Chapter 9: Arthur Voss presentó un informe falso ante el consejo, pero Dominic llegó con la grabación de su padre
A las ocho y media de la mañana, seis miembros del consejo estaban sentados alrededor de la mesa de nogal cuando Arthur Voss entró con una carpeta azul bajo el brazo.
Parecía tranquilo.
Llevaba un traje impecable, el reloj de oro en la muñeca y una expresión de preocupación cuidadosamente ensayada.
Ninguno de los consejeros sabía que, detrás de las paredes de la biblioteca, Dominic había encontrado documentos capaces de destruir la reputación de Arthur.
Tampoco sabían que una grabación de Richard Vale podía cambiar el rumbo de la reunión.
Arthur dejó la carpeta sobre la mesa.
—Antes de comenzar, quiero expresar mi preocupación por el estado de salud de Dominic.
Uno de los consejeros, Harold Bennett, frunció el ceño.
—¿Ha empeorado?
Arthur suspiró.
—Me temo que sí. Durante las últimas semanas he intentado convencerlo de que acepte una transición ordenada. Pero su condición parece estar afectando su juicio.
—¿Tienes pruebas? —preguntó otro miembro.
Arthur abrió la carpeta.
Dentro había un informe médico firmado por un especialista que no pertenecía al equipo de Dominic.
El documento afirmaba que la lesión de rodilla había provocado complicaciones neurológicas graves, que la capacidad motora de Dominic estaba deteriorándose y que no existía una expectativa razonable de recuperación completa.
Harold leyó la primera página.
—Esto es serio.
—Lo es —respondió Arthur—. Por eso considero indispensable que el consejo apruebe una transferencia temporal de autoridad.
Uno de los consejeros se acomodó las gafas.
—¿Y si Dominic se opone?
Arthur sonrió con tristeza.
—Entonces tendremos que proteger a las empresas de una decisión emocional.
En ese momento se abrió la puerta.
Dominic Vale entró caminando con su bastón.
No necesitó que nadie lo anunciara.
Las conversaciones se apagaron una por una.
Arthur levantó la cabeza.
Durante una fracción de segundo, su expresión quedó vacía.
Después recuperó la sonrisa.
—Dominic. No esperaba verte aquí tan temprano.
Dominic avanzó hasta el extremo de la mesa.
—Yo tampoco esperaba que presentaras un informe médico falso ante mi consejo.
Harold dejó el documento sobre la mesa.
—¿Falso?
Dominic miró al médico que acompañaba a Arthur.
—¿Usted examinó mi pierna personalmente?
El hombre se aclaró la garganta.
—Revisé los informes clínicos disponibles.
—No fue lo que pregunté.
—No lo examiné personalmente.
Dominic dejó su bastón contra la mesa.
—Entonces, ¿cómo se atreve a afirmar que mi condición es irreversible?
Arthur intervino.
—El informe se basa en una evaluación independiente.
—Una evaluación que no se realizó.
Dominic miró a los seis consejeros.
—Durante tres semanas, alguien manipuló mi rodillera para aumentar el dolor, provocar inflamación y hacerme creer que mi recuperación estaba fracasando. La pieza fue invertida deliberadamente. El médico que la examinó confirmó que no podía haber ocurrido por accidente.
Arthur soltó una risa incrédula.
—¿De verdad esperas que creamos que alguien saboteó tu equipo médico para impedirte caminar?
—No espero que me crean. Espero que examinen las pruebas.
Vincent entró acompañado por el doctor Mercer.
Sobre la mesa colocó una carpeta con fotografías de la rodillera, registros de acceso y copias de las modificaciones que Angela Pierce había realizado sin autorización médica.
Mercer dio un paso al frente.
—Puedo confirmar que el informe presentado por el señor Voss no coincide con la evolución clínica de Dominic. No hay evidencia de una lesión neurológica irreversible.
El médico contratado por Arthur palideció.
—Yo no participé en ninguna manipulación.
—Entonces tendrá la oportunidad de explicar por qué firmó un diagnóstico sin examinar al paciente —respondió Dominic.
Harold miró a Arthur.
—¿Cómo conseguiste este informe?
Arthur mantuvo la calma.
—Me lo proporcionó un profesional independiente. Si hay un error, estoy dispuesto a revisarlo.
Dominic negó lentamente con la cabeza.
—Siempre tienes una explicación, Arthur. El problema es que todas aparecen cuando alguien encuentra algo que no deberíamos haber descubierto.
Sacó la fotografía del hombre de los zapatos negros y la colocó sobre la mesa.
—Este hombre entró en mi mansión, manipuló las grabaciones de seguridad y buscó a una niña de cuatro años para recuperar una llave escondida en un juguete.
Uno de los consejeros se puso de pie.
—¿Una niña?
Arthur levantó las manos.
—Esto es absurdo. Dominic está mezclando una disputa familiar con una decisión empresarial.
—No es una disputa familiar —dijo Clare desde la puerta.
Todos se volvieron.
Ella entró con Ellie de la mano.
Llevaba un vestido sencillo, el cabello recogido y el rostro cansado. No parecía una mujer acostumbrada a hablar ante hombres que decidían el destino de grandes empresas.
Pero no retrocedió.
—Soy Clare Rowan. Trabajo en la mansión Vale. Y el señor Voss me amenazó para que mintiera sobre lo que vi.
Arthur se levantó lentamente.
—Esta mujer está confundida.
Clare apretó la mano de su hija.
—Me ofreció dinero para que entrara en la habitación del señor Vale y no informara sobre los problemas de su equipo médico. Cuando me negué, me amenazó con hacerme perder el trabajo y utilizar a mi hija para obligarme a guardar silencio.
—¡Eso es mentira! —exclamó Arthur.
Ellie se escondió detrás de la pierna de su madre.
Dominic dio un paso hacia Arthur.
—Baja la voz.
Arthur lo miró con desprecio.
—¿Ahora vas a permitir que una empleada doméstica destruya mi reputación con acusaciones sin fundamento?
—No —respondió Dominic—. Voy a permitir que hable mientras tú escuchas.
Vincent colocó un dispositivo de reproducción sobre la mesa.
—También tenemos una grabación.
Arthur perdió el color.
Fue un cambio mínimo, pero Dominic lo vio.
El audio comenzó.
La voz de Richard llenó la sala.
—No voy a firmar la transferencia, Arthur.
Los consejeros se inclinaron hacia los altavoces.
La grabación continuó, reproduciendo la discusión entre Richard y Arthur, las acusaciones sobre el dinero desviado y la amenaza relacionada con Elena Salgado.
Cuando se escuchó la frase sobre asegurarse de que los documentos no llegaran a Dominic, Harold se puso de pie.
—¿Qué significa esto?
Arthur golpeó la mesa.
—¡Es una grabación manipulada!
Gabriel Torres apareció en la entrada.
—No lo está.
Todos se volvieron hacia él.
Arthur retrocedió un paso.
—Tú.
Gabriel entró lentamente.
—Hola, Arthur. Han pasado muchos años.
—No tienes derecho a estar aquí.
—Tengo más derecho que tú.
Gabriel colocó sobre la mesa los documentos que demostraban que Arthur había utilizado su firma para desviar fondos y que después había falsificado su declaración de fallecimiento.
Harold comenzó a revisar las páginas.
Otro consejero tomó una copia de los registros bancarios.
El ambiente cambió.
Ya no estaban escuchando una disputa entre un presidente y su asesor.
Estaban examinando pruebas de una operación financiera que podía involucrar a varios miembros de la organización.
Arthur miró a Dominic.
—No sabes lo que estás haciendo. Esos documentos no significan nada sin una investigación formal.
—Estoy de acuerdo —respondió Dominic—. Por eso ya he entregado copias a mis abogados y a las autoridades competentes.
Arthur se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Vincent dio un paso al frente.
—Los documentos originales están asegurados. Las copias digitales se encuentran en manos de nuestros abogados. Ninguna de las personas presentes podrá destruirlas.
Harold cerró la carpeta.
—Arthur, necesito que expliques por qué autorizaste transferencias a una empresa que después terminó bajo tu control.
Arthur miró alrededor de la mesa.
Por primera vez, comprendió que sus aliados estaban calculando cuánto les costaría seguir apoyándolo.
—No voy a responder a acusaciones improvisadas.
—Entonces responderás ante las autoridades —dijo Dominic.
Arthur se volvió hacia él.
—¿Crees que has ganado?
Dominic no respondió.
Arthur señaló a Clare.
—Todo esto empezó porque una mujer pobre se metió en asuntos que no le correspondían y porque tú decidiste creerle a una niña.
Clare palideció.
Dominic se interpuso entre ellos.
—No vuelvas a hablarle así.
Arthur soltó una carcajada.
—¿Qué vas a hacer? ¿Despedirme? ¿Arrestarme? ¿Crees que eso borrará lo que pasó hace doce años?
La sala quedó en silencio.
Dominic sintió que acababa de escuchar una confesión involuntaria.
—¿Qué pasó hace doce años? —preguntó.
Arthur cerró la boca.
Gabriel se acercó a la mesa.
—El accidente de Richard.
Arthur lo miró con odio.
—Cállate.
Gabriel no retrocedió.
—Tú sabías que Richard iba a conducir aquella noche. Cambiaste la hora de una reunión y le dijiste que debía salir por una ruta distinta. Después desaparecieron los registros del vehículo.
Harold se volvió hacia Arthur.
—¿Es cierto?
Arthur apretó los puños.
—Richard tomó sus propias decisiones.
Dominic sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Sabías que iba a morir?
Arthur no respondió.
Y ese silencio fue más revelador que cualquier palabra.
Dominic se acercó hasta quedar frente a él.
—Mi padre te dio trabajo. Te dio poder. Te trató como a un hermano. ¿Por qué?
Arthur lo miró con una mezcla de odio y resentimiento.
—Porque tu padre siempre creyó que podía comprar la lealtad de todo el mundo.
—No te compró. Confió en ti.
—¡Y me condenó a pasarme la vida siendo el segundo hombre de una familia que jamás me consideró uno de los suyos!
La confesión salió con tanta fuerza que incluso Arthur pareció sorprendido.
Gabriel bajó la mirada.
Dominic comprendió que la traición no había nacido únicamente de la codicia.
También había nacido de un resentimiento que Arthur había alimentado durante décadas hasta convertirlo en una justificación para destruir a quienes lo rodeaban.
—Pudiste marcharte —dijo Dominic.
Arthur soltó una risa amarga.
—¿Marcharme? Después de construir todo esto, ¿crees que iba a conformarme con salir por la puerta trasera?
Dominic negó lentamente con la cabeza.
—Nunca construiste esto. Solo aprendiste a robarlo sin que nadie te viera.
En ese momento, las puertas de la sala se abrieron.
Dos agentes de policía entraron acompañados por los abogados de la empresa.
Arthur miró a los consejeros, esperando que alguien interviniera.
Nadie lo hizo.
Cuando uno de los agentes le pidió que lo acompañara para responder preguntas relacionadas con la falsificación de documentos y las transferencias investigadas, Arthur se negó inicialmente.
Después miró a Dominic.
—Esto no termina aquí.
Dominic sostuvo su mirada.
—Para mí, sí.
Arthur fue escoltado fuera de la sala.
Pero antes de cruzar la puerta, se volvió hacia Gabriel.
—Pregúntale a Dominic qué hizo su padre con la última carta de Elena.
Gabriel palideció.
Dominic se quedó inmóvil.
—¿Qué carta?
Arthur sonrió por última vez.
—La que demostraba quién era realmente el padre de Ellie.
La puerta se cerró detrás de él.
Clare sintió que el mundo se detenía.
Miró a Dominic.
Después a Gabriel.
—¿Qué quiso decir?
Ninguno respondió inmediatamente.
Gabriel cerró los ojos.
Dominic sintió que una nueva verdad comenzaba a abrirse paso entre los documentos de su padre, las amenazas de Arthur y el silencio de Elena.
La investigación había demostrado que Arthur había intentado robar sus empresas y manipular su recuperación.
Pero ahora existía una pregunta que podía destruir mucho más que una organización empresarial.
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¿Quién era realmente el padre de Ellie Rowan?
Y ¿por qué Richard Vale había guardado esa respuesta durante tantos años?