Calm

Chapter 3: El hombre que todos creían muerto

Dominic Mercer había visto morir a hombres que juraban ser invencibles, pero jamás había sentido un escalofrío tan profundo como el que le provocó aquella fotografía.

La figura de la imagen llevaba un abrigo oscuro y caminaba con la cabeza ligeramente inclinada. La cámara no captaba su rostro, pero Dominic reconoció su forma de andar.

Era Richard Vale.

El antiguo asesor financiero de su familia.

El hombre que había desaparecido seis meses atrás, pocos días después del accidente en el que murió Michael.

Y el mismo hombre cuyo automóvil había sido encontrado abandonado junto a un puente, con documentos personales que llevaron a las autoridades a declarar que probablemente había muerto.

Dominic amplió la imagen una vez más.

—Gabriel, ¿estás seguro? —preguntó por teléfono.

—No completamente. La cámara tiene poca resolución. Pero la altura, la postura y el vehículo que aparece en la entrada coinciden con los registros de Vale.

—¿Qué fecha tiene la grabación?

—Hace once días.

Dominic se quedó en silencio.

Once días antes, él había estado en Boston, preparando una negociación que lo obligaría a viajar a Londres. Brooke había pasado aquella semana organizando los últimos detalles de la boda.

Y alguien que oficialmente había desaparecido había entrado en su mansión.

—¿Qué hizo después de entrar? —preguntó.

—Fue directamente al despacho administrativo. Permaneció ahí diecisiete minutos y salió por la misma puerta.

—¿Robó algo?

—Todavía no lo sabemos. El inventario de documentos de esa noche tiene varias inconsistencias.

Dominic respiró despacio.

—No contactes a las autoridades todavía. Averigua dónde está Vale y quién autorizó su entrada.

—Entendido.

—Y Gabriel...

—Sí, señor.

—No permitas que nadie se acerque a Natalie ni a Noah sin que yo lo sepa.

—Me encargaré personalmente.

Dominic colgó.

Por la ventana, el jardín de Catherine parecía inmóvil bajo la lluvia. Las ramas de los árboles se inclinaban con el viento, y los rosales blancos que su madre había cuidado durante años estaban cubiertos de gotas.

Recordó una conversación con Michael, unas semanas antes del accidente.

Su cuñado había aparecido en su oficina con una expresión seria y una carpeta que no quiso dejar sobre la mesa.

«Hay algo extraño en las cuentas familiares», le había dicho.

Dominic estaba ocupado con una negociación y apenas le había concedido diez minutos.

Michael insistió.

«No es solo dinero. Alguien está utilizando propiedades que pertenecen al fideicomiso como garantía para operaciones que Natalie nunca autorizó».

Dominic le prometió revisar los documentos al regresar de su viaje.

Después ocurrió el accidente.

Y Michael nunca volvió a hablar.

Dominic cerró los ojos.

Había pasado seis meses preguntándose si podría haber hecho algo para evitar aquella muerte. Ahora tenía una razón concreta para investigar lo que su cuñado había intentado contarle.

No iba a cometer el mismo error dos veces.

A las dos de la tarde, Natalie encontró a Dominic en la biblioteca.

No había dormido. Tenía una taza de café frío sobre el escritorio y varios documentos extendidos frente a él.

—Emma me dijo que encontraste una carta de mamá —comentó Natalie.

Dominic levantó la vista.

—¿Te contó algo más?

—Solo que estabas revisando los archivos. ¿Qué está pasando?

Él apartó los documentos y le señaló una silla.

—Necesito preguntarte algo sobre Michael.

Natalie se sentó con cautela.

—¿Qué quieres saber?

—Antes del accidente, ¿te dijo que tenía problemas con las cuentas familiares?

La expresión de Natalie cambió.

—Sí.

Dominic se inclinó hacia ella.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Porque pensé que se refería a las cuentas de su trabajo. Michael estaba preocupado por unos pagos que no cuadraban. Me dijo que alguien estaba usando documentos antiguos para autorizar movimientos que no debían hacerse.

—¿Te dijo quién?

—No. Pero recuerdo que mencionó a Richard Vale.

Dominic se quedó inmóvil.

—¿Qué dijo exactamente?

Natalie se frotó las manos.

—Una noche llegó a casa muy tarde. Noah ya estaba dormido y yo estaba guardando la cena. Michael dejó sus llaves sobre la mesa y me dijo que, si algo le pasaba, debía asegurarme de que Noah conservara todo lo que le correspondía por parte de la familia Mercer.

Dominic sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Te dijo que estaba en peligro?

—No directamente. Cuando le pregunté qué ocurría, me abrazó y me dijo que a veces las personas que sonríen frente a ti son las mismas que están esperando a que bajes la guardia.

Natalie hizo una pausa.

—Dos días después murió.

El silencio se instaló entre ellos.

Dominic se levantó y caminó hacia la ventana.

—¿Dónde guardaba sus documentos?

—En su estudio, en la casa oriental. Tenía un escritorio de madera con un cajón secreto.

—¿Lo revisaste después del accidente?

—Sí. No encontré nada. El cajón estaba abierto y faltaba una caja metálica donde guardaba sus papeles importantes.

Dominic recordó la carta de su madre.

El archivo del ala oriental.

La casa que Brooke quería controlar.

La propiedad que contenía los últimos documentos de Michael.

Todo empezaba a encajar, pero no de la manera que él habría deseado.

—Natalie, necesito que me digas algo más. ¿Brooke conocía a Richard Vale?

Ella tardó en responder.

—Sí. Los vi juntos en una cena de beneficencia hace casi un año. Ella me dijo que él la estaba ayudando a organizar algunos asuntos financieros relacionados con una fundación.

—¿Y después?

—Hace unas semanas, cuando Brooke empezó a hablar de la casa de mamá, la escuché mencionar su nombre por teléfono. No quise entrometerme.

Dominic regresó a su silla.

—¿Qué dijo?

Natalie intentó recordar.

—Algo como: «Vale, no puedes seguir retrasándolo. La boda es el sábado y necesito que los documentos estén listos antes de que Dominic regrese».

Dominic sintió que una pieza importante acababa de colocarse en su sitio.

—¿Estás segura?

—No puedo asegurarlo palabra por palabra, pero sí recuerdo el nombre.

Él asintió.

—A partir de ahora, no hables con Brooke sobre nada relacionado con Michael ni con el fideicomiso. Si te pregunta algo, dime inmediatamente.

Natalie lo miró con preocupación.

—¿Crees que ella tuvo algo que ver con la muerte de mi esposo?

Dominic no respondió de inmediato.

No tenía pruebas suficientes para acusarla de un crimen tan grave. Tampoco quería que su hermana pasara el resto de su vida atormentada por una sospecha.

—Creo que Michael descubrió algo que ciertas personas querían mantener oculto —dijo finalmente—. Y voy a averiguar qué fue.

Natalie bajó la mirada.

—Tengo miedo.

Dominic se acercó y le tomó las manos.

—Lo sé.

—No por mí. Por Noah. Él ya perdió a su papá. No soportaría que algo te pasara también.

Dominic apretó suavemente sus dedos.

—No voy a permitir que nadie les haga daño.

En ese momento, la puerta se abrió.

Noah entró con una hoja de papel doblada.

—Tío Dominic, ¿puedo preguntarte algo?

Dominic se volvió hacia él.

—Claro, campeón.

El niño se acercó al escritorio.

—¿La casa de la abuelita va a seguir siendo nuestra?

Dominic sintió una punzada en el corazón.

Se arrodilló para quedar a su altura.

—Sí. Nadie va a quitarte los recuerdos de tu abuelita ni el lugar donde creciste.

—¿Aunque Brooke se enoje?

Dominic miró a Natalie antes de responder.

—Aunque se enoje.

Noah pareció tranquilizarse.

Después le entregó el papel.

—Encontré esto debajo de mi almohada. No sé quién lo puso ahí.

Dominic lo abrió.

Dentro había un dibujo hecho con lápices de colores. Noah había dibujado la casa oriental, los rosales de Catherine y tres figuras tomadas de la mano.

Su madre, él mismo y Dominic.

En la parte inferior, alguien había escrito con tinta negra una frase que no pertenecía al dibujo.

«Dile a tu tío que deje de buscar. La próxima vez no habrá advertencias».

Natalie se llevó una mano a la boca.

Dominic se puso de pie lentamente.

El papel no podía haber llegado allí por accidente.

Alguien había entrado en la habitación de Noah.

Alguien sabía que Dominic había regresado.

Y esa persona estaba dispuesta a utilizar a un niño para intimidarlo.

La ira que sintió fue tan intensa que tuvo que respirar antes de hablar.

—Gabriel —dijo por teléfono apenas obtuvo respuesta—. Necesito que revises todas las entradas de la casa durante la noche. También quiero que un agente de confianza permanezca cerca de Natalie y Noah en todo momento.

—¿Ha ocurrido algo?

—Alguien dejó una amenaza en la habitación de mi sobrino.

La voz de Gabriel se endureció.

—Voy para allá.

Dominic colgó y miró a Natalie.

—Quiero que prepares algunas cosas para ti y Noah. No significa que vayamos a abandonar la casa. Solo quiero que tengan todo listo por si necesitamos trasladarlos temporalmente a un lugar seguro.

Natalie asintió, pálida.

Noah se aferró a la mano de su madre.

—¿El hombre malo va a venir?

Dominic se arrodilló frente a él otra vez.

—No si puedo evitarlo.

Noah lo miró con sus grandes ojos oscuros.

—La abuelita decía que tú siempre cumples tus promesas.

Dominic tragó saliva.

—Tu abuelita tenía razón.

A las seis de la tarde, Brooke apareció en la biblioteca sin tocar.

Llevaba un vestido color vino y unos pendientes de diamantes que Catherine había dejado en una caja de seguridad para Natalie. Dominic reconoció las piezas al instante.

Su madre había escrito una nota indicando que aquellos pendientes debían entregarse a su hija en una ocasión especial.

Brooke los llevaba como si fueran suyos.

—Aquí estás —dijo ella, acercándose con una sonrisa—. Te he estado llamando desde la mañana.

Dominic permaneció sentado.

—He tenido asuntos que resolver.

—¿Asuntos? Pensé que seguías en Londres.

Brooke se detuvo.

Por un instante, su rostro perdió el color.

Fue un cambio mínimo, pero Dominic lo vio.

—¿Por qué pensabas eso? —preguntó.

Ella recuperó la sonrisa.

—Porque eso me dijiste antes de salir. No sabía que habías cambiado tus planes.

—Los cambié.

Brooke dejó su bolso sobre una silla.

—Me habría gustado que me avisaras. Habría preparado una cena especial.

—No quería interrumpir tus preparativos.

Ella se acercó y le besó la mejilla.

—Qué tonto eres. Nada es más importante que tú.

Dominic la observó sin apartarse.

—¿Dónde conseguiste esos pendientes?

Brooke se tocó una de las piezas.

—¿Estos? Los encontré entre las joyas antiguas. Pensé que Catherine habría querido que los usara para la boda.

—Mi madre los dejó para Natalie.

Brooke parpadeó.

—No lo sabía.

—La nota está en el joyero.

—Bueno, entonces se los devolveré.

Se los quitó con movimientos rápidos y los dejó sobre el escritorio.

Dominic no dijo nada.

Brooke se acercó a la ventana y miró el jardín.

—Por cierto, necesito que firmes algunos documentos mañana.

—¿Qué documentos?

—Papeles administrativos. Cosas rutinarias para después de la boda. Nada importante.

—¿Por qué no me los muestras ahora?

Ella se volvió con una expresión ligeramente irritada.

—Porque no los tengo conmigo.

—¿Están en tu habitación?

—Dominic, ¿desde cuándo te interesan tanto los trámites?

Él sostuvo su mirada.

—Desde que alguien intenta cambiar documentos de mi familia sin mi autorización.

El silencio cayó entre ambos.

Brooke no se movió.

Después soltó una pequeña risa.

—¿De qué estás hablando?

—Del fideicomiso de mi madre. De la casa oriental. De los documentos que alguien ha estado sacando del despacho administrativo.

La sonrisa de Brooke desapareció por completo.

Durante unos segundos, Dominic vio a la mujer que había escuchado aquella madrugada. No había dulzura en su rostro. Solo cálculo.

—No sé qué te han contado —dijo finalmente—, pero Natalie está exagerando. Siempre ha sido muy sensible desde que murió Michael.

—No he mencionado a Natalie.

Brooke abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

Dominic se levantó.

—Tampoco he dicho que los documentos hayan desaparecido. Solo he dicho que alguien los está sacando del despacho.

Ella apretó los labios.

—¿Me estás interrogando?

—Te estoy haciendo preguntas.

—Soy tu prometida.

—Y el sábado se supone que serás mi esposa. Eso no significa que puedas apropiarte de las propiedades de mi familia.

Brooke se acercó, bajando la voz.

—Ten cuidado, Dominic. No sabes todo lo que está en juego.

Él la miró fijamente.

—Entonces explícamelo.

Por primera vez desde que la conocía, Brooke pareció no encontrar una respuesta convincente.

Se volvió hacia la puerta.

—Estás cansado. Has viajado demasiado. Hablaremos cuando estés de mejor humor.

—Brooke.

Ella se detuvo.

—¿Conoces a Richard Vale?

Su espalda se puso rígida.

Fue apenas un segundo, pero bastó.

—¿Por qué preguntas por él?

Dominic no respondió.

Brooke giró lentamente la cabeza.

—Richard está muerto.

—Eso dicen los registros.

Ella palideció.

—¿Qué significa eso?

Dominic dio un paso hacia ella.

—Significa que hay cosas que todavía no entiendo.

Brooke agarró su bolso.

—No sé qué estás intentando hacer, pero no voy a tolerar que me trates como a una sospechosa.

—Entonces no actúes como una.

Ella lo miró con odio apenas disimulado.

Después salió de la biblioteca y cerró la puerta de golpe.

Dominic permaneció inmóvil, escuchando sus pasos alejarse.

Su teléfono vibró.

Gabriel le había enviado un nuevo mensaje.

«Encontramos el vehículo utilizado por la persona que entró al despacho. Está registrado a nombre de una empresa vinculada a Richard Vale. También localicé una transferencia reciente desde una cuenta relacionada con el fideicomiso».

Dominic respondió de inmediato.

«¿A quién se transfirió el dinero?».

La respuesta llegó unos segundos después.

«A una sociedad privada cuyo beneficiario final es Brooke Harrington».

Dominic dejó el teléfono sobre el escritorio.

Ahora tenía una conexión financiera, un acceso no autorizado y una amenaza dirigida a su sobrino.

Pero todavía no sabía hasta dónde llegaba la conspiración.

A las once y veinte de la noche del viernes, se dirigió al antiguo invernadero con Gabriel esperándolo a distancia.

La construcción llevaba años cerrada. Las ventanas estaban cubiertas de polvo y varias plantas secas se enredaban en las estructuras metálicas. Catherine había amado aquel lugar, pero después de su muerte nadie había vuelto a utilizarlo.

Dominic consultó el reloj.

Once y veintinueve.

Un minuto después, una figura apareció detrás de los rosales.

Era un hombre delgado, con el cabello canoso y un abrigo oscuro.

Dominic lo reconoció inmediatamente.

Richard Vale.

El hombre al que todos creían muerto estaba vivo.

Richard se detuvo a pocos pasos de él.

—No debiste regresar tan pronto —susurró.

Dominic mantuvo las manos a los costados.

—Tú no debiste entrar en mi casa.

Richard miró nerviosamente hacia los árboles.

—No tenemos mucho tiempo. Brooke sabe que estoy aquí.

—Entonces empieza a hablar.

Richard tragó saliva.

—El fideicomiso es solo una parte. Michael descubrió que estaban utilizando su firma para mover dinero. Cuando intentó detenerlo, recibió amenazas.

—¿Quién lo amenazó?

Richard bajó la mirada.

—No puedo decirte eso aquí.

Dominic dio un paso hacia él.

—Mi cuñado está muerto. Mi hermana está aterrorizada. Mi sobrino recibió una amenaza en su propia habitación. Ya no tienes derecho a pedirme paciencia.

Richard levantó la cabeza.

Sus ojos estaban llenos de miedo.

—Michael no murió por el accidente, Dominic.

El silencio se volvió insoportable.

Dominic sintió que el mundo parecía detenerse a su alrededor.

—¿Qué acabas de decir?

Richard sacó un pequeño dispositivo de almacenamiento del bolsillo y lo extendió hacia él.

—Aquí está la prueba. Pero antes de que lo veas, necesitas saber algo más.

Dominic tomó el dispositivo.

Richard miró hacia la mansión, donde una luz acababa de encenderse en el segundo piso.

—Brooke no está trabajando sola.

Dominic apretó el dispositivo en su mano.

—¿Quién más está involucrado?

Richard abrió la boca.

Entonces se escuchó un ruido seco detrás del invernadero.

Richard se volvió bruscamente.

Una sombra se movió entre los árboles.

—¡Nos encontraron! —exclamó.

Dominic alcanzó a sujetarlo del brazo, pero Richard se soltó y corrió hacia la puerta lateral.

Antes de desaparecer en la oscuridad, gritó una última frase:

—¡No confíes en la persona que te entregó el informe de la muerte de Michael!

Dominic se quedó helado.

Porque la persona que había preparado aquel informe no era Brooke.

Era alguien que llevaba años trabajando a su lado.

Alguien en quien había confiado con su vida.

Y mientras las luces de seguridad de la mansión se encendían una tras otra, Dominic comprendió que el peligro no estaba solamente en su futura esposa.

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Estaba dentro de su propia casa.

Y acababa de descubrir que el hombre encargado de proteger a su familia podía ser también quien había ayudado a destruirla.

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