Calm

Chapter 5: El precio de recuperar a Samuel

Silas Hayes no recordaba haber sentido tanto miedo ni siquiera durante la guerra.

La oscuridad de la estación se llenó de pasos, insultos y golpes. Alguien encendió una lámpara de repuesto, pero el resplandor apenas alcanzó para revelar los rostros furiosos de los hombres de Crowe.

Uno de ellos yacía junto a una columna, sujetándose el brazo.

Otro había desaparecido.

Nathaniel Crowe permanecía de pie en el centro del andén, con la carta arrugada en una mano.

—¡Encuéntrenlos! —ordenó—. ¡Nadie sale de este pueblo hasta que aparezcan la mujer y el niño!

Silas intentó avanzar, pero un hombre le apuntó con una pistola.

—Al suelo.

Silas no obedeció.

—¿Dónde está Cora?

Crowe se acercó.

—Eso mismo quiero saber.

—Estaba contigo.

—Y ahora no está.

—¡Tú la secuestraste!

Crowe lo miró con desprecio.

—Y usted acaba de perder la única oportunidad de recuperarla.

Silas lanzó un golpe.

No alcanzó a tocarlo.

Dos hombres lo sujetaron por detrás y lo arrojaron contra una mesa. El impacto le arrancó el aire de los pulmones, pero no dejó de luchar hasta que una pistola se apoyó contra su nuca.

—Ya estuvo —dijo Crowe—. No pienso desperdiciar más tiempo con usted.

Silas respiró con dificultad.

—Si le pasa algo a Cora...

—¿Qué hará? ¿Matarme?

Crowe se inclinó hacia él.

—No puede proteger a una mujer, no puede encontrar a su hermano y ni siquiera sabe quién es el niño que lleva días intentando salvar. ¿De verdad cree que puede detenerme?

Silas levantó la cabeza.

—Sí.

La respuesta hizo que Crowe perdiera la paciencia.

—Llévenselo.

Cuando Silas despertó, estaba sentado en una silla dentro de una habitación sin ventanas.

Tenía las manos atadas y un dolor punzante en las costillas. Frente a él había una mesa, una jarra de agua y una lámpara que despedía humo.

Durante varios minutos no escuchó nada.

Después oyó una puerta cerrarse al otro lado de la pared.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó.

Nadie contestó.

Silas examinó sus ataduras. La cuerda era gruesa, pero uno de los nudos estaba mal hecho. Su padre le había enseñado a desatar nudos cuando era niño, mucho antes de que las disputas por las tierras dividieran a la familia.

Trabajó lentamente.

Cuando consiguió liberar una mano, escuchó pasos.

Volvió a esconderla detrás de la silla.

La puerta se abrió.

Nathaniel Crowe entró acompañado por un hombre de barba gris.

Silas reconoció al recién llegado.

Era el sheriff de Alder Creek.

—Vaya, vaya —dijo el funcionario—. Parece que te has metido en problemas otra vez, Hayes.

Silas lo miró con desprecio.

—¿Vas a arrestarme por haber sido secuestrado?

El sheriff soltó una carcajada.

—Estás acusado de atacar a varios hombres, robar documentos y amenazar a un ciudadano respetable.

—¿Ciudadano respetable? —Silas miró a Crowe—. ¿También vas a acusarme de haberle robado la conciencia?

Crowe no sonrió.

—Basta de juegos. Quiero saber dónde está la carta original.

Silas guardó silencio.

Crowe colocó sobre la mesa un documento doblado.

—Esta es la escritura de las tierras de tu familia. Si firmas una renuncia a cualquier derecho que pudieras reclamar en nombre de los Hayes, te dejaré marchar.

Silas miró el papel.

—¿Y Cora?

—Será libre.

—¿Y Samuel?

—También.

—¿Y mi hermano?

Crowe apretó los labios.

—No puedo responder por un hombre que lleva años desaparecido.

Silas se inclinó hacia delante.

—Hace unas horas me dijiste que debía preguntarle a Cora dónde estaba Edward. Ahora dices que no sabes nada.

Crowe no respondió.

—Tú sabes dónde está —insistió Silas.

El sheriff golpeó la mesa.

—¡Firma el documento!

Silas miró al funcionario.

—¿Cuánto te pagó?

El hombre se puso rojo.

—Cuidado con lo que dices.

—¿Cuánto vale tu placa? ¿Cien dólares? ¿Doscientos? ¿O Crowe te prometió una parte de las tierras?

El sheriff levantó la mano, pero Crowe lo detuvo.

—Déjalo.

Después volvió a mirar a Silas.

—No voy a discutir contigo. Tienes hasta el amanecer para decidir.

—No necesito hasta el amanecer.

Crowe arqueó una ceja.

—¿Vas a firmar?

—No.

La expresión del hombre cambió.

—Entonces la mujer y el niño pagarán por tu terquedad.

Silas se levantó de golpe, arrastrando la silla.

—¡Si los tocas, te juro que...!

El sheriff lo golpeó en el estómago.

Silas cayó de rodillas.

Crowe recogió el documento y lo guardó en su abrigo.

—Cuando te canses de hacerte el valiente, avísame.

Los dos hombres salieron.

La puerta se cerró.

Silas permaneció inclinado durante unos segundos, tratando de recuperar el aliento.

Después terminó de desatarse.

La cuerda cayó al suelo.

A varias millas de Alder Creek, Cora Whitfield corría por un sendero estrecho con Samuel envuelto contra el pecho.

No sabía quién había disparado en la estación ni cómo había conseguido escapar de los hombres de Crowe. Solo recordaba una sombra que apareció junto a la puerta, una mano que la empujó hacia el exterior y una voz que le ordenó correr.

Había obedecido.

Ahora la nieve le llegaba a los tobillos y cada paso le producía un dolor que le subía desde el vientre hasta la espalda.

No podía seguir así durante mucho tiempo.

Samuel lloraba.

Cora se detuvo junto a un tronco caído y lo acomodó dentro de su abrigo.

—Ya sé, mi amor. Ya sé que tienes frío.

Le besó la frente.

—Tu mamá va a encontrar un lugar donde podamos descansar.

La palabra salió de sus labios con naturalidad.

Tu mamá.

Pero al pronunciarla, recordó a Eleanor Hayes.

Recordó sus manos delicadas, la manera en que sostenía al pequeño Daniel y la expresión de sus ojos cuando comprendió que alguien los estaba siguiendo.

Cora había prometido proteger al niño.

Había jurado que nadie volvería a separarlo de su familia.

Y había cumplido aquella promesa durante casi tres años.

Hasta que Thomas desapareció.

Hasta que la tormenta la dejó atrapada en una cabaña.

Hasta que Silas Hayes entró por aquella puerta.

Cora cerró los ojos.

No había tenido intención de mentirle.

Pero tampoco había podido decirle la verdad.

Porque la verdad podía destruir al niño que llevaba en brazos.

Y porque, en el fondo, temía que Silas la odiara cuando descubriera lo que había hecho.

Un ruido entre los árboles la obligó a levantarse.

—¿Quién anda ahí?

No hubo respuesta.

Cora retrocedió.

Entonces una voz conocida surgió desde la oscuridad.

—Soy yo.

Elias Turner apareció entre los pinos, con una lámpara en una mano y una escopeta en la otra.

Cora casi cayó de rodillas por el alivio.

—¿Dónde está Silas?

Elias bajó el arma.

—Crowe lo tiene.

Ella soltó un sollozo.

—Tenemos que volver.

—No podemos. El sheriff está vigilando las salidas del pueblo.

—¡No voy a dejar que Silas muera por mi culpa!

Elias la miró con una seriedad que la hizo callar.

—Entonces tendrás que decirme la verdad.

Cora apretó a Samuel.

—¿Qué verdad?

—La que llevas tres años escondiendo.

Ella palideció.

Elias se acercó lentamente.

—Sé que Samuel no es tu hijo biológico. Sé que Thomas lo recibió de Edward Hayes. Y sé que Crowe no es el único hombre que ha estado dispuesto a matar por ese niño.

Cora sintió que las piernas le temblaban.

—¿Quién más?

Elias no respondió de inmediato.

En lugar de hacerlo, señaló un pequeño refugio de piedra oculto entre los árboles.

—Entremos. Si nos quedamos aquí, nos encontrarán.

Cora lo siguió.

El refugio había sido utilizado por cazadores durante décadas. Tenía un techo bajo, una chimenea pequeña y una puerta de madera reforzada con hierro.

Elias encendió un fuego.

Cora se sentó en el suelo y acomodó a Samuel sobre una manta.

—Ahora dime —insistió él—. ¿Qué pasó con Eleanor?

La mujer permaneció inmóvil.

Durante años había ensayado una explicación para aquel momento.

Nunca había encontrado una que no le doliera.

—Eleanor estaba enferma —dijo finalmente—. No de una enfermedad del cuerpo, sino de una tristeza que no la dejaba dormir. Edward había descubierto que Crowe quería quitarle a su hijo. Ella creía que cualquier persona que se acercara a ellos podía convertirse en una amenaza.

—¿Y tú cómo la conocías?

Cora miró las llamas.

—Trabajaba en una casa de huéspedes en Helena. Eleanor llegó una noche con el niño y pidió una habitación sin registrar su nombre. Thomas era amigo de la dueña. Fue él quien me presentó a Eleanor.

—¿Por qué confió en ti?

—Porque yo había perdido a mi propia hija.

Elias guardó silencio.

Cora tragó saliva.

—Mi niña nació muerta. Thomas y yo habíamos esperado aquel embarazo durante años. Cuando Eleanor me permitió sostener a Daniel, sentí algo que no había sentido desde que perdí a mi bebé.

Pero nunca intenté reemplazar a su madre. Solo quería ayudarla.

—¿Qué ocurrió la noche del incendio?

Las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas.

—Eleanor me pidió que sacara al niño de la ciudad. Dijo que había descubierto algo sobre Crowe y que, si se quedaba, todos moriríamos. Thomas vino conmigo. Eleanor prometió alcanzarnos cuando pudiera.

—Pero nunca llegó.

Cora negó con la cabeza.

—No.

—¿Y Edward?

—Apareció dos días después. Estaba herido y llevaba una carta. Nos dijo que teníamos que escondernos hasta que encontrara una forma de demostrar lo que Crowe había hecho.

Elias se inclinó hacia ella.

—¿Edward estaba vivo?

—Sí.

Cora miró a Samuel.

—Lo vi con mis propios ojos.

—¿Dónde está ahora?

—No lo sé.

—¿Qué pasó después?

Cora se limpió las mejillas.

—Edward nos llevó a una casa cerca de Helena. Allí conocimos a una mujer que dijo trabajar para la familia Hayes. Nos entregó documentos y nos pidió que nunca mencionáramos el nombre del niño.

—¿Quién era esa mujer?

Cora cerró los ojos.

—La hermana de Nathaniel Crowe.

Elias se quedó helado.

—¿Qué?

—Se llamaba Margaret Crowe. Dijo que su hermano había falsificado los registros de las tierras y que quería ayudar a Edward a recuperar lo que le pertenecía.

—¿Por qué no se lo contaste a Silas?

—Porque Margaret desapareció una semana después. Thomas recibió una nota que decía que, si alguien hablaba de ella, Daniel sería el primero en pagar.

Elias se pasó una mano por el rostro.

La historia se volvía más peligrosa con cada respuesta.

—¿Y por qué le pusiste Samuel?

Cora miró al niño.

—Porque cuando Thomas y yo nos quedamos solos, comprendimos que el nombre Daniel podía condenarlo. Decidimos darle otro nombre y criarlo como nuestro hijo. Cuando creciera, le contaríamos la verdad.

—¿Thomas estaba de acuerdo?

—Fue idea suya.

Elias guardó silencio.

Cora tomó una de sus manos.

—Necesito que me ayudes a recuperar a Silas. No importa lo que ocurra conmigo, pero Samuel no puede quedarse con Crowe.

Elias la miró durante un largo instante.

—Hay algo más que debes saber.

Cora sintió que el corazón se le encogía.

—¿Qué?

—Antes de que Thomas desapareciera, me entregó una llave. Me dijo que pertenecía a Edward y que abriría una caja con pruebas suficientes para enviar a Crowe a prisión.

Elias sacó una llave de hierro de su bolsillo.

—La caja está en la herrería de Alder Creek.

Cora se puso de pie.

—Entonces tenemos que buscarla.

—No es tan sencillo. Si el sheriff está trabajando para Crowe, cualquier movimiento nuestro puede alertarlos.

Cora acomodó a Samuel contra su pecho.

—No me importa.

Elias la observó.

La mujer que tenía delante apenas podía mantenerse de pie. Había dado a luz hacía unas horas, había escapado de un secuestro y estaba temblando de frío.

Sin embargo, en sus ojos no había rendición.

—Está bien —dijo él—. Pero esta vez no vas a enfrentarte a ellos sola.

Cora asintió.

No sabía que, al abrir aquella caja, descubrirían una carta que no solo revelaría el paradero de Edward Hayes.

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También demostraría que alguien dentro de la familia había ayudado a Nathaniel Crowe desde el principio.

Y que el nombre escrito al pie de aquella carta era el de Thomas Whitfield.

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