Chapter 7: La mujer que todos creían muerta regresó para reclamar a su hijo
El disparo retumbó dentro de la mina y, un segundo después, una lluvia de piedras cayó del techo.
—¡Al suelo! —gritó Silas.
Se lanzó sobre Cora y Samuel justo cuando una viga podrida se desplomó a pocos pasos de ellos. Elias arrastró a Thomas detrás de una formación rocosa, mientras el polvo llenaba el túnel y apagaba la lámpara que todavía seguía encendida.
Durante varios segundos, nadie pudo ver nada.
Solo se escuchaban la tos de Thomas, el llanto de Samuel y el crujido de las piedras que continuaban desprendiéndose del techo.
—¡Cora! —gritó Silas.
—¡Aquí estoy!
Su voz llegó desde el otro lado de una pared de roca.
Silas se incorporó, palpándose las costillas. No parecía tener ningún hueso roto, pero una piedra le había abierto la frente y la sangre le bajaba hasta la ceja.
—¿Estás herida?
—No. Samuel está conmigo.
Silas respiró aliviado.
Entonces escuchó otra voz.
—¡Hayes! ¡Se acabó el juego!
Nathaniel Crowe estaba en algún lugar del túnel principal.
—¡Entrégame al niño y podrás salir de aquí!
Silas recogió el rifle.
—¡Ven por él!
Cora lo miró horrorizada.
—¿Qué estás haciendo?
—Ganando tiempo.
—¡No puedes enfrentarte a todos!
—No pienso hacerlo.
Silas señaló una abertura estrecha detrás de las rocas.
—Elias, ¿adónde conduce ese túnel?
El joven examinó el pasadizo.
—A una galería de ventilación. Si no está bloqueada, desemboca en la ladera norte.
—Entonces saca a Cora y al niño por ahí. Yo llevaré a Thomas.
Thomas negó con la cabeza, apretando los dientes por el dolor.
—No tienes tiempo.
—No voy a dejarte.
—Escúchame, muchacho. Si Crowe llega hasta Samuel, todo habrá sido en vano.
Silas se agachó junto a él.
—No vuelvas a pedirme que abandone a alguien de mi familia.
Thomas lo miró con una mezcla de gratitud y vergüenza.
—Entonces ayúdame a caminar.
Elias y Silas levantaron a Thomas entre ambos. Cora avanzó delante de ellos, sujetando al pequeño contra su pecho.
El túnel de ventilación era tan estrecho que tuvieron que avanzar de lado en algunos tramos. Cada vez que Thomas tropezaba, Silas sentía que el tiempo se les escapaba.
Detrás de ellos, Crowe continuaba gritando órdenes.
Después se escuchó otro disparo.
Una bala golpeó la roca cerca de la cabeza de Silas.
—¡Sigan! —ordenó.
Cora apretó los labios y aceleró el paso, aunque el dolor del parto todavía le impedía moverse con normalidad.
Finalmente, la oscuridad comenzó a aclararse.
Una franja de luz gris apareció al fondo del túnel.
Habían llegado a la salida.
Elias fue el primero en salir. Después ayudó a Cora y a Samuel. Silas y Thomas aparecieron al último, justo cuando un estruendo sacudió la montaña.
Parte de la galería principal se había derrumbado.
Por un instante, los cuatro quedaron inmóviles, respirando el aire helado.
Habían escapado.
Pero no habían derrotado a Crowe.
—Tenemos que alejarnos —dijo Elias—. Sus hombres pueden rodear la montaña.
Thomas se dejó caer contra un árbol.
—No puedo seguir.
Cora se arrodilló a su lado.
—No tienes que hacerlo. Descansa un momento.
Thomas le tomó la mano.
—Perdóname.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por haberte metido en todo esto. Por no haberte contado quién era Daniel. Por haberte dejado sola cuando más me necesitabas.
Cora comenzó a llorar.
—Yo también te oculté cosas.
—Lo sé.
Ella lo miró sorprendida.
Thomas intentó sonreír.
—Nunca fuiste buena guardando secretos, Cora. Cuando te preocupaba algo, dejabas de tararear mientras cocinabas. Hace tres años que no te escucho cantar como antes.
Cora soltó una risa entre lágrimas.
—Eres un tonto.
—Y tú eres la mujer más valiente que he conocido.
Samuel se removió dentro de la manta.
Thomas lo miró con una ternura infinita.
—¿Ya le pusiste nombre?
Cora bajó los ojos.
—Samuel.
—Es bonito.
—Lo escogí porque necesitábamos empezar de nuevo.
Thomas acarició la manta.
—Entonces que tenga un comienzo mejor que el nuestro.
Silas apartó la mirada para darles un momento de intimidad.
Sin embargo, la confesión de Thomas seguía resonando en su cabeza.
Robert Hayes había ordenado el incendio.
Y lo había hecho para Eleanor.
No para quedarse con las tierras.
No para enriquecerse.
Para conseguir algo que todavía nadie comprendía.
—Thomas —dijo Silas—, necesito que me expliques lo que acabas de decir.
El hombre cerró los ojos un instante.
—Robert estaba enamorado de Eleanor.
Silas sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Mi tío?
—Antes de que ella conociera a Edward, Robert había intentado casarse con ella. Pero Eleanor lo rechazó. Después se enamoró de tu hermano.
—¿Y Robert provocó el incendio por celos?
—No solo por celos. Eleanor descubrió que él había estado utilizando su posición dentro de la familia para apropiarse de las tierras. Cuando amenazó con denunciarlo, Robert decidió destruir todas las pruebas.
Thomas miró hacia la montaña.
—El incendio debía acabar con Edward, Eleanor y el niño. Crowe ayudó a organizarlo porque quería quedarse con la propiedad. Pero Robert tenía otro propósito.
—¿Cuál?
—Quería a Eleanor para él. Creía que, si Edward desaparecía y el niño moría, ella terminaría dependiendo de su protección.
Cora se llevó una mano a la boca.
Silas sintió una rabia tan profunda que le costó hablar.
—¿Y Eleanor sobrevivió?
Thomas asintió lentamente.
—Sí.
—¿Dónde está?
Thomas lo miró directamente.
—No lo sé con certeza. Pero hace tres meses recibí una carta suya.
Cora se quedó helada.
—¿Tres meses?
Thomas bajó la mirada.
—Me pidió que no te lo contara hasta que estuvieras a salvo.
—¡Thomas!
La voz de Cora se quebró.
—¡Llevo tres años creyendo que estaba muerta!
—Lo sé. Lo siento.
—¿Y no pensaste que tenía derecho a saberlo?
Thomas no respondió.
Cora se levantó, temblando de indignación.
—¡Yo cuidé a su hijo! Lo alimenté, lo abracé cuando lloraba y me quedé despierta noches enteras pensando que alguien vendría a llevárselo. ¿Y tú me ocultaste que su madre seguía viva?
—Quería protegerte.
—¡No vuelvas a decirme eso!
Samuel comenzó a llorar.
Cora lo abrazó con fuerza y se alejó unos pasos, intentando recuperar la calma.
Silas se acercó a Thomas.
—¿Qué decía la carta?
El hombre sacó lentamente un pequeño papel del interior de su camisa.
Estaba doblado varias veces y tenía una mancha oscura en una esquina.
—La guardé porque sabía que algún día tendría que entregártela.
Silas tomó el papel.
La letra era elegante, delicada y familiar, aunque nunca la había visto antes.
Thomas:
Robert cree que estoy muerta. Nathaniel también. Por ahora, esa es la única razón por la que mi hijo sigue vivo.
Sé que Daniel está contigo. Sé que Cora lo está cuidando. No permitas que Robert lo encuentre.
Cuando llegue el momento, dile a Silas que no debe buscarme en Helena. Debe buscarme donde su padre enterró el secreto de nuestra familia.
La carta terminaba con una firma.
Eleanor Hayes.
Silas leyó la última línea tres veces.
—¿Qué secreto enterró mi padre? —preguntó.
Thomas negó con la cabeza.
—Nunca me lo dijo.
Elias se acercó.
—¿Dónde enterró algo tu padre?
Silas recordó la vieja propiedad familiar, abandonada después de la disputa por las tierras. Recordó el granero quemado, el pozo de piedra y una pequeña capilla donde su madre había rezado durante años.
Pero había otro lugar.
Un lugar que su padre le había prohibido visitar cuando era niño.
Una cabaña de piedra junto al río, a medio día de camino de la antigua hacienda.
—La cabaña del río —murmuró.
Thomas asintió, como si hubiera estado esperando aquella respuesta.
—Entonces ahí es donde debemos ir.
Antes de que pudieran moverse, se escuchó un relincho entre los árboles.
Todos levantaron la cabeza.
Un caballo apareció en el sendero.
La mujer que lo montaba llevaba un abrigo gris, un sombrero oscuro y un velo que le cubría parte del rostro.
Silas levantó el rifle.
La desconocida desmontó lentamente.
—No dispares, Silas.
Su voz era serena.
Y Cora la reconoció al instante.
La mujer se quitó el sombrero.
Tenía el rostro más delgado que en la fotografía, una cicatriz junto a la sien y unos ojos que parecían haber llorado durante años.
Pero seguía siendo la misma mujer.
La mujer que había desaparecido la noche del incendio.
—Eleanor —susurró Thomas.
Cora se quedó inmóvil, abrazando a Samuel.
Eleanor dio un paso adelante.
Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando vio al niño.
—Mi hijo.
Cora retrocedió instintivamente.
Silas levantó el rifle un poco más.
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Porque Eleanor Hayes acababa de regresar de entre los muertos.
Y nadie sabía si había venido a salvar a su hijo o a reclamarlo.
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