Chapter 4: El hombre que protegía a Dominic también había ocultado la verdad sobre Michael
Dominic no necesitó ver el rostro de la persona que se escondía entre los árboles para comprender que alguien había escuchado su conversación con Richard Vale.
—¡Gabriel! —gritó mientras corría hacia la puerta lateral del invernadero—. ¡Cierra todas las salidas de la propiedad!
Su jefe de seguridad apareció entre la niebla, con una mano cerca de su arma.
—¿Qué ocurrió?
—Richard está vivo. Alguien lo está persiguiendo.
Gabriel miró hacia los rosales.
—¿Dónde está?
—Acaba de escapar por el lado norte. No dejes que nadie salga de la propiedad.
Gabriel asintió y transmitió las instrucciones por radio.
Dominic corrió tras Richard, pero cuando llegó al sendero que conducía al bosque, solo encontró huellas sobre el barro y una rama rota.
El hombre había desaparecido.
Entonces Dominic sintió algo extraño en el bolsillo de su saco.
El dispositivo que Richard le había entregado seguía allí.
Lo apretó con fuerza.
Dentro de aquel pequeño objeto podía estar la explicación de seis meses de preguntas, una muerte que nunca había terminado de aceptar y una conspiración que amenazaba con destruir a su familia.
Pero las palabras de Richard continuaban resonando en su cabeza.
No confíes en la persona que te entregó el informe de la muerte de Michael.
Dominic conocía perfectamente el procedimiento.
El informe inicial había llegado a su escritorio a través de Gabriel, quien había coordinado la comunicación con las autoridades mientras Dominic viajaba por asuntos empresariales. Gabriel también había organizado la seguridad durante el funeral y había investigado las circunstancias del accidente.
Era su hombre de confianza desde hacía nueve años.
Había protegido a Natalie en momentos difíciles, había acompañado a Dominic en negociaciones peligrosas y conocía cada entrada de la mansión.
Si Richard decía la verdad, Gabriel podía haberle ocultado algo.
O alguien estaba intentando que Dominic sospechara de la única persona que todavía podía ayudarlo.
No tomaría una decisión sin pruebas.
Cuando regresó a la casa, encontró a Gabriel esperándolo junto a la entrada.
—El perímetro está cerrado —informó el jefe de seguridad—. Nadie ha salido por las entradas principales. Dos guardias están revisando el camino norte.
—¿Viste a alguien?
—No. Pero encontré algo junto al muro del jardín.
Gabriel le entregó un guante negro.
Dominic lo examinó.
Era de piel fina, demasiado elegante para pertenecer a uno de los guardias.
En la muñeca tenía una pequeña hebilla plateada con las iniciales B. H.
Brooke Harrington.
Dominic levantó la mirada.
—¿Dónde lo encontraste?
—A unos veinte metros del invernadero.
Durante un instante, ambos permanecieron en silencio.
—No se lo menciones a nadie —ordenó Dominic—. Ni siquiera a los hombres que están patrullando.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Sospechas de la señorita Harrington?
—Sospecho de todos hasta que encuentre la verdad.
Aquella respuesta pareció incomodarlo.
—Entiendo.
Dominic guardó el guante en una bolsa de evidencia que Gabriel llevaba consigo.
—Quiero que revises las cámaras del segundo piso. Necesito saber quién entró y salió de las habitaciones durante la última hora.
—¿También las de la habitación de Brooke?
—Especialmente esas.
Gabriel no hizo preguntas.
Sin embargo, mientras se alejaba por el corredor, Dominic notó algo que nunca había observado antes: el hombre caminaba con la mano derecha rígida, como si estuviera intentando ocultar una lesión reciente.
Richard había mencionado que alguien los había encontrado en el invernadero.
¿Y si Gabriel no estaba buscando a un intruso?
¿Y si estaba buscando al propio Richard?
A las doce y diez de la madrugada, Dominic entró en el despacho de Catherine y cerró la puerta con llave.
Conectó el dispositivo de Richard a una computadora que no estaba conectada a la red de la mansión.
Aparecieron varias carpetas.
La primera contenía registros bancarios.
La segunda, copias de documentos notariales.
La tercera tenía un nombre que le provocó un nudo en el estómago.
*MERCER — INFORME ORIGINAL DEL ACCIDENTE.*
Dominic abrió el archivo.
Había fotografías del automóvil de Michael, declaraciones de testigos y una serie de comunicaciones entre una aseguradora, un despacho jurídico y una empresa privada.
Pero lo que más le llamó la atención fue una fotografía tomada desde una cámara de tránsito.
En ella aparecía el vehículo de Michael detenido junto a una gasolinera aproximadamente cuarenta minutos antes del accidente.
A unos metros, estacionado detrás de él, había un sedán negro.
Dominic amplió la imagen.
La matrícula estaba parcialmente cubierta por el reflejo de una farola, pero los últimos números coincidían con los de un vehículo registrado a nombre de una empresa vinculada a Richard Vale.
Continuó revisando.
El informe oficial afirmaba que Michael había perdido el control del automóvil debido a la lluvia. Sin embargo, una nota de un investigador independiente señalaba que los frenos habían sido revisados semanas antes y que existían indicios de una manipulación mecánica.
El documento terminaba con una observación escrita a mano:
La investigación fue cerrada antes de completar el análisis de las comunicaciones telefónicas del fallecido.
Dominic sintió que las manos le temblaban.
No tenía una prueba definitiva de que alguien hubiera provocado el accidente, pero sí suficientes irregularidades para comprender que la investigación había sido incompleta.
Abrió la última carpeta.
Contenía un archivo de audio.
La voz de Michael surgió de los altavoces.
—Richard, necesito que me escuches. No puedo seguir esperando. Hay dinero saliendo del fideicomiso y alguien está utilizando autorizaciones que Natalie nunca firmó.
Después se escuchó la voz de otro hombre.
—Baja la voz, Michael. No sabes con quién te estás metiendo.
—Entonces dímelo. ¿Quién está detrás de esto?
Hubo un silencio.
Luego, una frase que hizo que Dominic se inclinara hacia la pantalla.
—No es solamente Brooke.
El audio terminó.
Dominic volvió a reproducirlo.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Michael había pronunciado aquellas palabras días antes de morir.
No es solamente Brooke.
Dominic abrió los registros bancarios y encontró una transferencia de un millón ochocientos mil dólares desde una cuenta vinculada al patrimonio familiar hacia una sociedad registrada en Delaware.
El beneficiario final era una empresa administrada por Richard Vale.
La operación había sido autorizada con una firma digital atribuida a Dominic.
Pero él jamás había firmado aquella autorización.
Debajo aparecía una segunda transferencia, por cuatrocientos veinte mil dólares, dirigida a una cuenta privada.
El nombre del beneficiario estaba oculto detrás de una sociedad intermediaria.
Sin embargo, el documento de respaldo incluía un correo electrónico.
*b.harrington@...*
Dominic apartó las manos del teclado.
Brooke no estaba intentando conseguir dinero después de la boda.
Llevaba meses moviéndolo.
Y alguien había utilizado su nombre para facilitar las operaciones.
En ese momento, la puerta del despacho recibió tres golpes.
Dominic cerró rápidamente la ventana del archivo.
—¿Quién es?
—Soy yo, mijo.
La voz de Emma.
Dominic abrió la puerta.
La empleada sostenía una bandeja con café y un pequeño plato de pan tostado.
—Pensé que todavía estaría despierto —dijo—. No ha cenado.
Dominic se hizo a un lado para dejarla entrar.
Emma colocó la bandeja sobre una mesa.
—La señora Natalie está con Noah. El niño tuvo una pesadilla y volvió a preguntar si alguien iba a quitarle la casa.
Dominic cerró los ojos brevemente.
—¿Qué le dijo su madre?
—Que usted no permitiría que le hicieran daño.
Emma lo observó con atención.
—Señor, necesito contarle algo.
—Dime.
Ella metió la mano en el bolsillo de su delantal y sacó una llave pequeña, de metal oscuro.
—La encontré hace dos días debajo de la alfombra del despacho de la señora Catherine. Pensé que pertenecía a algún mueble antiguo, pero esta noche recordé algo que ella me dijo antes de morir.
Dominic tomó la llave.
—¿Qué te dijo?
—Me pidió que, si algún día alguien intentaba sacar los documentos de la casa oriental, guardara esta llave y se la entregara a usted.
Dominic sintió que la sangre le golpeaba las sienes.
—¿Por qué no me la diste antes?
Emma bajó la mirada.
—Porque nunca pensé que alguien intentaría robar esos documentos. Y cuando la señorita Brooke empezó a hacer preguntas, tuve miedo.
Dominic no la culpó.
La mujer había recibido amenazas, había sido golpeada y había visto cómo Brooke intimidaba a Natalie y Noah.
Aun así, había protegido una pieza importante del legado de Catherine.
—Hiciste bien en guardarla —dijo.
Emma pareció aliviada.
—¿Sabe qué abre?
Dominic observó la pequeña llave.
En el extremo tenía grabado un símbolo: una rosa rodeada por un círculo.
Era el mismo emblema que Catherine utilizaba en la papelería personal de su despacho.
—Creo que sí.
Guardó la llave junto al dispositivo de Richard.
Antes de que Emma saliera, Dominic la detuvo.
—Una última cosa. ¿Viste a alguien cerca del invernadero esta noche?
Ella palideció.
—Sí, señor.
—¿A quién?
Emma tardó varios segundos en responder.
—A la señorita Brooke.
Dominic se quedó inmóvil.
—¿Estás segura?
—La vi desde la ventana de la lavandería. Llevaba un abrigo oscuro y estaba hablando con alguien junto a los rosales. No pude ver quién era la otra persona.
—¿A qué hora?
—Poco antes de las once y media.
La misma hora en que Richard había aparecido.
Dominic sintió que la última pieza de aquella noche encajaba en su lugar.
Brooke había estado allí.
Había llevado su guante.
Y probablemente había ido a reunirse con el hombre que supuestamente estaba muerto.
—Gracias, Emma —dijo.
Ella salió de la habitación.
Dominic volvió a mirar los documentos de la computadora.
Ahora tenía pruebas de movimientos financieros irregulares, una investigación posiblemente manipulada y una conexión directa entre Brooke y Richard.
Pero todavía no sabía quién había firmado el informe de la muerte de Michael.
Y necesitaba descubrirlo antes de que alguien destruyera las pruebas.
A las ocho de la mañana del sábado, la mansión parecía prepararse para una boda que no debía celebrarse.
Los arreglos florales llegaron en camionetas blancas. Un equipo de decoradores comenzó a instalar centros de mesa en el salón principal. En la cocina, los empleados preparaban desayunos y organizaban los últimos detalles de la recepción.
Brooke había enviado instrucciones precisas desde su habitación.
Quería rosas blancas en cada mesa, velas importadas y una alfombra nueva en la entrada principal.
No había mencionado a Natalie.
Tampoco a Noah.
Dominic bajó al comedor y encontró a su prometida desayunando frente a un plato de fruta.
Ella levantó la mirada y sonrió.
—Buenos días, amor.
Dominic se sentó frente a ella.
—Buenos días.
Brooke tomó su café.
—Tenemos mucho que hacer. El organizador necesita tu aprobación para algunos detalles y el abogado quiere que firmes unos documentos antes de la ceremonia.
—¿Qué documentos?
—Lo de siempre. Autorizaciones para administrar ciertas propiedades después de la boda.
Dominic la observó.
—¿También la casa oriental?
Brooke dejó la taza sobre el plato.
—¿Otra vez con eso?
—Es una pregunta sencilla.
—No entiendo por qué te preocupa tanto una casa vieja. Natalie puede vivir en otro lugar. Tiene dinero suficiente para empezar de nuevo.
—El fideicomiso no le pertenece a Natalie solamente. También protege a Noah.
Brooke sonrió con frialdad.
—Noah tiene nueve años. No necesita una casa enorme. Necesita aprender que el mundo no va a darle todo lo que quiera.
Dominic apoyó los cubiertos sobre la mesa.
—Su abuela quiso que tuviera ese hogar.
—Tu madre también cometió errores.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Brooke pareció comprender demasiado tarde lo que acababa de decir.
Dominic no levantó la voz.
—¿Qué clase de errores?
Ella tomó una servilleta.
—Me refiero a que Catherine era demasiado sentimental. Dejó que Natalie dependiera de ti y nunca pensó en cómo eso afectaría a nuestra futura familia.
—¿Nuestra futura familia?
—Sí. Tú y yo. Los hijos que tendremos. El patrimonio que debemos proteger.
Dominic la miró fijamente.
—¿Y por eso quieres quitarle la casa a mi sobrino?
Brooke se inclinó hacia él.
—Quiero asegurarme de que nadie se aproveche de ti. Natalie siempre ha sabido cómo conseguir lo que quiere.
Dominic sintió un profundo desprecio por aquella mentira.
Natalie había rechazado dinero en varias ocasiones. Incluso había querido devolverle a Dominic las cantidades que él había pagado por los gastos escolares de Noah.
Brooke, en cambio, llevaba meses utilizando el patrimonio familiar para financiar sociedades desconocidas.
—¿Cuánto dinero has transferido a tus empresas durante los últimos seis meses? —preguntó.
Brooke se quedó completamente quieta.
Su mano dejó de moverse sobre la servilleta.
—¿Qué?
—Quiero saber cuánto dinero has sacado del fideicomiso.
Ella se levantó tan rápido que la silla raspó el suelo.
—¡Estás loco!
Dos empleados que pasaban cerca de la puerta se detuvieron.
Brooke bajó la voz, furiosa.
—¿Quién te ha dicho esas cosas? ¿Natalie? ¿Emma? ¿Esa gente está intentando separarnos?
Dominic permaneció sentado.
—Nadie necesita separarnos. Tus decisiones están haciendo ese trabajo por ti.
Brooke lo miró como si quisiera abofetearlo.
Después respiró hondo y recuperó su sonrisa.
—Estás bajo mucha presión. Londres, la boda, tu familia. Quizá deberíamos posponer esta conversación.
—Quizá deberíamos posponer la boda.
El rostro de Brooke perdió todo el color.
—No te atreverías.
Dominic se puso de pie.
—No me pongas a prueba.
Ella se acercó y le sujetó el brazo.
—Dominic, mírame. Te amo. Todo lo que he hecho ha sido para proteger nuestro futuro.
Él apartó suavemente su mano.
—Entonces no tendrás problemas en explicarme por qué Richard Vale está vivo.
Brooke dejó de respirar durante un instante.
Sus labios se entreabrieron.
—Eso es imposible.
Dominic no respondió.
Ella dio un paso atrás.
—¿Lo has visto?
—¿Por qué te preocupa tanto?
Brooke miró hacia la puerta del comedor.
Por primera vez, parecía buscar una salida.
—No sabes lo que estás haciendo —susurró.
—Eso me lo han dicho varias personas durante las últimas veinticuatro horas.
Ella apretó los puños.
—Richard es un hombre peligroso.
—¿Más peligroso que una persona que falsifica documentos y amenaza a un niño?
Brooke lo miró con una mezcla de rabia y desesperación.
—¡Tú no entiendes nada!
—Entonces explícame.
Ella guardó silencio.
Después tomó su bolso y salió del comedor sin despedirse.
Dominic no intentó detenerla.
Sabía que acababa de perder el control de la situación.
Y una persona desesperada podía cometer errores.
A las diez y media, Gabriel llegó al despacho de Dominic con un sobre.
—Encontré algo en los archivos antiguos —dijo.
Dominic cerró la puerta.
—¿Qué es?
Gabriel sacó una copia del informe del accidente de Michael.
—El documento que recibió usted no era el informe original. Era una versión modificada.
Dominic sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Quién hizo los cambios?
Gabriel colocó una hoja sobre el escritorio.
Había una firma digital y un número de autorización.
Dominic reconoció el código inmediatamente.
Pertenecía a la oficina de seguridad que él mismo había creado años atrás.
Pero el documento había sido aprobado por una persona con acceso restringido.
*Gabriel Torres.*
Dominic levantó la mirada.
Su jefe de seguridad permaneció inmóvil.
—¿Qué significa esto? —preguntó Dominic.
Gabriel tragó saliva.
—Puedo explicarlo.
—Espero que sí.
Gabriel se quitó lentamente el reloj de la muñeca y lo dejó sobre el escritorio.
—Hace seis meses, Richard Vale me contactó. Me dijo que tenía pruebas de que Michael había estado desviando dinero y que, si yo no colaboraba, Natalie podría terminar involucrada en una investigación financiera.
Dominic sintió una mezcla de incredulidad y furia.
—¿Y tú le creíste?
—Al principio, no. Pero me mostró documentos que parecían auténticos. Me pidió que mantuviera ciertos registros fuera del informe principal mientras verificábamos su origen.
—¿Y lo hiciste?
Gabriel bajó la cabeza.
—Sí.
Dominic se apartó del escritorio.
—¿Ocultaste pruebas de la muerte de mi cuñado?
—No sabía que estuvieran relacionadas con el accidente. Me dijeron que eran documentos financieros independientes.
—¿Quién te lo dijo?
Gabriel tardó en responder.
—Brooke.
El silencio fue devastador.
Dominic sintió que el hombre que había considerado un hermano acababa de confirmar la peor de sus sospechas.
—¿Sabías que Richard estaba vivo?
—No. Le creí cuando me dijeron que había desaparecido. La semana pasada encontré una transferencia relacionada con su empresa y empecé a revisar los registros por mi cuenta.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Gabriel levantó los ojos.
—Porque cometí un error. Y tenía miedo de que, si le contaba la verdad, usted dejara de confiar en mí antes de que pudiera corregirlo.
Dominic soltó una risa amarga.
—Ya no estamos hablando de confianza, Gabriel. Estamos hablando de una investigación que pudo haber sido manipulada mientras una familia enterraba a uno de sus miembros.
Gabriel aceptó el golpe sin defenderse.
—Lo sé.
Dominic tomó el informe y lo examinó.
—A partir de este momento, entregarás todos los registros originales a mi abogado. No tendrás acceso a las cámaras ni a los archivos hasta que terminemos la revisión.
—Entendido.
—Y no volverás a acercarte a Natalie ni a Noah sin mi autorización.
Gabriel asintió, devastado.
Antes de salir, se volvió una última vez.
—Hay algo más que necesita saber.
Dominic no respondió.
—La noche del accidente, Brooke llamó a la oficina de seguridad veinte minutos antes de que recibiera la noticia de la muerte de Michael.
Dominic levantó la cabeza.
—¿Qué dijo?
Gabriel apretó la mandíbula.
—Preguntó si usted ya había sido informado. Dijo que era urgente asegurarse de que Natalie no recibiera ciertos documentos antes del funeral.
Dominic sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Qué documentos?
Gabriel negó con la cabeza.
—Nunca lo supe. Pero encontré una nota vinculada a aquella llamada.
Le entregó una hoja.
La letra era de Brooke.
Solo contenía una frase:
*«Si Michael no llega a entregar el archivo, el problema debe quedar resuelto antes de la boda».*
Dominic leyó las palabras una vez.
Después otra.
Afuera, los decoradores seguían preparando las flores para una ceremonia que ya no tenía sentido.
Dentro del despacho, el pasado acababa de abrirse como una herida.
Michael había descubierto algo.
Brooke había intentado detenerlo.
Richard había desaparecido.
Y Gabriel había ocultado información crucial.
Pero quedaba una pregunta que podía cambiarlo todo.
¿A qué archivo se refería Brooke?
Dominic guardó la nota en el sobre y miró hacia la ventana.
La casa oriental seguía en pie, rodeada de rosales blancos.
Su madre había dejado una llave.
Richard había entregado pruebas.
Y Michael había muerto intentando proteger a Natalie y Noah.
Dominic estaba decidido a descubrir la verdad antes de que llegara la noche.
Sin embargo, cuando su teléfono vibró, encontró un mensaje de un número desconocido.
«Si quiere saber quién ordenó que Michael desapareciera, venga solo a la casa oriental. Traiga la llave de Catherine. Tiene hasta las ocho de la noche».
Debajo había una fotografía.
Natalie aparecía entrando en la antigua casa de su madre.
Noah caminaba a su lado.
Y, al fondo de la imagen, detrás de una ventana, una silueta observaba a ambos desde el interior.
Dominic reconoció el abrigo oscuro.
Era el mismo que llevaba Richard Vale.
Pero lo más aterrador no era que Richard estuviera vigilando a su hermana.
Era la fecha impresa en la fotografía.
Había sido tomada esa misma mañana.
Y Dominic acababa de comprender que alguien había llegado primero a la casa oriental.
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Alguien que sabía exactamente qué estaba buscando.
Alguien que podía tener en sus manos la última prueba capaz de demostrar lo que realmente le había ocurrido a Michael.
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