Chapter 4: La carta de un muerto revelaba por qué Arthur Voss quería destruir a Dominic
Dominic había visto morir a hombres que suplicaban por sus vidas, había perdido socios que juraban lealtad hasta el último día y había aprendido a reconocer una mentira por la manera en que alguien evitaba mirarlo a los ojos. Pero nunca había sentido un miedo tan extraño como el que experimentó al reconocer la firma de su padre en aquel sobre.
Durante doce años había intentado aceptar la muerte de Richard Vale.
Había conservado sus fotografías, mantenido su despacho intacto y rechazado cualquier conversación que cuestionara las circunstancias de su fallecimiento. El accidente automovilístico había ocurrido en una carretera mojada, durante una noche de tormenta. El informe oficial no había encontrado nada sospechoso.
Ahora, en una habitación de invitados de su propia mansión, sostenía una carta que su padre había preparado para ser entregada cuando él recuperara la capacidad de caminar.
—¿Dónde consiguió Arthur esto? —preguntó.
Clare negó con la cabeza.
—No me lo dijo. Solo me pidió que lo guardara en un lugar seguro.
—¿Y por qué aceptaste?
—Porque me dijo que contenía información sobre el padre de Ellie. Pensé que quizá podría ayudarme a entender por qué había desaparecido de nuestras vidas.
Dominic volvió a mirar el sobre.
—¿Arthur te dijo que no lo abrieras?
—Me dijo que esperara hasta que usted pudiera caminar otra vez. Que, cuando llegara ese momento, debía entregárselo personalmente.
—¿Y si no hubiera podido caminar?
Clare bajó los ojos.
—Eso fue lo que le pregunté.
—¿Qué respondió?
—Que entonces usted nunca tendría que conocer la verdad.
Dominic sintió que el pulso se le aceleraba.
La frase no parecía una simple amenaza. Sonaba como si Arthur hubiera esperado que su recuperación fracasara, como si el deterioro de su pierna fuera parte de un plan cuyo final ya había calculado.
Vincent apareció en la puerta.
—Señor, necesito hablar con usted.
Dominic levantó el sobre.
—Primero quiero abrir esto.
—¿Está seguro?
—No. Pero lo voy a hacer de todos modos.
Vincent se acercó y examinó el sello. No parecía haber sido manipulado, aunque eso no significaba que su contenido fuera auténtico.
—Podría ser una falsificación.
—La firma es de mi padre.
—Una firma también se puede copiar.
Dominic lo miró con dureza.
—¿Crees que no lo sé?
Vincent guardó silencio.
Dominic se sentó en un sillón, tomó un abrecartas de la mesa y deslizó la hoja bajo el sello.
Dentro encontró tres páginas dobladas, una fotografía antigua y un pequeño papel con una dirección escrita a mano.
La primera página comenzaba con unas palabras que reconoció de inmediato.
Dominic, si estás leyendo esto, significa que has vuelto a caminar o que alguien ha considerado que ya no puede impedirte descubrir la verdad.
Dominic dejó de respirar por un instante.
Era la letra de su padre.
No una imitación.
No una copia.
La misma caligrafía inclinada que aparecía en las tarjetas de cumpleaños que Richard le había escrito cuando era niño.
Siguió leyendo.
Hay cosas que debí contarte antes de morir. No lo hice porque creí que mantenerte al margen te protegería. Fue el peor error de mi vida.
Dominic apretó los dedos alrededor del papel.
Arthur Voss no es el hombre que tú crees. Durante años administró nuestras cuentas, negoció contratos y se presentó ante mí como un hermano. Pero descubrí que había utilizado una de nuestras empresas para financiar operaciones que nunca autoricé.
Cuando lo confronté, me pidió tiempo para corregir los errores. Le di una semana. Al tercer día, encontré pruebas de que había transferido dinero a cuentas de personas relacionadas con nuestros proveedores de seguridad.
No sé hasta dónde llega su red. Sí sé que está dispuesto a destruir a cualquiera que se interponga en su camino.
Dominic levantó la mirada.
—Esto tiene que ser auténtico.
Vincent no respondió.
El joven empresario continuó leyendo.
Si algo me ocurre, no confíes únicamente en los documentos oficiales. Busca a Elena Salgado. Ella llevaba la contabilidad de una de nuestras empresas y conservó copias de las transacciones que Arthur intentó ocultar.
Hay otra cosa que debes saber. Arthur conoce un secreto sobre la familia Rowan. Si alguna vez esa mujer entra en tu casa, no la trates como una intrusa. Puede que sea la única persona capaz de ayudarte a encontrar la última pieza.
Dominic leyó el párrafo dos veces.
La familia Rowan.
No decía Clare.
No decía Ellie.
Pero el nombre estaba ahí.
—¿Quién es Elena Salgado? —preguntó.
Vincent sacó su teléfono.
—Voy a investigarla.
Dominic siguió leyendo.
La última página tenía menos texto.
No sé si viviré para explicártelo. Si no lo consigo, recuerda esto: el dinero puede comprarte silencio, Dominic, pero nunca te dirá quién te está mintiendo. Mira a quienes no tienen nada que ganar con tus decisiones. Ellos verán lo que tus socios prefieren ocultarte.
Al final aparecía la firma de Richard Vale.
Y una fecha.
Tres días antes del accidente.
Dominic dejó caer las manos sobre las rodillas.
Durante doce años había creído que su padre había muerto sin sospechar que alguien cercano pudiera traicionarlo. Había heredado sus empresas, sus propiedades y una red de relaciones que parecían sólidas.
También había heredado a Arthur.
—Señor —dijo Vincent—, ¿qué dice la fotografía?
Dominic la levantó.
Mostraba a su padre frente a un edificio antiguo de ladrillo, acompañado por dos personas. Richard estaba sonriendo. A su izquierda aparecía Arthur, mucho más joven, con el mismo reloj de oro que todavía llevaba en la muñeca.
A la derecha había una mujer.
Una mujer de cabello oscuro que sostenía una carpeta contra el pecho.
En el reverso de la fotografía alguien había escrito:
*Richard, Elena y la familia Rowan. Chicago, 1998.*
Dominic miró a Clare.
Ella se había quedado inmóvil junto a la cama.
—¿Conoces a esta mujer?
Clare tomó la fotografía con manos temblorosas.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después se cubrió la boca.
—Es mi mamá.
Dominic sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Tu madre trabajó para mi padre?
—Nunca me habló de los Vale. Siempre decía que había trabajado en una oficina de contabilidad, pero se fue de allí cuando yo era pequeña.
—¿Cómo se llamaba?
—Elena Salgado.
Vincent bajó lentamente el teléfono.
—La mujer de la carta.
Clare asintió, pero parecía incapaz de apartar la mirada de la fotografía.
—Mi mamá murió hace seis años. Antes de morir, me pidió que nunca confiara en los hombres que prometían resolver todos mis problemas con dinero.
Dominic la observó.
—¿Te explicó por qué?
—No. Solo me dijo que, si algún día alguien de apellido Vale se acercaba a mí, debía recordar que mi familia ya había pagado un precio por guardar silencio.
El silencio que siguió fue tan pesado que Ellie se movió bajo las sábanas.
Clare se acercó a su hija y le acomodó la cobija.
Dominic miró de nuevo la fotografía.
Su padre, Arthur y Elena habían estado juntos décadas atrás.
Y ahora Clare, la mujer que limpiaba su mansión, y Ellie, la niña que había descubierto el sabotaje, estaban en el centro de un secreto que parecía haber sobrevivido a la muerte de Richard.
—¿Tu madre guardaba documentos? —preguntó.
Clare asintió lentamente.
—Tenía una caja metálica en su casa. Cuando murió, la encontré entre sus cosas. Nunca la abrí porque no sabía dónde estaba la llave.
—¿Dónde está esa caja?
—En mi departamento.
Vincent intervino.
—No podemos ir allí sin comprobar primero que sea seguro.
—Entonces manda a alguien de confianza.
—¿A quién?
Dominic lo miró.
—A alguien que no le deba nada a Arthur.
Vincent comprendió que la respuesta no era sencilla.
En la organización Vale, muchas personas habían trabajado con Arthur durante años. Algunas lo admiraban. Otras dependían de él para conservar sus puestos.
Y unas cuantas podían estar involucradas.
—Yo iré personalmente —dijo Vincent—. Llevaré a dos agentes que no tienen relación con el consejo.
Dominic asintió.
Clare se puso de pie.
—Quiero acompañarlos.
—No —respondió Dominic.
Ella endureció la expresión.
—Esa caja pertenece a mi madre.
—Y alguien podría estar vigilando tu departamento.
—Entonces iré con protección.
—No voy a exponer a Ellie.
Clare lo miró con una mezcla de miedo y enojo.
—Con todo respeto, señor Vale, mi hija ya está expuesta. Arthur sabe dónde vivimos. Sabe dónde trabajo.
Sabe que mi madre guardaba documentos. Si quiere encontrarlos, no necesita que yo salga de esta casa.
Dominic no pudo discutirlo.
Clare tenía razón.
Él había pasado años creyendo que proteger a alguien significaba mantenerlo lejos del peligro. Pero a veces el peligro ya había entrado en su vida y cerrar las puertas solo conseguía dejarlo encerrado con la amenaza.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero no irás sin Vincent.
Clare asintió.
Antes de que pudieran organizar la salida, el teléfono de Dominic vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
No había saludo.
Solo una fotografía.
En ella aparecía Ellie sentada en el suelo de la lavandería, con su tablero de madera entre las piernas. Al fondo, apenas visible junto a una puerta, estaba un hombre con zapatos negros.
La imagen había sido tomada desde el interior de la mansión.
Debajo aparecía una frase:
*Tu padre cometió el error de confiar en Elena. No cometas el mismo error con Clare.*
Dominic levantó la cabeza.
—Vincent.
El jefe de seguridad ya estaba revisando las cámaras.
—La fotografía fue tomada aquí —dijo—. El ángulo corresponde al corredor de servicio.
—¿Quién tiene acceso a esa zona?
—El personal de limpieza, mantenimiento y seguridad.
Dominic miró a Clare.
Ella estaba pálida, pero no apartó la vista de la pantalla.
—Ese es el hombre que Ellie vio —susurró.
Dominic amplió la fotografía.
El rostro seguía oculto.
Pero en la mano izquierda del hombre había algo que brillaba bajo la luz.
Un reloj.
No era de oro.
Era de plata, con una correa metálica.
Dominic volvió a mirar la fotografía antigua de su padre y Arthur.
El reloj dorado de Arthur estaba claramente visible.
El hombre de los zapatos negros no era Arthur.
Era alguien que trabajaba para él.
Y acababa de demostrar que podía moverse dentro de la mansión sin ser detectado.
—Cierren las habitaciones de servicio —ordenó Dominic—. Nadie sale hasta que identifiquemos a ese hombre.
Vincent se dirigió hacia la puerta.
Entonces el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez el mensaje contenía solo cuatro palabras.
*La caja ya no está.*
Clare soltó un grito ahogado.
Su madre había muerto seis años atrás.
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La caja metálica era el único vínculo que conservaba con ella.
Y alguien acababa de robársela.
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