Chapter 6: La grabación de una madre que sabía que iban a matarla
La cuenta de Ernesto se conectó al servidor del resort a las 5:47 de la tarde, cuando su propietario estaba bajo custodia policial y a kilómetros de distancia.
Elena miró la pantalla de Ramiro sin parpadear.
—Eso es imposible.
Ramiro negó lentamente con la cabeza.
—No necesariamente. La cuenta puede estar programada para activarse mediante un dispositivo remoto. O alguien tiene acceso a sus credenciales.
Vanessa se acercó, todavía temblando.
—¿Arturo tenía un teléfono escondido?
—No lo sé —respondió Ramiro—. Pero el acceso no se originó en la capilla.
Elena señaló la ubicación que aparecía en el registro.
—¿De dónde viene?
Ramiro amplió el mapa.
El punto estaba dentro del resort.
En el edificio principal.
Más precisamente, en el piso donde se encontraban las oficinas privadas de la dirección.
Elena cerró los ojos un instante.
Daniel.
Aunque estaba retenido, alguien podía estar utilizando su oficina, sus dispositivos o las contraseñas que había guardado durante años.
—Tenemos que regresar —dijo.
Vanessa la tomó del brazo.
—No puedes volver ahí. Acabas de descubrir que alguien intentó matarte y que tu padre está involucrado en la muerte de tu mamá.
Elena se soltó con cuidado.
—Precisamente por eso tengo que regresar.
—¿Y si todavía hay alguien esperándote?
—Entonces tendrá que explicar por qué cree que puede seguir decidiendo qué debo saber.
Ramiro pidió a los oficiales que enviaran una unidad al resort y que preservaran los servidores antes de que se borraran más registros. Después consiguió que un vehículo oficial trasladara a Elena y Vanessa hasta el complejo.
Durante el trayecto, Elena no habló.
Tenía la mirada fija en la caja de madera que descansaba sobre sus piernas. La insignia dorada parecía pesar más que antes. Ya no era solo el símbolo del legado de su abuelo. Era la llave de una historia que había destruido a tres generaciones de su familia.
Cuando llegaron, el vestíbulo estaba lleno de policías, empleados y huéspedes que habían sido trasladados a una zona segura.
Daniel permanecía sentado junto al mostrador de recepción, acompañado por dos agentes. Tenía el cabello desordenado y la camisa arrugada.
Al ver a Elena, se levantó.
—¿Encontraste a Arturo?
—Sí.
—¿Está vivo?
Elena lo miró con incredulidad.
—¿Eso es lo que te preocupa?
Daniel bajó la cabeza.
—No. Quiero saber si te hizo daño.
—Ya me hicieron suficiente daño todos ustedes.
Uno de los agentes le indicó a Daniel que volviera a sentarse.
Elena se acercó al terminal de seguridad y mostró la insignia.
—Necesito entrar al archivo del fundador.
Daniel levantó la mirada de golpe.
—No puedes abrirlo sin la clave.
—La tengo.
—¿Cuál?
—La fecha de nacimiento de mi mamá.
Daniel palideció.
Elena lo observó.
—¿Tú también sabías que mi madre había dejado una grabación?
Él negó con la cabeza.
—No.
—¿Sabías que mi padre estaba vivo?
Daniel tardó demasiado en responder.
—Sí.
Elena sintió que algo se rompía dentro de ella.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace cuatro años.
—¿Cuatro años?
Daniel asintió, incapaz de mirarla.
—Arturo me dijo que Ernesto estaba fuera del país. Que no quería volver. Que había aceptado desaparecer para evitar que tú y tu madre sufrieran las consecuencias de sus deudas.
Elena soltó una risa amarga.
—¿Y le creíste?
—Quería creerle.
—Siempre quisiste creer lo que te convenía.
Daniel recibió las palabras sin protestar.
Por primera vez, parecía comprender que no existía ninguna explicación capaz de reparar lo que había hecho.
—Elena, hay algo más.
Ella se volvió hacia él con una expresión agotada.
—Si vas a decirme que alguien más está muerto, te juro que no sé si voy a poder escucharlo.
—No es eso.
Daniel miró a los agentes y después bajó la voz.
—La cuenta de Ernesto no es la única que puede entrar al servidor. Existe una cuenta maestra que tu abuelo creó antes de morir. Nunca la utilizó nadie porque necesitaba dos autorizaciones para activarse.
—¿Cuáles?
—La insignia y una clave biométrica.
Elena miró el terminal.
—¿La huella de mi abuelo?
Daniel negó lentamente con la cabeza.
—La tuya.
Elena sintió que la sangre se le helaba.
Ramiro se acercó.
—Eso significa que el acceso que vimos pudo ser una prueba. Alguien está intentando activar la cuenta maestra utilizando la identidad de la señorita Somor.
—¿Cómo podrían tener mi huella? —preguntó Elena.
Daniel levantó los ojos.
—Porque hace tres años entregaste tus documentos biométricos para renovar la participación del fideicomiso.
Elena recordó aquel trámite.
Había firmado unos papeles en una oficina notarial de Guadalajara. Su abogado le había explicado que era un requisito para actualizar los registros de propiedad.
Pero el notario había sido recomendado por Beatriz.
Elena sintió que el círculo volvía a cerrarse.
—¿Quién conserva esos documentos?
Daniel no respondió.
No hacía falta.
Vanessa se cubrió la boca.
—Mi tía…
Elena apretó los dientes.
—No vuelvas a llamarla así como si no supieras lo que hizo.
Vanessa bajó la mirada.
—Tienes razón.
Ramiro introdujo la insignia en el lector.
La pantalla solicitó la clave.
Elena escribió la fecha de nacimiento de Patricia.
El sistema emitió un tono y mostró una lista de archivos.
Entre ellos había una carpeta con el nombre de su madre.
*PATRICIA SOMOR — MENSAJE PERSONAL PARA ELENA.*
La joven sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
Su madre había dejado algo para ella.
Algo que nadie había conseguido destruir.
Presionó el archivo.
La pantalla se volvió negra durante varios segundos.
Después apareció Patricia, sentada en una habitación que Elena reconoció inmediatamente: el estudio de su abuelo, con las cortinas verdes y la lámpara de bronce que él había traído de un viaje a Puebla.
Su madre parecía cansada, pero estaba viva y consciente.
Llevaba una blusa azul y tenía el cabello recogido. Frente a ella había una taza de té y un sobre sellado.
Elena se llevó una mano a la boca.
—Mamá…
La grabación comenzó.
—Mi niña, si estás viendo esto, significa que no pude protegerte de la verdad. Y quiero que sepas algo antes de escuchar cualquier otra cosa: nada de lo que ocurrió fue culpa tuya.
Elena comenzó a llorar en silencio.
Patricia respiró profundamente.
—Tu abuelo descubrió que Arturo estaba desviando dinero. Cuando intentó detenerlo, Ernesto decidió ayudar a su hermano a ocultar los movimientos. Al principio pensé que tu padre solo tenía miedo de perder su posición dentro del negocio. Quise creer que todavía podía corregir sus errores.
La mujer bajó la mirada hacia sus manos.
—Pero después descubrí que no solo se trataba de dinero. Arturo quería controlar el fideicomiso y Ernesto sabía que, si tu abuelo firmaba la nueva escritura, ambos quedarían expuestos.
Elena miró a Daniel.
Él tenía el rostro cubierto de lágrimas.
Patricia continuó.
—La noche en que murió Augusto, yo estaba en el hospital con él. Escuché a Arturo amenazarlo. Le dijo que, si no firmaba unos documentos, nadie volvería a ver a Elena.
Tu abuelo se negó. Después comenzó a sentirse mal.
La grabación se interrumpió durante un segundo.
Cuando volvió la imagen, Patricia tenía los ojos rojos.
—No sé si Arturo provocó su muerte directamente. Pero sé que retrasó la llamada de emergencia y que Ernesto lo ayudó a ocultarlo. También sé que Daniel estaba presente.
Elena se volvió lentamente hacia su primo.
Daniel cerró los ojos.
—Lo siento —susurró.
Ella no respondió.
Patricia se acercó a la cámara.
—Después de la muerte de Augusto, intenté denunciarlo todo. Pero Beatriz me convenció de esperar. Me dijo que necesitábamos pruebas suficientes para protegerte. Yo le creí porque era mi hermana.
La mujer hizo una pausa.
—Me equivoqué.
Elena sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas.
—No, mamá. No te equivocaste…
Pero Patricia no podía escucharla.
—Dos días antes de grabar este mensaje, Ernesto vino a verme. Me dijo que quería volver contigo. Que estaba arrepentido y que podía arreglar las cosas.
Yo le pedí que se entregara a las autoridades. Le dije que no volvería a permitir que te utilizaran para proteger sus mentiras.
Patricia miró hacia la puerta del estudio.
Parecía haber escuchado algo.
Su expresión cambió.
—Si algo me pasa, busca la segunda escritura. No está en el archivo del resort. Tu abuelo la escondió en un lugar que solo nosotros conocíamos.
Elena se inclinó hacia la pantalla.
—¿Dónde, mamá?
Patricia volvió a mirar a la cámara.
—En la casa donde naciste.
La grabación terminó.
El vestíbulo quedó en silencio.
Elena permaneció inmóvil, mirando su propio reflejo en la pantalla negra.
La casa donde había nacido era una propiedad familiar en las afueras de Guadalajara. Llevaba años cerrada, supuestamente porque necesitaba reparaciones y porque nadie quería hacerse cargo de ella después de la muerte de Patricia.
Sin embargo, Elena recordaba algo más.
En el sótano había una pequeña habitación sin ventanas donde su abuelo guardaba documentos antiguos, fotografías y objetos que consideraba demasiado valiosos para dejarlos en el resort.
Cuando ella era niña, él la llevaba allí para enseñarle cómo se habían construido los primeros edificios de Somor Bay.
—Tenemos que ir a Guadalajara —dijo.
Ramiro asintió.
—Puedo organizar el traslado y solicitar que las autoridades aseguren la propiedad.
Daniel se levantó de golpe.
—No pueden entrar a esa casa.
Elena se volvió hacia él.
—¿Por qué?
Daniel respiró con dificultad.
—Porque Arturo no era el único que sabía de la habitación.
—¿Quién más?
Daniel miró a Vanessa.
La mujer retrocedió.
—No me mires así.
—Tú estuviste allí —dijo Daniel.
Vanessa negó con la cabeza.
—Fui una sola vez. Hace cuatro años. Me pediste que llevara unos documentos a Beatriz.
Elena sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué documentos?
Vanessa comenzó a llorar.
—No sabía lo que eran. Daniel me dijo que se trataba de papeles del fideicomiso. Me pidió que los escondiera en la casa porque nadie volvería a entrar.
Daniel se llevó las manos al rostro.
—¡Te dije que no hablaras!
Uno de los agentes lo sujetó del brazo.
—Cálmese, señor Somor.
Vanessa miró a Elena.
—No sabía que tu mamá había dejado una grabación. Te lo juro.
Elena la observó durante varios segundos.
No podía saber si la mujer decía la verdad.
Pero ya no estaba dispuesta a aceptar promesas sin pruebas.
—Entonces vas a venir con nosotros —dijo—. Y vas a mostrarme exactamente dónde escondiste esos documentos.
Vanessa asintió entre lágrimas.
Mientras Ramiro coordinaba el traslado con las autoridades, el terminal emitió un nuevo sonido.
Una notificación apareció en la pantalla.
*ACCESO REMOTO A LA CUENTA MAESTRA: AUTORIZACIÓN PARCIAL.*
Elena se acercó.
Debajo del mensaje había una fotografía que nadie había abierto.
Mostraba la casa de Guadalajara.
La imagen parecía reciente. Las ventanas estaban iluminadas y una camioneta negra descansaba frente a la entrada.
Elena sintió que el cuerpo se le enfriaba.
La misma camioneta que había embestido su automóvil.
Debajo de la fotografía apareció una última línea.
*EL ARCHIVO HA SIDO ABIERTO DESDE EL INTERIOR.*
Ramiro tomó su teléfono y pidió refuerzos.
Elena miró la imagen una vez más.
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Alguien había llegado antes que ellos.
Y si esa persona había encontrado la escritura original, quizá también había descubierto el secreto que su madre había intentado proteger hasta el último día de su vida.
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