Chapter 4: La traición que llevaba el nombre de una madre
Silas Hayes estaba dispuesto a enfrentarse a Nathaniel Crowe, pero jamás imaginó que la primera persona en destruir sus certezas sería la mujer por la que estaba arriesgando la vida.
—¿Qué sabes de Cora Whitfield? —repitió, mirando fijamente a Elias.
El joven permaneció junto a la ventana de la fonda, con el rostro endurecido y las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo.
—Sé que Thomas la amaba.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es todo lo que puedo decirte sin una prueba.
Silas golpeó la mesa con la palma.
—¡Esa mujer acaba de dar a luz en una cabaña congelada! Casi muere tratando de traer a su hijo al mundo. Ahora Crowe la tiene secuestrada y tú pretendes decirme que no sabes nada.
Elias bajó la mirada.
—No quiero que la juzgues antes de conocer la historia completa.
—Entonces cuéntamela.
El joven respiró profundamente.
—Hace cuatro años, Thomas Whitfield llegó a Helena con una mujer embarazada. No era Cora.
Silas se quedó inmóvil.
—¿Quién era?
—No lo sé. Thomas jamás me dijo su nombre. Solo sé que esa mujer tenía un niño pequeño y que Edward Hayes la estaba buscando.
Silas sintió que algo se quebraba dentro de él.
—¿Mi hermano conocía a Thomas?
—Mucho antes de que tú escucharas hablar de él.
Elias sacó de su bolsillo un papel doblado. Era una copia de un registro antiguo, con los bordes desgastados y varias manchas de tinta.
—Lo encontré entre las pertenencias de Thomas. No entendí su importancia hasta que vi la marca del bebé.
Silas tomó el documento.
En la parte superior aparecía el nombre de un hospital de Helena. Debajo figuraban dos fechas, una firma y una anotación que alguien había intentado borrar.
La fecha correspondía a tres años atrás.
Y el nombre de la madre era Eleanor Hayes.
Silas sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Eleanor —murmuró.
Su hermano había tenido una esposa llamada Eleanor.
No era una sospecha ni un rumor.
Era un registro.
—¿Por qué Thomas tenía esto?
—Porque recibió instrucciones de Edward.
Silas volvió a leer el documento.
—¿Y Cora?
Elias tardó en responder.
—Cora llegó a la vida de Thomas después de que la otra mujer desapareciera.
—¿Estás diciendo que ella no es la madre de Samuel?
—No. Estoy diciendo que no sé si lo es.
Silas sintió una furia repentina.
—La vi dar a luz.
—Lo sé.
—Vi cómo protegía al niño cuando apenas podía respirar. Vi cómo lloraba al creer que podía perderlo. ¿Crees que fingía todo eso?
—No. Creo que una mujer puede amar a un niño aunque no lo haya dado a luz.
Silas apretó el papel.
Aquella posibilidad era demasiado dolorosa para ignorarla.
Pero también demasiado peligrosa para aceptarla sin pruebas.
—¿Dónde está Eleanor? —preguntó.
Elias negó con la cabeza.
—Desapareció la noche del incendio. Thomas se llevó al niño y se escondió. Después apareció Cora. No sé cómo se conocieron ni qué ocurrió entre ellos.
—¿Y mi hermano?
—Edward intentó encontrarlos. Cuando supo que Crowe estaba siguiendo sus pasos, decidió desaparecer también.
Silas miró la fotografía guardada en su abrigo.
El niño sentado sobre las rodillas de Edward tenía la misma marca de nacimiento que Samuel.
Pero si Eleanor había desaparecido, si Thomas había criado al niño y si Cora había llegado después, ¿por qué Crowe estaba tan desesperado por recuperar al bebé?
—¿Qué gana Crowe con Samuel? —preguntó.
Elias respondió sin vacilar.
—El control de las tierras de los Hayes. Si Edward murió sin un heredero reconocido, Crowe puede quedarse con los derechos que compró mediante documentos falsificados.
—¿Y si Samuel está vivo?
—Entonces los documentos no sirven de nada.
Silas comprendió el verdadero motivo de la persecución.
Crowe no quería llevarse a un niño.
Quería borrar a un heredero.
Y para conseguirlo, necesitaba que nadie pudiera demostrar quién era Samuel.
A las diez de la noche, Silas abandonó la fonda con la carta de Edward escondida dentro del forro de su abrigo.
No pensaba entregársela a Crowe.
Había escrito una copia de los párrafos más importantes y la había dejado con Margaret Bell, junto con instrucciones para llevarla al médico de Alder Creek si él no regresaba antes del amanecer.
Elias insistió en acompañarlo.
Silas se negó.
—Crowe pidió que fuera solo.
—Crowe también pidió a Cora y al niño. ¿Vas a obedecer todas sus órdenes?
—No.
—Entonces déjame ayudarte.
Silas lo miró durante un largo instante.
Finalmente, le entregó una pequeña llave.
—Ve a la herrería. Detrás del horno hay una caja de hierro. Ábrela y saca todo lo que encuentres.
Si no regreso, lleva los documentos al juez del condado de Helena. No al sheriff.
—¿Qué documentos?
—Los que mi hermano escondió antes de morir.
Elias palideció.
—¿Tienes más pruebas?
—Todavía no sé qué prueban.
Silas ajustó su abrigo.
—Pero Crowe tiene miedo de que las encontremos.
Después echó a andar hacia la estación abandonada.
La estación había quedado fuera de servicio cuando la compañía ferroviaria cambió la ruta de sus trenes. Las ventanas estaban rotas, las paredes se inclinaban y las vías terminaban en un montón de madera podrida.
Silas llegó a las once y media.
No encontró a nadie en el andén.
Entró por una puerta lateral y escuchó una voz al fondo.
—Puntual, como su hermano.
Nathaniel Crowe apareció bajo una lámpara de aceite.
Llevaba el mismo abrigo negro y el mismo anillo de oro que Cora había descrito. Su rostro delgado parecía demasiado tranquilo para un hombre que había secuestrado a una mujer recién parida y a un bebé.
—¿Dónde están? —preguntó Silas.
Crowe sonrió.
—Siempre tan directo. Edward también tenía ese defecto.
—No pronuncies su nombre.
—¿Por qué? ¿Porque te duele recordar que nunca te contó la verdad?
Silas levantó ligeramente el rifle.
Crowe no se inmutó.
—Si dispara, no volverá a ver al niño.
Un movimiento detrás de una columna llamó la atención de Silas.
Dos hombres armados custodiaban una puerta.
Desde el otro lado llegó un llanto débil.
Samuel.
Silas tuvo que hacer un esfuerzo para no lanzarse contra ellos.
—Déjalos salir.
—La carta primero.
—Quiero ver a Cora.
Crowe hizo una señal.
Uno de sus hombres abrió la puerta.
Cora apareció con Samuel en brazos. Tenía el cabello revuelto y una mancha de sangre seca en la manga. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos seguían llenos de determinación.
Al ver a Silas, negó lentamente con la cabeza.
No entregues la carta.
Él comprendió el mensaje.
—¿Está herida? —preguntó.
—No de gravedad —respondió Crowe—. Aunque la maternidad parece haberla dejado bastante debilitada.
Cora lo miró con desprecio.
—No te atrevas a hablar de mi hijo.
Crowe sonrió.
—¿Tu hijo? Qué curioso. Hace unos años, otro niño ocupaba tus brazos, y no era tuyo.
Silas sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Cora cerró los ojos.
La reacción fue suficiente.
Crowe acababa de confirmar que sabía algo que ella había ocultado.
—¿Qué está diciendo? —preguntó Silas.
—Nada que ella no pueda explicarte.
Cora apretó a Samuel contra su pecho.
—No lo escuches.
—Cora, necesito saber la verdad.
Ella lo miró con lágrimas en los ojos.
—Lo sé.
Crowe extendió la mano.
—La carta, señor Hayes.
Silas sacó el sobre de su abrigo, pero no lo soltó.
—Primero vas a decirme qué pasó con mi hermano.
Por primera vez, la sonrisa de Crowe desapareció.
—Edward cometió el error de pensar que la justicia era más fuerte que el dinero.
—¿Lo mataste?
—Yo no lo maté.
Silas sintió que una parte de su rabia se desmoronaba, dejando algo más frío debajo.
—Entonces, ¿dónde está?
Crowe miró hacia la puerta por la que había salido Cora.
—Pregúnteselo a ella.
Cora soltó un grito.
—¡No!
Uno de los hombres la sujetó del brazo.
Samuel comenzó a llorar.
Silas dio un paso adelante, pero Crowe levantó una mano.
—Despacio. No queremos que nadie salga lastimado.
—Suéltala.
—La soltaré cuando tengamos un acuerdo.
Crowe se acercó a Silas.
—Entrégame la carta y te dejaré marchar con la señora Whitfield. El niño se quedará conmigo hasta que pueda verificar su identidad.
—Quieres matarlo.
—Quiero proteger mis intereses.
—Es un bebé.
—Es un heredero.
La frialdad de la respuesta le produjo a Silas más asco que cualquier insulto.
Crowe extendió de nuevo la mano.
Silas dejó caer el sobre al suelo.
El hombre lo recogió y rompió el sello.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Su expresión cambió.
—¿Qué es esto?
—Una copia.
Crowe levantó la mirada.
Silas sonrió por primera vez aquella noche.
—La original está en otro lugar.
El rostro de Crowe se endureció.
—¿Dónde?
—En un sitio al que no podrás llegar si nos haces daño.
Crowe lo observó con un odio contenido.
—Tiene la misma arrogancia de Edward.
—Y tú tienes la misma cobardía de siempre.
Durante un instante, ninguno se movió.
Entonces se escuchó un disparo.
La lámpara de aceite estalló contra el suelo.
La estación quedó sumida en la oscuridad.
Cora gritó.
Alguien cayó sobre las tablas.
Silas se lanzó hacia la puerta donde había visto a la mujer y al niño.
Pero antes de alcanzarlos, sintió un golpe en la espalda y perdió el equilibrio.
Cuando consiguió levantarse, la puerta estaba abierta.
Cora había desaparecido.
Samuel también.
Y en el suelo, junto a una mancha de aceite, encontró un pequeño papel que no había estado allí antes.
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Solo contenía cinco palabras.
Tu hermano sigue vivo, Silas.
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