Calm

Chapter 8: La mujer que Julian pensó que nunca hablaría

Tres días después, la historia comenzó a filtrarse.

Primero fue una llamada.

Después otra.

Luego correos.

Periodistas querían saber por qué Julian Harper había llevado a su secretaria a Hawái durante su luna de miel.

No sabían la mitad.

Todavía.

Yo estaba en casa de mi padre cuando Thomas entró con su computadora.

—Ya comenzó.

—¿Qué cosa?

—La auditoría.

Me senté.

—¿Y?

—Encontraron más de veinte transferencias sospechosas.

Olivia, que estaba en la cocina preparando café, salió con una taza.

—¿Veinte?

Thomas asintió.

—Y varias están relacionadas con mujeres que Rebecca mencionó.

Sentí un peso en el pecho.

—¿Ellas también van a hablar?

—Algunas ya lo hicieron.

Olivia dejó la taza sobre la mesa.

—Entonces esto no se trata solo de Clara.

—Nunca se trató solo de ella —dijo Thomas.

Mi teléfono vibró.

Era Rebecca.

—¿Sí?

—Clara, necesito verte.

—¿Qué pasó?

—Encontré algo en los archivos que traje.

—¿Qué?

—Tu madre dejó una carta para mí.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué dice?

—Prefiero entregártela en persona.

Nos encontramos esa tarde en un pequeño café.

Rebecca llegó con una carpeta.

Se sentó frente a mí.

—Antes de darte esto, quiero pedirte perdón.

—¿Por qué?

—Porque pude haber hablado antes.

—Tú también tenías miedo.

—Sí.

Bajó la mirada.

—Pero tu mamá me hizo prometer que, si alguna vez Julian intentaba hacer contigo lo mismo que hizo conmigo, no volvería a esconderme.

Abrió la carpeta.

La carta estaba sellada.

Reconocí inmediatamente la letra.

Mis manos temblaron.

Abrí el sobre.

La primera línea decía:

*"Mi querida Clara: si algún día lees esto, significa que mi miedo se hizo realidad.""*

Tuve que detenerme.

Respiré.

Continué.

Mi madre explicaba que había descubierto el plan de los Harper mucho antes de mi boda.

Pero había algo que no sabía.

Julian no había empezado a investigarme cuando tenía veintiocho años.

Había comenzado cuando yo tenía veinticinco.

—Eso es imposible —murmuré.

Rebecca negó.

—No.

La carta continuaba.

Mi madre había encontrado fotografías de Julian asistiendo a eventos familiares.

Siempre aparecía lejos.

Nunca se acercaba.

Observaba.

Esperaba.

Hasta que descubrió quién era yo.

Entonces comenzó la segunda fase.

Acercarse.

Ganarse mi confianza.

Hacerme creer que la relación era espontánea.

Sentí náuseas.

—Todo fue planeado.

—Sí.

Rebecca tocó mi mano.

—Pero hay algo más.

Me señaló el último párrafo.

Leí.

*"Clara, si Julian llega a casarse contigo, no intentes enfrentarlo sola. Hay una persona que puede destruir la red de los Harper desde dentro.""*

Debajo aparecía un nombre.

*Sienna Brooks.*

Levanté la mirada.

—¿Sienna?

Rebecca asintió.

—Ella no era solamente su secretaria.

—¿Qué era?

—Una pieza que tu madre intentó proteger.

—¿Por qué?

Rebecca suspiró.

—Porque Sienna fue engañada también.

Esa noche pedí hablar con Sienna.

El investigador permitió la reunión.

La encontramos en una sala de espera.

Sin maquillaje.

Sin vestido elegante.

Sin aquella seguridad que había mostrado en el aeropuerto.

Parecía otra mujer.

Cuando me vio, bajó la cabeza.

—Clara.

—Sienna.

—No espero que me perdones.

—No vine a perdonarte.

Ella asintió.

—Lo sé.

Me senté frente a ella.

—Quiero saber cuándo empezó todo.

Sienna respiró profundamente.

—Hace cuatro años.

—¿Antes de conocer a Julian?

—Sí.

—¿Cómo lo conociste?

—Trabajaba en una firma contable.

Me miró.

—La empresa de su padre era uno de nuestros clientes.

—¿Y después?

—Me ofrecieron un puesto directamente con ellos.

—¿Por qué aceptaste?

Sienna soltó una risa triste.

—Porque necesitaba dinero.

—¿Cuánto?

—No importa.

—Para mí sí.

Ella me miró.

—Mi hermano necesitaba un tratamiento muy caro. Julian pagó las primeras cuentas.

Sentí algo extraño.

—¿Y a cambio?

—Trabajar para él.

—¿Hacer qué?

Sienna bajó la voz.

—Buscar información sobre ti.

El silencio fue doloroso.

—¿Qué información?

—Tus propiedades. Tus cuentas. Las empresas de tu familia. Tus hábitos.

Cerré los ojos.

—¿Y tú lo hiciste?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque pensé que era una investigación empresarial.

—¿Cuándo descubriste la verdad?

Sienna empezó a llorar.

—Cuando vi el nombre de Rebecca.

—¿Qué pasó?

—Encontré los documentos.

—¿Y?

—Descubrí que Julian estaba casado.

—¿Entonces por qué no me lo dijiste?

Sienna no respondió.

—¿Por qué?

—Porque me amenazaron.

—¿Con qué?

—Con mi hermano.

Mi rabia disminuyó un poco.

No desapareció.

Pero entendí que había otra persona atrapada.

—¿Qué hizo Julian cuando supiste demasiado?

—Me dijo que podía ser reemplazada.

—¿Y luego?

—Me obligó a transferir dinero a Harper Pacific Holdings.

—¿Cuánto?

—Todo lo que tenía.

La miré.

—¿Y el depósito de ayer?

Sienna asintió.

—Fue mío.

—¿Por qué?

—Porque el señor Harper me dijo que necesitaba aparentar que yo estaba financiando el fraude.

—Querían convertirte en la culpable.

—Sí.

Me quedé callada.

Entonces Sienna sacó un teléfono viejo.

—Pero guardé algo.

—¿Qué?

—Los mensajes.

Me lo entregó.

Había cientos.

Instrucciones.

Transferencias.

Nombres.

Y algo que me hizo detenerme.

Un mensaje de Julian.

*"Cuando Clara firme, cambiaremos la estructura. Nadie podrá tocar la propiedad.""*

Otro:

*"Sienna, si algo sale mal, tú serás responsable de las transferencias.""*

Y otro:

*"Rebecca nunca volverá.""*

Mi sangre se heló.

—¿Cuándo envió esto?

—Hace dos años.

—Entonces sabía que Rebecca estaba viva.

Sienna asintió.

—Sí.

—¿Dónde creía que estaba?

—No lo sé.

Me levanté.

—Necesito una copia de todo.

—Puedes quedarte con el teléfono.

—Gracias.

Sienna me miró.

—Clara.

Me detuve.

—Hay una cosa más.

—¿Qué?

—El señor Harper tiene otra cuenta.

—¿Dónde?

—Suiza.

Thomas había mencionado cuentas extranjeras.

—¿Cuánto dinero?

Sienna negó.

—No sé.

—¿Quién sí?

Ella tragó saliva.

—La persona que lleva esa cuenta.

—¿Quién?

Sienna me miró directamente.

—Tu propio abogado.

Cuando regresé a casa, Thomas estaba esperándome.

No había terminado de contarle lo de Sienna cuando él levantó una mano.

—Ya lo sé.

—¿Qué?

—Encontramos la cuenta.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Y?

Thomas cerró la computadora.

—El dinero salió de Estados Unidos hace seis meses.

—¿A nombre de quién?

Thomas tardó en responder.

—Del abogado que redactó tu acuerdo matrimonial.

El mismo hombre.

El que Julian me había recomendado.

El que había firmado todos los documentos.

El que supuestamente debía protegerme.

—Entonces el contrato…

Thomas negó.

—El contrato es válido.

—¿Pero?

—Hay una cláusula que fue modificada después de que tú firmaste.

Lo miré.

—¿Qué?

—Alguien añadió una página.

—¿Sin mi consentimiento?

—Sí.

—¿Quién?

Thomas me entregó la copia.

La página llevaba una firma.

No era de Julian.

No era del abogado.

Era de mi padre.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Mi papá nunca haría esto.

Thomas me miró seriamente.

—Clara, hay algo que tienes que preguntarle.

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—¿Qué?

—Por qué aparece su firma en un documento que él asegura no haber visto jamás.

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