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Chapter 10: La última carta de Catherine reveló quién había manipulado a los Mercer durante años y por qué Michael tuvo que morir

Dominic Mercer había enfrentado amenazas, traiciones y hombres capaces de destruir una vida con una sola llamada, pero ninguna de esas cosas lo había preparado para descubrir que la voz de su padre podía estar relacionada con la muerte de Michael.

La grabación seguía detenida en la pantalla del despacho.

Natalie permanecía sentada a su lado, con una mano sobre el hombro de Noah. El niño se había quedado dormido en el sofá, agotado por el miedo y las lágrimas de aquella noche.

Emma esperaba junto a la puerta.

Nadie se atrevía a hablar.

Finalmente, Natalie rompió el silencio.

—¿Crees que papá estuvo involucrado?

Dominic miró la fotografía de Robert que descansaba sobre la chimenea.

—No lo sé.

—Pero acabamos de escuchar su voz.

—Escuchamos una grabación. Todavía no sabemos cuándo se hizo, si está completa o si alguien la manipuló.

Natalie bajó la mirada.

—Michael nunca me habló de nada de esto.

—Tal vez intentó protegerte.

—¿Protegido de qué? ¿De nuestra propia familia?

Dominic no encontró una respuesta.

Abrió el cajón donde habían guardado la caja metálica de Catherine y sacó la última carta.

La advertencia escrita en el sobre parecía más inquietante que antes.

Busca el libro de cuentas y recuerda quién tenía las llaves de nuestra casa la noche en que murió Robert.

Dominic leyó la frase otra vez.

Su padre había muerto ocho años atrás, después de una larga enfermedad. Catherine lo había cuidado durante sus últimos meses y, según los médicos, Robert había sufrido complicaciones que su cuerpo ya no pudo superar.

Nunca se había realizado una investigación criminal.

Nunca hubo motivos para sospechar de nadie.

Pero Catherine había escrito aquella advertencia.

Y no lo había hecho por casualidad.

—Emma —dijo Dominic—, necesito que me cuentes todo lo que recuerdes de la noche en que murió mi padre.

La empleada se quedó inmóvil.

Su rostro perdió el color.

—Señor...

—No te estoy acusando de nada. Solo necesito saber qué ocurrió.

Emma miró a Natalie y después volvió los ojos hacia Dominic.

—Su madre me pidió que nunca hablara de aquella noche, a menos que usted encontrara esa carta.

Dominic sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

Emma apretó las manos.

—Porque alguien entró en la casa después de que el señor Robert falleciera.

Natalie se puso de pie.

—¿Quién?

—No lo sé con seguridad. Escuché pasos en el pasillo y vi una sombra junto al despacho. Cuando salí de la cocina, la puerta estaba cerrada. Unos minutos después, la señora Catherine me encontró allí y me pidió que regresara a mi habitación.

Dominic se inclinó hacia ella.

—¿Viste a alguien?

Emma tardó en responder.

—Vi a Victor Harlan.

El silencio fue absoluto.

—¿Victor? —repitió Natalie.

Emma asintió.

—En aquel entonces no era tan conocido como ahora. Venía algunas veces a hablar con el señor Robert sobre asuntos financieros. Aquella noche salió del despacho con un maletín negro.

Dominic sintió que un recuerdo olvidado comenzaba a tomar forma.

Tenía diecisiete años cuando su padre murió. Recordaba haber visto a Victor en el funeral, vestido de negro, conversando discretamente con Catherine.

Durante años había creído que el abogado solo había acudido para presentar sus condolencias.

—¿Mi madre te dijo qué llevaba en el maletín? —preguntó.

—No. Pero al día siguiente me pidió que limpiara el despacho y que no tocara el último cajón del escritorio. Dijo que necesitaba guardar algo importante.

Dominic miró la carta.

El libro de cuentas.

Tal vez Catherine lo había ocultado aquella noche.

Tal vez había descubierto algo que Robert había intentado mantener en secreto.

Y tal vez Victor había regresado para recuperarlo.

—¿Dónde está ese escritorio? —preguntó Natalie.

Dominic levantó la mirada.

—En la antigua biblioteca de mi padre.

La biblioteca permanecía cerrada desde hacía años.

Dominic consiguió la llave en el gabinete de Catherine y abrió la puerta.

El olor a madera antigua y papel lo recibió como un recuerdo de infancia. Los estantes llegaban hasta el techo, y una escalera estrecha permitía acceder a los libros colocados en las partes más altas.

En el centro de la habitación seguía el escritorio de Robert.

Dominic pasó los dedos por la superficie.

Recordaba a su padre sentado allí, revisando documentos mientras él hacía tareas escolares en una mesa cercana.

Robert podía ser exigente, pero también era un hombre que enseñaba a sus hijos a cumplir su palabra. Dominic había construido gran parte de su vida intentando honrar aquel legado.

Ahora se preguntaba si había conocido realmente al hombre que admiraba.

—El último cajón —murmuró Natalie.

Dominic se agachó.

El cajón estaba cerrado con una pequeña cerradura.

Probó varias llaves del gabinete, pero ninguna funcionó.

Entonces recordó la llave de Catherine.

La misma que había abierto el compartimento secreto de la casa oriental.

La introdujo en la cerradura.

Un clic.

El cajón se abrió.

Dentro encontró carpetas antiguas, recibos, fotografías y un cuaderno de tapas verdes.

En la primera página aparecía el nombre de Robert Mercer.

Dominic lo abrió con cuidado.

No era un registro ordinario de gastos.

Contenía fechas, cantidades, nombres de empresas y anotaciones manuscritas que relacionaban distintas operaciones financieras con el patrimonio familiar.

En varias páginas aparecía el nombre de Victor Harlan.

En otras, el de Richard Vale.

Y, en las últimas hojas, había transferencias realizadas a través de una sociedad que Dominic reconoció inmediatamente.

Era la misma sociedad utilizada para desviar el dinero del fideicomiso de Natalie y Noah.

—Esto empezó mucho antes de Brooke —susurró Natalie.

Dominic asintió.

Las primeras operaciones sospechosas databan de diez años atrás, cuando Robert todavía dirigía los negocios familiares.

Durante varios años, las transferencias parecían pequeñas y aisladas. Después habían aumentado, hasta formar una red de movimientos financieros que involucraba empresas aparentemente independientes.

Pero una anotación llamó su atención.

Si algo me sucede, Catherine conoce la ubicación del contrato original. Victor tiene una copia del libro, pero no debe descubrir que conservé el registro completo.

Dominic pasó la página.

Encontró otra nota, fechada tres semanas antes de la muerte de Robert.

No puedo seguir permitiendo que Victor utilice mis decisiones para controlar a la familia. Si Dominic llega a descubrirlo, debe conocer toda la verdad, aunque me odie por ello.

Dominic se quedó mirando aquellas palabras.

Su padre había sabido que podía haber consecuencias.

Sin embargo, todavía no sabía si Robert había participado voluntariamente en el fraude o si Victor lo había chantajeado.

Continuó leyendo.

En la última página había una referencia a una caja de seguridad bancaria y un número de expediente.

Junto a ella, Catherine había escrito una frase.

La verdad no está en lo que Robert hizo, sino en lo que intentó detener.

Dominic cerró el cuaderno.

—Tenemos que encontrar esa caja de seguridad.

Natalie miró la hora.

—¿Y si Victor ya sabe que existe?

—Entonces tenemos que llegar antes que él.

Dominic fotografió todas las páginas y envió las imágenes a un investigador financiero independiente y a su abogado.

Después guardó el libro en una bolsa protectora.

Pero cuando se disponía a salir, descubrió algo oculto debajo de la última carpeta.

Una fotografía de Catherine junto a un hombre que no reconoció inmediatamente.

El hombre tenía el cabello oscuro, una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda y un reloj antiguo en la muñeca.

En el reverso, su madre había escrito:

*«El testigo que Robert quiso proteger. Si regresa, escúchalo antes de juzgarlo».*

Dominic mostró la fotografía a Emma.

Ella se llevó una mano a la boca.

—Dios mío.

—¿Lo conoces?

—Sí, señor. Se llamaba Samuel Reed. Trabajó para su padre durante muchos años.

—¿Qué le pasó?

Emma respiró profundamente.

—Desapareció poco antes de la muerte del señor Robert. La señora Catherine creyó que se había marchado del país.

Dominic observó la fotografía una vez más.

Si Samuel seguía vivo, quizá podría explicar qué había ocurrido realmente en aquella casa ocho años atrás.

Y quizá sabría por qué Catherine había dejado instrucciones tan precisas para encontrarlo.

A las once y cuarenta de la noche, Dominic recibió una llamada del investigador financiero.

—Encontramos una coincidencia con el número de expediente —le informó—. La caja de seguridad fue abierta hace tres semanas utilizando una autorización notarial.

Dominic se puso de pie.

—¿Quién la abrió?

—Una persona que se identificó como representante legal de Robert Mercer.

—Mi padre lleva ocho años muerto.

—Lo sabemos. La firma de la autorización parece haber sido validada con documentos antiguos, pero estamos comprobando su autenticidad.

Dominic apretó el teléfono.

—¿Qué había dentro de la caja?

—El banco no puede entregarnos esa información sin una orden judicial. Sin embargo, hay un registro de acceso que indica que el visitante retiró un sobre y dejó otro documento.

—¿Tenemos el nombre?

El investigador hizo una pausa.

—Sí. Samuel Reed.

Dominic miró a Natalie.

Su hermana había escuchado el nombre.

—¿Está vivo? —preguntó ella.

Dominic volvió al teléfono.

—Necesito localizarlo.

—Estamos trabajando en ello. Pero hay algo más. El banco registró un segundo intento de acceso esta misma tarde. La persona no consiguió entrar porque presentó una identificación inválida.

—¿Quién era?

—Victor Harlan.

Dominic sintió que el tiempo se le acababa.

Victor sabía que la caja existía.

Sabía que alguien había abierto el compartimento de Catherine.

Y probablemente había comprendido que Dominic estaba a punto de descubrir el secreto que llevaba años intentando ocultar.

—Envíame todos los registros —ordenó Dominic—. Y avisa a las autoridades de que Victor podría intentar destruir las pruebas.

Colgó.

Natalie se acercó a él.

—¿Crees que Samuel sabe qué pasó con papá?

—Creo que es la única persona que puede ayudarnos a separar los hechos de las mentiras.

—¿Y si él también participó?

Dominic miró a su hermana.

—Entonces tendrá que responder por ello.

Natalie respiró hondo.

—No quiero perderte a ti también.

Dominic la abrazó.

—No vas a perderme.

Pero mientras sostenía a su hermana, recordó las palabras de la grabación.

Si Dominic llega a descubrirlo, no podrá perdonarnos.

Su padre había utilizado el plural.

No había dicho que Dominic no podría perdonarlo a él.

Había dicho que no podría perdonarlos.

¿A quién más se refería?

La respuesta podía estar en el sobre que Samuel había retirado de la caja de seguridad.

Y Dominic estaba decidido a encontrarlo.

La llamada llegó poco después de la medianoche.

Era un número desconocido.

—¿Dominic Mercer? —preguntó una voz masculina.

—Sí.

—Me llamo Samuel Reed. Tu madre me pidió que, si alguna vez encontrabas el libro verde, me pusiera en contacto contigo.

Dominic cerró los ojos brevemente.

—¿Dónde estás?

—En un hotel de Providence. No puedo hablar por teléfono. Hay personas que llevan años intentando localizarme.

—Victor Harlan ya sabe que estás vivo.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio.

—Entonces no tenemos tiempo.

—¿Qué ocurrió la noche en que murió mi padre?

Samuel respiró profundamente.

—Robert no murió por un accidente médico, Dominic.

El corazón de Dominic comenzó a latir con violencia.

—¿Qué estás diciendo?

—Tu padre había descubierto que Victor estaba utilizando las empresas familiares para ocultar transferencias ilegales. Pero Robert también había firmado algunos documentos al principio. Creía que eran operaciones legítimas.

Dominic apretó el teléfono.

—¿Mi padre participó en el fraude?

—Al principio, sí. Después descubrió que Victor había falsificado autorizaciones y utilizado dinero del patrimonio para financiar operaciones que Robert jamás habría aprobado.

Dominic sintió una mezcla de dolor y alivio.

Su padre no era el hombre perfecto que había imaginado, pero tampoco parecía ser el monstruo que la grabación sugería.

—¿Qué pasó la noche de su muerte?

Samuel tardó en responder.

—Robert estaba enfermo, pero todavía podía hablar. Esa noche me llamó al despacho y me entregó el libro de cuentas. Me dijo que, si Victor conseguía recuperarlo, destruiría las pruebas.

—¿Y después?

—Victor llegó a la casa. Discutieron. Robert sufrió una crisis y cayó al suelo.

Yo intenté ayudarlo, pero Victor me ordenó que me marchara. Cuando regresé con un médico, Robert ya había muerto.

Dominic sintió que el estómago se le contraía.

—¿Victor lo mató?

—No puedo asegurarlo. No vi qué ocurrió durante los minutos en que estuve fuera de la habitación. Pero sí escuché a Victor decir algo que nunca olvidé.

—¿Qué?

Samuel bajó la voz.

—Dijo que Robert no podía revelar el nombre de la persona que había autorizado las últimas transferencias.

Dominic miró hacia la puerta del despacho.

—¿Quién era esa persona?

Samuel respiró con dificultad.

—Tu madre, Catherine Mercer.

Dominic sintió que el mundo se detenía.

—Eso no puede ser cierto.

—Catherine firmó una autorización meses antes, cuando creyó que estaba ayudando a tu padre a resolver una deuda empresarial. Victor utilizó esa firma para crear nuevas autorizaciones y transferir el dinero del fideicomiso.

—¿Mi madre lo sabía?

—Lo descubrió después de la muerte de Robert. Pasó años reuniendo pruebas para demostrar que había sido engañada. Por eso guardó el libro de cuentas y por eso dejó la carta.

Dominic se apoyó en el escritorio.

La verdad era más dolorosa de lo que había imaginado.

Catherine no había sido una mujer que conocía todos los secretos y se había limitado a ocultarlos.

También había sido una víctima de la manipulación de Victor.

Pero había cometido un error que había permitido que el fraude comenzara.

Y había dedicado sus últimos años a impedir que aquel error destruyera a su familia.

—¿Por qué no acudió a las autoridades? —preguntó Dominic.

—Porque Victor la amenazó con hacer públicos los documentos que mostraban su firma. Le dijo que sería acusada de fraude y que tú perderías el control de los negocios familiares.

Dominic sintió una profunda tristeza.

Su madre había cargado con aquella culpa durante años.

—¿Y Michael?

Samuel guardó silencio.

—Michael descubrió el libro de cuentas cuando empezó a revisar el fideicomiso de Natalie. Comprendió que Victor estaba utilizando el mismo mecanismo otra vez. Me encontró hace unos meses y me pidió ayuda.

Dominic apretó los puños.

—¿Victor provocó su accidente?

—No tengo una prueba directa. Pero Michael me dijo que había recibido amenazas y que alguien había manipulado los frenos de su automóvil. Estaba a punto de entregar los documentos cuando murió.

—¿Quién tenía acceso a su automóvil?

Samuel tardó demasiado en responder.

—Victor no trabajaba solo. Había una persona dentro de la familia que le proporcionaba información sobre los movimientos de Michael.

Dominic sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Quién?

—No puedo decírtelo sin mostrarte el documento que encontré en la caja de seguridad. Hay una firma que debes ver con tus propios ojos.

—Dime dónde estás.

Samuel le dio la dirección del hotel.

Antes de colgar, añadió:

—Dominic, hay algo que debes comprender. Tu madre no guardó el libro para proteger a Victor. Lo guardó porque sabía que, si alguna vez la verdad salía a la luz, tú tendrías que decidir si querías salvar el apellido Mercer o salvar a las personas que llevaban ese apellido.

La llamada terminó.

Dominic permaneció inmóvil.

Durante años había creído que proteger a su familia significaba mantener intacto su legado.

Ahora comprendía que, a veces, proteger a la familia significaba aceptar que los propios padres podían haberse equivocado.

Y que la justicia no podía depender de cuánto doliera la verdad.

A la una y media de la madrugada, Dominic llegó al hotel acompañado por dos agentes.

Samuel Reed lo esperaba en una habitación del segundo piso.

Era un hombre de cabello gris, rostro cansado y manos temblorosas. La cicatriz sobre su ceja coincidía con la fotografía de Catherine.

Cuando Dominic entró, Samuel se puso de pie.

—Te pareces mucho a tu padre.

Dominic no respondió.

Samuel colocó un sobre sobre la mesa.

—Aquí está el documento que retiré de la caja de seguridad.

Dominic lo abrió.

Dentro había una copia de una autorización bancaria firmada por Catherine y un informe que vinculaba a Victor con varias empresas utilizadas para transferir dinero del fideicomiso.

Pero la última hoja contenía algo distinto.

Era una declaración firmada por un empleado de mantenimiento que había revisado el automóvil de Michael días antes del accidente.

El documento señalaba que los frenos estaban en buen estado.

Debajo aparecía una anotación posterior, realizada por otro técnico.

El sistema de frenos fue manipulado después de la primera inspección.

Dominic sintió que la rabia volvía a apoderarse de él.

—¿Quién era el segundo técnico?

Samuel señaló una línea.

El nombre estaba escrito con claridad.

Gabriel Torres.

Dominic cerró los ojos.

Su jefe de seguridad había ocultado el informe, había aceptado órdenes de Victor y había terminado llevando a Natalie y Noah al almacén.

Pero aquello no demostraba que Gabriel hubiera manipulado personalmente el automóvil.

Era posible que hubiera recibido instrucciones para registrar una inspección falsa.

Era posible que hubiera participado voluntariamente.

La diferencia debía establecerse con pruebas.

—¿Tienes el original? —preguntó Dominic.

Samuel asintió.

—Está guardado en un lugar seguro. Pero antes de entregártelo, necesito que me prometas algo.

Dominic levantó la mirada.

—¿Qué?

—Que no utilizarás esta información para vengarte. Si Gabriel es culpable, debe responder ante la justicia. Si Victor lo obligó a colaborar, eso también debe investigarse. No puedes permitir que el dolor decida por ti.

Dominic pensó en Michael.

Pensó en Natalie abrazando a Noah en el almacén.

Pensó en Emma protegiendo la llave de Catherine durante semanas.

Y pensó en su madre, que había pasado años intentando corregir un error que nunca se atrevió a confesarle.

—Te lo prometo.

Samuel asintió.

—Entonces te entregaré todo.

Dominic guardó los documentos.

Por primera vez desde que había regresado a Newport, sentía que estaba cerca de comprender lo ocurrido.

Pero todavía faltaba una última pieza.

La persona que había proporcionado información a Victor sobre Michael.

La persona que había facilitado el acceso al automóvil.

La persona cuya firma podía explicar por qué las amenazas se habían intensificado justo antes del accidente.

Dominic miró a Samuel.

—¿Sabes quién era?

El anciano bajó la cabeza.

—Tengo una sospecha.

—¿Quién?

Samuel levantó los ojos.

—Alguien que estuvo en tu casa durante la última cena que Catherine organizó antes de morir. Alguien que escuchó a Michael hablar sobre el libro de cuentas. Alguien a quien tu madre consideraba parte de la familia.

Dominic sintió un escalofrío.

—Dime el nombre.

Samuel abrió la boca.

Pero antes de que pudiera hablar, el teléfono de Dominic comenzó a sonar.

Era Natalie.

Contestó inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

Su hermana respiraba agitadamente.

—Dominic, encontré algo en la habitación de mamá. Estaba escondido detrás de una fotografía de papá.

—¿Qué encontraste?

—Una carta. Está dirigida a ti.

Dominic miró el sobre que Samuel acababa de entregarle.

—¿Qué dice?

Natalie tragó saliva.

—Dice que, si llegabas a descubrir la verdad sobre Michael, debías saber que había una persona más involucrada. Una persona a la que mamá nunca quiso acusar porque creía que todavía podía salvarse.

Dominic sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Quién es, Natalie?

Su hermana guardó silencio unos segundos.

Después pronunció un nombre que Dominic jamás habría imaginado escuchar.

—Emma.

Dominic se quedó inmóvil.

La mujer que había protegido a Noah.

La mujer que había guardado la llave de Catherine.

La mujer que había ayudado a descubrir el compartimento secreto.

La mujer que había permanecido a su lado cuando todos los demás parecían mentirle.

¿También había ocultado algo?

Natalie continuó hablando.

—La carta dice que Emma estuvo presente la noche en que murió papá. Y que fue ella quien entregó a Victor el primer documento firmado por mamá.

Dominic cerró los ojos.

Durante un instante, recordó a Emma entrando en el despacho con una bandeja de café, temblando mientras le entregaba la llave.

¿Había sido miedo?

¿O culpa?

Antes de que pudiera responder, recibió un mensaje de un número desconocido.

Era una fotografía de Emma saliendo de la mansión.

Llevaba un abrigo oscuro y sostenía un sobre contra el pecho.

Debajo había una sola frase:

*«Si quieres saber quién traicionó realmente a los Mercer, pregúntale qué hizo con la última carta de Catherine antes de que tu madre muriera».*

Dominic miró la fotografía.

Después levantó la vista hacia Samuel.

El anciano había palidecido.

—¿Qué sucede? —preguntó Dominic.

Samuel señaló la pantalla.

—Ese abrigo...

Dominic se volvió hacia él.

—¿Qué tiene?

Samuel respiró profundamente.

—No pertenece a Emma.

Hizo una pausa.

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—Es el mismo abrigo que llevaba la persona que salió del despacho de Robert con el maletín negro la noche en que murió tu padre.

Y Dominic comprendió que, incluso después de haber recuperado los documentos, detenido a Victor y rescatado a Natalie y Noah, la verdad todavía podía estar escondida en la última persona a la que habría querido sospechar.

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