Chapter 6: El hombre al que Richard Vale llamó su segundo hijo
Cuando Dominic regresó a la mansión, ya no estaba buscando únicamente a un saboteador.
Estaba buscando a alguien que su padre había mantenido oculto durante doce años.
La nota de Elena Salgado no ofrecía un nombre, una dirección ni una explicación. Solo una frase que parecía haber sido escrita para sobrevivir a su autora.
Busca al hombre que Richard llamó su segundo hijo.
Dominic permaneció sentado en el automóvil mientras Vincent hablaba por teléfono con los guardias de la entrada.
—Peter Lawson está bajo custodia —informó Vincent—. Angela Pierce no aparece en su domicilio. Su teléfono está apagado y nadie la ha visto desde esta tarde.
—¿Cuándo fue la última vez que entró en la mansión?
—A las nueve y doce de la mañana.
Dominic consultó la hora.
Casi quince horas antes.
—¿Revisaste su casillero?
—Está vacío.
—¿Y sus registros bancarios?
—No tenemos acceso a ellos sin autorización legal.
Dominic asintió.
No necesitaba recurrir a métodos ilegales para saber que Angela había desaparecido por una razón. Si era inocente, podía haber huido por miedo. Si era culpable, quizá intentaba borrar sus huellas.
En ambos casos, tenían que encontrarla.
El vehículo entró en el garaje.
Dominic bajó con cuidado, apoyándose en su bastón. La pierna todavía estaba débil, pero el dolor había disminuido lo suficiente para permitirle caminar por el pasillo sin detenerse cada pocos pasos.
Vincent lo observó.
—Debería descansar.
—Llevo once semanas descansando.
—No es lo que quise decir.
Dominic lo miró.
Vincent rara vez discutía sus órdenes, pero cuando lo hacía, era porque creía que su jefe estaba a punto de cometer un error.
—Si se presenta ante el consejo sin dormir y con una investigación incompleta, Arthur podría utilizarlo en su contra.
—Arthur ya está utilizando todo lo que tiene en mi contra.
—Entonces no le demos otra ventaja.
Dominic respiró hondo.
—Tienes razón. Pero primero quiero ver a Ellie y asegurarme de que está bien.
Cuando llegaron al ala de invitados, encontraron a la pequeña sentada en el suelo junto a una agente de seguridad. Había extendido sus juguetes sobre una manta y estaba intentando reparar el tablero de madera con una cinta adhesiva.
Al ver a su madre, se levantó de golpe.
—¡Mamá!
Clare se arrodilló y la abrazó con fuerza.
—Aquí estoy, mi amor.
—¿Encontraste las cosas de la abuelita?
Clare miró a Dominic.
No quería mentirle a su hija, pero tampoco podía explicarle lo que estaba ocurriendo.
—Todavía no, mija.
Ellie bajó la mirada.
—Entonces hay que buscarlas.
Dominic se sentó en un sillón cercano.
—Vamos a encontrarlas.
La niña lo miró con seriedad.
—¿Lo prometes?
Él sintió que aquella palabra pesaba más de lo que debería pesar una promesa hecha a una niña.
No podía garantizar que encontrarían la caja. No podía garantizar que Arthur no volviera a amenazarlas.
Pero podía prometer que no dejaría de buscar.
—Te prometo que no voy a dejar de intentarlo.
Ellie pareció aceptar la respuesta.
Después se acercó con su tablero.
—¿Me ayudas a poner esto derecho?
Dominic tomó el juguete.
—Claro.
La pequeña le mostró la bisagra oculta, el pestillo y la cadena metálica.
—La abuelita de mi mamá también hacía cosas así —dijo—. Mamá dice que arreglaba relojes y cajitas.
Clare levantó la cabeza.
—Nunca te he dicho que mi mamá arreglara cajas.
—Sí me dijiste. Cuando se rompió mi cajita de música.
Dominic miró a Clare.
Ella pareció recordar algo.
—Mi madre tenía herramientas pequeñas. Le gustaba reparar objetos antiguos. Cuando yo era niña, podía pasar horas desmontando relojes y cerraduras.
Dominic observó el tablero.
—¿Crees que alguien eligió este juguete porque sabía que tu madre hacía ese tipo de trabajo?
Clare se quedó pensando.
—No lo sé. Pero el compartimento oculto no es parte del diseño original. Mi mamá me enseñó a hacer uno parecido cuando yo tenía ocho años.
Dominic sintió un nuevo escalofrío.
La niña no había encontrado una pieza metálica por casualidad.
El tablero tenía un mecanismo oculto que Elena había enseñado a su hija, y alguien había utilizado ese mismo compartimento para transportar una pieza relacionada con el sabotaje.
—¿Tu madre trabajaba con metal? —preguntó.
—A veces. Reparaba objetos de precisión para un taller. Nunca me dijo qué clase de objetos eran.
—¿Dónde estaba ese taller?
Clare negó con la cabeza.
—Cerró hace mucho tiempo. Creo que estaba al sur de la ciudad.
Dominic se volvió hacia Vincent.
—Investiga todos los talleres donde Elena Salgado trabajó. Quiero nombres de propietarios, socios y empleados.
Vincent asintió.
—Lo haré.
En ese momento, uno de los guardias llamó desde el pasillo.
—Señor Vale, el doctor Mercer está aquí. Dice que encontró algo en su historial de rehabilitación.
Dominic se levantó.
—Que venga.
Mercer entró con una carpeta y una memoria electrónica.
Parecía haber envejecido diez años durante las últimas horas.
—He revisado todas las órdenes de ajuste de su rodillera desde la cirugía —explicó—. Hay tres modificaciones que no coinciden con las indicaciones del cirujano.
Dominic frunció el ceño.
—¿Tres?
—La primera fue registrada hace cinco semanas. La segunda, hace cuatro. La tercera, hace tres.
Vincent abrió la carpeta.
Las modificaciones parecían pequeñas. Cambios en la tensión de las correas, ajustes de posición y una sustitución de componente que no aparecía en el inventario del hospital.
—¿Quién autorizó estas modificaciones? —preguntó Dominic.
Mercer señaló una firma.
Angela Pierce.
—La técnica de rehabilitación.
—¿Podría haber sido un error?
—Una vez, quizá. Tres veces, siguiendo el mismo patrón, no.
Dominic miró las fechas.
Cada modificación coincidía con una semana en la que Arthur había insistido en que su recuperación se había estancado.
—¿Cuándo comenzaste a sospechar?
Mercer bajó la mirada.
—Hace diez días. Noté que el dolor no correspondía con la evolución de la cirugía. Pedí una revisión independiente, pero Arthur me llamó antes de que pudiera programarla.
Dominic se quedó inmóvil.
—¿Qué te dijo?
—Que no alarmara al paciente. Que las fluctuaciones eran normales y que debía mantener el tratamiento.
—¿Y obedeciste?
El doctor apretó los labios.
—Sí.
La respuesta quedó suspendida entre ellos.
Dominic sintió una decepción profunda, aunque no completamente inesperada.
—¿Por qué?
Mercer levantó la mirada.
—Porque Arthur había financiado parte de la clínica donde trabajé antes de incorporarme a su equipo. Mi carrera dependía de varias recomendaciones suyas. Me convencí de que estaba evitando una reacción exagerada.
—¿Y ahora?
—Ahora entiendo que pude haber prolongado su sufrimiento.
Dominic cerró la carpeta.
—No vuelva a ocultarme información médica. Nunca.
—No volverá a ocurrir.
—Eso espero.
Mercer dejó la memoria electrónica sobre la mesa.
—Hay algo más. Revisé las órdenes originales del cirujano. La pieza que alguien retiró de su rodillera tiene un número de serie que no corresponde al fabricante actual.
Vincent frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que el componente pudo haber sido sustituido por una pieza antigua o por una pieza fabricada de manera independiente. Necesito examinarla en un laboratorio para saberlo con certeza.
Dominic miró el juguete de Ellie.
—¿Una pieza como la que ella encontró en el compartimento?
—No puedo afirmarlo. Pero si la pieza desaparecida tiene ese número de serie, podríamos rastrear su origen.
Vincent recibió una llamada y se apartó unos pasos.
Dominic volvió a mirar la nota de Elena.
El hombre al que Richard había llamado su segundo hijo.
¿Quién podía ser?
Su padre había tenido socios, amigos y empleados de confianza. También había ayudado económicamente a varias personas que nunca aparecieron en los registros familiares.
Pero nunca había mencionado a otro hijo.
—¿Conociste a mi padre antes del accidente? —preguntó Dominic al doctor.
Mercer negó con la cabeza.
—No. Empecé a trabajar para usted después de la cirugía.
—¿Sabes si tenía algún protegido?
El médico lo pensó.
—Escuché a Arthur mencionar a un hombre llamado Gabriel durante una reunión. Fue hace años, cuando todavía estaba en la clínica privada. Dijo que Gabriel había desaparecido y que era mejor no volver a hablar de él.
Dominic se incorporó.
—¿Gabriel qué?
—No lo sé. Solo escuché el nombre.
Vincent regresó.
Su expresión era grave.
—Encontramos una coincidencia con los registros de Elena Salgado.
Dominic se volvió.
—Habla.
—Trabajó en un taller de instrumentos de precisión llamado Calderón y Asociados. El taller cerró hace veintidós años, pero uno de sus antiguos empleados sigue vivo.
—¿Quién?
—Gabriel Torres.
El nombre resonó en la habitación.
Clare levantó la cabeza.
—¿Gabriel?
Vincent la miró.
—¿Lo conoces?
Ella negó lentamente.
—No. Pero mi mamá tenía una fotografía de un hombre con ese nombre escrito en el reverso. Nunca me explicó quién era.
Dominic sintió que el rompecabezas se estaba acercando a una imagen reconocible.
—¿Dónde vive?
—En un pequeño pueblo a las afueras de Chicago. No ha tenido relación con los negocios Vale durante años.
—Entonces iremos a verlo.
Vincent negó con la cabeza.
—No esta noche. Necesitamos verificar que no sea una trampa.
Dominic miró el reloj.
—Mañana al amanecer.
—De acuerdo.
Pero antes de que pudieran organizar el viaje, el teléfono de la agente de seguridad comenzó a sonar.
Ella respondió, escuchó durante varios segundos y se acercó a Vincent.
—Señor, tenemos un problema en la entrada principal.
Vincent tomó el teléfono.
—¿Qué ocurrió?
La respuesta llegó entre interferencias.
—Un hombre acaba de presentarse. Dice que conoce a Dominic Vale y que tiene información sobre el sabotaje.
—¿Nombre?
La agente miró hacia la puerta.
—Gabriel Torres.
Dominic sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
El hombre que habían estado buscando durante horas acababa de presentarse en su casa.
Sin embargo, Vincent no parecía aliviado.
—Señor, hay algo más.
—¿Qué?
—Viene acompañado por dos agentes de policía. Afirma que necesita protección porque alguien intentó matarlo esta noche.
Clare se llevó una mano a la boca.
Dominic se apoyó en el bastón.
—Que entre.
Vincent no se movió.
—Podría ser peligroso.
—Si ha venido hasta aquí con la policía, quiero escuchar lo que tiene que decir.
Dos minutos después, las puertas del gran salón se abrieron.
Entró un hombre de unos cincuenta años, delgado, con el cabello gris y una cicatriz fina junto a la ceja izquierda. Llevaba un abrigo oscuro empapado por la lluvia y sostenía una carpeta contra el pecho.
Al ver a Dominic, se detuvo.
No lo saludó.
No le tendió la mano.
Simplemente lo observó con una expresión de tristeza que resultaba difícil de fingir.
—Te pareces mucho a Richard —dijo.
Dominic sintió que todos los presentes se tensaban.
—¿Conociste a mi padre?
Gabriel soltó una risa amarga.
—Lo conocí mejor que la mayoría de los hombres que se sentaban a su mesa.
—¿Qué relación tenías con él?
Gabriel miró a Clare.
Después observó a Ellie, que se había acercado a su madre.
Finalmente, dejó la carpeta sobre la mesa.
—Richard me crió después de que mi padre muriera. Me enseñó a trabajar, me pagó los estudios y me trató como a un hijo. Durante años, todos en la familia supieron que yo era el muchacho al que él había decidido proteger.
Dominic sintió que la nota de Elena cobraba sentido.
—¿Por qué nunca te mencionó?
Gabriel lo miró directamente.
—Porque Arthur Voss le hizo creer que yo había vendido información de la familia.
Vincent dio un paso al frente.
—¿Y no lo hiciste?
Gabriel abrió la carpeta.
Dentro había copias de documentos antiguos, fotografías y un registro bancario.
—No. Pero alguien utilizó mi nombre para mover dinero de las empresas Vale. Cuando Richard descubrió la verdad, intentó encontrarme antes de que Arthur pudiera hacerlo.
Dominic hojeó los documentos.
En la última página había una firma.
Gabriel Torres.
Y debajo, una fecha que coincidía con la semana del accidente de Richard.
—¿Qué es esto? —preguntó Dominic.
Gabriel respiró hondo.
—La prueba de que Arthur Voss no solo robó dinero de tu familia. También organizó el encubrimiento que destruyó la vida de tu padre.
Dominic levantó la mirada.
—¿Tienes pruebas de que provocó el accidente?
Gabriel tardó en responder.
—Tengo pruebas de que sabía que Richard iba a morir esa noche.
Clare soltó un grito ahogado.
Dominic sintió que la rabia le nublaba la vista.
—¿Qué estás diciendo?
Gabriel abrió la última carpeta.
Dentro había una fotografía de un automóvil estacionado junto a una carretera mojada. El vehículo estaba destrozado, pero el número de la placa podía leerse con claridad.
Era el automóvil de Richard Vale.
En el reverso, una frase escrita a mano:
*Si esto llega a Dominic, dile que el segundo hijo nunca traicionó a su padre. El traidor sigue sentado a su lado.*
Dominic levantó lentamente la cabeza.
Arthur Voss llevaba quince años sentado a su derecha.
Y, mientras él leía la nota, las alarmas de seguridad de la mansión comenzaron a sonar.
Vincent sacó su arma y miró hacia el pasillo.
Una voz surgió por el intercomunicador.
—Señor Vale, tenemos una intrusión en el ala de invitados.
Dominic se volvió hacia Clare.
La mujer abrazó a Ellie con fuerza.
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Entonces la voz del guardia añadió las palabras que helaron la sangre de todos.
—El intruso está buscando a la niña.
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