Chapter 5: La firma que no debía existir
Leland supo que alguien había utilizado su nombre antes de terminar de leer la carta.
El papel había llegado al rancho poco después de las cuatro, entregado por un mensajero que aseguraba haberlo recibido en la oficina de correos de Redemption Gap. No tenía sello oficial ni remitente, solo una frase escrita con tinta negra:
«Whitcomb habló. Debemos actuar antes de que encuentren la copia».
Debajo aparecía una firma que se parecía tanto a la suya que, a primera vista, habría engañado a cualquiera.
Leland Hol.
La misma inclinación de la letra. La misma línea larga bajo el apellido. Incluso el pequeño corte en la última curva de la H.
Pero Leland no había escrito aquello.
—¿Quién entregó esto? —preguntó.
El muchacho que esperaba junto a la puerta se encogió de hombros.
—Un hombre que no conozco, señor. Dijo que era urgente.
—¿Cómo era?
—Alto, delgado. Tenía una cicatriz junto a la barbilla.
Leland se quedó inmóvil.
Everett.
El mensajero no había necesitado decir el nombre.
Leland guardó la carta en el cajón de su escritorio y cerró con llave. Después se dirigió a la cocina, donde Sable preparaba una compresa limpia para Tommy.
No quería ocultarle nada.
Había aprendido, demasiado tarde, que los secretos dejaban espacio para que otros escribieran la historia en su lugar.
—Necesito hablar contigo.
Sable levantó la mirada.
—¿Qué ocurrió?
Él puso la carta sobre la mesa.
Ella leyó el mensaje una vez.
Después volvió a leerlo, deteniéndose en la firma.
—¿Usted escribió esto?
—No.
—¿Está seguro?
Leland no se ofendió por la pregunta.
—Completamente.
Sable pasó el dedo por la tinta sin tocarla.
—Alguien quiere que parezca que usted está involucrado con Beatrice.
—O que quiere impedir que investiguemos.
—Puede ser ambas cosas.
Leland se sentó frente a ella.
—El muchacho dice que el hombre que entregó la carta tenía una cicatriz junto a la barbilla.
Sable sintió que se le tensaban los hombros.
—Everett.
—Eso creo.
Ella volvió a mirar la firma.
—No solo quiere destruir mi reputación. Ahora está intentando comprometerlo a usted.
—Si cree que puede asustarme con una carta falsa, no me conoce.
Sable levantó los ojos.
—No se trata de valentía, Leland. Se trata de lo que puede hacer un hombre cuando cree que está a punto de perder algo.
Él entendió la advertencia.
Everett había perdido dinero, posición y quizá la posibilidad de conservar un secreto. Si realmente había manipulado los asuntos de su hermano, la aparición de aquel registro podía destruir todo lo que había construido.
—Voy a hablar con el sheriff —dijo Leland.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si Everett entregó personalmente la carta, quizá quiera asegurarse de que la encontremos. Puede estar intentando provocar una reacción que le permita acusarlo de algo.
Leland la estudió con atención.
—¿Qué propones?
Sable respiró hondo.
—Primero debemos conseguir la copia del registro. Después necesitamos averiguar quién retiró los documentos de la propiedad. Y, sobre todo, debemos descubrir por qué Beatrice está tan interesada en mantenernos separados.
—Creí que su interés era simplemente impedir nuestro matrimonio.
—Eso es lo que quiere que pensemos.
Sable tomó la carta y la colocó junto a una lámpara.
—Mire la firma.
Leland se inclinó.
—¿Qué ves?
—La tinta es distinta a la del resto del mensaje. Parece más oscura y se ha extendido de otra manera en el papel.
—¿Y eso qué significa?
—Que pudo firmarla con otra pluma o en otro momento. No demuestra nada por sí solo, pero alguien preparó esto con cuidado.
Leland la miró con una mezcla de admiración y preocupación.
—Has tenido que aprender a desconfiar de todo.
Sable bajó los ojos.
—Cuando la gente te acusa de algo que no hiciste, aprendes a observar lo que otros prefieren ignorar.
La frase quedó entre ambos.
Leland quiso disculparse otra vez, pero comprendió que las disculpas repetidas podían convertirse en otra manera de pedirle a ella que lo consolara.
Así que se levantó y buscó su sombrero.
—Voy a enviar a Caleb por la copia del doctor. No le diré nada a nadie más.
—No mande a Caleb.
Leland se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque Everett ya conoce a sus hombres. Si está vigilando el rancho, sabrá quién sale y adónde va.
—Entonces iré yo.
—Usted es precisamente la persona que no debería ir solo.
Leland dejó escapar una breve risa.
—¿Siempre tienes una objeción para cada plan?
—Solo para los que pueden terminar mal.
Por primera vez en muchos días, una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Sable.
Duró poco, pero Leland la vio.
Y se dio cuenta de cuánto había extrañado aquella expresión.
Decidieron esperar hasta el anochecer para visitar al doctor Whitcomb.
Mientras tanto, Sable regresó a la habitación de Tommy.
El niño estaba despierto, apoyado contra varias almohadas. Su rostro aún mostraba cansancio, pero había recuperado algo de color.
—Jed dice que usted sabe curar caballos —dijo cuando ella entró.
—Sé ayudar a algunos animales. No todos se dejan convencer.
—¿Y sabe curar personas?
Sable acomodó la manta sobre sus piernas.
—Sé cuidar a las personas. Curarlas no siempre depende de mí.
Tommy reflexionó sobre aquello.
—Entonces, ¿por qué todos dicen que usted hizo algo malo?
La pregunta la tomó desprevenida.
Se sentó a su lado.
—Porque a veces la gente tiene miedo de aceptar que no sabe lo que pasó. Y cuando tiene miedo, busca a alguien a quien culpar.
—¿Y usted no tiene miedo?
Sable miró sus manos.
Pensó en su casa perdida, en el nombre de su esposo escrito en una carta que ahora estaba en manos de extraños, en las noches que había pasado preguntándose si alguna vez volvería a ser bienvenida en algún lugar.
—Sí, Tommy. Tengo miedo.
El niño la miró sorprendido.
—¿De qué?
—De que la gente siga creyendo una mentira aunque yo encuentre la verdad.
Tommy extendió su mano y tomó dos dedos de ella.
—Yo sí le creo.
Sable sintió que se le humedecían los ojos.
No era una promesa de amor ni una declaración solemne.
Era la confianza sencilla de un niño que había visto cómo ella se arrodillaba en el polvo para ayudarlo cuando todos los demás estaban paralizados.
—Gracias, cariño.
Tommy bostezó.
—Cuando me cure, voy a enseñarle a montar a Brasa.
—Eso parece un trato peligroso.
—Brasa es el caballo más tranquilo.
—Entonces espero que me lo presente antes de subirme.
El niño cerró los ojos, sonriendo.
Sable permaneció un momento junto a la cama, escuchando su respiración. Después salió al corredor.
Leland estaba esperando allí.
—¿Cómo está?
—Mejor. Pero necesita descanso y cuidado.
—El doctor dice que podría recuperarse bien si no hay complicaciones.
Sable asintió.
Leland la observó durante unos segundos.
—Tommy me pidió que no dejara que te fueras.
Ella se quedó quieta.
—Es un niño. No sabe lo que está diciendo.
—Sí sabe. Y yo también.
Sable se cruzó de brazos.
—No convierta su recuperación en una razón para pedirme que me quede.
—No lo haré.
—Porque si me quedo, tiene que ser porque puedo vivir aquí sin que cada carta que llegue del este se convierta en un juicio.
Leland asintió lentamente.
—Tienes razón.
—Y no quiero que me defienda solo cuando hay alguien mirando.
—Lo entiendo.
Sable lo estudió.
—¿De verdad?
—No completamente. Pero estoy intentando hacerlo.
Aquella respuesta era menos hermosa que una promesa absoluta.
También era más honesta.
Cuando cayó la noche, Leland y Sable salieron por la puerta trasera del rancho.
Tomaron un camino que bordeaba el arroyo y conducía hasta la casa del doctor Whitcomb. La luna apenas iluminaba las piedras, y el aire olía a tierra húmeda.
Leland llevaba una lámpara cubierta para no llamar la atención.
Sable caminaba a su lado, con una pequeña bolsa donde había guardado vendas y una botella de agua.
—¿Siempre llevas eso contigo? —preguntó él.
—Casi siempre.
—¿Por si alguien se lastima?
—Por si alguien necesita ayuda y no hay tiempo para volver a buscarlo.
Leland pensó en la mañana en que Willow había comenzado a toser sangre. Recordó que Sable no había preguntado qué ganaría por ayudarlo. Había pedido agua, hierbas y tiempo.
Él, en cambio, había tardado meses en darle algo tan sencillo como el beneficio de la duda.
—Sable...
Ella siguió caminando.
—¿Sí?
—Cuando Willow enfermó, me devolviste algo que yo creía perdido.
Sable se volvió hacia él.
—¿Qué cosa?
—La esperanza de que no todo terminara como había terminado con mi familia.
Ella no supo qué decir.
Leland rara vez hablaba de su pasado. Sable sabía que había perdido a su esposa años atrás, pero nunca había preguntado los detalles. Había aprendido que el dolor ajeno no debía arrancarse como una confesión.
—No salvé a Willow para que usted me debiera algo —dijo.
—Lo sé.
—Y tampoco ayudé a Tommy para que me defendiera.
—Lo sé.
—Entonces no me pida que olvide lo que pasó.
Leland se detuvo.
—No te lo pediré.
La miró con una seriedad que no necesitaba adornos.
—Quiero ganarme el derecho de que algún día vuelvas a mirarme como lo hacías antes.
Sable sintió un nudo en la garganta.
Por un instante, deseó creer que todo podía arreglarse.
Pero la esperanza era peligrosa cuando se entregaba a alguien que todavía podía decepcionarla.
—Primero encontremos la verdad —dijo.
Y continuaron caminando.
La casa del doctor estaba a oscuras.
Leland llamó dos veces. Nadie respondió.
Rodearon el edificio hasta llegar a la puerta trasera. Estaba entreabierta.
—Doctor Whitcomb —llamó Leland.
El silencio fue absoluto.
Sable sintió que algo no estaba bien.
Entraron con cautela.
La sala parecía revuelta. Había papeles en el suelo, una silla caída y un cajón abierto junto al escritorio. La lámpara del pasillo estaba encendida, pero la llama era tan pequeña que apenas iluminaba las paredes.
—Doctor —repitió Sable.
Un ruido llegó desde la habitación contigua.
Leland avanzó primero.
Encontraron a Whitcomb sentado en el suelo, apoyado contra un armario. Tenía un golpe en la frente y respiraba con dificultad, pero estaba consciente.
Sable se arrodilló junto a él.
—¿Qué pasó?
El médico intentó incorporarse.
—No... no dejen que se lleven la caja.
Leland miró hacia el escritorio.
El cajón donde el doctor guardaba sus documentos estaba vacío.
—¿Quién entró aquí?
Whitcomb cerró los ojos.
—Everett.
Sable sintió un escalofrío.
—¿Se llevó la copia?
El médico asintió débilmente.
—Pero no encontró todo.
—¿Qué significa eso? —preguntó Leland.
Whitcomb intentó señalar el armario.
Sable abrió la puerta y encontró una caja de madera escondida detrás de varias mantas. Dentro había documentos, sobres y una libreta envuelta en tela.
La sacó con cuidado.
—¿Es esto?
El doctor asintió.
—La copia... y otra cosa.
Leland tomó la libreta y la abrió bajo la luz de la lámpara.
En la primera página aparecía el nombre del esposo de Sable, seguido de varias fechas y observaciones médicas.
Pero en la última hoja había una anotación escrita con una tinta diferente.
«El paciente afirma que su hermano ha estado retirando dinero de sus cuentas sin permiso. Teme que, si lo denuncia, su familia quede arruinada».
Debajo aparecía una fecha.
La misma del día anterior a la muerte.
Sable sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Mi esposo todavía estaba consciente cuando dijo esto.
Whitcomb asintió.
—Sí. Me pidió que lo anotara. Quería dejar constancia de lo que estaba ocurriendo.
Leland siguió leyendo.
Había otra línea, escrita con letra más pequeña.
«El paciente solicita que su esposa conserve la propiedad y los documentos familiares. Dice que teme que Everett intente quitárselos».
Sable se llevó una mano a la boca.
Durante dos años había vivido creyendo que nadie podría demostrar que su esposo había querido protegerla.
Ahora tenía ante sí las palabras que él había dictado.
No era una absolución completa. No explicaba qué había ocurrido con el frasco ni por qué Everett había esperado tanto tiempo para reaparecer.
Pero demostraba que su esposo había temido a su propio hermano antes de morir.
Leland le entregó la libreta.
—Esto puede cambiarlo todo.
Sable la sostuvo contra el pecho.
—No. Esto puede ayudarnos a descubrir qué ocurrió. La verdad todavía está incompleta.
Whitcomb intentó levantarse y soltó un quejido.
Sable volvió a arrodillarse junto a él.
—No se mueva. Necesito revisar esa herida.
Mientras ella atendía al médico, Leland examinó el resto de la habitación.
Entonces vio algo junto a la ventana.
Una hoja doblada, parcialmente escondida debajo de la cortina.
La recogió.
Era una copia de un documento de propiedad. En la parte inferior había dos firmas: la del esposo de Sable y la de un testigo.
Pero la fecha era posterior a la que aparecía en la libreta.
Leland leyó el documento dos veces.
Después miró a Sable.
—Necesitas ver esto.
Ella se acercó, todavía con las manos manchadas de polvo.
Al reconocer la firma de su esposo, sintió que el mundo se inclinaba.
Era una declaración que confirmaba su derecho a conservar la casa y una parte de los ahorros familiares.
Y en el margen había una anotación que no pertenecía al documento original.
«El testigo ha recibido pago por su silencio».
Debajo aparecía un nombre.
El de Beatrice Thorne.
Sable levantó la vista lentamente.
—¿Qué tiene que ver ella con los asuntos de mi esposo?
Leland no respondió.
Porque en ese momento, desde el camino, llegó el ruido de varios caballos.
Alguien gritó que el sheriff venía en camino.
Y una voz conocida se escuchó desde la puerta abierta.
—¡Señor Hol! ¡Apártese de ese escritorio y levante las manos!
Era el sheriff.
Detrás de él, Beatrice Thorne señalaba a Leland con una expresión de indignación perfectamente ensayada.
—¡Les dije que encontrarían a los dos juntos! ¡Han venido a robar documentos y a silenciar al médico!
Sable miró la libreta que sostenía entre las manos.
La prueba que necesitaban estaba allí.
Pero si el sheriff se la quitaba, Everett podría volver a hacerla desaparecer.
Leland dio un paso hacia ella.
—Sable, guarda la libreta.
Ella la apretó contra el pecho.
El sheriff levantó una mano.
—¡He dicho que nadie se mueva!
Y entonces Whitcomb, todavía sentado en el suelo, reunió las fuerzas que le quedaban para pronunciar una frase que dejó a todos inmóviles.
—No detenga al señor Hol. El hombre que me atacó fue Everett Thorne.
Beatrice perdió el color del rostro.
Pero antes de que el sheriff pudiera responder, uno de sus ayudantes entró corriendo con una noticia que cambiaría por completo la investigación.
—¡Sheriff! ¡Encontramos a Everett en la estación! Está intentando salir del pueblo.
El ayudante hizo una pausa.
—Y lleva consigo una caja de medicamentos que pertenece al difunto esposo de la señorita Sable.
Sable sintió que las manos se le enfriaban.
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Porque si Everett estaba huyendo con aquella caja, quizá no solo estuviera tratando de esconder los documentos.
Quizá también estuviera intentando deshacerse de la última prueba capaz de demostrar qué había ocurrido la noche en que su esposo murió.
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