Chapter 2: La carta que llevaba años enterrada
Sable reconoció la letra de su primer esposo antes de que Leland terminara de sacar la carta del sobre.
Aquella escritura inclinada, con las letras demasiado apretadas, le produjo la misma sensación que abrir una puerta a una habitación donde había ocurrido una tragedia.
—¿Dónde consiguió esto? —preguntó.
El mensajero miró a Leland.
—La señora Thorne dijo que lo recibió de un conocido de su familia. Aseguró que debía entregárselo a usted.
—¿A mí? —repitió Sable.
El hombre negó con la cabeza.
—Al señor Hol.
Leland sostuvo el papel sin abrirlo.
Durante un instante, ninguno de los dos habló.
Desde la habitación contigua llegó la voz soñolienta de Tommy, preguntando por su hermano. Jed le respondió con suavidad.
La vida seguía adelante en el interior del rancho, pero en el corredor parecía haberse detenido.
—No tienes que leerla ahora —dijo Sable.
Leland la observó.
—¿Sabes qué contiene?
—No.
—Pero reconoces la letra.
—Era la de mi esposo.
Él bajó los ojos hacia el sobre.
—¿El hombre del que hablan las cartas?
Sable sintió que algo se endurecía dentro de su pecho.
—Sí. El hombre al que, según Beatrice Thorne, yo maté.
—Yo nunca dije eso.
—No. Usted simplemente dejó de mirarme a los ojos.
Leland recibió aquellas palabras sin defenderse.
Quizá porque, por primera vez, empezaba a comprender que el silencio podía ser una forma de crueldad.
—Voy a leerla —dijo finalmente—. Pero no voy a permitir que nadie te interrogue como si estuvieras ante un tribunal.
—Eso no depende de usted.
—En este rancho sí.
Sable quiso creerle.
Una parte de ella, la parte que todavía recordaba el café caliente que él dejaba junto a la estufa, quiso hacerlo con todas sus fuerzas.
Pero otra parte recordó las mañanas frías en que Leland había dejado de preguntarle si había dormido bien.
Recordó cómo él había apartado la mirada cuando las mujeres de la iglesia susurraron a sus espaldas.
Y recordó lo fácil que había sido para él creer que quizá ella ocultaba algo terrible.
—Lea la carta —dijo—. Después decida qué clase de mujer tiene enfrente.
Leland rompió el sello.
Dentro había una hoja doblada en cuatro partes.
Leyó las primeras líneas en silencio.
Luego su expresión cambió.
No fue una expresión de asco ni de enojo.
Fue algo parecido al desconcierto.
—¿Qué dice? —preguntó Sable.
Él no respondió de inmediato.
Volvió a leer el principio.
—Dice que tu esposo estaba enfermo antes de que tú llegaras a su casa.
Sable dejó escapar el aire lentamente.
—Eso ya lo sabía todo el mundo.
—También dice que recibió tratamiento de un médico durante varios meses.
—Sí.
Leland pasó a la siguiente línea.
—Y que tú eras la única persona que lo cuidaba al final.
—Su familia vivía a tres condados de distancia. Nadie más quiso quedarse.
—¿Por qué?
Sable miró hacia la ventana del corredor.
Afuera, el viento levantaba pequeñas nubes de polvo entre los corrales.
—Porque la enfermedad era larga. Porque no había dinero suficiente. Porque cuando alguien lleva meses tosiendo y perdiendo fuerzas, la gente empieza a hablar como si su muerte fuera inevitable y, al mismo tiempo, como si alguien tuviera que pagar por ella.
Leland bajó la carta.
—Sable...
—No me compadezca. No necesito eso.
—No es compasión.
—Entonces termine de leer.
Él obedeció.
A medida que avanzaba por la hoja, su ceño se frunció. La última parte parecía estar escrita con mayor prisa.
Cuando terminó, dobló el papel con cuidado.
—Aquí dice que tu esposo quería dejarte la casa y sus ahorros.
Sable sintió un escalofrío.
—¿Qué?
—Dice que había preparado unos documentos antes de morir. Que deseaba que conservaras la propiedad porque tú habías pagado buena parte de sus gastos y lo habías cuidado durante la enfermedad.
Ella retrocedió un paso.
No porque la noticia la sorprendiera, sino porque acababa de comprender algo que llevaba años sin poder explicar.
—Los documentos desaparecieron después del funeral.
Leland la miró.
—¿Quién los tenía?
—Su hermano, Everett. Él se encargó de los asuntos familiares. Me dijo que mi esposo había muerto sin dejar nada escrito y que la casa tenía demasiadas deudas.
—¿Le creíste?
—Al principio, sí. Después encontré una copia de un recibo de la oficina de un abogado. Cuando fui a preguntar, me dijeron que el expediente había sido retirado por un familiar.
—¿Y no denunciaste el asunto?
Sable lo miró con incredulidad.
—¿Con qué dinero? ¿Con qué influencia? Yo era una viuda sin familia, sin propiedades y con una reputación que Everett había destruido antes de que pudiera defenderme.
Leland no encontró palabras.
Sable se llevó una mano al cuello, donde llevaba una pequeña medalla de plata que había pertenecido a su madre.
—Everett empezó a decir que yo había insistido en darle remedios. Que mi esposo empeoró después de tomarlos. Que yo estaba interesada en su dinero. Cuando murió, la gente prefirió creer que había sido una mujer ambiciosa antes que aceptar que un hombre podía morir de una enfermedad sin que nadie fuera culpable.
—Pero esta carta...
—No sé quién la escribió ni por qué apareció ahora. Mi esposo estaba demasiado débil para escribir mucho durante sus últimas semanas. Tal vez la dictó.
Tal vez la redactó antes de enfermar más. Necesitaría saber cuándo fue escrita.
Leland volvió a examinar el papel.
En la esquina inferior había una fecha.
Era de casi dos años atrás, tres semanas antes de la muerte de su esposo.
Sable se sentó lentamente en una silla.
Durante mucho tiempo había imaginado qué habría ocurrido si aquella carta hubiese llegado a manos de alguien dispuesto a escucharla.
Ahora la tenía delante.
Y, sin embargo, no sentía alivio.
Sentía miedo.
Porque Beatrice Thorne no era una mujer que entregara pruebas por bondad.
—¿Por qué te la enviaría? —preguntó Leland.
Sable soltó una risa sin alegría.
—Porque quiere que usted dude de mí.
—La carta no demuestra que hayas hecho nada malo.
—No necesita demostrarlo. Solo necesita sembrar la duda.
Leland se quedó mirando el papel.
En el pueblo, la gente podía convertir una frase en una sentencia y una sospecha en una verdad repetida tantas veces que nadie recordaba quién la había inventado.
Beatrice sabía aprovechar eso.
—Voy a hablar con ella —dijo él.
Sable se levantó de inmediato.
—No.
—No puedes esperar que me quede sentado mientras esa mujer...
—Si va a verla y le muestra esta carta, ella sabrá que logró su propósito. Tendrá la oportunidad de inventar otra historia, de preparar otra mentira. Si realmente quiere saber la verdad, busque primero a quien pueda confirmarla.
Leland la observó con atención.
—¿A quién?
—Al abogado que recibió los documentos de mi esposo. Si sigue vivo, sabrá quién retiró el expediente. Y si mi esposo dejó instrucciones, tal vez haya otra copia.
—¿Recuerdas su nombre?
—El señor Whitaker. Tenía una oficina en la ciudad de donde vengo.
Leland dobló la carta y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Enviaré un telegrama.
—No haga promesas que después le resulte cómodo olvidar.
La frase salió de la boca de Sable antes de que pudiera detenerla.
Leland la recibió como un golpe merecido.
—Tienes razón —respondió—. No voy a pedirte que me creas solo porque yo te lo diga.
Se acercó un poco, pero no intentó tocarla.
—Voy a demostrarte que puedo hacer algo distinto.
Sable apartó la mirada.
No quería que unas palabras bonitas la convencieran otra vez.
Esa tarde, el doctor Whitcomb regresó para revisar a Tommy.
El niño estaba despierto, aunque cansado. La herida seguía siendo delicada, pero su estado no había empeorado. El médico insistió en que necesitaba reposo y observación, y Jed se instaló junto a la cama con una manta y un plato de caldo.
Sable ayudó a organizar los cuidados.
Leland la observaba desde el umbral.
Cada vez que ella hablaba con el niño, su voz adquiría una dulzura que parecía imposible de reconciliar con las historias que Beatrice contaba sobre ella.
—¿Me va a quedar una cicatriz? —preguntó Tommy.
—Probablemente —respondió Sable—. Pero eso no significa que tengas que avergonzarte.
—¿Y si los otros niños se burlan?
—Les dices que te la ganaste trabajando en un rancho. Si siguen molestándote, les preguntas qué han hecho ellos aparte de meterse en problemas.
Tommy soltó una risita.
Jed sonrió por primera vez en todo el día.
Leland se quedó contemplando la escena hasta que Sable se volvió hacia él.
—¿Necesita algo?
La pregunta volvió a levantar una pared entre los dos.
—No. Solo quería saber si el doctor dejó alguna indicación nueva.
—Ninguna que no le haya explicado ya.
—Gracias.
Ella asintió y regresó junto a Tommy.
Leland salió al patio, donde el sol empezaba a hundirse detrás de las colinas.
Encontró a Caleb reparando una cerca y le pidió que ensillara un caballo.
—¿Va a salir, patrón? —preguntó el ranchero.
—Voy a enviar un telegrama al este.
Caleb dejó el martillo.
—¿Por la señora Sable?
Leland lo miró con frialdad.
—¿Tienes algo que decir?
El hombre se frotó la nuca.
—No, señor. Solo que... en el pueblo dicen muchas cosas.
—En el pueblo también dicen que yo soy un hombre que no cambia de opinión. Supongo que todos tenemos nuestras equivocaciones.
Caleb bajó la mirada.
—Yo me burlé de ella cuando atendió a Willow.
—Lo recuerdo.
—No debí hacerlo.
Leland miró hacia la casa.
—Entonces, cuando tengas oportunidad, díselo a ella. No a mí.
Caleb asintió, avergonzado.
Aquella noche, después de enviar el telegrama, Leland encontró a Sable en la cocina.
Había preparado una infusión para Tommy y estaba lavando las tazas que los hombres habían dejado sobre la mesa.
—Puedes dejar eso —dijo él—. Mañana alguien se encargará.
—No me gusta dejar trabajo pendiente.
—Tampoco me gusta verte trabajando hasta que apenas puedes mantenerte en pie.
Sable dejó la taza en el fregadero.
—¿Ahora le preocupa mi salud?
Leland cerró los ojos un instante.
—Me preocupa desde el primer día.
—No. Desde el primer día le preocupó que yo pudiera ser exactamente lo que los demás decían.
Él no lo negó.
—Sí. Y me equivoqué al permitir que eso decidiera cómo te trataba.
Sable tomó un paño y se secó las manos.
—No sabe cuánto deseaba que me creyera.
—Lo sé.
—No, Leland. No lo sabe. Usted tiene un rancho, trabajadores que lo respetan y un apellido que abre puertas.
Cuando alguien habla mal de usted, puede defenderse. Yo llegué aquí con una maleta, unas cartas y la esperanza de que, al menos una vez, alguien me conociera antes de juzgarme.
La voz se le quebró en la última palabra.
Sable apretó los labios, molesta consigo misma por haber dejado escapar tanto.
Leland permaneció inmóvil.
—No voy a pedirte que olvides lo que hice —dijo finalmente—. Pero quiero que sepas que esta vez no voy a apartarme.
Ella lo miró.
—¿Y si la carta confirma algo que no le gusta?
—Entonces buscaré la verdad completa antes de condenarte.
Sable lo estudió durante varios segundos.
—Eso debió hacerlo desde el principio.
—Sí.
La respuesta sencilla la desarmó más que cualquier excusa.
Por un instante, estuvieron a punto de acercarse.
Entonces llamaron a la puerta.
Era una mujer joven, hija de uno de los comerciantes del pueblo. Llevaba un sobre pequeño y miraba nerviosamente hacia el camino.
—¿El señor Hol?
—Soy yo.
La muchacha le entregó el sobre.
—Mi madre me pidió que se lo diera. Dijo que debía leerlo antes de que mañana se reúna la gente en la iglesia.
Leland frunció el ceño.
—¿Qué reunión?
La joven tragó saliva.
—La señora Thorne dice que tiene una declaración firmada por el hermano del difunto esposo de la señorita Sable. Dice que mañana va a revelar cómo murió aquel hombre y por qué su viuda tuvo que huir del este.
Sable sintió que las piernas se le debilitaban.
Leland abrió el sobre.
Dentro había una nota escrita por Beatrice.
Solo contenía dos líneas.
«Si de verdad quiere saber quién es la mujer que piensa convertir en su esposa, venga mañana a la iglesia. Lleve la carta que recibió. Yo llevaré al hombre que puede desmentirla».
Debajo, alguien había añadido una frase con otra tinta.
«Y pregúntele qué hizo con el frasco que desapareció la noche de la muerte».
Sable dejó de respirar por un instante.
No porque supiera a qué frasco se referían.
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Sino porque aquella noche, dos años atrás, ella había buscado desesperadamente un frasco de medicina que su esposo necesitaba.
Y jamás había vuelto a encontrarlo.