Chapter 7: El intruso no buscaba dinero ni documentos, buscaba a la hija de Clare Rowan
—¡Llévense a Ellie y no permitan que nadie se acerque a ella!
La orden de Dominic retumbó en el gran salón justo cuando las luces del pasillo comenzaron a parpadear.
Clare abrazó a su hija contra el pecho.
—¿Qué está pasando? ¡Dígame qué está pasando!
Dominic no respondió inmediatamente. Miró a Vincent, quien ya hablaba por el auricular, coordinando a los guardias que protegían el ala de invitados.
—Cierren los accesos interiores. Nadie entra ni sale sin mi autorización. Quiero a dos hombres en las escaleras y otros dos junto a la habitación de la niña.
Gabriel Torres recogió su carpeta del escritorio.
—No es por el dinero —dijo.
Dominic volvió la cabeza.
—¿Qué?
—El hombre que viene por Ellie no está buscando los documentos de Richard. Está buscando algo que tu padre dejó en manos de Elena.
Clare sintió que se le aflojaban las piernas.
—¿Qué pudo dejarle mi madre? Ella nunca tuvo nada que ver con mi hija.
Gabriel la miró con una expresión que mezclaba tristeza y culpa.
—Eso es precisamente lo que Arthur quería que creyeras.
Un golpe resonó en el pasillo.
Después se escucharon pasos apresurados.
Vincent levantó una mano para ordenar silencio.
—Señor, el intruso está en el corredor de servicio. Nuestros hombres lo tienen localizado, pero acaba de cortar la comunicación con el equipo del segundo piso.
Dominic tomó su bastón.
—Voy a buscar a mi hija.
—No —respondió Clare de inmediato.
Los dos se miraron.
Ella había pasado años agachando la cabeza ante personas que podían despedirla, amenazarla o quitarle lo poco que tenía. Pero aquella noche ya no estaba dispuesta a permitir que alguien decidiera por ella.
—Mi hija se queda conmigo.
Dominic asintió.
—Entonces nadie te separará de ella.
Gabriel se acercó a la puerta.
—Hay otra salida detrás de la biblioteca. Si el sistema de seguridad está comprometido, podrían estar intentando obligarnos a mover a la niña hacia un lugar donde puedan interceptarla.
Vincent lo miró con desconfianza.
—¿Cómo sabes que esa salida existe?
—Porque yo ayudé a Richard a diseñar los accesos originales de esta casa.
Dominic se quedó inmóvil.
Su padre había construido la mansión veinte años atrás, antes de que él asumiera el control de los negocios. Siempre había creído que los planos originales estaban guardados en el archivo de arquitectura.
—¿Qué más sabes de esta casa? —preguntó.
Gabriel no apartó los ojos de él.
—Sé que tu padre construyó una habitación detrás de la biblioteca. Una habitación que no aparece en los planos oficiales.
Un nuevo golpe sacudió las puertas del corredor.
Vincent tomó una decisión.
—Señora Rowan, venga conmigo. Señor Vale, usted se queda aquí.
—Ni hablar —respondió Dominic.
—Con todo respeto, si usted resulta herido, Arthur habrá conseguido exactamente lo que quería.
Dominic miró su pierna.
El dolor seguía allí, pero ya no era el mismo. Podía sostenerse de pie. Podía caminar.
Y, por primera vez en semanas, podía decidir por sí mismo.
—No pienso esconderme mientras alguien intenta llevarse a una niña de mi casa.
Vincent apretó la mandíbula.
—Entonces manténgase detrás de mí.
Se dirigieron hacia el ala de invitados.
Clare llevaba a Ellie en brazos. La pequeña había dejado de llorar, pero tenía el rostro escondido contra el cuello de su madre.
—Mamá, ¿es el señor de los zapatos negros?
Clare le acarició el cabello.
—No lo sé, mija.
—¿Viene por mi juguete?
Nadie respondió.
Al llegar al corredor, encontraron a un guardia sentado contra la pared, consciente pero aturdido. Su radio estaba tirada en el suelo.
Vincent se arrodilló junto a él.
—¿Dónde está?
El guardia señaló una puerta abierta al fondo.
—Entró por ahí. No vi su cara.
Dominic reconoció la habitación.
Era el antiguo cuarto de almacenamiento donde se guardaban muebles y cajas que ya no se utilizaban.
—¿Hay otra salida? —preguntó.
Gabriel asintió.
—Una puerta oculta detrás del armario.
Vincent hizo una señal a dos agentes para que revisaran la habitación antes de que los demás se acercaran.
Pero antes de que pudieran entrar, una voz surgió desde el interior.
—¡No quiero hacerle daño a nadie!
Un hombre salió lentamente, con las manos levantadas.
Llevaba uniforme de mantenimiento, zapatos negros y un reloj plateado.
Era Peter Lawson.
Clare retrocedió instintivamente.
—¡Usted!
Ellie apretó el cuello de su madre.
—Es él. Es el señor de la cajita.
Vincent levantó el arma.
—¡Al suelo! ¡Ahora!
Peter obedeció.
—No vine por la niña —dijo apresuradamente—. Vine a sacar algo de la habitación oculta.
Dominic se acercó con cuidado.
—¿Qué cosa?
Peter miró a Gabriel.
Y ese gesto fue suficiente para que todos comprendieran que los dos hombres se conocían.
—La caja —murmuró Peter.
Clare sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿La caja de mi mamá?
Peter cerró los ojos.
—Sí.
Dominic lo sujetó por el cuello de la camisa y lo obligó a levantar la cabeza.
—¿Dónde está?
—No la tengo.
—¡No vuelvas a mentirme!
—¡Señor Vale, se lo juro! La entregué hace dos horas.
—¿A quién?
Peter vaciló.
Gabriel respondió antes que él.
—A Arthur.
El nombre cayó como una piedra.
Vincent se volvió hacia los guardias.
—Localicen a Voss. Ahora.
Pero Peter comenzó a hablar, atropellando las palabras.
—Arthur me dijo que tenía que recuperar la caja antes de que Gabriel llegara. Me prometió dinero y una salida segura. Dijo que, si yo no obedecía, mi esposa perdería su trabajo y mis hijos no podrían volver a la escuela.
Clare lo miró con rabia.
—¿Y por eso amenazaste a mi hija?
Peter bajó la cabeza.
—Yo no quería acercarme a ella.
—¡Estabas en nuestra habitación!
—Solo quería comprobar si el juguete seguía allí. Arthur creía que Elena había escondido una pieza dentro del tablero.
Dominic recordó el compartimento oculto.
—¿Qué pieza?
Peter se pasó una mano por el rostro.
—Una llave.
Gabriel soltó una exclamación ahogada.
—¿La llave de la cámara?
Peter asintió.
Dominic miró a Gabriel.
—¿Qué cámara?
Gabriel tragó saliva.
—Richard tenía una caja de seguridad oculta en la antigua biblioteca. Guardó allí documentos originales sobre las operaciones de Arthur. La caja tenía una cerradura especial, fabricada en el taller donde trabajaba Elena.
—¿Y la llave estaba en el juguete de Ellie?
—Eso creo. Elena pudo haberla escondido allí para mantenerla fuera del alcance de Arthur.
Clare sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
Su madre había pasado años protegiendo un secreto que ni siquiera ella conocía.
Y ahora su hija había terminado en medio de una lucha que había comenzado mucho antes de que naciera.
—¿Qué contiene esa cámara? —preguntó Dominic.
Gabriel miró a Peter.
—Díselo.
El hombre respiró hondo.
—Documentos sobre las transferencias de dinero, grabaciones de conversaciones y un contrato que demuestra que Arthur planeó quedarse con el control de las empresas Vale después de la muerte de Richard.
Dominic sintió una rabia helada.
—¿Y por qué necesita a Ellie?
Peter tardó demasiado en responder.
Clare lo miró con desesperación.
—¡Conteste!
El hombre levantó los ojos.
—Porque Arthur cree que la niña tiene la llave original.
Dominic frunció el ceño.
—¿Y no la tiene?
Peter negó con la cabeza.
—La llave desapareció del tablero antes de que yo pudiera recuperarla.
Ellie levantó la cabeza del hombro de su madre.
—Yo sé dónde está.
Todos se quedaron inmóviles.
Clare miró a su hija.
—¿Qué dijiste, mi amor?
Ellie señaló su juguete, que seguía en manos de Dominic.
—La bolita no era una bolita. Era una llave chiquita. Yo la guardé en mi cajita de música porque el señor de los zapatos negros quería quitármela.
Dominic sintió que el mundo se detenía.
—¿Dónde está esa cajita?
—En mi cuarto.
Vincent se volvió inmediatamente hacia los guardias.
—¡Nadie se mueve hasta que aseguremos la habitación!
Pero Ellie comenzó a llorar.
—No quiero que el señor malo se lleve mi cajita.
Clare la abrazó con fuerza.
—Nadie se la va a llevar, mija.
Dominic se agachó frente a ella.
—Ellie, necesito que me escuches. Esa llave puede ayudarme a descubrir por qué alguien quiso hacerme daño. Pero tú no tienes que entregársela a nadie si tienes miedo.
La niña lo observó con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Y si el señor vuelve?
Dominic sintió que algo dentro de él se quebraba.
Durante toda su vida había creído que el poder consistía en conseguir que los demás obedecieran. Ahora una niña de cuatro años le estaba enseñando que la verdadera responsabilidad consistía en hacer que alguien se sintiera seguro sin obligarlo a confiar.
—Entonces tendrá que pasar por mí primero.
Ellie lo pensó unos segundos.
Después extendió los brazos.
Dominic la recibió con cuidado.
La niña apoyó la cabeza contra su hombro y susurró:
—Mi mamá dice que los hombres buenos cumplen sus promesas.
Dominic cerró los ojos.
—Tu mamá tiene razón.
En ese instante, el teléfono de Vincent vibró.
El jefe de seguridad respondió y escuchó durante varios segundos.
Su expresión cambió.
—Señor Vale, Arthur acaba de abandonar la mansión.
Dominic levantó la cabeza.
—¿Hacia dónde?
—No lo sabemos. Pero dejó un mensaje en la sala de conferencias.
Vincent sacó una fotografía de su bolsillo.
Era una hoja escrita a mano.
*Si quieren recuperar la caja, traigan a Gabriel Torres. Dominic debe venir solo. Y la niña se queda fuera de esto.*
Clare apretó a Ellie contra su pecho.
Dominic leyó la nota una segunda vez.
Arthur estaba intentando negociar.
Pero había cometido un error.
Había mencionado a Gabriel por su nombre.
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Y eso significaba que no solo quería recuperar la llave.
Quería silenciar al hombre que podía demostrar que Richard Vale no había muerto por accidente.
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