Chapter 7: La mujer del molino conocía el nombre del verdadero culpable
A las cuatro de la mañana, Sable descubrió que alguien había entrado en su habitación y dejado una advertencia sobre la almohada.
No era una carta larga. Apenas una tira de papel arrancada de un cuaderno, con seis palabras escritas en tinta negra.
*«Si quieres vivir, olvida lo que recuerdas».*
Sable permaneció sentada al borde de la cama, sosteniendo el papel entre los dedos.
La casa estaba en silencio. Desde el cuarto de Tommy llegaba el sonido tranquilo de su respiración, y en la cocina aún no se había encendido el fuego. Afuera, el viento golpeaba suavemente las ventanas.
Alguien había cruzado el rancho mientras todos dormían.
Y había llegado hasta su habitación.
Sable se levantó, se puso las botas y guardó la advertencia en el bolsillo de su vestido. Después abrió la puerta y caminó hasta el despacho de Leland.
La lámpara seguía encendida.
Él estaba sentado ante el escritorio, vestido con la misma camisa del día anterior, examinando los documentos que el sheriff había autorizado consultar antes de llevarlos al juez.
Cuando vio el rostro de Sable, se puso de pie.
—¿Qué pasó?
Ella le entregó el papel.
Leland lo leyó una vez. Luego volvió a hacerlo, apretando tanto la hoja que estuvo a punto de romperla.
—¿Dónde encontraste esto?
—Sobre mi almohada.
Él levantó la mirada.
—¿Alguien entró a tu habitación?
—Eso parece.
Leland salió al corredor y llamó a Caleb. El ranchero apareció poco después, abrochándose el chaleco.
—Quiero que revises las puertas y las ventanas. Nadie entra ni sale sin que yo lo sepa. Y manda a otro hombre a vigilar el cuarto de Tommy.
—Sí, patrón.
Cuando Caleb se marchó, Leland cerró la puerta del despacho.
—No irás al molino.
Sable se cruzó de brazos.
—No puede decidir eso por mí.
—Alguien entró en tu habitación mientras dormías.
—Precisamente por eso necesitamos encontrar a Ruth.
—Podría ser una trampa.
—También podría ser la única oportunidad que tenemos de saber qué ocurrió con mi esposo.
Leland se pasó una mano por el cabello.
—No quiero que te pase nada.
Sable lo miró con cansancio.
—¿Y cree que yo quiero que me pase algo? He pasado dos años pagando por una muerte que no causé. Si Ruth sabe quién estuvo involucrado, no voy a esconderme porque alguien me dejó un papel sobre la almohada.
Leland guardó silencio.
La mujer que tenía delante no era la desconocida que había llegado a su rancho con una maleta y unas cuantas cartas. Era alguien que había soportado el desprecio de un pueblo entero sin renunciar a su propia dignidad.
Y él había contribuido a hacerle la vida más difícil.
—Está bien —dijo finalmente—. Iremos juntos. Pero si vemos algo sospechoso, nos retiramos y buscamos al sheriff.
—De acuerdo.
—Y no te alejarás de mí.
Sable alzó una ceja.
—No empiece a dar órdenes que no piensa cumplir usted mismo.
Leland soltó una breve risa.
Fue un sonido extraño entre ellos, casi olvidado.
Pero no duró.
Ambos sabían que estaban a punto de entrar en una parte del pasado que alguien había intentado enterrar.
El viejo molino estaba a poco más de una hora del rancho, junto a un arroyo que atravesaba una franja de álamos y sauces.
La construcción llevaba años abandonada. Sus aspas estaban rotas, el techo se había hundido en una esquina y las tablas de la entrada crujían con cada ráfaga de viento.
Cuando llegaron, el cielo apenas comenzaba a aclararse.
Leland dejó su caballo detrás de unos árboles.
—Quédate aquí mientras reviso el edificio.
Sable lo sujetó del brazo.
—No.
—Sable...
—Si Ruth está dentro, no quiero que vea a un hombre entrando primero y piense que venimos a obligarla a hablar.
Leland miró la puerta.
Después asintió.
—Entonces entraremos juntos.
Avanzaron despacio.
El interior olía a madera húmeda, polvo y hojas podridas. Un rayo de luz atravesaba una abertura del techo e iluminaba una mesa vieja. Junto a ella había una taza de café todavía tibia.
Sable se detuvo.
—Alguien estuvo aquí hace poco.
Leland observó las huellas en el suelo.
—Y no está lejos.
Un ruido llegó desde el piso superior.
—¿Ruth? —llamó Sable—. Soy yo. Sable.
Durante varios segundos no hubo respuesta.
Entonces una voz femenina, débil y temblorosa, habló desde la oscuridad.
—¿Vino sola?
Sable levantó la vista.
—No. Estoy con Leland Hol. No vamos a hacerte daño.
—Le dije que viniera sola.
—Lo sé. Pero alguien entró en mi habitación anoche y me dejó una amenaza. No voy a arriesgarme a encontrarme con nadie sin protección.
Se escuchó un movimiento sobre sus cabezas.
Después, una mujer apareció en la escalera.
Ruth había envejecido mucho desde la última vez que Sable la había visto. Tenía el rostro delgado, el cabello recogido bajo un pañuelo y una marca morada cerca de la muñeca.
Al reconocer a Sable, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Pensé que nunca volvería a verla.
Sable avanzó un paso.
—¿Qué pasó, Ruth?
La mujer miró a Leland.
—¿Puedo confiar en él?
Sable vaciló.
Habría querido responder que sí sin pensarlo, pero ya no estaba dispuesta a entregar su confianza como si fuera algo que no pudiera perderse.
—Está intentando ayudarme a descubrir la verdad —contestó—. Y hasta ahora ha cumplido lo que promete.
Ruth observó a Leland unos segundos.
Finalmente, bajó las escaleras.
—Entonces tengo que contarles lo que vi.
Se sentó junto a la mesa y entrelazó las manos.
—La noche en que murió su esposo, Everett llegó a la casa antes del anochecer. Dijo que tenía asuntos que resolver con su hermano. Yo estaba limpiando el pasillo cuando lo escuché discutir con él.
Sable sintió que el pecho se le apretaba.
—¿De qué hablaban?
—De dinero. Su esposo le decía que sabía que había retirado fondos de una cuenta familiar. Everett insistía en que había actuado para proteger los negocios. Después su esposo le dijo que había preparado documentos para dejarle la propiedad a usted.
Leland se inclinó hacia delante.
—¿Escuchó alguna amenaza?
Ruth asintió.
—Everett dijo que, si esos documentos llegaban a manos de un abogado, ambos quedarían arruinados. Su esposo respondió que prefería perder todo antes que permitir que usted pagara por los errores de su hermano.
Sable cerró los ojos.
Era exactamente el tipo de decisión que su esposo habría tomado.
—¿Qué ocurrió después? —preguntó.
Ruth tragó saliva.
—Yo estaba en la cocina cuando Everett entró. Llevaba una botella pequeña. Me pidió que preparara una bandeja para su hermano y que no hiciera preguntas.
—¿La botella que desapareció?
—Creo que sí. Era de vidrio oscuro. Everett la puso junto a la taza de agua.
Sable se llevó una mano a la boca.
—¿Lo viste abrirla?
—No. Pero lo vi sacar algo del bolsillo y guardarlo después. Cuando fui a buscar más leña, escuché que usted regresaba al pasillo. Everett salió de la habitación y me ordenó que me marchara a casa.
—¿Por qué no me lo contaste?
Ruth comenzó a llorar.
—Porque me amenazó. Dijo que, si hablaba, haría que me acusaran de robar dinero de la casa. Yo tenía una hija pequeña.
No tenía familia que pudiera protegernos. Me fui esa misma noche y nunca regresé.
Sable sintió que la rabia se mezclaba con una tristeza inmensa.
—¿Y después de la muerte?
—Everett vino a verme. Me dijo que su esposo había muerto por culpa de sus remedios y que usted sería acusada si alguien descubría que yo había estado en la casa aquella noche. Me pagó para que me fuera del condado.
Leland apretó los puños.
—¿Aceptó el dinero?
Ruth lo miró con vergüenza.
—Sí. Tenía miedo. No me enorgullece, pero necesitaba alimentar a mi hija.
Sable se sentó frente a ella.
—No voy a fingir que no me dolió que guardaras silencio. Pero sé lo que significa tener miedo cuando nadie está dispuesto a ayudarte.
Ruth levantó la cabeza.
—Hay algo más.
Metió la mano debajo del chal y sacó un pequeño paquete envuelto en tela.
Lo puso sobre la mesa.
—Antes de irme, encontré esto detrás de una tabla suelta en la despensa. No sabía qué era. Lo guardé porque escuché a Everett preguntar por ello días después.
Sable desenvolvió la tela.
Dentro había un recibo antiguo y una llave pequeña.
El recibo pertenecía a una oficina de almacenamiento de la ciudad donde había vivido con su esposo. Indicaba que se había alquilado un compartimento privado bajo el nombre de Everett Thorne.
La fecha era de tres días antes de la muerte.
Leland tomó el papel y lo examinó.
—¿Sabes qué había en ese compartimento?
Ruth negó con la cabeza.
—No. Pero recuerdo que Everett dijo que tenía que llevar allí unos documentos antes de que su hermano cambiara de opinión.
Sable miró la llave.
Tenía grabado un número: diecisiete.
Y debajo, unas letras diminutas que parecían formar el nombre de la compañía de almacenamiento.
Era una pista concreta.
Tal vez los documentos que habían desaparecido no se habían destruido. Tal vez Everett los había escondido.
Leland guardó el recibo en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Voy a llevar esto al sheriff.
Ruth se puso de pie bruscamente.
—¡No! Todavía no.
Los dos la miraron.
La mujer respiró con dificultad.
—Hay una razón por la que esperé hasta ahora para hablar. Everett no fue el único que estuvo en aquella casa. Después de que su esposo murió, llegó otra persona. Alguien que usted conoce, señorita Sable.
Sable sintió que se le helaba la sangre.
—¿Quién?
Ruth apretó las manos.
—Beatrice Thorne.
Leland se quedó inmóvil.
—¿Está segura?
—La vi entrar por la puerta trasera la mañana siguiente al funeral. Everett la llevó a la despensa. Discutieron durante varios minutos. Después, ella salió con un paquete envuelto en una manta.
Sable miró la llave que tenía sobre la mesa.
—¿Qué había en ese paquete?
Ruth negó lentamente.
—No lo sé. Pero escuché a Beatrice decir que, mientras ella conservara el original, nadie podría demostrar quién había firmado los documentos.
Leland y Sable intercambiaron una mirada.
La llave podía conducirlos hasta el original.
Y Beatrice parecía haber sabido desde el principio dónde estaba escondido.
Cuando regresaron al rancho, el sol ya había salido por completo.
Leland envió a Caleb a buscar al sheriff y le pidió que no mencionara la llave a nadie. Después llevó a Sable al despacho.
Extendieron sobre el escritorio el recibo, la llave y la copia de la nota médica.
—Si el compartimento sigue existiendo, quizá encontremos los documentos de tu esposo —dijo Leland.
Sable contempló la llave.
—Y si Beatrice los tiene, tal vez el compartimento esté vacío.
—Entonces sabremos dónde empezó todo.
Ella se quedó callada.
Había pasado años preguntándose cómo una mujer como Beatrice había llegado a conocer tantos detalles de su pasado. Ahora empezaba a comprender que no se trataba de simple curiosidad.
Beatrice había estado involucrada desde el principio.
Pero ¿por qué?
¿Qué ganaba al destruir a una viuda que apenas tenía dinero?
Leland parecía hacerse la misma pregunta.
—Hay algo que no entiendo —dijo él—. Si Beatrice ayudó a Everett a ocultar los documentos, ¿por qué se tomó tantas molestias para impedir nuestro matrimonio?
Sable levantó la mirada.
—Porque casarme con usted habría cambiado mi posición. Ya no sería una mujer sola a la que cualquiera pudiera intimidar. Tendría acceso a abogados, recursos y personas dispuestas a escucharme.
—Eso explicaría su interés en mantenerte aislada.
—Pero no explica por qué ella participó en el asunto de mi esposo.
Leland se acercó a la ventana.
—Voy a averiguarlo.
Sable se puso de pie.
—No. Vamos a averiguarlo.
Él se volvió hacia ella.
Durante un momento, ninguno habló.
Después Leland asintió.
—Tienes razón.
Era una pequeña palabra.
Pero Sable notó que él ya no decía «yo me encargaré» cada vez que algo amenazaba con complicarse.
Estaba empezando a comprender que ayudarla no significaba quitarle el control de su propia vida.
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
Caleb entró acompañado por el sheriff.
—Encontramos algo más —anunció el oficial.
Colocó un papel sobre el escritorio.
Era una copia de un registro comercial que acababan de recuperar de la oficina del telégrafo. Everett había enviado un mensaje la tarde anterior a la muerte de su hermano.
El destinatario no era Beatrice.
Era un abogado de la ciudad.
El mensaje decía:
«El acuerdo está listo. Necesito que el testigo mantenga su palabra. La propiedad pasará a manos de quienes corresponda una vez que el propietario fallezca».
Sable sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Qué acuerdo?
El sheriff negó con la cabeza.
—Todavía no lo sabemos. Pero el mensaje fue enviado desde la misma oficina donde se registró el alquiler del compartimento diecisiete.
Leland tomó el papel.
—Entonces tenemos que ir a esa ciudad.
El sheriff asintió.
—Y hacerlo pronto. Alguien intentó retirar ayer el registro de almacenamiento. El empleado se negó porque no tenía la llave correcta.
Sable miró la pequeña llave sobre el escritorio.
El compartimento diecisiete no solo podía contener los documentos desaparecidos.
Alguien había intentado llegar hasta él antes que ellos.
Y si esa persona había fracasado, era probable que volviera a intentarlo.
El sheriff guardó la copia del mensaje.
—Saldré con ustedes al amanecer. Mientras tanto, nadie debe saber que tenemos la llave.
Cuando el oficial se marchó, Leland cerró la puerta.
Sable permaneció mirando el recibo.
Por primera vez, tenía una oportunidad real de recuperar lo que le habían quitado.
Pero la alegría no llegó.
En su lugar apareció una inquietud más profunda.
Si Beatrice había ayudado a Everett a esconder los documentos, y si alguien más había firmado un acuerdo para quedarse con la propiedad, entonces el pasado de su esposo no era solamente una historia de traición familiar.
May you like
Era una conspiración en la que alguien había calculado cuánto valía la muerte de un hombre.
Y quizá cuánto valdría también destruir la vida de la mujer que podía descubrirlo.