Chapter 8: La madre biológica exigió lo que la madre de corazón no estaba dispuesta a entregar
Eleanor Hayes lloró al ver a Samuel, pero no intentó arrebatárselo a Cora.
Se quedó a unos pasos de distancia, con las manos temblorosas y los ojos fijos en el rostro del bebé.
—Déjame verlo —susurró.
Cora apretó los labios.
—¿Dónde has estado durante tres años?
La pregunta cayó sobre el grupo con más fuerza que un disparo.
Eleanor bajó la mirada.
—Es una historia larga.
—Entonces empieza a contarla.
Thomas intentó incorporarse, pero Silas lo detuvo.
—Déjala hablar.
Eleanor se quitó los guantes.
Tenía las manos llenas de pequeñas cicatrices.
—Después del incendio, Robert me encontró entre los restos de la casa. Estaba herida y no podía caminar. Me llevó a una propiedad suya y me dijo que Edward había muerto, que mi hijo también había muerto y que yo debía aceptar lo ocurrido.
Cora negó lentamente con la cabeza.
—¿Y le creíste?
—Durante un tiempo, sí.
Eleanor tragó saliva.
—Estaba enferma, asustada y no tenía a nadie. Robert contrató a un médico y me mantuvo encerrada bajo el pretexto de que necesitaba recuperarme. Me decía que, si intentaba escapar, las autoridades me arrestarían por el incendio.
Silas apretó la mandíbula.
—¿Por qué no escribiste a nadie?
—Porque Robert controlaba mi correspondencia. Cada carta que enviaba desaparecía. Cada persona que intentaba ayudarme dejaba de aparecer por la casa.
Eleanor miró a Thomas.
—Hasta que una sirvienta me contó que había visto a un niño con una marca en el hombro. Comprendí que Daniel seguía vivo.
Cora miró a Samuel.
—¿Cómo escapaste?
—Hace seis meses, la sirvienta me ayudó a salir por una puerta trasera. Viajé a una población cercana y me escondí con una familia que no hacía preguntas. Después conseguí trabajo cosiendo ropa y reuní suficiente dinero para llegar a Montana.
—¿Y por qué esperaste hasta ahora para buscar a tu hijo? —preguntó Cora.
Eleanor recibió la pregunta sin protestar.
—Porque no sabía dónde estaba. Y porque Robert me había convencido de que Thomas había muerto.
Thomas cerró los ojos.
—Robert siempre fue un buen mentiroso.
—Sí —respondió Eleanor—. Y yo fui demasiado ingenua para comprenderlo.
Cora respiró hondo.
—¿Sabías que Thomas y yo estábamos casados?
—Sí.
—¿Sabías que yo creía que Daniel era mi hijo?
Eleanor tardó en responder.
—Thomas me escribió que te había contado la verdad sobre su origen.
Cora soltó una risa amarga.
—Pues no lo hizo.
Eleanor palideció.
—Entonces te pido perdón.
Cora la miró con una mezcla de dolor y furia.
—¿Sabes qué es lo que más me duele? No es que quieras recuperar a tu hijo. Es que llegues después de tres años y pienses que puedes explicar todo con una disculpa.
Eleanor no intentó defenderse.
—Tienes razón.
Samuel comenzó a llorar.
Eleanor dio un paso instintivo hacia él, pero se detuvo al ver que Cora lo acomodaba contra su pecho.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo la recién llegada.
Cora no respondió.
—¿Lo has amado?
La pregunta la desarmó.
Cora bajó la mirada hacia el bebé.
—Lo amo más que a mi propia vida.
Eleanor comenzó a llorar.
—Entonces has hecho por él algo que yo no pude hacer.
Cora negó con la cabeza.
—No. Yo solo lo cuidé cuando tú no podías.
—Eso es ser madre, Cora.
El silencio se extendió entre ellas.
Por primera vez, Cora vio algo distinto en los ojos de Eleanor.
No había arrogancia.
No había exigencia.
Solo una mujer que había perdido tres años de la vida de su hijo y que ahora temía que el mundo volviera a quitárselo.
Cora aflojó lentamente los brazos.
—Puedes acercarte.
Eleanor dio un paso.
Después otro.
Cuando llegó frente a Samuel, se arrodilló sobre la nieve y le acarició la mejilla con un dedo.
El niño abrió los ojos.
Durante unos segundos, la miró sin comprender.
Después dejó de llorar.
Eleanor se cubrió la boca.
—Hola, mi amor —susurró—. Soy tu mamá.
Cora apartó la mirada.
No podía soportar aquella escena sin sentir que algo dentro de ella se rompía.
Silas se acercó y le ofreció una mano.
Ella la aceptó.
—No voy a abandonarlo —susurró Cora.
—Nadie te está pidiendo que lo hagas.
—Pero ella es su madre.
Silas la miró con firmeza.
—Y tú eres la mujer que lo mantuvo vivo. Nadie puede borrar eso.
Cora comenzó a llorar.
Silas la abrazó mientras Eleanor permanecía arrodillada junto al niño.
Durante un instante, pareció que la verdad había llegado para cerrar una herida.
Entonces Eleanor levantó la cabeza.
—Hay algo que todos deben saber.
Su expresión cambió.
El miedo sustituyó a la ternura.
—Robert sabe que estoy viva.
Silas soltó a Cora.
—¿Cómo?
—Porque ayer recibí una carta. Me dijo que había encontrado a Samuel y que, si no acudía a la antigua propiedad de los Hayes, mataría a todos los que me habían ayudado.
Elias maldijo en voz baja.
—Nos estaba esperando.
Eleanor asintió.
—Y no viene solo.
Se refugiaron en una cabaña de pastores abandonada mientras Silas y Elias examinaban los alrededores.
Thomas necesitaba descansar. Cora seguía débil y Samuel tenía hambre. Eleanor preparó agua caliente y buscó una manta seca para el pequeño.
Por primera vez desde que había llegado, no intentó separarlo de Cora.
Cuando el bebé terminó de alimentarse, Eleanor lo sostuvo unos minutos mientras Cora descansaba.
—Tiene los ojos de Edward —dijo en voz baja.
Cora sonrió tristemente.
—Y el carácter de Thomas, cuando no quiere dormir.
Eleanor soltó una pequeña risa.
—Edward también era así. Podía pasar horas despierto mirando por la ventana, como si estuviera esperando que alguien llegara.
Cora la observó.
—¿Lo amabas?
Eleanor levantó la mirada.
—Más de lo que supe demostrar.
—¿Y él te amaba?
Eleanor acarició la frente del niño.
—Sí. Pero tenía miedo de que yo terminara pagando por sus errores.
Cora permaneció callada.
Después preguntó lo que llevaba años queriendo saber.
—¿Por qué nunca regresaste por él?
Eleanor dejó de acariciar al bebé.
—Porque creí que no podía hacerlo.
—Eso no es una respuesta.
—Lo sé.
La mujer respiró hondo.
—Cuando escapé de Robert, descubrí que estaba embarazada otra vez.
Cora abrió los ojos.
—¿Otra vez?
Eleanor asintió.
—No sabía si el bebé sobreviviría. El médico que me atendió en el pueblo me dijo que debía guardar reposo y evitar viajes largos. Cuando nació, no lloró.
Se le quebró la voz.
—Mi hija murió al día siguiente.
Cora se quedó inmóvil.
Eleanor continuó, casi en un susurro.
—Después de eso, pasé semanas sin poder levantarme de la cama. Pensaba que, si regresaba por Daniel y Robert me encontraba, también lo perdería a él. Me convencí de que mantenerme lejos era la única forma de protegerlo.
Cora sintió un dolor familiar en el pecho.
Ella también había perdido una hija.
Conocía el silencio de una casa después de una muerte. Conocía la sensación de mirar una cuna vacía y preguntarse qué habría hecho distinto.
—Lo siento —susurró.
Eleanor la miró.
—No tienes que sentirlo por mí.
—Sí tengo. Porque ahora entiendo por qué te escondiste. Pero no puedo dejar de pensar en todo lo que Daniel perdió mientras tú intentabas sobrevivir.
Eleanor bajó la cabeza.
—Lo sé.
Cora extendió una mano y le tocó el hombro.
—No podemos recuperar esos años. Pero podemos intentar que no pierda los que vienen.
Eleanor la miró con una esperanza cautelosa.
—¿Me dejarías quedarme cerca de él?
Cora no respondió de inmediato.
—Si eso significa mantenerlo a salvo, sí.
La respuesta no era una renuncia.
Tampoco era una reconciliación completa.
Era el comienzo de algo que ninguna de las dos sabía cómo construir.
Pero ambas comprendían que el niño no podía pagar por los errores de los adultos.
Al caer la tarde, Silas regresó con noticias.
—Hay tres jinetes en el camino principal y otros dos vigilando la antigua propiedad.
Eleanor palideció.
—Robert está allí.
—¿Estás segura?
—Siempre prefería trabajar desde la casa vieja. Decía que mi suegro había escondido algo debajo de la capilla.
Silas recordó la carta de Edward.
Donde su padre enterró el secreto de nuestra familia.
La capilla.
Todo empezaba a encajar.
—Tenemos que llegar antes que él —dijo.
Thomas intentó levantarse.
—No puedes enfrentarte a Robert sin saber qué busca.
Silas miró a su tío ausente en su imaginación, recordando los años en que aquel hombre había sido una figura respetada dentro de la familia.
—Sé lo suficiente.
Eleanor negó con la cabeza.
—No. No lo sabes.
Se acercó a la mesa y colocó una pequeña medalla de plata sobre la madera.
Era la misma que Silas había encontrado en la bolsa de cuero de Thomas.
—Mi suegro me la entregó la noche antes de morir. Me dijo que debía conservarla hasta que Daniel estuviera a salvo.
Silas tomó la medalla.
En el reverso había un número grabado.
*1847.*
—¿Qué significa? —preguntó Elias.
Eleanor miró a Silas.
—El año en que se construyó la capilla. Pero el número también abre una caja dentro del altar.
Silas sintió que el pulso se le aceleraba.
—¿Qué hay dentro?
—Los documentos originales de las tierras. Y una carta que tu padre escribió antes de morir.
Cora abrazó a Samuel.
—Entonces, si encontramos esa caja, podremos demostrar lo que hizo Robert.
—Sí —respondió Eleanor—. Pero hay algo que no les he contado.
Todos la miraron.
La mujer tragó saliva.
—Robert no quiere solamente los documentos. Quiere una carta que prueba que Samuel tiene un derecho sobre unas tierras que valen mucho más de lo que cualquiera de ustedes imagina.
Silas frunció el ceño.
—¿Cuánto más?
Eleanor bajó la voz.
—Bajo esas tierras se descubrió un yacimiento de plata. Mi suegro lo mantuvo en secreto porque sabía que los inversionistas intentarían arrebatárselo a la familia.
Elias soltó una exclamación.
La disputa ya no se trataba de una propiedad cualquiera.
Se trataba de una fortuna que podía cambiar la vida de generaciones enteras.
Silas guardó la medalla en su bolsillo.
—Entonces iremos a la capilla esta noche.
Cora se levantó.
—Voy contigo.
—No.
—Silas...
—Esta vez no. Necesito que te quedes con Samuel y Thomas.
Cora apretó los labios.
—No pienso volver a esconderme.
Silas se acercó y le tomó las manos.
—No te estoy pidiendo que te escondas. Te estoy pidiendo que protejas al niño mientras nosotros buscamos las pruebas que pueden salvarlo.
Cora miró a Samuel.
Después asintió.
—Pero regresen.
Silas le besó la frente.
—Voy a regresar.
Eleanor se acercó a ellos.
—Yo también iré.
Silas negó con la cabeza.
—Robert te está buscando.
—Precisamente por eso debo estar allí. Si encuentra los documentos, los destruirá. Si me ve, quizá cometa el error de creer que todavía puede controlarme.
Silas comprendió que no lograría hacerla cambiar de opinión.
—Entonces nos mantendremos juntos.
Cuando salieron de la cabaña, la noche comenzaba a cubrir las montañas.
Ninguno de ellos vio al hombre que los observaba desde detrás de los pinos.
Llevaba un abrigo oscuro y una insignia plateada oculta bajo la solapa.
Esperó hasta que los cuatro desaparecieron por el sendero.
Después sacó un pequeño cuaderno y escribió una sola frase.
Eleanor está viva. El niño también.
Arrancó la hoja.
La dobló cuidadosamente y la guardó en el bolsillo.
Luego montó a caballo y se dirigió hacia la antigua propiedad de los Hayes.
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Porque Nathaniel Crowe no era el único hombre que quería aquella fortuna.
Y Robert Hayes no era el único que había esperado durante años para reclamarla.