vaciló.
—Ella estaba presente. Fue quien insistió en que yo preparara el informe médico. Dijo que, una vez que el hombre estuviera incapacitado, podrían resolver los asuntos de la propiedad sin problemas.
Sable se sentó lentamente.
Por fin tenía una explicación para la obsesión de Beatrice.
No había intentado destruirla por simple desprecio.
Había ayudado a construir un acuerdo ilegal y necesitaba que Sable permaneciera aislada, sin dinero y sin credibilidad, para impedir que pudiera reclamar la propiedad.
Pero aún faltaba la pregunta más importante.
—Doctor —dijo—, ¿cree que Everett hizo algo para acelerar la muerte de mi esposo?
Whitcomb cerró los ojos.
—No puedo afirmarlo. Nunca examiné ninguna sustancia que demostrara eso. Pero recuerdo que, durante la última visita, su esposo estaba mucho peor de lo que esperaba. Me dijo que había dejado de tomar una preparación porque le provocaba mareos.
Sable sintió un escalofrío.
—¿La botella?
—Podría haber sido. No puedo asegurarlo sin analizar el contenido.
El sheriff cerró su libreta.
—Eso basta para justificar nuevas diligencias. El frasco que encontraron en la caja será enviado a un laboratorio. También solicitaré que se investigue la muerte de Samuel Pike.
Whitcomb miró a Sable.
—Hay algo que todavía no les he contado.
Ella no respondió.
—La mañana después de la muerte de su esposo, Everett me pidió que redactara una nota indicando que usted había preparado remedios sin mi autorización. Me negué. Pero después me dijo que ya había hablado con varias personas y que nadie creería su versión.
Sable sintió que el dolor se convertía en una furia fría.
—Así que decidió dejar que lo hiciera.
—Sí.
—Usted sabía que yo no había causado su muerte.
El doctor asintió.
—Sabía que no tenía pruebas de que usted hubiera hecho algo malo.
Sable se levantó.
—Eso debió ser suficiente para defenderme.
Whitcomb inclinó la cabeza.
—Lo sé.
Ella salió del despacho antes de que él pudiera añadir otra disculpa.
Leland la encontró en el corredor, junto a una ventana que daba al corral.
—¿Quieres que me quede contigo?
Sable miró hacia los caballos.
—Quiero que alguien me diga por qué la verdad siempre necesita tanto tiempo para llegar.
Leland se apoyó en la pared a su lado.
—No lo sé.
Ella lo miró, sorprendida por la respuesta.
Él continuó:
—Pero sé que no debiste pasar por esto sola. Y sé que yo pude haber hecho más cuando comenzaron los rumores.
Sable bajó la mirada.
—No puedo cambiar lo que pasó.
—No.
—Y no sé si algún día podré confiar en usted como antes.
Leland asintió.
—No te pediré que lo hagas.
Permanecieron juntos en silencio.
Por primera vez, Sable no sintió que tenía que llenar el espacio con una explicación. Leland no le pidió que lo perdonara, ni que reconociera sus esfuerzos, ni que le ofreciera una esperanza que todavía no podía sentir.
Simplemente se quedó allí.
Y, aunque no era suficiente para reparar todo el daño, era un comienzo.
Esa tarde, el sheriff recibió una respuesta del condado.
Daniel Mercer había abandonado su oficina la noche anterior y nadie sabía dónde se encontraba. La policía había encontrado una caja vacía en su despacho y varios documentos quemados en la chimenea.
Pero había algo más.
Un empleado había declarado que Mercer visitó a Beatrice Thorne dos días antes de la muerte de Samuel Pike. Los dos discutieron durante casi una hora. Al salir, Mercer llevaba un sobre que parecía contener documentos.
El sheriff leyó la declaración en voz alta.
—Esto confirma que Beatrice y Mercer mantuvieron contacto después de que comenzara la investigación.
Leland miró a Sable.
—Tenemos que encontrar a Beatrice.
El sheriff negó con la cabeza.
—No podemos detenerla solo por haber hablado con Mercer. Necesitamos pruebas de su participación en un delito.
Sable observó la fotografía sobre el escritorio.
En el reverso, Samuel había escrito algo más, casi borrado por el tiempo.
Se inclinó y acercó el papel a la lámpara.
Había una segunda frase, escrita debajo de la fecha.
«El testigo que falta es el único que conoce el origen de la botella».
Sable sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Qué testigo? —preguntó.
El sheriff examinó la anotación.
—No lo sé.
Whitcomb se acercó y leyó la frase.
Su rostro cambió.
—Creo que sí lo sé.
Todos se volvieron hacia él.
El médico respiró hondo.
—El frasco que desapareció no provenía de mi consulta. Yo nunca lo receté. Su esposo me preguntó una vez por él, porque alguien se lo había entregado asegurando que era una preparación para aliviar la tos.
Sable sintió que se le helaba la sangre.
—¿Quién se lo entregó?
Whitcomb cerró los ojos.
—No lo recuerdo con certeza. Pero creo que fue un comerciante de suministros médicos que trabajaba para Daniel Mercer.
Leland miró la fotografía.
—Entonces Mercer sabía qué contenía la botella.
—Es posible —respondió el médico—. O al menos sabía de dónde provenía.
Sable tomó la carta de su esposo y la sostuvo contra el pecho.
Ya no se trataba solo de demostrar que no había causado la muerte.
Ahora tenían que descubrir si alguien había aprovechado la enfermedad de su esposo para acelerar un final que le convenía.
El sheriff guardó la fotografía y ordenó a sus hombres que buscaran a Mercer.
Pero antes de que pudiera salir, un jinete llegó al patio a toda velocidad.
Traía una nota dirigida a Sable.
Ella la abrió con manos temblorosas.
Solo contenía una frase:
«Si quiere saber qué había en la botella, venga a la iglesia esta noche. Beatrice tiene al testigo que falta».
Sable levantó la vista hacia Leland.
Él tomó su sombrero.
—No vas a ir sola.
Esta vez, ella no discutió.
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Porque si Beatrice tenía al testigo que faltaba, también podía tener la última pieza del secreto que había destruido su vida.
Y Sable estaba decidida a escuchar la verdad, aunque para conseguirla tuviera que enfrentarse cara a cara con la mujer que había pasado dos años intentando enterrarla.