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Chapter 3: El hombre que regresó de entre los muertos

Apenas habían avanzado dos millas cuando Silas descubrió que alguien los estaba siguiendo.

No era un animal.

Las huellas aparecían a intervalos regulares detrás de ellos, demasiado profundas para pertenecer a un zorro y demasiado separadas para ser las de un hombre que caminara sin prisa.

Silas se detuvo junto a un grupo de abetos.

—¿Qué pasa? —susurró Cora.

Él levantó la mano.

El viento había disminuido, pero la nieve seguía cubriendo el suelo con una capa gruesa. Desde aquella posición podía ver el sendero por el que habían llegado y una pequeña elevación que conducía hacia el este.

No había nadie a la vista.

Eso no significaba nada.

—Quédate aquí —le dijo a Cora—. No te muevas hasta que vuelva.

Ella abrazó a Samuel.

—No tardes.

Silas avanzó entre los árboles con el rifle preparado. Caminó unos cincuenta pasos, se agachó detrás de una roca y examinó las huellas.

Había dos hombres.

Uno llevaba botas con tacones gastados. El otro tenía una pisada más ligera, quizá de alguien acostumbrado a montar a caballo.

Silas tocó la nieve removida.

Las huellas eran recientes.

Entonces escuchó un chasquido detrás de él.

Se volvió de inmediato.

Un hombre salió de entre los árboles con las manos levantadas.

Era joven, quizá de unos treinta años, con barba de varios días y el rostro marcado por el frío. Llevaba una pistola enfundada, pero no intentó alcanzarla.

—No dispare —dijo—. No vengo con Crowe.

Silas mantuvo el rifle apuntándole al pecho.

—Entonces empieza por decirme quién eres.

—Me llamo Elias Turner. Conocí a Thomas Whitfield.

—¿Dónde está?

Elias miró hacia la cabaña, aunque ya no podía verla.

—Eso es precisamente lo que intento averiguar.

Silas no bajó el arma.

—¿Qué quieres de la señora Whitfield?

—Ayudarla.

—Eso ya me lo dijo otro hombre esta mañana.

Elias apretó la mandíbula.

—Crowe.

Silas guardó silencio.

—Entonces sí llegó —murmuró Elias—. Maldita sea. Esperaba tener más tiempo.

—¿Tiempo para qué?

Elias miró el rifle.

—Si quisiera hacerle daño, no habría venido solo.

—La gente que quiere hacer daño suele decir cosas muy parecidas.

Una sombra de tristeza cruzó el rostro del desconocido.

—Tiene razón.

Se quitó lentamente el sombrero.

—Pero si me dispara ahora, quizá nunca sepa qué le pasó a Thomas.

El nombre bastó para detener a Silas.

—Habla.

Elias respiró hondo.

—Hace tres días encontré su caballo cerca de un barranco. Había sangre en la nieve y señales de una pelea. Seguí el rastro hasta una antigua mina abandonada, pero alguien había cubierto las entradas con ramas.

—¿Encontraste un cuerpo?

—No.

—¿Entonces por qué crees que está allí?

—Porque escuché golpes desde el interior.

Silas sintió una oleada de rabia.

—¿Y no lo sacaste?

Elias bajó la mirada.

—La entrada estaba bloqueada y yo no tenía herramientas. Cuando regresé con ayuda, dos hombres armados me impidieron acercarme.

—¿Quiénes eran?

—Trabajan para Crowe.

Silas apretó el rifle con más fuerza.

—¿Por qué no fuiste a la autoridad?

Elias soltó una risa amarga.

—El sheriff de Alder Creek cena con Crowe dos veces por semana. No es el tipo de hombre al que uno le entrega un secreto y espera que siga vivo al día siguiente.

Silas conocía aquella clase de corrupción.

Había visto a hombres poderosos comprar voluntades con promesas y monedas. También había visto a familias enteras quedarse sin tierras porque nadie se atrevía a enfrentarse a quienes firmaban los documentos.

—¿Por qué te importa Thomas? —preguntó.

Elias tardó en responder.

—Porque hace años me salvó la vida.

Silas observó su rostro.

No parecía mentir.

—¿Y qué tiene que ver el bebé?

Elias se quedó inmóvil.

La reacción fue suficiente.

Silas dio un paso hacia él.

—Te hice una pregunta.

—No puedo explicarlo todo aquí.

—Entonces no tienes nada que decirme.

Silas se volvió para regresar con Cora.

—¡Espere! —gritó Elias.

El joven metió una mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un pequeño objeto envuelto en tela.

Lo colocó sobre una roca.

Era una fotografía antigua.

Silas se acercó sin apartar del todo el rifle.

En la imagen aparecía Edward Hayes, mucho más joven, con un niño sentado sobre las rodillas. A su lado había una mujer de cabello oscuro y expresión seria.

Silas reconoció a su hermano al instante.

Pero el niño tenía algo que le hizo perder el aliento.

La media luna rojiza en el hombro izquierdo.

La misma marca que había visto en Samuel.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó.

—Thomas me la entregó antes de desaparecer.

—¿Cuándo?

—Hace una semana.

Silas levantó la vista.

—¿Por qué no me la mostraste antes?

—Porque Thomas me pidió que solo se la entregara a un hombre que reconociera a Edward Hayes sin que yo tuviera que decirle quién era.

Silas miró de nuevo la fotografía.

Su hermano sostenía al niño con una ternura que jamás había visto en él cuando eran jóvenes. Edward había sido un hombre reservado, demasiado orgulloso para mostrar sus sentimientos y demasiado obstinado para admitir sus errores.

Sin embargo, en aquella imagen sonreía.

Una sonrisa verdadera.

—¿Quién es la mujer? —preguntó Silas.

Elias negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Y el niño?

—Tampoco.

Silas sintió que la paciencia se le agotaba.

—Entonces ¿qué sabes?

Elias se acercó un poco.

—Sé que Edward Hayes no murió en aquel incendio.

El viento pareció desaparecer.

Silas no respiró durante varios segundos.

—Vi el informe.

—El informe fue falsificado.

—Vi el lugar donde se encontraron los restos.

—Encontraron dos cuerpos, pero ninguno fue identificado de manera concluyente. Crowe pagó para que se cerrara la investigación.

Silas recordó las semanas posteriores al incendio. Los funcionarios que evitaban mirarlo a los ojos. La caja sellada que le habían entregado. Las palabras del médico que nunca había examinado personalmente los restos.

Había querido creer que su hermano estaba muerto porque la incertidumbre era peor que el dolor.

Ahora aquella certeza se desmoronaba.

—¿Dónde está Edward? —preguntó.

Elias lo miró con una expresión que no le gustó.

—No lo sé.

—¡Dijiste que estaba vivo!

—Dije que no murió en el incendio. Eso no significa que siga vivo ahora.

Silas sintió que la ira le subía por el cuello.

—Si estás jugando conmigo...

—No lo estoy haciendo.

Elias se quitó el guante derecho.

Tenía dos dedos vendados y una cicatriz reciente que le cruzaba la palma.

—Intenté sacar a Thomas de la mina. Uno de los hombres de Crowe me golpeó con la culata de un rifle. Cuando desperté, la entrada estaba bloqueada otra vez.

Silas observó las heridas.

Elias no parecía un hombre que hubiera inventado una historia por diversión.

Pero todavía podía ser un mentiroso.

—Vas a venir conmigo —decidió Silas—. Si intentas algo contra Cora o el niño, no tendrás una segunda oportunidad.

Elias asintió.

—Lo entiendo.

Cora los esperaba junto a un árbol caído, con Samuel escondido bajo su abrigo.

Cuando vio a Elias, se puso de pie tan rápido que casi perdió el equilibrio.

—¿Dónde está mi esposo?

Elias se quitó el sombrero.

—Señora Whitfield...

—No me llame así. Dígame dónde está Thomas.

—Creo que sigue vivo.

Cora se llevó una mano a la boca.

Por un instante, su rostro se iluminó con una esperanza tan intensa que Silas deseó que Elias tuviera razón.

—¿Dónde?

—En una mina abandonada, al norte de aquí. Pero no podemos acercarnos sin un plan.

Cora miró a Silas.

—Tenemos que ir por él.

—Lo haremos —respondió él—. Pero primero necesitamos llegar a Alder Creek y conseguir herramientas.

—¿Y si lo matan antes?

—Si entramos sin pensar, quizá terminemos todos en la misma mina.

Cora bajó la cabeza.

Samuel comenzó a llorar.

Ella lo meció con movimientos suaves, murmurándole que todo estaría bien, aunque sus propios labios temblaban.

Elias observó al niño.

Su expresión cambió.

—¿Puedo verlo?

Cora retrocedió.

—No.

—Solo quería comprobar algo.

—No tiene derecho a comprobar nada.

Silas se interpuso.

—Aléjate.

Elias levantó ambas manos.

—Está bien. Lo siento.

Pero antes de apartarse, sus ojos se detuvieron en el hombro del pequeño.

La tela se había deslizado un poco.

La marca de nacimiento quedó visible durante un segundo.

Elias perdió el color del rostro.

—Dios mío —susurró.

Silas levantó el rifle.

—¿Qué sabes de esa marca?

Elias no respondió de inmediato.

Miró a Cora y después a Silas.

—No es posible.

—Habla.

El joven se pasó una mano por la cara.

—Edward me hizo jurar que, si alguna vez encontraba a un niño con esa marca, no permitiría que Crowe se acercara a él.

Cora apretó a Samuel contra su pecho.

—¿Por qué?

Elias tragó saliva.

—Porque esa marca era la señal que utilizaba la familia Hayes para reconocer a sus herederos varones.

Silas sintió que el mundo se inclinaba.

Aquello no tenía sentido.

Su padre jamás había hablado de una marca familiar. Edward tampoco le había mencionado una tradición semejante.

—Estás mintiendo —dijo.

—Ojalá.

—Mi familia no tiene ninguna señal de nacimiento.

—No todos los hijos nacían con ella. Era una rareza que aparecía en algunas generaciones. Su padre la tenía, según me contó Edward.

Silas recordó una cicatriz en el hombro de su padre, una marca pálida que siempre había atribuido a una quemadura de juventud.

Nunca se había preguntado qué había debajo.

Cora miró a Silas.

—¿Qué significa todo esto?

Él no encontró palabras.

Elias continuó, más despacio.

—La familia Hayes tenía derechos sobre una extensión de tierras cerca de Helena. No eran simples acres de montaña. Había depósitos minerales y un contrato ferroviario que podía convertir a su propietario en uno de los hombres más ricos del territorio.

Silas conocía la propiedad.

Su padre había perdido aquellas tierras después de una disputa legal. Edward había pasado años intentando recuperar los documentos originales.

—Crowe quería esas tierras —dijo Silas.

—No solo las quería. Necesitaba que ningún heredero legítimo pudiera reclamarlas.

Cora miró a su hijo con terror.

—¿Está diciendo que quieren matar a Samuel por una propiedad?

—Por una propiedad, por una fortuna y por algo que todavía no conocemos —contestó Elias.

Silas guardó la fotografía dentro de su abrigo.

—¿Y qué tiene que ver mi hermano con el niño?

Elias cerró los ojos un instante.

—Edward descubrió que Crowe había falsificado documentos para quedarse con las tierras. Cuando intentó denunciarlo, desapareció. Después nos dijeron que había muerto junto con su hijo.

Silas sintió un nudo en la garganta.

—¿Su hijo?

Elias miró a Samuel.

—El niño que aparece en la fotografía se llamaba Daniel.

Cora dejó escapar un sollozo.

—Pero mi hijo se llama Samuel.

—Tal vez porque Thomas intentó ocultar su identidad —dijo Elias—. Tal vez porque quería darle una vida nueva. No lo sé.

Silas observó la pequeña cara dormida del recién nacido.

Daniel.

Samuel.

Dos nombres para un niño que ni siquiera había cumplido un día de vida.

Si Elias decía la verdad, aquel bebé era el hijo de Edward, el sobrino que Silas había creído muerto durante casi tres años.

Y eso significaba que Thomas Whitfield había estado protegiendo un secreto capaz de cambiar el destino de la familia Hayes.

Pero todavía faltaba una pieza.

—¿Quién es la mujer de la fotografía? —preguntó Silas.

Elias bajó la mirada.

—La esposa de Edward.

Silas sintió que se le cortaba la respiración.

Su hermano nunca había mencionado un matrimonio.

Jamás.

—Edward no estaba casado.

—Eso le hizo creer a todos.

—¿Y dónde está ella?

Elias tardó demasiado en contestar.

—Desapareció la misma noche del incendio.

Cora se cubrió la boca.

Silas miró hacia las montañas, donde la nieve comenzaba a caer otra vez.

Toda su vida había pensado que conocía a su hermano.

Ahora descubría que Edward había tenido una esposa secreta, un hijo que sobrevivió al incendio y una disputa con uno de los hombres más poderosos de Montana.

Y el pequeño que dormía contra el pecho de Cora podía ser el único heredero que quedaba.

Llegaron a Alder Creek poco antes del anochecer.

El pueblo era pequeño, con una calle principal embarrada, una herrería, una tienda de provisiones y una iglesia de madera cuyo campanario apenas sobresalía entre los tejados cubiertos de nieve.

Silas llevó a Cora a una habitación en la parte trasera de la fonda. La dueña, una viuda llamada Margaret Bell, no hizo preguntas cuando vio al recién nacido.

Solo calentó agua, preparó caldo y dejó mantas limpias sobre la cama.

—La criatura necesita descansar —dijo—. Y la madre también.

Cora le agradeció con lágrimas en los ojos.

Silas esperó hasta que ella se hubo instalado antes de salir con Elias.

—Vamos a buscar herramientas —dijo—. Después iremos por Thomas.

—No podemos entrar en la mina esta noche.

—No pienso dejarlo allí.

Elias asintió.

—Entonces necesitamos a alguien que conozca los túneles.

Se dirigieron a la herrería.

El dueño estaba cerrando las puertas cuando los vio llegar.

—Silas Hayes —dijo, sorprendido—. Pensé que te habías ido al norte para siempre.

—Necesito una barra de hierro, dos lámparas y una pala resistente.

El herrero miró a Elias.

—¿Problemas?

—Los de siempre —respondió Silas.

El hombre no sonrió.

—Entonces más vale que te des prisa. Hay un grupo de jinetes preguntando por ti desde hace una hora.

Silas se quedó quieto.

—¿Cuántos?

—Cuatro. Uno llevaba un abrigo negro y un anillo de oro.

Crowe.

Silas sintió que la rabia se convertía en una calma peligrosa.

—¿Dónde están ahora?

—En la oficina del sheriff.

Elias soltó una maldición.

—Nos encontró demasiado rápido.

Silas tomó las herramientas.

—No. Nunca nos perdió de vista.

Cuando regresaron a la fonda, la puerta de la habitación de Cora estaba abierta.

Silas entró con el rifle levantado.

La cama estaba vacía.

Las mantas habían caído al suelo.

La ventana trasera se encontraba abierta y el aire helado entraba en la habitación.

Sobre la almohada había una nota doblada.

Silas la tomó.

La letra era elegante, precisa.

Señor Hayes: su intervención ha complicado un asunto que podía resolverse sin violencia. La señora Whitfield y el niño están conmigo. Si quiere que ambos regresen sanos y salvos, traiga la carta de Edward a la estación abandonada antes de medianoche. Venga solo.

Abajo aparecía una firma.

Nathaniel Crowe.

Cora y Samuel estaban en sus manos.

Elias miró el reloj de pared.

Faltaban menos de cuatro horas para medianoche.

—No puedes ir solo —dijo.

Silas dobló la nota y se la guardó en el bolsillo.

—Voy a ir.

—Crowe quiere la carta. Si se la entregas, destruirá la única prueba que tenemos.

Silas miró la ventana abierta.

Pensó en Cora, que había sobrevivido a tres días de frío, a un parto casi mortal y al miedo de perder a su esposo.

Pensó en Samuel, que había llegado al mundo sin conocer otra cosa que la nieve, el hambre y los brazos temblorosos de su madre.

Y pensó en Edward.

Su hermano había desaparecido una vez.

No permitiría que la historia se repitiera con el hijo de Edward.

—No le voy a entregar la carta —dijo.

Elias frunció el ceño.

—Entonces ¿qué vas a hacer?

Silas comprobó el mecanismo de su rifle.

—Voy a recuperar a mi familia.

En ese momento, alguien golpeó la puerta de la habitación.

Ambos hombres se volvieron.

Un muchacho de la fonda estaba al otro lado, pálido y tembloroso.

—Señor Hayes, dejaron esto para usted.

Le entregó un sobre pequeño.

Dentro había un mechón de cabello castaño y un pedazo de tela arrancado de una manta infantil.

Silas sintió que el pulso le golpeaba en las sienes.

Cora llevaba el cabello castaño.

Samuel estaba envuelto en una manta azul.

Al final del sobre había una segunda nota.

Una última cosa, señor Hayes. Antes de intentar hacerse el héroe, pregúntese por qué su hermano confió a su hijo a una mujer como Cora Whitfield. Quizá descubra que la traición no comenzó conmigo.

Silas leyó aquellas palabras dos veces.

Después levantó la mirada hacia Elias.

—¿Qué sabe Crowe de Cora?

Elias no contestó.

Y esa vez, el silencio del joven resultó más aterrador que cualquier amenaza.

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Porque Silas comprendió que el hombre que había secuestrado a Cora y a Samuel quizá no era el único que guardaba secretos.

Y que, antes de llegar a medianoche, podía descubrir que la mujer a la que había prometido proteger sabía mucho más sobre Edward Hayes de lo que estaba dispuesta a admitir.

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