Chapter 9: El testamento oculto reveló quién merecía realmente la fortuna
La antigua capilla de los Hayes se alzaba sobre una colina, rodeada de pinos y de tumbas cubiertas por la nieve.
Silas recordaba aquel lugar desde su infancia.
Su madre lo llevaba allí los domingos, le enseñaba a encender velas y le pedía que rezara por su padre cuando las disputas familiares parecían no tener fin.
Después de la muerte de ella, Silas había dejado de visitar la capilla.
Ahora regresaba con un rifle, una medalla de plata y la certeza de que la historia de su familia estaba a punto de cambiar para siempre.
Eleanor caminaba a su lado.
Elias iba detrás, vigilando el sendero.
—¿Cuánto hace que no vienes? —preguntó ella.
—Más de diez años.
—Edward venía a menudo.
Silas la miró.
—¿También cuando nuestro padre estaba enfermo?
—Sobre todo entonces. Tu hermano creía que el viejo sabía que algo malo iba a suceder y que intentaba advertirle sin decirlo directamente.
Silas recordó las últimas semanas de su padre.
Las noches en que se quedaba sentado frente a la chimenea, las cartas que quemaba sin explicar por qué y la manera en que observaba a Robert cuando creía que nadie lo veía.
—Debí haber prestado más atención —murmuró.
Eleanor se detuvo.
—No podías saberlo todo, Silas. Robert era tu tío. Era natural que confiaras en él.
—Edward también confiaba en él.
—Y por eso le dolió tanto descubrir la verdad.
Silas apartó la mirada.
No quería pensar en el precio que su hermano había pagado por aquella confianza.
Llegaron a la capilla poco después de las nueve.
La puerta estaba cerrada, pero la cerradura cedió cuando Silas empujó con el hombro. Dentro olía a madera húmeda, polvo y cera vieja.
La luna iluminaba el altar a través de una ventana rota.
Eleanor señaló una placa de piedra incrustada en la pared.
—La caja está detrás de ahí.
Silas examinó la placa.
Tenía grabado un versículo bíblico y una fecha.
1847.
Sacó la medalla de plata y la introdujo en una pequeña ranura que apenas se distinguía entre las letras.
Se escuchó un clic.
Una sección del altar se desplazó unos centímetros.
Elias contuvo el aliento.
Detrás de la piedra había una caja de hierro, cubierta de polvo y protegida por una tela encerada.
Silas la sacó con cuidado.
La cerradura tenía una combinación de cuatro números.
—¿Y ahora? —preguntó Elias.
Eleanor miró la placa.
—Prueba con el año de la construcción y el día de la muerte de tu padre.
Silas negó con la cabeza.
—No sabemos la fecha exacta en que murió.
—Sí la sabemos —dijo Eleanor—. Fue el 17 de febrero de 1882.
Silas introdujo los números.
La caja se abrió.
Dentro había un testamento, varios contratos, una libreta de cuentas y un sobre sellado con el escudo familiar.
Silas tomó primero el testamento.
El documento estaba firmado por su padre y por dos testigos. Establecía que las tierras de los Hayes no podían venderse ni transferirse sin el consentimiento de todos los herederos directos.
También reconocía a Edward como el principal beneficiario de los derechos minerales.
Y contenía una cláusula adicional.
Si Edward moría, sus derechos pasarían a su hijo legítimo.
Daniel Hayes.
Silas sintió que las manos le temblaban.
La fortuna nunca había pertenecido a Crowe.
Tampoco a Robert.
Pertenecía al niño que dormía en brazos de Cora.
—Lo encontramos —susurró Elias.
Silas no sonrió.
Porque la libreta de cuentas revelaba algo todavía peor.
Durante años, Robert había utilizado el nombre de la familia para obtener préstamos, falsificar escrituras y transferir dinero a empresas controladas por Crowe. Cada operación llevaba una firma que parecía auténtica.
Pero al final de la libreta había una página distinta.
Allí aparecía una lista de pagos realizados después de la muerte del padre de Silas.
El último pago había sido registrado tres días antes del incendio.
*Destinatario: Nathaniel Crowe.*
*Concepto: eliminación de obstáculos familiares.*
Silas cerró los ojos.
Ya no había dudas.
Su tío había participado en la conspiración.
—Tenemos que llevar esto al juez —dijo Elias.
Eleanor tomó el sobre sellado.
—Antes debemos leer la carta.
Silas rompió el sello.
La letra de su padre llenaba varias páginas.
La primera línea hizo que sintiera un escalofrío.
Para mis hijos, si alguno de ustedes llega a descubrir lo que he escondido.
Silas leyó en voz alta.
Su padre explicaba que había descubierto las irregularidades de Robert años antes, pero que no había podido denunciarlo porque varias de las firmas falsificadas pertenecían a miembros de la familia.
Había intentado reunir pruebas.
Robert se había enterado.
Y poco después, el padre de Silas enfermó de manera repentina.
La carta no acusaba directamente a Robert de haberlo envenenado, pero describía una serie de hechos que resultaban inquietantes: medicinas sustituidas, visitas nocturnas y documentos que desaparecían de su escritorio.
Silas sintió que se le revolvía el estómago.
—¿Crees que Robert lo mató? —preguntó Elias.
—No lo sé.
Eleanor continuó leyendo la última página.
Allí, el padre de Silas había escrito algo que ninguno esperaba.
Si Robert consigue destruirme, no confíen en Nathaniel Crowe. Pero tampoco crean que Crowe actúa por su cuenta. Hay una tercera persona que financia sus operaciones y que desea controlar las tierras de los Hayes sin aparecer en ningún documento.
Silas recordó la nota que había encontrado en la caja.
Busca al hombre que no aparece en los registros.
Elias se acercó a la ventana.
—¿Quién podría ser?
Antes de que Silas respondiera, una voz surgió desde la puerta.
—Yo.
Los tres se volvieron.
Nathaniel Crowe estaba en la entrada, acompañado por cuatro hombres armados.
A su lado se encontraba Robert Hayes.
El tío de Silas llevaba un abrigo elegante y un bastón de madera oscura. Su cabello gris estaba perfectamente peinado y su rostro mostraba una calma que resultaba más aterradora que la furia de Crowe.
—Buenas noches, sobrino —dijo Robert—. Veo que finalmente encontraste la caja.
Silas levantó el rifle.
—No des un paso más.
Robert suspiró.
—Siempre fuiste el más impulsivo de los dos hermanos.
—¿Qué le hiciste a Edward?
—Intenté ayudarlo.
Silas soltó una risa sin humor.
—¿Llamas ayudar a ordenar un incendio?
Robert no se inmutó.
—Edward cometió errores. Se negó a entender que nuestra familia necesitaba adaptarse a los nuevos tiempos. Las tierras no valían nada mientras permanecieran en manos de un hombre que se negaba a explotarlas.
—Las tierras eran suyas.
—Las tierras pertenecían a la familia.
—Y tú intentaste robarlas.
Robert apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Intenté protegerlas de la ruina.
Eleanor dio un paso adelante.
—Me encerraste durante meses.
Robert la miró como si acabara de notar su presencia.
—Eleanor. Siempre tan dramática.
—Me dijiste que mi hijo estaba muerto.
—Era lo más conveniente.
Eleanor tembló de rabia.
—¿Conveniente para quién?
Robert sonrió.
—Para todos.
Silas apuntó el rifle hacia su tío.
—¿Dónde está el hombre que financia tus operaciones?
La sonrisa de Robert desapareció.
Por primera vez, mostró miedo.
No mucho.
Solo un destello.
Pero Silas lo vio.
Crowe también lo vio.
—Robert —dijo lentamente—, ¿de qué está hablando?
El hombre mayor no respondió.
Silas comprendió que había encontrado una grieta entre los dos conspiradores.
—Mi padre escribió que había una tercera persona. Alguien que financiaba todo sin aparecer en los documentos.
Robert miró a Crowe.
—No le hagas caso.
—¿Quién es? —insistió Crowe.
Robert apretó el bastón.
—Esto no es asunto tuyo.
Crowe dio un paso hacia él.
—He arriesgado mi fortuna y mi reputación por tus promesas durante años. Si existe otra persona detrás de todo esto, quiero saberlo ahora.
Robert levantó la barbilla.
—No tienes derecho a exigirme nada.
La expresión de Crowe se volvió feroz.
—Te recuerdo que fui yo quien pagó a los hombres que incendiaron la casa.
Silas sintió que el mundo se detenía.
Crowe acababa de confesarlo.
Eleanor cerró los ojos, horrorizada.
Elias, sin que nadie lo notara, se movió hacia la puerta lateral.
Pero Robert soltó una carcajada.
—¿Y crees que eso te convierte en el hombre más poderoso de esta habitación?
Crowe se quedó inmóvil.
Robert sacó del bolsillo interior de su abrigo un documento doblado.
—Tú creías que estabas comprando las tierras. Yo te dejé creerlo porque necesitaba tu dinero. Pero el contrato que firmaste hace cuatro años nunca tuvo validez.
Crowe palideció.
—¿Qué?
—Las tierras jamás fueron mías para venderlas. Todo lo que firmaste era una trampa.
Durante unos segundos, el silencio fue absoluto.
Después Crowe se lanzó contra Robert.
Los dos hombres cayeron sobre una banca, mientras los guardias intentaban separarlos.
Silas aprovechó la confusión para tomar el testamento y guardarlo dentro de su abrigo.
—¡Elias, la puerta lateral!
Elias corrió hacia la salida.
Pero antes de que pudiera alcanzarla, uno de los hombres de Crowe levantó su arma.
El disparo rompió el silencio de la capilla.
Elias cayó de rodillas.
Silas gritó su nombre.
Robert se incorporó lentamente y miró a su alrededor.
Su rostro había perdido toda expresión humana.
—Basta —ordenó.
Los hombres dejaron de moverse.
Robert se acercó a Silas.
—Dame el testamento.
Silas apretó los documentos contra el pecho.
—No.
Robert levantó el bastón y golpeó el rifle, desviándolo hacia el suelo.
Después sacó una pistola del bolsillo.
—No quiero matarte, sobrino. Pero si tengo que elegir entre tu vida y el futuro de esta familia, no cometeré el mismo error que tu padre.
Silas lo miró con odio.
—Tú nunca quisiste a esta familia.
Robert apretó el gatillo.
Pero antes de que pudiera disparar, Eleanor se lanzó contra él.
La bala se incrustó en el techo.
Silas golpeó a su tío y consiguió arrebatarle la pistola. Crowe intentó escapar por la puerta principal, pero Elias, herido y apoyado contra la pared, levantó su propia arma y le apuntó.
—¡Ni un paso más!
Crowe se detuvo.
Durante unos segundos, todos quedaron inmóviles.
Entonces Robert sonrió.
Una sonrisa lenta, calculada.
—Creen que han ganado —dijo—. Pero no entienden nada.
Silas lo sujetó por el cuello del abrigo.
—¿Qué más hay?
Robert miró hacia la ventana.
—El niño no es el único heredero.
Eleanor palideció.
—¿Qué estás diciendo?
Robert volvió la mirada hacia ella.
—Que tu esposo tuvo otro hijo.
Silas sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Edward solo tuvo a Daniel.
Robert negó lentamente con la cabeza.
—Eso es lo que te hicieron creer.
Después miró a Eleanor y pronunció un nombre que hizo que la mujer dejara de respirar.
—Isabel.
Eleanor se cubrió la boca.
Las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas.
—No...
Robert soltó una carcajada.
—¿Nunca te preguntaste por qué desapareció la mujer que ayudó a Edward durante el incendio? ¿Por qué nadie pudo encontrarla? ¿Por qué Thomas recibió órdenes de proteger a un niño y no a los dos?
Silas apretó los puños.
—¿Dónde está esa niña?
Robert sonrió.
—Si quieren conocer la verdad, tendrán que encontrarla antes que yo.
En ese instante, desde el exterior llegó el sonido de varios caballos.
Después se escuchó una voz masculina que nadie había oído aquella noche.
—¡Robert Hayes! ¡Nathaniel Crowe! ¡Quedan arrestados por fraude, secuestro y conspiración!
Silas miró hacia la puerta.
Un grupo de agentes federales entró en la capilla con las armas levantadas.
Al frente caminaba un hombre de barba gris, vestido con un abrigo azul oscuro.
Robert perdió el color del rostro.
Crowe comenzó a retroceder.
El hombre se quitó el sombrero.
Y cuando Eleanor lo vio, dejó escapar un grito.
—¡Edward!
Silas se quedó inmóvil.
El hombre que había creído muerto durante casi tres años estaba de pie en la entrada de la capilla.
Más viejo.
Más delgado.
Pero vivo.
Edward Hayes miró a su hermano y sonrió con tristeza.
—Perdóname por tardar tanto, Silas.
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Después volvió la mirada hacia Robert.
—Ahora vamos a terminar lo que empezaste.