Chapter 6: La caja de hierro y el juramento de Edward
A las cuatro de la madrugada, Silas Hayes consiguió salir de la habitación donde lo habían encerrado.
No tuvo que romper una ventana ni enfrentarse a los guardias.
Solo necesitó paciencia.
Había escuchado los pasos del sheriff durante casi una hora, hasta que el hombre se alejó por el pasillo y dejó la llave en la cerradura de la puerta contigua. Silas esperó unos minutos más, liberó el último tramo de cuerda que aún llevaba en la muñeca y abrió la puerta con cuidado.
El pasillo estaba vacío.
Avanzó hasta una escalera y bajó al primer piso.
La oficina del sheriff se encontraba al final de un corredor. Desde allí llegaban voces apagadas.
—No podemos mantenerlo encerrado para siempre —decía uno de los hombres.
—No hace falta —respondió Crowe—. Solo necesitamos que firme.
—¿Y si no lo hace?
Hubo una pausa.
—Entonces nos desharemos de él.
Silas apretó los dientes.
Crowe no pretendía dejarlo marchar.
Y, si tenía razón, Cora y Samuel tampoco volverían a ser libres mientras aquel hombre siguiera controlando el pueblo.
Silas se deslizó hacia la puerta trasera de la oficina y salió al callejón.
La nieve había comenzado a caer otra vez.
Corrió hasta la herrería, donde encontró una ventana abierta y una lámpara encendida detrás del horno. Recordó las instrucciones que le había dado a Elias y buscó la caja de hierro.
Estaba allí.
Era pequeña, pesada y tenía una cerradura antigua.
Silas utilizó la llave que había conservado de su padre.
El mecanismo cedió con un chasquido.
Dentro había documentos, varias fotografías y un sobre con el sello de la familia Hayes.
Silas tomó la primera hoja.
Era una copia de un contrato de compraventa de tierras, fechado hacía cuatro años. En el documento, Edward Hayes había transferido temporalmente ciertos derechos a un fideicomiso familiar para protegerlos de acreedores.
La firma que aparecía al final parecía auténtica.
Pero la fecha estaba alterada.
Silas acercó el papel a la lámpara.
La tinta utilizada en la última línea era distinta de la del resto del documento.
Alguien había añadido una cláusula después de que Edward lo firmara.
Una cláusula que otorgaba a Nathaniel Crowe el derecho de reclamar la propiedad si todos los herederos directos de los Hayes morían sin descendencia reconocida.
Silas sintió que la rabia se le convertía en una certeza helada.
Crowe había preparado el terreno mucho antes del incendio.
No había improvisado.
Había construido una trampa.
Debajo del contrato encontró una fotografía de su padre, Edward y un tercer hombre.
El rostro del tercero estaba parcialmente cubierto por una mancha de humedad, pero Silas reconoció el anillo que llevaba en la mano.
Era idéntico al de Nathaniel Crowe.
En el reverso había una fecha y una frase escrita por Edward.
Si algo me sucede, busca al hombre que no aparece en los registros.
Silas dejó la fotografía sobre la mesa.
¿Qué hombre?
¿Qué registros?
Antes de que pudiera examinar los demás documentos, escuchó un golpe en la puerta.
Se volvió con el rifle levantado.
—¿Silas?
Era Elias.
Silas abrió.
Cora estaba detrás de él, con Samuel envuelto en varias mantas.
Por un instante, ninguno habló.
Después Silas dejó el rifle contra la pared y se acercó a ella.
—Creí que te había perdido.
Cora comenzó a llorar.
—Yo también.
Silas la abrazó con cuidado, temeroso de lastimarla. Después miró al pequeño.
Samuel dormía, ajeno al peligro que había puesto en movimiento a tantos adultos.
—¿Está bien?
—Sí —susurró Cora—. Solo tiene hambre y frío.
Silas acarició suavemente la cabeza del niño.
—Vamos a sacarlos de aquí.
Cora le sujetó el brazo.
—Silas, hay algo que debes saber sobre Edward.
Él levantó la mirada.
—Elias me contó lo de Eleanor.
Cora asintió.
—Pero hay otra cosa. Thomas no fue el único que ayudó a esconder al niño. Edward tenía un aliado dentro de la familia Hayes.
Silas recordó la fotografía.
—¿Quién?
Cora negó con la cabeza.
—No conozco su nombre. Solo sé que Edward decía que era el único hombre en quien podía confiar.
Silas sintió un escalofrío.
Su padre había muerto antes del incendio. Su hermano había desaparecido. Él llevaba años viviendo lejos de Helena.
¿Quién quedaba?
—¿Podría ser un primo? —preguntó Elias.
Silas no respondió.
Tenía pocos familiares vivos, y la mayoría había abandonado Montana después de la disputa por las tierras.
Pero uno de ellos seguía en Helena.
Su tío, Robert Hayes.
El hombre que había administrado los bienes familiares después de la muerte de su padre.
El mismo hombre que había firmado el certificado que declaraba muerto a Edward.
Silas sintió que el estómago se le cerraba.
—Tenemos que ir a Helena.
Cora lo miró con incredulidad.
—¿Ahora?
—En cuanto encontremos una forma de sacar a Crowe del pueblo.
Elias colocó los documentos sobre la mesa.
—Hay algo que debes ver primero.
Sacó del fondo de la caja un sobre más pequeño, sellado con cera negra.
En el frente aparecía el nombre de Silas.
No había duda de que la letra pertenecía a Edward.
Silas rompió el sello.
Dentro encontró una sola página.
Hermano:
Si estás leyendo esto, significa que no pude regresar a casa. No confíes en el informe de mi muerte ni en los documentos que firmó Robert. El incendio fue una distracción. Eleanor y yo descubrimos que alguien estaba vendiendo información sobre nuestra familia a Crowe.
Silas sintió que las manos le temblaban.
Continuó leyendo.
No sé cuánto tiempo podré mantener a Daniel a salvo. Thomas ha aceptado protegerlo, pero no puedo pedirle que arriesgue su vida para siempre. Si algún día encuentras al niño, recuerda que su existencia no es una maldición ni una carga. Es la prueba de que nuestra familia todavía tiene una oportunidad de recuperar lo que perdió.
Al final de la carta había una frase escrita con tinta más oscura.
Si Robert sigue vivo, no le entregues al niño. Él sabe dónde está Eleanor.
Silas levantó la cabeza.
Cora lo observaba con lágrimas en los ojos.
—¿Qué dice?
Él le entregó la carta.
Cora leyó cada línea y tuvo que apoyarse contra la mesa.
—Entonces Robert sabe dónde está Eleanor.
—Eso parece.
Elias tomó la fotografía que habían encontrado en la caja.
—Y quizá también sepa dónde está Edward.
Silas miró los documentos.
Por primera vez, la historia comenzaba a tener una forma clara.
Crowe había manipulado los registros.
Robert había firmado el certificado de defunción.
Edward había desaparecido para proteger a su hijo.
Y Thomas había mantenido al niño oculto durante años, incluso cuando eso significaba vivir lejos de cualquier lugar seguro.
Pero aún no sabían por qué Cora había terminado dando a luz en una cabaña congelada.
Ni por qué Thomas había salido en busca de ayuda y nunca había regresado.
—Necesitamos encontrar a Robert —dijo Silas.
Cora negó con la cabeza.
—No podemos ir a Helena sin recuperar primero a Thomas.
Silas la miró.
—Crowe tiene hombres vigilando todas las salidas. Si intentamos rescatarlo sin un plan, perderemos la oportunidad de encontrar a Edward.
—¿Y si Thomas muere mientras nosotros buscamos documentos?
La pregunta lo dejó sin respuesta.
Cora se acercó.
—Silas, ese hombre me encontró cuando yo no tenía nada. Me dio un hogar después de perder a mi hija. Me enseñó a cuidar de Daniel cuando yo no sabía cómo acercarme a él sin sentir miedo de que algo malo le ocurriera.
Se le quebró la voz.
—No voy a abandonarlo.
Silas observó su rostro.
Comprendió que no podía pedirle que hiciera algo que él mismo no habría hecho por su hermano.
—Está bien —dijo—. Primero rescataremos a Thomas.
Elias asintió.
—La mina tiene dos entradas. La principal está bloqueada, pero existe un túnel de ventilación en la ladera norte. Si conseguimos llegar hasta allí, quizá podamos entrar sin que los hombres de Crowe nos vean.
—¿Cuántos guardias hay?
—Vi dos. Pero podría haber más.
Silas recogió la barra de hierro, las lámparas y una cuerda.
—Entonces no iremos a ciegas.
Cora se acomodó a Samuel en brazos.
—¿Qué hago yo?
Silas la miró con seriedad.
—Te quedarás en un lugar seguro.
Ella negó inmediatamente.
—No.
—Cora...
—No pienso volver a esconderme mientras otros deciden el destino de mi familia.
Silas respiró hondo.
—Acabas de dar a luz. Apenas puedes caminar.
—Y tú acabas de pasar la noche golpeado y atado a una silla. Ninguno está en condiciones de hacer esto, pero Thomas sigue allá afuera.
Elias intentó intervenir.
—Señora Whitfield, Silas tiene razón. Si algo sale mal...
—Si algo sale mal, quiero estar cerca de las personas que amo.
La frase quedó suspendida entre ellos.
Silas la miró durante un largo momento.
Después tomó una manta gruesa y se la colocó sobre los hombros.
—No vas a entrar en la mina. Te quedarás en la entrada norte, con Samuel y una lámpara. Si escuchas tres golpes, te alejas de inmediato y buscas refugio en el bosque.
Cora asintió.
—De acuerdo.
—Y si aparece Crowe, no intentes enfrentarte a él.
Ella levantó la barbilla.
—Eso tendrás que prometérmelo tú también.
Silas estuvo a punto de sonreír.
—Trato hecho.
Partieron antes del amanecer.
El camino hacia la mina atravesaba un bosque de pinos y ascendía por una pendiente cubierta de nieve. Elias iba delante, utilizando una vara para comprobar la firmeza del suelo. Silas caminaba detrás, con el rifle al hombro y las herramientas sujetas a la mochila.
Cora los seguía a cierta distancia.
No hablaba.
Cada paso le costaba trabajo, pero se negaba a detenerse.
Cuando llegaron a la ladera norte, Elias señaló una abertura casi cubierta por ramas.
—Ahí está.
Silas se arrodilló y retiró la nieve.
El túnel era estrecho, apenas suficiente para que un hombre avanzara agachado. Un olor a humedad y tierra vieja escapaba desde el interior.
—Thomas podría estar ahí —susurró Cora.
Silas encendió una lámpara.
—Voy primero.
Avanzaron lentamente.
Las paredes estaban húmedas y el suelo cubierto de piedras sueltas. A unos veinte metros encontraron una cuerda cortada y una pequeña mancha de sangre seca.
Cora se llevó una mano a la boca.
—Thomas...
Silas le indicó que guardara silencio.
Más adelante escucharon un ruido.
Tres golpes.
Pausados.
Débiles.
Venían de una pared lateral.
Silas dejó la lámpara en el suelo y comenzó a retirar las piedras. Elias lo ayudó con la barra de hierro. Después de varios minutos, lograron abrir un hueco lo bastante grande para que una persona pudiera pasar.
Al otro lado había una pequeña cámara excavada en la roca.
Y en el suelo, con las manos atadas y el rostro cubierto de heridas, estaba Thomas Whitfield.
Cora soltó un grito.
—¡Thomas!
El hombre levantó la cabeza.
Durante un segundo pareció no reconocerla.
Después sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Cora...
Ella se arrodilló a su lado y le tomó el rostro entre las manos.
—Estoy aquí. Estoy aquí, mi amor.
Thomas intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a quedarse en el suelo.
Silas cortó las cuerdas.
—¿Puedes caminar?
Thomas negó lentamente.
—No sin ayuda.
Elias se agachó para sostenerlo.
—Tenemos que salir ahora. Crowe sabe que estás aquí.
Thomas agarró el brazo de Silas.
—Espera.
Silas se volvió.
Thomas tenía la mirada llena de desesperación.
—¿Dónde está el niño?
Cora levantó a Samuel para que pudiera verlo.
Thomas comenzó a llorar.
—Gracias a Dios.
Le acarició la mejilla con un dedo tembloroso.
Después miró a Silas.
—Hay algo que tienes que saber antes de que salgamos de aquí.
Silas se inclinó hacia él.
—Habla.
Thomas tragó saliva.
—Crowe no es el hombre que ordenó el incendio.
Silas sintió que el corazón se le detenía.
—¿Quién fue?
Thomas cerró los ojos.
—Robert Hayes.
Cora dejó escapar un grito ahogado.
Silas se quedó inmóvil.
Su propio tío.
El hombre que había firmado el certificado de muerte de Edward.
El hombre al que su hermano había acusado en la carta.
Thomas intentó continuar, pero un ruido metálico resonó en el túnel.
Alguien había abierto la entrada principal.
Después llegó una voz que Silas reconoció de inmediato.
La voz de Nathaniel Crowe.
—¡Sé que están ahí dentro! ¡Salgan con las manos vacías y quizá les permita vivir!
Thomas agarró la muñeca de Silas con la poca fuerza que le quedaba.
—No entiendes —susurró—. Robert no quería las tierras para él.
Silas se inclinó todavía más.
—¿Entonces para quién?
Thomas abrió los ojos.
Y pronunció un nombre que ninguno de ellos esperaba escuchar.
—Para Eleanor.
En ese instante, un disparo resonó en la mina.
May you like
La lámpara cayó al suelo.
Y desde la oscuridad, alguien gritó que el túnel estaba a punto de derrumbarse.
Related Stories