Chapter 9: La mujer que llevaba siete años fingiendo ser Patricia
Elena abrió la puerta antes de que Ramiro pudiera detenerla.
La mujer del automóvil no se movió.
Permaneció junto al camino, sosteniendo la carpeta roja como si fuera una invitación a tomar el té.
Su parecido con Patricia era aterrador.
La misma altura.
El mismo cabello.
La misma forma de sonreír.
Pero Elena ya había aprendido que un rostro podía ser una mentira.
—No te acerques a mi mamá —dijo.
Lucía ladeó la cabeza.
—¿Tu mamá? Qué curioso. Durante siete años, todos creyeron que yo era Patricia. Incluso tú.
Patricia apareció detrás de Elena.
Al ver a su hermana, dejó de temblar.
—Vete, Lucía.
La mujer soltó una risa breve.
—Siempre tan dramática. Ni siquiera has preguntado cómo estoy.
—Sé perfectamente cómo estás. Estás aquí porque crees que todavía puedes quedarte con lo que le robaste a nuestra familia.
Lucía levantó la carpeta.
—No vine a discutir recuerdos. Vine a terminar un asunto legal.
Elena extendió la mano.
—Enséñame ese documento.
Lucía la observó con una sonrisa burlona.
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Porque, si es legítimo, no tienes nada que ocultar.
La mujer pareció disfrutar la respuesta.
Abrió la carpeta y mostró la primera hoja.
Era una resolución firmada por un juez, acompañada de varios anexos notariales. Según el documento, Lucía había sido reconocida como representante legal de una sociedad vinculada al patrimonio Somor.
Pero Elena detectó algo extraño.
La fecha era posterior a la muerte oficial de Patricia.
Y el número de identificación de la beneficiaria correspondía a su madre.
—Esta resolución se obtuvo utilizando documentos falsos —dijo Elena.
Lucía sonrió.
—¿Puedes demostrarlo?
—Sí. Mi mamá está viva.
Por primera vez, la sonrisa de Lucía se tensó.
Miró a Patricia.
—Qué lástima. Siempre fuiste incapaz de mantenerte lejos de los problemas.
Patricia dio un paso al frente.
—Tú me robaste la vida.
—Te ofrecí una salida.
—Me encerraste en una casa, me amenazaste con hacerle daño a mi hija y utilizaste mi nombre para firmar documentos que jamás habría autorizado.
Lucía levantó los hombros.
—No tenías la capacidad de administrar el resort. Augusto lo sabía. Por eso nunca te dejó el control absoluto.
Patricia soltó una risa amarga.
—Mi padre me confió el fideicomiso porque sabía que yo no utilizaría el dinero de los trabajadores para pagar deudas personales.
—Y mira dónde terminaste. Escondida en una casa junto al mar, dependiendo de una hija que apenas conoces como adulta.
Elena sintió que la rabia le recorría el cuerpo.
—Una palabra más contra mi mamá y vas a responder por cada amenaza que hayas hecho.
Lucía la miró de arriba abajo.
—Sigues creyendo que puedes intimidarme con la insignia de tu abuelo. No sabes lo que tengo.
Sacó otra hoja.
Era un contrato de transferencia de activos firmado por Daniel, con una cláusula que otorgaba el control de varias propiedades a una empresa privada.
Elena reconoció el nombre de la sociedad que había visto en los documentos de su madre.
—¿Quién está detrás de esa empresa?
Lucía dobló el papel.
—Alguien que entiende que los negocios no se administran con sentimentalismos.
—Dime su nombre.
—Ven conmigo al resort y te lo diré.
Ramiro se acercó a Elena.
—No puede irse con ella. La policía está en camino.
Lucía soltó una carcajada.
—¿La policía? Qué gracioso. ¿Creen que no sé que Arturo fue detenido?
¿Creen que no sé que Ernesto está bajo custodia? Tengo suficientes contactos para conseguir que ambos salgan libres antes de que ustedes lleguen a la ciudad.
Patricia apretó el brazo de su hija.
—No le creas nada.
Lucía miró a su hermana con una expresión fría.
—Tú siempre fuiste la favorita. Papá te dio el fideicomiso, Augusto te protegió y hasta Elena cree que eres una santa. Pero yo fui la que encontró el dinero cuando la empresa estaba a punto de quebrar.
Yo fui la que convenció a los inversionistas de quedarse. Yo fui la que mantuvo a flote el resort mientras ustedes jugaban a ser una familia feliz.
—Robaste —respondió Patricia—. Eso fue lo que hiciste.
Lucía perdió la sonrisa.
—Robé porque nadie me dio lo que merecía.
Elena comprendió entonces que su tía no estaba arrepentida. No buscaba una explicación ni una reconciliación. Estaba convencida de que cualquier daño que hubiera causado era justificable porque alguien le había negado el poder que deseaba.
—¿Qué quieres? —preguntó Elena.
Lucía señaló la insignia que Patricia sostenía.
—La pieza original. Y la escritura del fideicomiso.
—No las tendrás.
—Entonces tu madre regresará a su escondite. Esta vez, para siempre.
Patricia palideció, pero Elena no retrocedió.
—Ya no puedes amenazarla. Hay testigos, documentos y una investigación abierta.
Lucía levantó su teléfono.
—¿Estás segura?
La pantalla mostraba una transmisión en vivo del vestíbulo del resort.
Daniel estaba sentado en una oficina, acompañado por un abogado. Detrás de él había dos guardias privados.
Una voz se escuchó desde el teléfono.
—La firma de la transferencia ha sido validada. El consejo de administración reconoce a Lucía Somor como representante provisional.
Elena sintió que el suelo se movía.
—¿Cómo consiguieron eso?
Lucía sonrió.
—Porque el documento que ustedes encontraron en la casa no era el único. Daniel firmó una segunda transferencia antes de que activaras el bloqueo. Y la sociedad beneficiaria ya tiene los derechos sobre varios activos.
—Eso no puede ser válido mientras se investiga el fraude.
—La investigación no ha congelado todas las propiedades. Tu insignia te dio control provisional del resort, pero no anuló contratos que ya estaban registrados.
Elena miró a Ramiro.
Él confirmó con un gesto preocupado.
Lucía había encontrado una grieta legal.
No podía quedarse con todo de inmediato, pero sí podía sacar del fideicomiso varios activos mientras la familia intentaba demostrar el fraude.
—¿Qué propiedades? —preguntó Elena.
Lucía sacó una lista.
—Los terrenos de expansión, el edificio administrativo antiguo y la participación en la empresa que administra los restaurantes. Todo lo que tu abuelo consideraba secundario.
Patricia se llevó una mano al pecho.
—El edificio antiguo contiene los archivos originales.
Lucía sonrió.
—Exactamente.
Elena entendió el plan.
Si Lucía conseguía controlar aquel edificio, podría destruir las pruebas que aún faltaban. Y si transfería las propiedades antes de que las autoridades actuaran, la recuperación del patrimonio se convertiría en una batalla legal interminable.
—¿Quién es el verdadero beneficiario? —preguntó Elena—. No me has respondido.
Lucía la observó durante varios segundos.
Después sacó una fotografía de la carpeta roja.
En ella aparecía un hombre de traje oscuro, sentado frente a una mesa de reuniones. Elena reconoció el rostro.
Era el abogado que había representado a la familia durante años.
El mismo que había gestionado la sucesión de don Augusto.
El mismo que había certificado los documentos que permitieron a Daniel asumir la administración del resort.
Y el mismo que había enviado a Elena las primeras copias de los movimientos financieros.
*Licenciado Mauricio Salvatierra.*
Elena sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
—Él nos ayudó a descubrir las irregularidades.
Lucía negó con la cabeza.
—Él te permitió descubrir las que quería que vieras.
Ramiro tomó la fotografía.
—Salvatierra era el asesor legal de don Augusto. Si estuvo involucrado desde el principio, conoce todas las cláusulas del fideicomiso.
—Y sabe cómo destruirlas —añadió Patricia.
Lucía cerró la carpeta.
—Mauricio diseñó el plan para que Arturo controlara el dinero, Daniel administrara el resort y yo pudiera adquirir los activos cuando llegara el momento. Todo estaba previsto desde antes de la muerte de Augusto.
Elena recordó la cuenta maestra, las transferencias y los documentos falsos.
Todo conducía al mismo hombre.
—¿Por qué nos estás contando esto? —preguntó.
Lucía guardó silencio.
Por primera vez, parecía incómoda.
Patricia la observó con desconfianza.
—Porque Mauricio la traicionó —dijo.
Lucía giró hacia su hermana.
—No sabes nada.
—Sé que el hombre que prometió darte el control del resort está a punto de quedarse con todo. Incluida tu parte.
Elena miró a Lucía.
La mujer apretó la carpeta contra el pecho.
—Mauricio cambió los términos de la sociedad hace tres meses —continuó Patricia—. Si la transferencia se completa, él recibirá la mayoría de las acciones. Tú solo serás una administradora temporal.
Lucía guardó silencio.
La revelación no la había vuelto inocente, pero había abierto una grieta en su seguridad.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Elena.
Patricia señaló la caja de metal.
—Porque tu abuelo dejó una copia de los acuerdos originales. Y porque Lucía no es la única que ha estado buscando esos documentos.
Elena abrió la caja.
Debajo de la escritura había una memoria digital con una etiqueta escrita a mano.
*MAURICIO SALVATIERRA — REUNIÓN FINAL.*
Ramiro conectó el dispositivo a una computadora portátil aislada de la red del resort.
Apareció una carpeta con varios archivos de audio y un documento cifrado.
El primer audio duraba apenas tres minutos.
Elena presionó reproducir.
La voz de su abuelo llenó la habitación.
—Mauricio, no voy a firmar. No permitiré que uses a mi familia para convertir el fideicomiso en una empresa privada. Si algo me sucede, Elena tendrá que saber quién ordenó todo.
Después se escuchó otra voz.
La de Mauricio.
—Don Augusto, si no firma, no podré garantizar su seguridad.
La grabación terminó abruptamente.
Elena se quedó inmóvil.
Aquello demostraba que el abogado había amenazado a su abuelo.
Pero faltaba saber si había participado directamente en su muerte.
Lucía miró la computadora.
—Hay otro archivo.
Ramiro abrió el segundo audio.
Esta vez, la voz de Mauricio sonaba más cercana.
—Arturo se encargará de Augusto. Ernesto mantendrá a Patricia bajo control. Daniel conservará el resort y yo me ocuparé de que ninguna denuncia llegue a los tribunales. Cuando todo termine, cada quien recibirá su parte.
Después se escuchó la voz de Lucía.
—¿Y Elena?
Mauricio respondió sin dudar.
—Elena no es un problema mientras crea que no tiene nada que reclamar.
El audio terminó.
Elena sintió que la rabia se convertía en una determinación helada.
Ya no se trataba únicamente de recuperar un resort.
Se trataba de demostrar que su abuelo había sido amenazado, que su madre había sido secuestrada bajo una identidad falsa y que ella misma había sido perseguida para impedir que descubriera la verdad.
Lucía extendió la mano.
—Dame una copia de ese archivo.
Elena la miró.
—¿Para qué?
—Para entregársela a las autoridades.
Patricia soltó una risa triste.
—¿Ahora quieres justicia?
Lucía apretó los labios.
—Quiero impedir que Mauricio se quede con todo.
—Eso no es justicia —dijo Elena—. Es miedo a perder tu parte del botín.
Lucía bajó la mano.
Durante unos segundos, las dos hermanas se miraron en silencio.
Después, Lucía sacó una memoria de su bolso.
—Tengo algo que puede servirles.
Ramiro no permitió que se acercara.
—Déjela sobre la mesa.
Lucía obedeció.
La memoria contenía una copia de la contabilidad interna de la sociedad de Mauricio, incluidos varios pagos realizados a una empresa de seguridad relacionada con el vehículo que había embestido el automóvil de Elena.
También había una transferencia realizada la noche anterior al accidente.
El destinatario era un hombre que figuraba en la nómina de seguridad del resort.
Elena reconoció el nombre.
Era el mismo guardia que había desaparecido después de ser despedido por Daniel.
—¿Quién lo contrató? —preguntó.
Lucía la miró directamente.
—Mauricio.
Ramiro tomó fotografías de los documentos y envió una copia a las autoridades.
Elena guardó la memoria original.
Por primera vez, tenían una pista concreta para demostrar quién había ordenado el ataque.
Pero antes de que pudieran continuar, el teléfono de Ramiro comenzó a sonar.
Era el agente encargado del caso.
—Necesitamos que regresen a Guadalajara inmediatamente —dijo—. El licenciado Salvatierra acaba de presentarse ante las autoridades con una denuncia contra Elena Somor.
Elena frunció el ceño.
—¿Una denuncia por qué?
El agente guardó silencio durante un instante.
—Por falsificación de documentos, usurpación de identidad y apropiación ilegal del fideicomiso.
Elena sintió que el cuerpo se le enfriaba.
—Eso es absurdo. Tenemos pruebas contra él.
—Lo sabemos. Pero acaba de presentar una grabación en la que supuestamente usted admite haber falsificado la escritura original.
Patricia se llevó una mano a la boca.
Lucía cerró los ojos.
Ramiro preguntó:
—¿Dónde está Salvatierra ahora?
—En la fiscalía. Y ha solicitado una orden de detención contra Elena.
Elena miró la memoria digital sobre la mesa.
Mauricio no estaba intentando destruir las pruebas.
Estaba intentando convertirlas en un arma contra ella.
Y si conseguía que la detuvieran antes de que pudieran autenticar los documentos, podía recuperar el control del resort y borrar el rastro de todo lo que había hecho.
Patricia se acercó a su hija.
—No vas a enfrentarte a él sola.
Elena apretó la insignia original dentro de su mano.
—No, mamá. Esta vez no.
Miró a Lucía.
—Si de verdad quieres impedir que Mauricio se quede con todo, vas a tener que declarar contra él.
Lucía sostuvo su mirada.
—Si declaro, perderé cualquier posibilidad de recuperar mis acciones.
—Si no declaras, quizá pierdas mucho más.
La mujer miró la carpeta roja y después la fotografía de Mauricio.
Finalmente, asintió.
—Está bien. Hablaré.
Pero cuando Ramiro volvió a mirar el teléfono, había llegado un nuevo mensaje de la fiscalía.
La orden de detención contra Elena había sido aprobada.
Y el documento utilizado para justificarla llevaba la firma electrónica de Patricia Somor.
La mujer que estaba de pie junto a Elena.
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La madre que acababa de recuperar después de siete años.
Y la persona cuya identidad había sido utilizada para acusar a su propia hija.