Chapter 8: La gemela que ocupó el lugar de su hermana
Elena miró la fotografía una y otra vez, esperando que el rostro cambiara.
La mujer tenía los mismos ojos de Patricia, la misma nariz y la misma pequeña marca junto a la barbilla que Elena recordaba desde niña.
Pero había algo en su expresión que no encajaba.
Su madre sonreía con los ojos. Incluso cuando estaba triste, había una ternura en su mirada que hacía que Elena sintiera que todo podía arreglarse.
La mujer de la fotografía no transmitía ternura.
Transmitía frialdad.
—Mi mamá nunca me habló de una hermana gemela —dijo Elena.
Beatriz se sentó en una silla vieja.
—Porque Lucía desapareció antes de que tú nacieras.
—¿Desapareció?
—Tu abuela tuvo dos hijas. Patricia y Lucía. Eran idénticas físicamente, pero muy diferentes en todo lo demás.
Patricia quería una familia. Lucía quería poder. Cuando tu abuelo decidió que el fideicomiso pasaría a Patricia y después a ti, Lucía sintió que la habían traicionado.
Elena miró la escritura.
—¿Por qué mi abuelo no le dejó nada?
Beatriz suspiró.
—Porque Lucía había falsificado documentos y utilizado el nombre de tu abuela para retirar dinero de una cuenta familiar. Tu abuelo la descubrió y le pidió que devolviera lo que había tomado. Ella se negó. Después se marchó.
—¿Y Arturo la encontró?
—Sí. Años después, cuando comenzó a planear cómo apoderarse del resort, Lucía regresó. Sabía que podía hacerse pasar por Patricia y que nadie sospecharía si la familia estaba acostumbrada a verlas juntas.
Elena sintió náuseas.
—Pero mi mamá murió delante de mí.
Beatriz le tomó la mano.
—Escúchame. La noche en que Patricia fue hospitalizada, Lucía ya había regresado. Arturo había organizado una reunión para obligar a tu abuelo a firmar unos documentos.
Patricia descubrió el plan y trató de detenerlo. Después de la muerte de Augusto, Lucía aprovechó la confusión para intercambiar sus identidades.
—¿Cómo?
—Tu madre estaba inconsciente después de una complicación médica. Lucía consiguió entrar en la habitación. Cuando Patricia recuperó la conciencia, ya era demasiado tarde. La sacaron del hospital y la llevaron a una casa donde permaneció escondida.
Elena se levantó de golpe.
—¿Y nadie hizo nada?
Beatriz comenzó a llorar.
—Yo sospechaba que algo estaba mal. Pero Lucía se presentó en el funeral y me convenció de que Patricia había muerto. Tenía su voz, sus gestos y sus recuerdos. Incluso conocía detalles que solo nosotras sabíamos.
—¿Y tú le creíste?
—Quise creerle. Porque si aceptaba que Patricia seguía viva, tendría que admitir que había permitido que se la llevaran.
Elena se apartó.
La historia era tan monstruosa que parecía imposible que hubiera ocurrido dentro de su propia familia.
—¿Cuándo descubriste la verdad?
Beatriz miró la fotografía.
—Hace seis meses. Encontré una carta de Patricia escondida en una caja de documentos. Me decía que Lucía estaba utilizando su identidad para mover dinero y que necesitaba ayuda para recuperar la escritura original. Desde entonces he intentado encontrarla.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque alguien me seguía. Y porque Arturo me amenazó con hacerte daño si te acercaba a la verdad.
Elena soltó una risa amarga.
—Todos parecen haber tenido una buena razón para mantenerme lejos.
—No espero que me perdones.
—Bien. Porque no puedo hacerlo todavía.
Ramiro examinó la fotografía reciente.
—Tenemos que verificar la dirección. Si Patricia está viva, debemos encontrarla antes de que Lucía llegue.
Beatriz señaló el reverso.
—Está en una población costera, al sur de Nayarit. Patricia cambió de refugio varias veces, pero esa dirección era la última que me envió.
Elena tomó el sobre.
—Nos vamos ahora.
Ramiro negó con la cabeza.
—Primero debemos entregar la escritura a las autoridades. Si la llevamos sin protección, alguien podría intentar quitárnosla.
—No voy a dejar que desaparezca otra prueba.
—No lo haremos. Pero necesitamos copias certificadas y un registro oficial de lo que encontramos.
Elena entendió que tenía razón.
Entregaron la documentación a los agentes que llegaron poco después. La escritura fue fotografiada, sellada y trasladada bajo custodia. Ramiro conservó una copia digital en un dispositivo independiente, mientras Elena guardaba la grabación de su madre.
Vanessa permaneció en silencio durante todo el procedimiento.
Finalmente, se acercó a Elena.
—Hay algo que debo decirte antes de que te vayas.
Elena la miró con cansancio.
—Te escucho.
—Hace tres años, Daniel recibió una llamada de una mujer que se identificó como Patricia. Yo estaba en la habitación cuando contestó. Lo escuché decir que el dinero estaba listo y que solo necesitaba una semana más.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Estás segura?
—Sí. Después le pregunté quién había llamado y me dijo que era una proveedora. No le creí, pero nunca volví a preguntarle.
—¿Reconocerías la voz?
Vanessa asintió.
—Sí.
Ramiro intervino.
—Eso podría ser importante. Las autoridades necesitan esa declaración.
Vanessa miró a Elena.
—Voy a declarar. Aunque eso signifique perderlo todo.
Elena no la abrazó ni le ofreció perdón.
Solo asintió.
—Por primera vez, estás haciendo lo correcto.
Horas después, Elena, Ramiro y Beatriz salieron rumbo a Nayarit, acompañados por un vehículo de apoyo policial.
El viaje fue largo. Elena apenas durmió. Cada vez que cerraba los ojos, veía a su madre en la pantalla, diciendo que nada de lo ocurrido había sido culpa suya.
Se aferró a aquellas palabras como a una cuerda en medio de un río.
Cuando llegaron al pueblo, el sol comenzaba a descender sobre el mar.
La dirección los condujo a una casa pequeña, rodeada de bugambilias y árboles de mango. No había cámaras de seguridad ni cercas altas. Solo una puerta azul y una campana de viento que sonaba con cada ráfaga.
Elena bajó del vehículo.
Sus piernas temblaban.
—¿Y si no es ella? —preguntó.
Beatriz le apretó la mano.
—Entonces seguiremos buscando.
Elena tocó la puerta.
Nadie respondió.
Volvió a tocar.
Escuchó pasos en el interior.
La puerta se abrió lentamente.
Una mujer de cabello entrecano apareció en el umbral. Tenía el rostro más delgado que en la fotografía, pero sus ojos eran los mismos.
Elena sintió que el mundo desaparecía a su alrededor.
—¿Mamá?
La mujer se llevó una mano a la boca.
Durante varios segundos, ninguna pudo hablar.
Después Patricia comenzó a llorar.
—Mi niña…
Elena cruzó el umbral y la abrazó con tanta fuerza que ambas estuvieron a punto de caer.
El olor de su cabello era el mismo. Su voz era la misma. Incluso la manera en que le acariciaba la espalda parecía haber sobrevivido intacta a todos aquellos años.
—Pensé que te había perdido —sollozó Elena—. Pensé que nunca volvería a verte.
Patricia le besó la frente.
—Nunca dejé de buscarte.
Elena se apartó apenas lo suficiente para mirarla.
—¿Por qué no volviste?
El rostro de Patricia se llenó de dolor.
—Porque Lucía tenía personas vigilándote. Me dijo que, si intentaba acercarme, te haría desaparecer. Durante años me enviaron fotografías tuyas, de la casa donde vivías y de los lugares que visitabas. Querían que creyera que estabas protegida mientras yo permanecía escondida.
Elena sintió que la rabia volvía a crecer.
—¿Y mi papá?
Patricia cerró los ojos.
—Ernesto supo dónde estaba desde el principio.
Elena se apartó.
—¿Él también?
—Sí. Vino a verme una vez. Me prometió que te llevaría conmigo. Pero al día siguiente desapareció otra vez.
Elena bajó la cabeza.
No sabía cuánto dolor podía soportar antes de dejar de sentir.
Patricia le tomó el rostro entre las manos.
—Escúchame, mi amor. No permitas que sus decisiones definan quién eres tú. Yo no pude protegerte como quería, pero nunca dejé de amarte.
Elena volvió a abrazarla.
Por primera vez en siete años, lloró sin intentar contenerse.
Ramiro permaneció junto a la puerta, vigilando el camino. Beatriz se sentó en una silla del porche y se cubrió el rostro.
Durante unos minutos, el mundo pareció detenerse.
Hasta que Patricia vio la caja de madera que Elena llevaba consigo.
Su expresión cambió.
—¿Dónde conseguiste esa insignia?
Elena se apartó.
—Era de mi abuelo.
Patricia negó lentamente con la cabeza.
—No. Tu abuelo te dejó una insignia, pero esa no es la original.
Elena sintió que el corazón se le detenía.
Sacó la pieza dorada y la observó.
—El sistema del resort la reconoció.
—Porque tu abuelo programó una réplica para activar el control provisional. La insignia original tenía una segunda función.
Patricia entró en la casa y regresó con una pequeña caja de metal.
La abrió.
Dentro descansaba otra insignia, idéntica a la que Elena llevaba en la mano, salvo por una pequeña piedra azul incrustada en el centro del emblema.
—Esta es la verdadera —dijo Patricia—. Y solo puede abrir el archivo final del fideicomiso.
Elena tomó la pieza.
—¿Qué contiene ese archivo?
Patricia miró a su hija con una expresión que mezclaba miedo y determinación.
—La prueba de que Arturo no organizó todo por su cuenta. Hay una persona que financió el plan, falsificó las actas y ordenó que tu abuelo fuera silenciado.
—¿Quién?
Patricia miró hacia la ventana.
—Lucía.
Elena sintió un escalofrío.
—Pero Lucía ya está identificada. La policía la está buscando.
—No entiendes, hija. Lucía no quiere el resort para ella. Quiere entregárselo a alguien más.
Patricia abrió un cajón y sacó un documento con varios sellos notariales.
En la parte superior aparecía el nombre de una sociedad mercantil que Elena no reconocía.
En la parte inferior, junto a la autorización para transferir el patrimonio Somor, figuraba la firma de una persona que debería haber estado bajo custodia policial.
*Daniel Somor.*
Elena se quedó mirando el papel.
—¿Cómo pudo firmar esto?
Patricia apretó los labios.
—Porque Daniel no es el único hombre que ha vivido bajo una identidad falsa.
Entonces alguien golpeó la puerta de la casa.
Tres veces.
Patricia se puso pálida.
Ramiro sacó su teléfono.
Elena guardó la insignia original dentro de la caja y se acercó lentamente a la ventana.
En el camino había un automóvil blanco.
Junto a él, una mujer levantó la mano para saludar.
Era idéntica a Patricia.
La misma sonrisa.
Los mismos ojos.
La misma marca junto a la barbilla.
Pero aquella mujer llevaba una carpeta roja y una expresión de triunfo.
Patricia retrocedió.
—Lucía…
La mujer del exterior sonrió a través del vidrio.
—Hermana, ya es hora de que dejemos de escondernos.
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Y levantó la carpeta para mostrar la primera página.
Era una orden judicial que reconocía a Lucía como la administradora legítima del fideicomiso Somor.