Chapter 2: El secreto escondido en el fideicomiso de Catherine
A las seis y cuarto de la mañana, Dominic Mercer seguía encerrado en el antiguo corredor del vino cuando escuchó que Brooke ordenaba a alguien preparar su automóvil.
No salió a enfrentarla.
Todavía no.
Si había algo que había aprendido durante años negociando con hombres peligrosos, era que una persona culpable podía confesar una parte de sus pecados cuando se sentía acorralada, pero revelaba todos los demás cuando creía que seguía teniendo el control.
Brooke estaba convencida de que él llegaría el viernes por la noche.
Tenía casi dos días para demostrar quién era realmente.
Dominic pensaba aprovechar cada minuto.
Esperó hasta que el motor del automóvil desapareció bajo la lluvia. Después abrió la puerta de servicio y entró en la despensa.
Emma se sobresaltó tanto que casi dejó caer una taza.
—Señor Mercer...
Él levantó una mano.
—¿Dónde están Natalie y Noah?
—En la sala de estar, señor. La señora Natalie está intentando tranquilizarlo.
Dominic miró la marca roja en la mejilla de Emma.
Su expresión se volvió sombría.
—¿Te golpeó?
Emma apartó la mirada.
—No importa.
—A mí sí.
—Señor, por favor. La señora Natalie necesita ayuda.
Dominic aceptó la respuesta sin insistir. No porque la agresión careciera de importancia, sino porque entendía que Emma no quería convertirse en el centro de un conflicto que ya amenazaba con destruir a su amiga.
—¿Qué sabes de los documentos que llevaba Brooke?
Emma respiró hondo.
—Solo escuché lo que dijo. Quería las llaves de la casa oriental y los papeles de su madre. También mencionó un fideicomiso.
—¿Te pidió que le entregaras algo?
—Sí. Me ofreció dinero para sacar documentos del escritorio de la señora Catherine.
Dominic sintió una punzada de decepción que no esperaba.
Su madre había confiado en el personal de la mansión porque conocía a cada empleado por su nombre. Brooke había intentado comprar el silencio de Emma como si la lealtad fuera una mercancía más.
—¿Aceptaste el dinero?
Emma lo miró, ofendida.
—No, señor.
—No te estoy acusando.
—La señora Catherine me enseñó que hay cosas que una no debe vender, aunque tenga cuentas que pagar.
Dominic guardó silencio.
Después sacó su teléfono y llamó a su jefe de seguridad.
—Gabriel, necesito que vengas a la casa oriental. Sin avisar a nadie. Y quiero que revises los accesos de anoche, incluidos los de la oficina administrativa.
Escuchó la respuesta.
—No, todavía no informes a la policía. Primero necesito saber qué documentos salieron de esta propiedad y quién tuvo acceso a ellos.
Colgó.
Emma lo observó con una mezcla de alivio y preocupación.
—¿Va a hablar con la señorita Brooke?
—Sí.
—¿Antes de la boda?
Dominic miró hacia el corredor por donde su prometida había desaparecido.
—Especialmente antes de la boda.
La sala de estar olía a café recién preparado y a leña húmeda.
Natalie estaba sentada junto a la chimenea, con Noah dormido sobre su regazo. El niño todavía sujetaba su oso de peluche, y una de sus manos descansaba sobre la manga de su madre.
Cuando Dominic entró, Natalie levantó la cabeza.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después se puso de pie tan rápido que Noah se removió entre sus brazos.
—¿Dominic?
Él se acercó y abrazó a su hermana.
Natalie comenzó a llorar contra su hombro.
—Creí que estabas en Londres.
—Lo estaba.
—¿Desde cuándo estás aquí?
—Desde antes del amanecer.
Ella se apartó y lo miró.
—¿Escuchaste lo que dijo?
Dominic no intentó fingir.
—Todo.
Natalie cerró los ojos.
—Dios mío.
—¿Por qué no me llamaste?
—Porque no quería arruinar tu boda.
Dominic la observó con incredulidad.
—¿Ibas a permitir que Brooke te echara de tu casa para proteger mi boda?
—No quería que tuvieras que elegir entre ella y nosotros.
—Nunca debiste creer que había una elección.
Natalie bajó la mirada.
—No sabes cómo se comporta cuando no estás. Al principio era amable. Me preguntaba por Noah, me llevaba flores y decía que quería ser una buena tía.
Pero, poco a poco, comenzó a hablar de lo que haría cuando se casaran. Quería cambiar los muebles de mamá, cerrar la casa oriental y convertir el despacho en una habitación privada.
—¿Cuándo empezó a amenazarte?
—Hace unas semanas.
Dominic se quedó inmóvil.
—¿Semanas?
Natalie asintió.
—Me dijo que no quería que Noah creciera pensando que tenía derecho a tu fortuna. Aseguró que, después de la boda, las cosas cambiarían y que yo debía empezar a buscar otro lugar.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque también me dijo algo más.
Natalie miró hacia el pasillo, asegurándose de que nadie estuviera cerca.
—Me dijo que sabía cosas sobre la muerte de Michael.
Dominic sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Michael, el esposo de Natalie, había muerto en un accidente automovilístico seis meses atrás. La investigación había concluido que perdió el control del vehículo durante una noche de lluvia.
Dominic nunca había quedado satisfecho con aquella explicación, pero Natalie estaba tan devastada que no había querido presionarla con sus sospechas.
—¿Qué cosas? —preguntó.
—No quiso explicármelo. Solo dijo que había personas que preferían que ciertas preguntas siguieran sin respuesta.
—¿Crees que Brooke sabe algo sobre el accidente?
—No lo sé. Pero cuando me amenazó, mencionó un archivo que Michael había dejado antes de morir.
Dominic se sentó lentamente frente a ella.
—¿Qué archivo?
Natalie negó con la cabeza.
—No lo encontré. Michael tenía una pequeña caja metálica en su escritorio, pero después del funeral desapareció. Pensé que alguien la había guardado por error.
—¿Se lo dijiste a Brooke?
—No. Ella fue quien mencionó el archivo.
Dominic miró a su sobrino.
Noah había vuelto a dormirse, con las pestañas húmedas y los labios ligeramente separados.
Aquello ya no era solamente un intento de apropiarse de una propiedad.
Brooke podía estar conectada con un secreto que llevaba seis meses persiguiendo a su familia.
—Quiero que me cuentes todo lo que recuerdes de las últimas semanas de Michael —dijo Dominic—. Cada llamada extraña, cada discusión, cada cosa que te pareciera insignificante.
Natalie asintió lentamente.
—Pero primero necesito que me prometas algo.
—Dime.
—No hagas nada que pueda poner a Noah en peligro.
Dominic miró a su sobrino.
—Te lo prometo.
No era una promesa pequeña.
Dominic había construido su reputación sobre decisiones difíciles y respuestas contundentes. Pero Natalie y Noah eran las dos personas que todavía podían obligarlo a detenerse antes de cruzar una línea.
No pensaba fallarles.
A las siete y veinte, Gabriel llegó a la mansión por una entrada lateral.
Era un hombre de pocas palabras, antiguo compañero de Dominic y responsable de la seguridad familiar desde hacía casi una década.
Escuchó las instrucciones sin interrumpir.
—Necesito las grabaciones de las últimas cuarenta y ocho horas —dijo Dominic—. También quiero saber quién entró en el despacho de mi madre después de su muerte y quién tiene las llaves de la casa oriental.
Gabriel asintió.
—¿Debo revisar a todo el personal?
—Con discreción. Nadie debe saber que estoy aquí.
—Entendido.
Dominic le entregó una fotografía de Brooke.
—Y averigua si ha visitado recientemente el despacho de los abogados que administran el fideicomiso.
Gabriel examinó la imagen.
—¿Sospecha de ella?
Dominic lo miró fijamente.
—La escuché intentar despojar a mi hermana de su hogar, amenazar a mi sobrino y ofrecerle dinero a una empleada para robar documentos de mi madre.
Gabriel guardó la fotografía.
—Entonces no es una sospecha.
—Todavía necesito pruebas.
—Las conseguiremos.
Gabriel se marchó.
Dominic subió al segundo piso y entró en el despacho de Catherine.
Nada había cambiado demasiado desde su muerte. Las cortinas color marfil seguían abiertas hacia el jardín, y el reloj antiguo sobre la chimenea marcaba los minutos con un sonido discreto.
Sobre el escritorio descansaba una fotografía de Catherine con Natalie y Noah.
Dominic tomó el marco.
Su madre había tenido una forma particular de sonreír cuando estaba preocupada. En la fotografía, sin embargo, parecía completamente tranquila.
Recordó que, unos días antes de morir, Catherine le había pedido que revisara personalmente los documentos del fideicomiso.
Él había estado ocupado con un conflicto empresarial y le había prometido hacerlo después de regresar de un viaje.
Nunca llegó a tener aquella conversación.
Catherine murió antes.
Dominic dejó la fotografía y abrió el cajón superior.
Estaba vacío, salvo por unas tarjetas de felicitación.
El segundo cajón contenía recibos antiguos y un pequeño cuaderno.
El tercero estaba cerrado con llave.
Dominic buscó la llave en el organizador de madera que su madre utilizaba para guardar sus objetos personales. No estaba allí.
Probó con una llave maestra que Gabriel mantenía para las habitaciones antiguas.
El cajón se abrió.
Dentro había una carpeta azul, varios sobres y una carta dirigida a él.
En el exterior, la letra de Catherine decía:
«Para Dominic. Solo si alguna vez dudas de las personas que dicen amar a nuestra familia».
Dominic sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Abrió la carta con cuidado.
Mi querido hijo:
Si estás leyendo esto, probablemente no pude decirte algo que debía haberte contado en persona.
No entregues nunca el control del fideicomiso familiar sin revisar cada página. Natalie y Noah deben estar protegidos, incluso si alguna persona cercana a nosotros intenta convencerte de lo contrario.
Hay una diferencia entre alguien que quiere formar parte de nuestra familia y alguien que quiere apropiarse de ella.
Si alguna vez descubres que los documentos del patrimonio han sido modificados, busca el registro original en el archivo del ala oriental. No confíes únicamente en las copias que te entreguen los abogados.
Y, sobre todo, recuerda esto: no todos los peligros entran por la puerta principal. Algunos llegan con flores y prometen quedarse para siempre.
La carta terminaba con una frase que Dominic leyó tres veces.
Si alguien intenta utilizar la muerte de Michael para presionarte, averigua qué estaba investigando antes del accidente.
Dominic dejó el papel sobre el escritorio.
Su madre había escrito aquella carta antes de morir.
Eso significaba que Catherine ya sospechaba que alguien podía intentar alterar el fideicomiso. Y, de alguna manera, había relacionado aquella posibilidad con Michael.
El teléfono de Dominic vibró.
Era un mensaje de Gabriel.
«Encontré un registro extraño. Brooke entró en el despacho administrativo cuatro veces durante las últimas tres semanas. Dos visitas ocurrieron mientras usted estaba fuera del país. En la última, salió con una carpeta que no figuraba en el inventario».
Dominic respondió:
«Averigua qué contenía».
Antes de guardar el teléfono, vio que había llegado otro mensaje.
Esta vez era de un número desconocido.
«Si quiere saber por qué murió Michael, deje de buscar en el fideicomiso. Su prometida no es la única persona que está mintiendo».
Dominic se quedó mirando la pantalla.
El mensaje no incluía nombre ni fotografía.
Solo una segunda línea.
«Revise el reloj de su madre. Catherine dejó algo dentro antes de morir».
Dominic levantó la vista hacia el reloj antiguo de la chimenea.
Por primera vez en aquella mañana, sintió algo parecido al miedo.
No por él.
Por lo que podía descubrir sobre las personas a las que amaba.
Se acercó al reloj y abrió el panel trasero. En el interior encontró el mecanismo, polvo acumulado y una pequeña llave de latón pegada a la madera con cinta antigua.
Debajo había un papel doblado.
Solo contenía una dirección y una hora.
*Viernes, 11:30 p. m.*
*Antiguo invernadero.*
Dominic guardó la llave y el papel en el bolsillo interior de su saco.
Su madre no había dejado instrucciones al azar.
Alguien había estado intentando advertirle de algo desde antes de su muerte.
Y si el mensaje era auténtico, la verdad sobre Michael podía encontrarse a pocos pasos de la casa que Brooke pretendía robar.
A media mañana, Brooke regresó a la mansión con varias bolsas de una boutique y una sonrisa que parecía diseñada para una fotografía.
No sabía que Dominic estaba en el piso superior.
Tampoco sabía que Gabriel había comenzado a revisar las cámaras.
Entró en la sala principal, dejó sus compras sobre un sillón y llamó a su asistente.
—Necesito que adelantes la reunión con el abogado —dijo—. No, no puede esperar al lunes. El sábado debe estar todo firmado.
Hizo una pausa para escuchar.
—Porque después de la boda será más difícil. Dominic hace preguntas cuando se siente inseguro, y no pienso permitir que Natalie encuentre una forma de detenernos.
Dominic permaneció inmóvil al otro lado de la puerta.
Brooke bajó la voz.
—No me importa si el documento original todavía está en la casa. Consigue una copia válida. Si el fideicomiso no puede transferirse directamente, encontraremos otra manera de controlar la propiedad.
Una pausa.
Después Brooke pronunció las palabras que terminaron de destruir cualquier resto de confianza que Dominic hubiera conservado.
—El dinero de Catherine debió haber sido mío desde el principio. Esa mujer dejó demasiado en manos de una viuda y de un niño.
Dominic apretó la mandíbula.
Brooke se rio suavemente.
—No, el matrimonio no corre peligro. Dominic me ama. Cuando llegue el momento, firmará lo que yo le pida.
Terminó la llamada y subió las escaleras tarareando una melodía.
Dominic esperó hasta que entró en su habitación.
Entonces sacó el teléfono y llamó a su abogado de mayor confianza, un hombre que no trabajaba para el despacho encargado del fideicomiso.
—Necesito una auditoría completa del patrimonio de Catherine Mercer —dijo—. Incluye cada movimiento bancario, cada modificación de documentos y cualquier solicitud de transferencia de los últimos dos años.
—¿Hay algún problema con el fideicomiso?
Dominic miró hacia el jardín, donde la lluvia empezaba a disminuir.
—Creo que alguien está intentando robarle el futuro a mi familia.
El abogado guardó silencio un instante.
—¿Quieres que suspenda las operaciones?
—Sí. Pero hazlo sin alertar a nadie. Todavía no quiero que Brooke sepa que estoy investigando.
Colgó.
Después miró el reloj de su madre.
Viernes, once y media de la noche.
El invernadero.
Fuera quien fuera la persona que había dejado aquel mensaje, Dominic estaba dispuesto a escucharla.
Pero mientras contemplaba el jardín, una pregunta comenzó a perseguirlo.
Si Brooke había encontrado la manera de alterar el fideicomiso, ¿por qué estaba tan segura de que podría conseguir que él firmara cualquier documento?
La respuesta llegó minutos después.
Su teléfono vibró de nuevo.
Esta vez, el mensaje procedía de Gabriel.
«Señor, encontré algo más en las grabaciones. Brooke no fue la única persona que entró al despacho. Alguien utilizó su código de acceso después de medianoche».
Debajo aparecía una fotografía borrosa de una figura entrando por la puerta lateral.
Dominic amplió la imagen.
Reconoció la silueta.
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Era un hombre al que llevaba meses buscando.
Y, según los registros oficiales, aquel hombre debía estar muerto.
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