Chapter 4: El médico que guardaba un secreto
El doctor Whitcomb palideció cuando Sable le contó lo que el muchacho había visto, y aquella reacción le dijo más que cualquier confesión.
—¿Está segura de que el niño vio a Everett salir de mi establo? —preguntó el médico.
—Eso fue lo que me dijo.
Whitcomb miró hacia la calle. Por un instante pareció dispuesto a negar todo, pero después se quitó el sombrero y se pasó una mano por el cabello gris.
—Será mejor que entremos. No quiero hablar de esto aquí.
Leland salió de la oficina del telégrafo con el comprobante del mensaje que acababa de enviar. Al verlos, comprendió que algo había ocurrido.
—¿Qué pasa?
—El doctor tiene información que podría ayudarnos —respondió Sable—. Pero parece que no está seguro de querer compartirla.
Whitcomb apretó los labios.
—No es tan sencillo, señor Hol.
—Entonces explíquelo.
El médico miró a ambos antes de responder.
—Hace dos años atendí al esposo de la señorita Sable durante los últimos meses de su enfermedad. Recuerdo perfectamente el caso. Era un hombre debilitado por una afección pulmonar que empeoraba cada semana. Su esposa lo cuidaba día y noche.
Sable sintió que los recuerdos regresaban con una claridad dolorosa: las sábanas húmedas, las noches sin dormir, el sonido de la tos detrás de la puerta cerrada.
—¿Recuerda haber vuelto a la casa la noche en que murió? —preguntó.
El doctor bajó la mirada.
—Sí.
—¿Por qué nunca lo mencionó?
—Porque me pidieron discreción.
—¿Quién?
Whitcomb guardó silencio.
Leland dio un paso adelante.
—Doctor, una mujer lleva dos años cargando con la acusación de haber provocado la muerte de su esposo. Ahora aparece un frasco que supuestamente pertenecía a ella y una nota que habla de un registro médico desaparecido. Si sabe algo que pueda aclarar lo sucedido, es momento de hablar.
—No necesito que me recuerde mis obligaciones, señor Hol.
—Entonces no me obligue a recordárselas otra vez.
El médico lo miró con irritación, pero enseguida sus hombros se hundieron.
—La noche de la muerte, Everett me llamó. Dijo que su hermano estaba empeorando y que necesitaba que lo examinara de nuevo. Cuando llegué, el hombre ya había fallecido.
Sable cerró los ojos.
Había pasado tanto tiempo preguntándose si había imaginado aquella visita que escucharla confirmada le produjo una mezcla de alivio y rabia.
—¿Qué encontró? —preguntó.
—Nada que demostrara que usted hubiera causado su muerte. El paciente llevaba meses enfermo. Su estado era grave y su organismo estaba muy debilitado.
—¿Entonces por qué Everett le pidió discreción?
El doctor se acomodó el chaleco.
—Porque, cuando llegué, él me dijo que no quería que se hablara de la visita. Aseguró que la familia no soportaría más rumores. Yo no tenía motivos para sospechar de él.
—¿Y el registro? —preguntó Leland.
Whitcomb miró hacia la puerta de su consulta.
—Anoté la visita, los síntomas que observé y las condiciones en las que encontré al paciente. También registré los tratamientos que me había comunicado la familia.
Sable sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.
—¿Qué tratamientos?
—Los habituales para aliviar la tos y mantenerlo hidratado. También anoté que usted preparaba algunas infusiones, pero nunca encontré nada que me hiciera pensar que fueran peligrosas.
—¿Y dónde está ese registro?
El médico no respondió.
Aquella vez, el silencio fue distinto.
Sable lo reconoció. No era el silencio de alguien que no sabía. Era el de una persona que conocía la respuesta y temía las consecuencias de decirla.
—Doctor —dijo ella—, míreme.
Whitcomb levantó los ojos.
—Yo no maté a mi esposo.
—Nunca he dicho que lo hiciera.
—Pero permitió que la gente creyera que yo podía haberlo hecho.
El anciano recibió la acusación sin protestar.
—Sí —admitió—. Y debí haber hablado antes.
Sable sintió que la rabia le llenaba la garganta.
—¿Sabe lo que significa vivir con eso? ¿Sabe lo que ocurre cuando la gente deja de confiar en usted? Perdí mi casa, mi dinero y casi cualquier oportunidad de empezar de nuevo. Y mientras tanto, usted guardó silencio.
—Lo sé.
—No. Usted apenas está empezando a saberlo.
Leland no intervino. Sabía que aquella conversación no le pertenecía y que ninguna disculpa suya podía compensar el daño causado por los demás.
El doctor respiró hondo.
—El registro estaba en mi consulta hasta hace tres días. Entonces descubrí que faltaban varias hojas.
—¿Quién tuvo acceso? —preguntó Leland.
—Mis pacientes, por supuesto. Pero los registros están guardados bajo llave.
—¿Quién tiene otra llave?
Whitcomb dudó.
—Mi asistente.
—¿Alguien más?
El médico apretó la mandíbula.
—Everett trabajó conmigo durante algunas semanas el invierno pasado. Me ayudaba con las cuentas y con los suministros. Es un hombre educado y conoce las costumbres de las familias acomodadas. Lo contraté porque necesitaba ayuda.
Sable sintió que la sangre se le helaba.
—¿Everett trabajó para usted?
—Sí.
—¿Y nunca me lo dijo?
—No sabía que él y usted...
—¡Es el hermano de mi esposo!
Su voz resonó en la pequeña consulta.
Whitcomb bajó la cabeza.
—Lo siento.
Leland apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—¿Cuándo descubrió que faltaban las hojas?
—El jueves por la mañana. Everett había venido el día anterior para preguntarme por unos documentos antiguos. Me dijo que estaba ayudando a una familia a ordenar sus asuntos.
—¿Y usted le permitió revisar los registros?
—No todos. Solo los relacionados con las facturas de aquella época.
Sable se llevó una mano a la boca.
—Entonces encontró el registro de mi esposo.
—Es posible.
—Y ahora aparece con el frasco.
Leland miró al médico.
—¿Puede afirmar que ese frasco pertenece a la medicina que usted le recetó?
Whitcomb negó lentamente.
—No sin examinarlo. Las etiquetas se deterioran con el tiempo y muchos recipientes se parecen. Además, no puedo saber qué contiene sin analizarlo.
—Entonces debe hacerlo.
—Lo haré.
—Hoy.
El médico asintió.
Pero Sable no apartó la mirada de él.
—Quiero saber otra cosa. ¿Qué le dijo Everett la noche en que murió mi esposo?
Whitcomb se quedó inmóvil.
—Dijo que su hermano había cambiado sus instrucciones sobre la propiedad. Que quería dejarle todo a usted y que la familia estaba preocupada porque quizá no hubiera comprendido lo que firmaba.
Sable sintió que las rodillas le flaqueaban.
—¿Vio esos documentos?
—No. Everett solo me habló de ellos.
—¿Y usted le creyó?
—No tenía razones para dudar de él.
Sable soltó una risa amarga.
—Eso parece ser lo que todos tienen en común.
El doctor aceptó el golpe.
Después abrió un cajón del escritorio y sacó una libreta pequeña.
—Hay algo más que debo decirles. Antes de que faltaran las hojas, hice una copia de una parte del registro. No suelo hacerlo, pero en aquel momento me preocupaba que alguien pudiera cuestionar el tratamiento que había indicado.
—¿La conserva? —preguntó Leland.
—En mi casa, dentro de una caja de documentos.
Sable se inclinó hacia él.
—¿Qué dice?
Whitcomb pasó el pulgar por el borde de la libreta.
—Dice que, durante la última semana, su esposo experimentó un empeoramiento repentino. También anoté que usted me informó de que una botella de su medicamento había desaparecido.
El aire pareció abandonar la habitación.
—Yo le dije eso —susurró Sable—. Le dije que no encontraba el frasco y que no sabía quién lo había movido.
—Lo recuerdo.
—¿Y qué hizo?
El médico bajó los ojos.
—Le recomendé que vigilara los otros medicamentos y que me avisara si aparecía alguna señal extraña.
—¿Y después?
—Después murió su esposo.
Sable retrocedió.
La verdad empezaba a tomar forma, pero no era todavía una respuesta. Era una habitación llena de puertas cerradas, y detrás de cada una había alguien que había preferido protegerse antes que ayudarla.
Leland le ofreció el brazo.
Ella no lo aceptó, aunque tampoco se apartó.
—Necesitamos esa copia —dijo él.
—La tendrán —respondió Whitcomb—. Pero primero debo decirles algo que quizá no les guste.
El médico cerró la libreta.
—La noche de la muerte, Everett me aseguró que su hermano había tomado una decisión que podía arruinar a toda la familia. Me pidió que no mencionara el asunto a nadie.
—¿Qué decisión? —preguntó Sable.
Whitcomb miró hacia la ventana.
—Dijo que su hermano pensaba denunciarlo por haber retirado dinero de sus cuentas sin autorización.
Sable sintió que todo encajaba de una forma terrible.
Everett no había aparecido en la casa solo para ayudar a un moribundo.
Había tenido un motivo para querer que su hermano muriera antes de que pudiera hablar.
Leland apretó los puños.
—¿Por qué no dijo eso antes?
—Porque no tenía pruebas. Solo escuché una conversación. Y después Everett se marchó de la ciudad.
—Ahora tiene una razón para buscar las pruebas —respondió Leland.
Whitcomb asintió lentamente.
—Sí. Y hay otra cosa. Cuando Everett salió de mi consulta hace tres días, me dijo que, si alguien preguntaba por el registro, debía responder que nunca había existido.
Sable sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
El médico la miró directamente.
—Porque alguien estaba dispuesto a pagar para que desapareciera.
Al salir de la consulta, Leland caminó junto a Sable sin intentar tocarla.
El cielo se había cubierto de nubes y el viento arrastraba hojas secas por la calle principal.
—Voy a contratar a un abogado —dijo él—. Alguien que no tenga vínculos con los Thorne.
—No quiero que gaste su dinero por mí.
—No es caridad.
Sable se detuvo.
—¿Entonces qué es?
Leland tardó en responder.
—Es lo que debí hacer cuando recibí la primera carta. Escuchar, investigar y no permitir que otros decidieran quién eras.
Ella lo miró con cansancio.
—No puede reparar dos años en una tarde.
—Lo sé.
—Y tampoco puede comprar mi confianza.
—Lo sé.
Sable reanudó la marcha.
Leland no la siguió de inmediato. La dejó avanzar unos pasos antes de caminar a su lado otra vez.
Era una distancia pequeña.
Pero, por primera vez, no intentó obligarla a acortarla.
Cuando llegaron al rancho, Jed los esperaba frente a la casa.
—¡Señor Hol! ¡Señorita Sable!
El muchacho corrió hacia ellos.
—Tommy despertó y preguntó por usted. Dice que quiere verla.
El rostro de Sable se suavizó.
—Entonces será mejor que vaya con él.
Antes de entrar, miró a Leland una última vez.
—No deje que Everett se entere de lo que nos dijo el doctor.
—No lo haré.
—Y no confíe en nadie que aparezca ofreciendo ayuda de repente.
Leland asintió.
Pero ninguno de los dos sabía que, desde el otro lado del corral, un hombre los observaba.
Llevaba un sombrero bajo y una chaqueta polvorienta. Cuando vio a Sable entrar en la casa, se alejó sin hacer ruido.
Esa misma tarde, una carta llegó al despacho de Beatrice Thorne.
Dentro había una sola frase.
«Whitcomb habló. Debemos actuar antes de que encuentren la copia».
May you like
Y, debajo, una firma que Sable jamás habría imaginado encontrar al final de una amenaza.
La de Leland Hol.
Related Stories