Chapter 1: La prometida que ordenaba expulsar a una viuda
—¿Por qué? —preguntó Emma Collins, con la bandeja de plata entre las manos.
Brooke Harrington la miró como si acabara de encontrar una mancha en su vestido de novia.
—Porque te estoy dando una orden, Emma. Y cuando yo doy una orden en esta casa, el servicio obedece.
Eran las cinco de la mañana de un jueves lluvioso en Newport, Rhode Island. La mansión Mercer permanecía sumida en la penumbra, salvo por las luces amarillas de la cocina y el resplandor de una lámpara en el corredor principal.
Detrás de una puerta de servicio, Dominic Mercer escuchaba sin moverse.
Había regresado de Londres tres días antes de lo previsto. Nadie debía saberlo, ni siquiera la mujer con la que se casaría el sábado.
Durante años, Dominic había aprendido a distinguir una mentira por el silencio que la precedía. En los negocios, un hombre podía sonreír mientras planeaba destruirte. En su mundo, confiar en la persona equivocada podía costar mucho más que dinero.
Pero jamás había imaginado que necesitaría aplicar esa lección dentro de su propia casa.
Emma tragó saliva.
—La señora Natalie estuvo despierta hasta tarde con Noah. Creo que ambos necesitan descansar.
Brooke soltó una risita sin humor.
—¿La señora Natalie? Qué gracioso. Natalie es una viuda que vive de la generosidad de su hermano. No es la dueña de esta casa, por mucho que le guste comportarse como si lo fuera.
Emma apretó los dedos alrededor de la bandeja.
—El señor Dominic nunca ha dicho que su hermana no pueda vivir aquí.
—Porque Dominic tiene un corazón demasiado blando cuando se trata de su familia.
Brooke dejó su carpeta de piel sobre la mesa de preparación. Después se quitó un guante y examinó sus uñas.
—Escúchame bien. El sábado me convertiré en la esposa de Dominic Mercer. Eso significa que esta casa tendrá una nueva señora, y no pienso compartir mi autoridad con una mujer que lleva seis meses llorando por un marido muerto.
El pecho de Dominic se tensó.
Su hermana Natalie había enterrado a su esposo, Michael, apenas medio año atrás. Desde entonces, había intentado reconstruir su vida mientras cuidaba de Noah, su hijo de nueve años.
No había exigido dinero.
No había pedido joyas, propiedades ni privilegios.
Solo había aceptado la invitación de Dominic para quedarse en la antigua residencia familiar mientras encontraba la manera de seguir adelante.
Y ahora Brooke hablaba de ella como si fuera una carga indeseable.
Emma respiró hondo.
—La señora Natalie perdió a su esposo. Merece un poco de consideración.
Brooke giró la cabeza lentamente.
—¿Me estás dando lecciones de moral?
—No, señorita. Solo digo que...
—Pues deja de decir.
La voz de Brooke resonó en la pequeña habitación.
Dominic cerró los ojos un instante.
Conocía aquella voz. La había escuchado en cenas benéficas, reuniones familiares y fiestas privadas. Siempre suave, siempre encantadora. Brooke tenía la habilidad de hacer que cualquier persona se sintiera afortunada por recibir su atención.
Pero aquella madrugada había dejado caer la máscara.
—Quiero que Natalie y el niño estén fuera de la propiedad antes del sábado por la tarde —continuó Brooke—. Puedes comenzar preparando sus cosas hoy mismo.
Emma palideció.
—No puedo hacer eso.
Brooke se quedó inmóvil.
—¿Cómo dices?
—No puedo empacar las pertenencias de la señora Natalie sin una orden del señor Dominic.
La sonrisa de Brooke regresó, aunque esta vez no alcanzó sus ojos.
—Qué lástima que todavía no entiendas cómo funcionan las cosas. Dominic no tendrá tiempo para ocuparse de una tontería así después de la boda. Yo me encargaré.
Abrió la carpeta y sacó varios documentos.
Dominic reconoció el membrete del despacho de abogados que administraba parte del patrimonio de su madre.
Su atención se agudizó.
—¿Ves estos papeles? —preguntó Brooke.
Emma negó con la cabeza.
—No, señorita.
—Son documentos que demostrarán que la propiedad del ala oriental y la antigua casa de Catherine deben pasar a mi administración.
Emma frunció el ceño.
—Pero esa casa pertenecía a la señora Catherine.
—Pertenecía —repitió Brooke con desprecio—. Las personas mueren, Emma. Las propiedades cambian de manos. Así funciona el mundo.
Desde su escondite, Dominic sintió que algo frío le recorría la espalda.
Su madre, Catherine Mercer, había muerto dos años antes. La casa del ala oriental, una construcción de piedra rodeada de rosales blancos, había sido su refugio favorito. Allí leía por las tardes, horneaba galletas con Noah y recibía a Natalie cuando esta necesitaba escapar del ruido de la mansión.
Antes de morir, Catherine había establecido un fideicomiso para proteger aquella propiedad y garantizar que Natalie y Noah siempre tuvieran un hogar.
Dominic recordaba perfectamente la última conversación que había tenido con ella.
«No permitas que el dinero convierta a nuestra familia en extraños», le había dicho su madre, sujetándole la mano.
Él le había prometido que jamás permitiría que Natalie se quedara sin techo.
Ahora su prometida estaba preparando exactamente eso.
—Señorita Brooke —dijo Emma, mirando los documentos—, ¿el señor Dominic sabe que está haciendo estos trámites?
Brooke cerró la carpeta de golpe.
—Dominic está ocupado con asuntos importantes.
—Pero es su familia.
—Y pronto yo seré su familia más cercana.
La respuesta fue tan tajante que Emma retrocedió medio paso.
Brooke se inclinó hacia ella.
—Voy a explicártelo una sola vez. Después de la boda, las decisiones sobre esta propiedad pasarán por mí. Si Natalie se queda, tú serás la primera persona a la que culparé por ayudarla. Y créeme, Emma, no me costará nada conseguir que pierdas este empleo.
Emma llevaba trabajando para los Mercer casi doce años. Catherine había pagado parte de los gastos médicos de su madre cuando esta enfermó. Dominic había cubierto sus estudios de enfermería, aunque Emma había elegido permanecer en la mansión para cuidar de Catherine durante sus últimos meses.
Aquella casa era más que un lugar de trabajo.
Era el sitio donde había encontrado una familia cuando la suya parecía desmoronarse.
—No quiero perder mi empleo —admitió Emma—. Pero tampoco quiero hacerle daño a un niño.
Brooke se enderezó.
—Entonces aprende a elegir tus batallas.
Sacó un sobre blanco de su bolso y lo deslizó sobre la mesa.
—Aquí hay dinero suficiente para que dejes de preocuparte por los problemas de los demás. Quiero que mañana me entregues las llaves de la casa oriental. También necesito que saques los documentos personales de Catherine de su antiguo escritorio.
Emma miró el sobre como si contuviera algo repugnante.
—¿Qué documentos?
—Los relacionados con el fideicomiso. Cartas, contratos, cualquier cosa que tenga su firma.
—No tengo autorización para tocar esas cosas.
Brooke soltó una carcajada breve.
—¿Autorización? Por favor. Catherine está muerta. ¿Quién va a venir a reclamar unos papeles viejos?
En el corredor, Dominic sintió que sus manos se cerraban lentamente.
Brooke no solo quería expulsar a su hermana.
También estaba buscando algo que pertenecía a su madre.
Y parecía convencida de que nadie podría detenerla.
—No puedo ayudarla con eso —dijo Emma.
La expresión de Brooke cambió de inmediato.
—¿Quieres saber qué les ocurre a las empleadas que se creen indispensables?
Emma no respondió.
—Terminan en la calle, sin referencias y sin nadie dispuesto a contratarlas. Tú no eres especial. Eres una mujer con uniforme, y hay cien como tú esperando ocupar tu puesto.
Emma bajó la mirada, pero no por vergüenza. Estaba intentando controlar el temblor de sus manos.
—La señora Catherine me enseñó que una casa no se sostiene con dinero, sino con la gente que la cuida.
Brooke la abofeteó con una rapidez que hizo tintinear los cubiertos de la bandeja.
El golpe resonó en la habitación.
Emma se llevó una mano a la mejilla.
Detrás de la puerta, Dominic dio un paso adelante.
Solo uno.
Pero se detuvo cuando escuchó una segunda voz.
—¿Qué está pasando aquí?
Natalie Mercer apareció en la entrada de la despensa, con una bata azul marino y el cabello recogido de cualquier manera. Tenía ojeras profundas, pero sus ojos estaban alerta.
Brooke se volvió con una sonrisa instantánea.
—Buenos días, querida. Estaba explicándole a Emma algunas responsabilidades para la próxima semana.
Natalie miró la mejilla enrojecida de la empleada.
Después observó el sobre blanco sobre la mesa.
—¿Qué responsabilidades?
—Asuntos de organización. Nada que deba preocuparte.
Natalie avanzó un paso.
—Entonces no te molestará explicármelo.
La sonrisa de Brooke desapareció por un segundo.
—Por supuesto que no. Aunque, hablando de preocupaciones, deberíamos discutir tu situación antes de la boda.
Natalie se quedó quieta.
—¿Mi situación?
—La convivencia. Dominic y yo vamos a comenzar una nueva etapa. Necesitamos privacidad, estabilidad y espacio para formar nuestra propia familia.
—Esta casa es enorme.
—No me refiero a los metros cuadrados.
Brooke tomó su carpeta y la apretó contra el pecho.
—Creo que ha llegado el momento de que tú y Noah busquen otro lugar donde vivir.
Natalie palideció.
—Dominic me invitó a quedarme.
—Dominic también va a casarse conmigo. Y cuando lo haga, las cosas cambiarán.
—Él jamás aceptaría que echaras a Noah de su casa.
Brooke ladeó la cabeza.
—¿Estás segura? Porque quizá deberías preguntarte cuánto tiempo seguirá dispuesto a cargar con los problemas de los demás.
Natalie abrió la boca, pero no encontró palabras.
A sus espaldas, un niño apareció en el corredor.
Noah llevaba un pijama de cuadros y abrazaba un pequeño oso de peluche. Tenía el cabello revuelto y los ojos húmedos.
—¿Mamá?
Natalie se volvió inmediatamente.
—Mijo, ¿qué haces despierto?
El niño miró a Brooke.
—¿Es verdad que nos vamos a ir?
Nadie contestó.
Noah apretó el oso contra su pecho.
—Escuché que dijiste que la casa de la abuelita ya no era nuestra.
Natalie se arrodilló frente a él.
—Ven aquí, cariño.
Pero Noah no se movió.
Miraba a Brooke con una expresión de miedo que no correspondía a sus nueve años.
—¿También vas a tirar las cosas de papá?
Brooke suspiró, molesta.
—Los niños no deberían escuchar conversaciones de adultos.
—¡Son mis cosas! —exclamó Noah—. ¡La abuelita me dijo que podía guardar mis dibujos en su casa!
—Noah, basta —dijo Natalie con suavidad.
Brooke se acercó al niño.
—Escúchame, pequeño. Cuando tu tío se case conmigo, esta familia tendrá nuevas reglas.
Noah retrocedió.
—No quiero que te cases con mi tío.
El silencio que siguió fue absoluto.
Brooke perdió el control de su sonrisa.
—¿Qué acabas de decir?
Natalie se interpuso inmediatamente entre ambos.
—Es un niño. No le hables así.
—Tu hijo necesita aprender respeto.
—Y tú necesitas recordar que no eres su madre.
La expresión de Brooke se endureció.
—No me provoques, Natalie.
—No estoy provocándote. Estoy defendiendo a mi hijo.
Brooke se inclinó hacia ella y habló con una voz tan baja que creyó que solo Natalie podría escucharla.
Pero Dominic estaba lo bastante cerca.
—Si no te marchas por las buenas, haré que te arrepientas de haber nacido en esta familia.
Natalie se quedó helada.
Brooke continuó:
—Y no creas que tu hermano podrá protegerte de todo. Hay asuntos que Dominic desconoce. Asuntos que podrían destruirlo si llegaran a hacerse públicos.
Natalie la miró con incredulidad.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy dando una oportunidad.
Noah comenzó a llorar en silencio.
Emma lo abrazó, incapaz de ocultar las lágrimas que también le llenaban los ojos.
En el corredor, Dominic sintió que la última duda desaparecía.
Ya no necesitaba investigar si Brooke estaba actuando de mala fe.
La había escuchado con sus propios oídos.
La mujer que había elegido para compartir su vida amenazaba a su hermana, aterrorizaba a su sobrino y trataba de apoderarse de la herencia de su madre.
Sin embargo, había algo más.
Cuando Brooke recogió la carpeta, un documento se deslizó y cayó al suelo, justo al lado de sus zapatos.
Natalie lo recogió antes que ella.
Leyó las primeras líneas.
Su rostro perdió todo el color.
—¿De dónde sacaste esto?
Brooke le arrebató el documento.
—No es asunto tuyo.
—Este es el fideicomiso de mi madre.
—Era de tu madre.
—¡Está falsificada la firma de Dominic!
Brooke se quedó inmóvil.
Durante una fracción de segundo, el miedo atravesó su rostro.
Después sonrió.
—Cuida lo que dices, querida. Las acusaciones falsas pueden tener consecuencias muy desagradables.
Guardó el documento y salió de la despensa con la cabeza en alto.
Cuando sus pasos desaparecieron por el corredor, Natalie se dejó caer contra la pared.
Noah la abrazó por la cintura.
—Mamá, ¿nos van a quitar la casa de la abuelita?
Natalie cerró los ojos y besó su cabello.
—No lo sé, mi amor.
Emma miró hacia la puerta de servicio.
No sabía que Dominic estaba detrás de ella.
No sabía que el hombre al que todos temían acababa de escuchar cada palabra.
Y tampoco sabía que, en aquel preciso instante, Dominic Mercer había tomado una decisión que cambiaría la vida de todos los habitantes de la mansión.
La boda del sábado ya no sería una celebración.
Sería una prueba.
Y Brooke Harrington acababa de cometer el error más grave de su vida: creer que podía destruir a la familia Mercer mientras su futuro esposo estaba a miles de kilómetros de distancia.
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Porque Dominic había regresado.
Y no pensaba volver a marcharse sin descubrir hasta dónde llegaba la traición.
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