Calm

Chapter 6: La caja que Everett quiso enterrar

El sheriff apenas había terminado de escuchar el informe cuando Beatrice Thorne intentó salir por la puerta trasera.

Leland la vio moverse.

—¿Adónde va, señora Thorne?

Ella se detuvo, levantando la barbilla.

—A mi casa. No tengo por qué quedarme aquí mientras usted y esa mujer inventan acusaciones.

—Hace un momento dijo que habíamos venido a robar documentos. Ahora que el doctor identifica a Everett como su agresor, quiere marcharse.

—No sé qué le ha dicho ese hombre. Está herido y confundido.

Whitcomb, todavía sentado junto al armario, levantó la cabeza.

—Estoy perfectamente consciente, señora Thorne.

La mujer lo miró con desprecio.

—Entonces debería recordar que fue usted quien permitió que esos documentos desaparecieran.

El sheriff dio un paso hacia ella.

—Basta. Nadie se va hasta que aclare qué relación tiene con esta investigación.

Beatrice apretó el bolso contra su cuerpo.

Por primera vez, su seguridad parecía resquebrajarse.

Sable permanecía junto al escritorio, con la libreta médica entre las manos. No quería soltarla. Había pasado demasiado tiempo viendo cómo las pruebas desaparecían mientras las acusaciones permanecían.

—Sheriff —dijo—, necesito que proteja estos documentos. Son la única copia que tenemos de las notas del doctor sobre mi esposo.

El hombre miró la libreta.

—Entréguemela.

Sable vaciló.

Leland se acercó, pero no intentó arrebatársela.

—Pida un recibo y deje constancia de cada hoja —dijo—. Si la libreta desaparece, todos sabremos quién fue responsable.

El sheriff lo miró con severidad.

—No necesito que me diga cómo hacer mi trabajo, Hol.

—Entonces hágalo de manera que nadie tenga motivos para dudar de usted.

El ayudante ocultó una sonrisa.

El sheriff extendió la mano hacia Sable.

—Voy a registrar el documento, anotar el número de páginas y dejar constancia de quién lo entrega. Después será examinado por la autoridad correspondiente.

Sable respiró hondo.

Finalmente, le entregó la libreta.

El sheriff la envolvió en un paño limpio y ordenó a su ayudante que anotara la hora.

Beatrice observaba cada movimiento.

Cuando el sheriff mencionó que el documento sería llevado al juez del condado, ella dio un paso adelante.

—No puede basarse en unas notas médicas para acusar a nadie de un delito.

—No estamos acusando a nadie todavía —respondió el sheriff—. Estamos investigando una agresión, documentos desaparecidos y una posible falsificación.

La palabra «falsificación» pareció golpearla.

Leland lo notó.

Sable también.

—¿Por qué le preocupa tanto esa palabra? —preguntó ella.

Beatrice se volvió hacia ella con una mirada furiosa.

—Porque conozco a los hombres como Everett. Si hizo algo indebido, tendrá que responder por ello. Pero no permitiré que una mujer como tú destruya la reputación de personas respetables para conseguir una propiedad.

Sable sintió que la rabia le quemaba el pecho.

—¿Una mujer como yo? ¿Qué significa eso?

—Significa que llegaste aquí sin nada, dispuesta a casarte con un hombre que apenas conocías. Significa que apareciste en un rancho ajeno y empezaste a dar órdenes como si tuvieras derecho a hacerlo. Significa que cada vez que alguien te cuestiona, te presentas como una víctima.

Sable dio un paso hacia ella.

—Yo no pedí que mi esposo muriera. No pedí perder mi casa. No pedí que usted difundiera rumores sobre mí. Y no pedí que el hombre que ahora me acusa fuera quien se quedara con los bienes que mi esposo quería dejarme.

Beatrice abrió la boca.

Sable continuó, con la voz cada vez más firme.

—Usted habla de reputación porque cree que una mujer puede ser destruida si suficientes personas repiten una mentira. Pero yo sigo aquí. Y ahora hay documentos que tendrán que explicar.

La expresión de Beatrice se endureció.

—No sabes con quién estás tratando.

—Creo que empiezo a saberlo.

El sheriff interrumpió antes de que la discusión escalara.

—Señora Thorne, le recomiendo que mida sus palabras. Cualquier amenaza que haga ahora será anotada.

Beatrice cerró la boca.

Pero sus ojos no abandonaron a Sable.

Había odio en ellos.

Y algo más: miedo.

En la estación, Everett Thorne intentaba subir a un vagón cuando los ayudantes del sheriff lo alcanzaron.

Llevaba una caja de madera bajo el brazo y un pequeño bolso de viaje en la otra mano. Al ver a los hombres, trató de cambiar de dirección.

—¡Everett Thorne! —gritó el sheriff—. ¡Queda detenido para responder por la agresión al doctor Whitcomb y por la desaparición de documentos!

Everett se volvió indignado.

—¡Esto es un error! ¡No he agredido a nadie!

—Entonces no tendrá problema en explicarlo.

—Tengo asuntos en otro condado. No pueden retenerme sin pruebas.

El sheriff señaló la caja.

—¿Qué lleva ahí?

—Mis pertenencias.

—Ábrala.

Everett apretó los brazos alrededor de la caja.

—No tiene derecho.

—Acaba de escuchar que está siendo investigado por una agresión. Puede abrirla usted mismo o permitir que solicite una orden para revisarla.

El hombre miró a su alrededor.

Varias personas se habían detenido para observar la escena. El encargado de la estación permanecía junto a la puerta, con los brazos cruzados.

Everett comprendió que no podía huir sin llamar todavía más la atención.

Dejó la caja sobre un banco.

El sheriff levantó la tapa.

Dentro había frascos de vidrio, papeles viejos, una bolsa de tela y varios pequeños paquetes envueltos en papel encerado.

Sable llegó acompañada por Leland justo cuando el sheriff apartaba la bolsa.

Al ver los recipientes, sintió que el corazón se le detenía.

Reconoció dos de ellos.

Eran frascos del tipo que su esposo había guardado en el armario de las medicinas. Uno tenía una etiqueta descolorida. El otro estaba vacío.

—¿De dónde sacó eso? —preguntó.

Everett la miró con desprecio.

—No tienes derecho a tocar mis pertenencias.

—No las estoy tocando. Estoy preguntando de dónde salieron.

El sheriff levantó uno de los frascos sin abrirlo.

—Todo esto quedará bajo custodia. Nadie va a manipularlo hasta que se determine qué contiene.

Leland observó a Everett.

—¿Por qué huyes si no tienes nada que ocultar?

Everett soltó una risa nerviosa.

—No huyo. Tengo negocios fuera del pueblo.

—¿Y por eso te llevas una caja de medicamentos de hace dos años?

El hombre guardó silencio.

Sable se acercó un poco.

—La noche en que murió mi esposo, desapareció un frasco de la casa. Yo lo busqué por todas partes. Tú me dijiste que lo había roto.

Everett levantó la barbilla.

—Estabas alterada. No recordabas lo que hacías.

—Entonces explícame por qué tienes aquí estos recipientes.

—Los encontré entre sus pertenencias.

—¿Cuándo?

—Después del funeral.

—Eso dijiste sobre los documentos que también desaparecieron.

Everett miró al sheriff.

—No voy a responder preguntas sin un abogado.

—Está en su derecho —contestó el sheriff—. Pero no podrá llevarse la caja.

Los ayudantes lo sujetaron por los brazos.

Everett se resistió lo suficiente para hacer que el banco se tambaleara.

—¡Esto es una trampa! ¡Esa mujer ha manipulado a todos! ¡Primero al señor Hol, después al doctor y ahora a usted!

Leland se interpuso entre él y Sable.

—No vuelvas a acercarte a ella.

Everett soltó una carcajada.

—¿De verdad crees que la conoces? ¿Crees que una mujer que estuvo presente cuando su esposo murió te contará todo lo que sabe?

Sable sintió un golpe en el estómago.

No porque la acusación fuera nueva.

Sino porque Everett había pronunciado aquellas palabras con una seguridad que sugería que todavía guardaba algo.

Algo que no estaba en la caja.

El sheriff ordenó que se lo llevaran.

Mientras los hombres lo conducían hacia la oficina, Everett volvió la cabeza.

—¡Pregúntale qué hizo con la última botella! —gritó—. ¡Pregúntale por qué la escondió!

Sable se quedó inmóvil.

Leland volvió hacia ella de inmediato.

—No le hagas caso.

Pero ella apenas lo escuchaba.

La última botella.

No el frasco que había desaparecido.

Otra botella.

Una que, hasta aquel momento, no recordaba.

O quizá sí.

Había algo enterrado en su memoria, una imagen borrosa de la última noche de su esposo, cuando la fiebre había aumentado y ella había ido a buscar agua a la cocina.

Recordaba una botella sobre la mesa.

Recordaba haberla levantado.

Y recordaba una voz detrás de ella.

«No le des eso».

Sable cerró los ojos.

La voz no había sido la de su esposo.

Había sido la de Everett.

El doctor Whitcomb fue trasladado al rancho para que descansara mientras se recuperaba de la agresión. El sheriff dejó a dos hombres vigilando la caja de medicamentos y se llevó los documentos para registrarlos oficialmente.

Leland insistió en que Sable comiera algo.

Ella se sentó a la mesa, pero apenas tocó el plato.

—¿Qué te dijo Everett? —preguntó él.

Sable levantó la mirada.

—¿Cuándo?

—Cuando gritó lo de la última botella. Te quedaste como si hubieras visto un fantasma.

Ella miró el café que tenía delante.

—Creo que recuerdo algo de la noche en que murió mi esposo.

Leland no la apuró.

Sable cerró los ojos e intentó ordenar los recuerdos.

—Mi esposo estaba muy débil. El doctor había venido por la tarde y me había explicado que debía vigilar su respiración. Everett llegó después del anochecer. Dijo que quería hablar con él sobre los asuntos de la propiedad.

—¿Lo dejaste entrar?

—Era su hermano. En aquel momento yo no sabía que había estado retirando dinero de sus cuentas.

Sable se frotó las manos.

—Recuerdo que fui a la cocina a preparar agua caliente. Había una botella junto a la ventana. No era la que utilizaba para las infusiones. Era más pequeña y tenía un tapón de corcho.

Leland escuchaba sin interrumpir.

—Cuando la levanté, Everett apareció detrás de mí. Me dijo que no se la diera a su hermano. Que el médico había cambiado el tratamiento y que aquella botella podía hacerle daño.

—¿Y le creíste?

Sable asintió lentamente.

—La dejé sobre la mesa. Después regresé a la habitación. Mi esposo estaba despierto, pero apenas podía hablar. Me pidió que cerrara la puerta y que no dejara entrar a Everett.

Leland se inclinó hacia ella.

—¿Qué hiciste?

—Le pregunté por qué. Él intentó explicármelo, pero empezó a toser y no pudo continuar. Fui por agua. Cuando regresé, la botella ya no estaba.

—¿Desapareció?

—Sí. Y al poco tiempo mi esposo empeoró.

Sable se llevó una mano a la frente.

—Después todo fue confuso. Llamé al doctor, pero Everett me dijo que ya lo había hecho. Me pidió que me quedara junto a mi esposo mientras él iba a buscar ayuda. Cuando el doctor llegó, mi esposo había muerto.

Leland sintió que se le helaba la sangre.

—¿Y la botella?

—Nunca volví a verla. Cuando pregunté por ella, Everett me dijo que debía haberla guardado en algún lugar durante la confusión. Después empezó a insinuar que mis remedios habían causado la muerte.

Ella abrió los ojos.

—Yo misma llegué a dudar de mi memoria, Leland. Pensé que tal vez había mezclado las botellas, que quizá había cometido un error. Durante meses revisé cada recuerdo buscando algo que pudiera explicar lo sucedido.

Leland extendió una mano sobre la mesa, pero no llegó a tocarla.

—No estabas obligada a resolverlo sola.

Sable lo miró con tristeza.

—Eso es exactamente lo que tuve que hacer.

Él retiró la mano.

No quería que un gesto de consuelo sustituyera lo que debía decir.

—Lo siento.

Ella asintió, pero no respondió.

En ese momento, Jed apareció en la puerta.

—Señor Hol, el doctor quiere hablar con ustedes.

Leland se levantó.

Sable lo siguió hasta la habitación donde Whitcomb descansaba.

El médico tenía la copia del registro sobre las rodillas. Parecía agotado, pero estaba decidido a terminar lo que había empezado.

—Hay algo que no les dije antes —anunció.

Sable sintió que el cansancio se convertía otra vez en tensión.

—¿Qué?

Whitcomb tomó aire.

—La última botella que menciona Everett podría haber contenido una preparación que yo había retirado del tratamiento de su esposo. Le pedí que no la utilizara porque el paciente ya no podía tolerarla.

Sable se quedó inmóvil.

—¿Usted se lo dijo a Everett?

—No. Se lo dije a usted y a su esposo. No tenía razones para confiarle detalles médicos a él.

—Entonces, ¿cómo sabía que existía?

El doctor negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero recuerdo haber visto a Everett salir de la habitación con algo bajo el abrigo aquella noche. En ese momento pensé que llevaba documentos.

Leland apretó los dientes.

—¿Y nunca informó de eso?

Whitcomb bajó la mirada.

—No tenía pruebas de que hubiera tomado nada. Después, cuando Everett empezó a decir que la señorita Sable había administrado remedios por su cuenta, temí que mis propias notas se utilizaran para acusarme de negligencia. Me convencí de que era mejor no intervenir.

Sable sintió una mezcla de rabia y agotamiento.

—Todos tuvieron miedo. Todos prefirieron protegerse. Y yo fui la única que tuvo que vivir con las consecuencias.

El médico no intentó defenderse.

—Sí.

La respuesta fue tan sencilla que Sable no encontró nada más que decir.

Leland miró la copia del registro.

—¿Hay alguna forma de determinar qué contenía aquella botella?

—Si encontramos el recipiente y se ha conservado adecuadamente, un experto podría examinarlo. Pero no puedo garantizar que sea posible establecer su contenido después de tanto tiempo.

—¿Y si encontramos a alguien que vio a Everett tomarla?

Whitcomb levantó la cabeza.

—Había una persona más en la casa aquella noche.

Sable se acercó.

—¿Quién?

El doctor cerró los ojos, intentando recordar.

—Una mujer que trabajaba como ayudante doméstica para su esposo. Se llamaba Ruth. Creo que vivía con una hermana cerca del río.

Sable sintió que el corazón le daba un vuelco.

Ruth.

Había trabajado en la casa durante varias semanas, hasta que Everett la despidió pocos días antes de la muerte.

Sable había supuesto que se había marchado por decisión propia.

—¿Por qué nunca me habló de ella? —preguntó.

Whitcomb la miró con expresión grave.

—Porque, cuando volví a la casa después de la muerte, Everett me dijo que Ruth había abandonado el pueblo y que nadie sabía dónde encontrarla.

Leland se enderezó.

—Entonces la encontraremos.

Sable sintió que una esperanza cautelosa comenzaba a abrirse paso entre el dolor.

Si Ruth había estado allí aquella noche, tal vez supiera qué ocurrió con la botella.

Tal vez hubiera visto a Everett entrar en la habitación.

Tal vez hubiera escuchado la conversación que su esposo no había logrado terminar.

Pero antes de que pudieran decidir quién iría a buscarla, sonaron tres golpes en la puerta.

Caleb entró con el rostro pálido y un pequeño sobre en la mano.

—Señor Hol, acaba de llegar esto para la señorita Sable.

Ella tomó el sobre.

No tenía sello postal.

Solo su nombre, escrito con una letra que reconoció de inmediato.

La de Ruth.

Dentro había una hoja doblada y una frase escrita con tinta azul:

«Sé lo que pasó aquella noche. Pero si quiere que se lo cuente, debe venir sola al viejo molino antes del amanecer».

Sable leyó la nota dos veces.

Leland negó con la cabeza antes de que ella pudiera hablar.

—No vas a ir sola.

—Si Ruth está asustada, quizá no hable delante de usted.

—Y si alguien más escribió esa nota, podría ser una trampa.

Sable sostuvo el papel con ambas manos.

—Puede que sea la única persona que vio lo que ocurrió.

Leland miró hacia la ventana, donde la oscuridad empezaba a cubrir los campos.

—Entonces iremos preparados. No voy a dejar que te enfrentes a esto sin ayuda.

Sable volvió a leer la última línea.

Debajo de la firma, Ruth había añadido unas palabras más pequeñas, casi ilegibles.

«Everett no actuó solo».

La habitación quedó en silencio.

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Porque si Ruth decía la verdad, el hombre que había robado los documentos y ocultado los frascos no era el único responsable.

Y alguien más, alguien que todavía vivía en Redemption Gap, había ayudado a mantener enterrado el secreto durante dos años.

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