Chapter 2: El secreto que una madre había escondido para salvar a su hija
Clare Rowan llevaba cuatro meses trabajando en la mansión Vale, y durante ese tiempo había aprendido que el silencio podía protegerte, pero también podía convertirse en una prisión.
Aquella noche, su prisión acababa de abrirse.
—Señora Rowan —dijo Dominic—, necesito que me explique lo que acaba de decir su hija.
Clare se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
—No puedo.
—¿No puede o no quiere?
—Usted no entiende.
—Entonces explíquemelo.
Ella miró a Vincent, después a los guardias apostados junto a las puertas y finalmente al doctor Mercer.
Había demasiadas personas escuchando.
Demasiadas posibilidades de que alguien repitiera sus palabras.
—Necesito hablar con usted a solas.
Dominic asintió.
—Vincent, despeja la habitación. El doctor se queda.
Arthur todavía podía ser visto al otro lado de las puertas de cristal, hablando con dos consejeros. Cuando Vincent se acercó a ellos para pedirles que regresaran a la sala de reuniones, Arthur volvió la cabeza.
Sus ojos se encontraron con los de Clare.
La mujer sintió que el estómago se le encogía.
Arthur no hizo ningún gesto amenazante.
No necesitaba hacerlo.
Le bastó con tocarse el reloj de oro y sonreír.
Clare entendió el mensaje.
Él sabía que ella estaba a punto de hablar.
Y sabía exactamente qué podía perder.
Cuando la sala quedó vacía, Dominic se sentó en el sillón más cercano. El doctor Mercer permaneció de pie, con los brazos cruzados.
Ellie se acomodó junto a su madre.
—Quiero que empieces por el principio —dijo Dominic—. ¿Cuándo viste a Arthur en tu habitación?
Clare tardó varios segundos en contestar.
—Hace dos semanas.
—¿Por qué estaba allí?
—No lo sé.
Dominic no la interrumpió.
Ella respiró hondo.
—Esa noche, Ellie tenía fiebre. Yo había terminado mi turno y la llevé a nuestra habitación para que pudiera descansar. No tenemos permitido usar las habitaciones de huéspedes, pero la mía está cerca del ala de servicio y ella estaba muy enferma. Pensé que nadie se enteraría.
—¿Y Arthur?
—Llegó después de las diez.
Clare apretó las manos sobre las rodillas.
—Al principio pensé que se había equivocado de puerta. Me pidió que lo dejara pasar y dijo que necesitaba hablar conmigo sobre mi contrato.
—¿A esa hora?
—Sí.
—¿Qué quería?
Clare bajó la voz.
—Me preguntó si yo sabía quién era usted antes de aceptar el trabajo.
Dominic frunció el ceño.
—¿Y qué respondiste?
—Que sabía que era el dueño de la casa.
—Eso no fue lo que preguntó.
Ella asintió lentamente.
—Después me preguntó si tenía deudas, si el padre de Ellie estaba presente en nuestras vidas y si alguna vez había trabajado en un hospital.
Mercer dejó de cruzarse de brazos.
—¿Por qué le preguntaría algo así?
Clare lo miró.
—Porque quería saber cuánto necesitaba el trabajo.
Dominic sintió que la rabia comenzaba a subirle por el pecho.
—Continúa.
—Me ofreció dinero para que hiciera algo.
—¿Qué cosa?
—Dijo que necesitaba que yo entrara en su habitación durante las sesiones de rehabilitación. Que limpiara alrededor del equipo y que, si encontraba alguna pieza suelta, no se lo dijera a nadie.
Dominic se inclinó hacia delante.
—¿Te pidió que manipularas mi rodillera?
—No con esas palabras. Dijo que a veces los técnicos cometían errores y que sería conveniente que yo avisara a su oficina antes de que usted se enterara.
—¿Y aceptaste?
Clare levantó la cabeza de golpe.
—¡No!
El grito resonó en la habitación.
Ellie se sobresaltó.
Clare la abrazó de inmediato.
—Perdón, mi amor. Perdón.
Después volvió a mirar a Dominic.
—Le dije que no. Le dije que mi trabajo era limpiar, no meterme en asuntos médicos. Entonces me preguntó cuánto tiempo llevaba sin poder pagar el alquiler de mi antiguo departamento.
Dominic guardó silencio.
—¿Cómo lo sabía?
—Había investigado mi vida. Sabía dónde vivía antes, sabía que mi hermana me había prestado dinero y sabía que el papá de Ellie se había ido cuando ella tenía un año.
La voz de Clare se quebró.
—Me dijo que podía hacer que perdiera el empleo, que nadie volvería a contratarme y que, si yo contaba algo, se aseguraría de que los servicios sociales investigaran por qué llevaba a mi hija a trabajar conmigo.
Dominic apretó el mango de su bastón.
Aquella amenaza no había sido elegida al azar.
Arthur había buscado el punto más vulnerable de una mujer que no tenía dinero, influencias ni una familia capaz de protegerla.
Y después había utilizado a una niña de cuatro años como herramienta de presión.
—¿Por qué no me lo contaste? —preguntó Dominic.
Clare soltó una risa amarga, sin alegría.
—Porque usted es Dominic Vale.
Él no respondió.
—Las personas como yo no entramos a su oficina para contarle que alguien poderoso nos amenaza. Nos despedimos, recogemos nuestras cosas y tratamos de sobrevivir. Usted tiene abogados, médicos y hombres armados. Yo tengo una hija y una bolsa con ropa.
Dominic sintió el golpe de aquellas palabras con más fuerza que cualquier acusación.
—Podrías haber acudido a Vincent.
—No sabía en quién podía confiar.
Vincent, que había regresado silenciosamente a la habitación, escuchó la última frase.
No se ofendió.
En su trabajo, desconfiar era una forma de mantenerse vivo.
—¿Arthur volvió a hablar contigo? —preguntó Dominic.
Clare asintió.
—Hace tres noches. Me encontró en el pasillo de servicio y me dijo que había cometido un error al rechazar su oferta. Después me preguntó si mi hija seguía jugando con ese tablero de madera.
Dominic miró el juguete.
Era una pieza sencilla, hecha de madera clara, con pestillos, pequeñas bisagras y una cadena metálica. Estaba gastada por el uso.
—¿Por qué le interesaba el juguete?
—No lo sé. Pero cuando Ellie se lo enseñó, él se quedó mirándolo mucho tiempo.
La pequeña apretó el tablero.
—El señor quería mi juego.
Clare la miró con sorpresa.
—¿Te pidió tu juego, mija?
Ellie asintió.
—Dijo que tenía una cerradura que necesitaba arreglar.
Dominic intercambió una mirada con Vincent.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—El martes.
El mismo día en que la cámara había dejado de grabar.
—¿Dónde estaba? —preguntó Vincent.
—En el pasillo que lleva a la lavandería.
—¿Había alguien más?
Ellie se quedó pensando.
—Un señor con zapatos negros.
Vincent se agachó a su altura.
—¿Recuerdas cómo era?
La niña negó con la cabeza.
—No le vi la cara. Estaba agachado y tenía una cajita.
—¿Qué clase de caja?
Ellie abrió las manos para mostrar el tamaño.
—Así. Como la de los tornillos de mi papá... Bueno, de mi papá de antes.
Clare la abrazó con más fuerza.
El padre biológico de Ellie llevaba tres años sin aparecer. La niña todavía conservaba algunos recuerdos de él, aunque cada vez los mencionaba menos.
Dominic no quiso distraerse con aquello.
—¿Qué hizo el hombre de los zapatos negros?
Ellie señaló su juguete.
—Abrió la parte de atrás y miró adentro.
Vincent tomó el tablero con cuidado, después de pedirle permiso a la niña.
Lo examinó por ambos lados.
—No veo nada extraño.
—Porque no se ve —dijo Ellie.
La niña extendió la mano.
—Esa parte se abre.
Con un movimiento de sus pequeños dedos, presionó una bisagra oculta y levantó una tapa que Vincent ni siquiera había notado.
Dentro había un compartimento diminuto.
Vacío.
Pero el metal tenía una marca reciente, como si alguien hubiera introducido una herramienta.
Vincent dejó de respirar durante un segundo.
—Señor, alguien abrió esto.
—¿Había algo guardado ahí? —preguntó Dominic.
Ellie asintió.
—Una bolita.
—¿Qué bolita?
—Una de metal. Brillaba mucho. El señor de los zapatos negros me dijo que no la tocara porque podía romperse.
Clare palideció.
—Ellie, nunca me dijiste eso.
—Porque pensé que era una canica.
Dominic miró a Vincent.
Una pieza metálica había sido retirada del juguete de una niña. Un hombre desconocido había manipulado el tablero. Y, el mismo día, una cámara de seguridad había dejado de funcionar durante cuarenta y siete minutos.
No parecía una coincidencia.
—¿Qué clase de pieza era? —preguntó Mercer.
—No lo sé —respondió Vincent—. Pero si era lo bastante pequeña para esconderla en ese compartimento, podría ser cualquier cosa.
Dominic se volvió hacia el médico.
—¿Podría estar relacionada con mi rodillera?
Mercer dudó.
—No puedo asegurarlo. Pero una pieza de calibración o un pequeño componente de ajuste podría tener dimensiones similares.
—¿Y si alguien utilizó el juguete para sacar una pieza de la habitación?
—Sería posible, dependiendo de qué componente estemos buscando.
Clare se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
Dominic la miró.
—No te culpes por algo que no sabías.
—Pero mi hija estaba en medio de todo esto.
—Tu hija vio lo que nadie más quiso ver.
Ellie levantó la cara.
—¿Ya no le duele la pierna?
Dominic bajó la mirada hacia su rodillera.
—Mucho menos.
—Entonces hay que arreglarla bien.
Por primera vez aquella noche, Dominic sonrió de verdad.
—Sí, pequeña. Hay que arreglarla bien.
Pero la sonrisa desapareció cuando Vincent recibió un mensaje en su teléfono.
Lo leyó una vez.
Después volvió a leerlo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Dominic.
Vincent giró la pantalla.
Era una fotografía tomada desde una cámara exterior. Mostraba a un hombre saliendo de la mansión por una puerta lateral, con una bolsa de herramientas en la mano.
El rostro no se distinguía con claridad.
Pero los zapatos negros eran inconfundibles.
Debajo de la imagen aparecía un registro de acceso.
*Autorización de salida: Arthur Voss.*
Dominic se levantó tan rápido que el bastón golpeó el piso.
—¿Dónde está Arthur?
Vincent consultó el sistema.
—En la sala de conferencias.
En ese mismo instante, el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era una alerta de seguridad.
*Se detectó una apertura no autorizada en el archivo médico privado de Dominic Vale.*
Mercer palideció.
—Ese archivo contiene todos los informes de tu recuperación.
Dominic sintió que la noche acababa de cambiar.
Alguien había intentado sabotear su rehabilitación.
Alguien había manipulado las grabaciones.
Y ahora alguien estaba entrando en sus expedientes médicos mientras el principal sospechoso permanecía dentro de su propia mansión.
—Vincent —ordenó—, no quiero que detengas a Arthur todavía.
—¿Por qué?
May you like
Dominic miró hacia las puertas de cristal.
—Porque quiero saber a quién está tratando de proteger.
Related Stories