Chapter 1: La mujer que volvió de la muerte
La primera persona que vio a Elena Somor entrar descalza al resort fue una recepcionista que se tapó la nariz, convencida de que aquella mujer cubierta de sangre venía de dormir debajo de un puente.
La segunda fue Vanessa, esposa de Daniel Somor, quien soltó una carcajada tan fuerte que varios huéspedes voltearon a mirar.
Pero la tercera persona, un guardia de seguridad de cabello canoso llamado Ramiro, palideció al observar el rostro de la desconocida.
Porque, aunque tenía el cabello pegado a la frente, los pies lastimados y la ropa desgarrada, reconoció aquellos ojos.
Eran los mismos ojos de don Augusto Somor, el hombre que había construido el resort más exclusivo de la costa y que, siete años atrás, había muerto dejando su legado en manos de una familia que juró protegerlo.
Elena estaba viva.
Y nadie en aquel lugar estaba preparado para lo que eso significaba.
Doce horas antes, Elena conducía por una carretera montañosa rumbo a la costa. Llevaba una pequeña maleta en el asiento trasero, una carpeta de documentos junto a ella y una caja de madera protegida entre sus brazos.
Había pasado los últimos días revisando unos archivos que su abogado le había enviado desde Guadalajara. Los documentos confirmaban lo que llevaba meses sospechando: su primo Daniel había utilizado la ausencia de la familia para convertir el patrimonio de su abuelo en un negocio personal.
El resort Somor Bay, construido por don Augusto con décadas de trabajo, aparecía en los papeles como una propiedad administrada por Daniel.
Pero había algo más.
Elena seguía siendo la fideicomisaria mayoritaria.
Su abuelo había previsto que algún día alguien intentaría apropiarse de todo. Por eso había establecido una cláusula especial: si el administrador alteraba las cuentas, ocultaba información o intentaba transferir activos sin autorización, la fideicomisaria podía asumir el control operativo inmediato mientras se investigaban las irregularidades.
Daniel conocía aquella cláusula.
Lo que ignoraba era que Elena había encontrado las pruebas necesarias para activarla.
A las nueve de la noche, mientras atravesaba una curva rodeada de árboles, Elena vio unas luces demasiado cerca de su espejo retrovisor.
Una camioneta negra se aproximó a toda velocidad.
Ella aceleró.
La camioneta también.
—No puede ser —murmuró, mirando el retrovisor.
Intentó cambiar de carril, pero el vehículo la golpeó por detrás.
El volante se sacudió violentamente.
—¡Dios mío!
Elena recuperó el control durante unos segundos. Vio la barrera metálica que protegía el borde de la carretera y, más allá, una pendiente oscura.
Entonces la camioneta volvió a embestirla.
Esta vez no fue un accidente.
El golpe la lanzó contra la barrera. El metal se dobló, el parabrisas se hizo añicos y el automóvil atravesó la protección antes de caer por la pendiente.
Elena apenas tuvo tiempo de cubrirse la cabeza.
El mundo se convirtió en ruido, cristales y oscuridad.
Cuando volvió en sí, no sabía cuánto tiempo había pasado.
Tenía sangre en la frente, un dolor insoportable en las costillas y el brazo izquierdo atrapado entre el asiento y la puerta deformada.
Intentó gritar, pero apenas consiguió emitir un sonido.
El teléfono estaba destruido.
La caja de madera había salido despedida hacia el asiento trasero, aunque seguía cerrada.
Elena respiró profundamente, conteniendo las lágrimas.
—Abuelo… no me voy a morir aquí.
No sabía si hablaba para tranquilizarse o porque realmente creía que su abuelo podía escucharla.
Con un esfuerzo desesperado consiguió liberar el brazo. La puerta estaba atorada, así que rompió lo que quedaba de una ventana con una pieza suelta del cinturón de seguridad y salió arrastrándose.
Cada movimiento le provocaba un dolor que le nublaba la vista.
Cuando finalmente llegó a la carretera, el aire frío le golpeó el rostro.
La camioneta negra ya no estaba.
Ni siquiera había dejado luces a lo lejos.
Alguien había intentado matarla y se había asegurado de que pareciera un accidente.
Elena caminó durante horas.
Primero siguió la carretera. Después encontró una pequeña estación de servicio cerrada, donde un empleado que llegaba para abrir el negocio le ofreció agua y llamó a emergencias.
Pero Elena se negó a esperar dentro del establecimiento.
—Necesito llegar al resort.
—Señorita, está herida. No puede seguir caminando así.
—Si alguien me está buscando, el hospital será el primer lugar donde me encontrarán.
El empleado no insistió. Le prestó una chamarra vieja y consiguió que un conductor que viajaba hacia la costa la acercara hasta una desviación cercana a Somor Bay.
Elena llegó a las puertas del resort poco después del amanecer.
Había perdido los zapatos durante la caída. La chamarra le quedaba enorme y la sangre seca cubría parte de su blusa.
Aun así, llevaba la caja de madera apretada contra el pecho.
Era lo único que no estaba dispuesta a perder.
El resort se extendía frente al mar como una ciudad privada: jardines impecables, fuentes de piedra, ventanales enormes y automóviles de lujo estacionados junto a la entrada principal.
Elena recordaba cada rincón.
Había corrido por aquellos jardines cuando era niña. Había comido tamales con su abuelo en la terraza de la cocina. Había escuchado a los trabajadores llamarlo don Augusto con un cariño que nunca se podía comprar.
También recordaba el día en que Daniel le dijo que debía alejarse del negocio familiar mientras superaba el duelo por la muerte de su abuelo.
Tenía veinticuatro años cuando se marchó.
Daniel prometió que cuidaría todo.
Durante siete años, ella le creyó.
Hasta que descubrió que los informes financieros enviados a su domicilio eran falsos, que varias propiedades habían cambiado de manos y que una empresa desconocida había recibido transferencias millonarias del resort.
Ahora, al mirar el edificio, Elena sintió que el dolor físico era casi insignificante frente a la rabia.
Entró al vestíbulo.
La recepcionista levantó la vista y arrugó la nariz.
—Disculpe, señora. La entrada de servicio está por atrás.
Elena siguió caminando.
—Necesito hablar con Daniel Somor.
La mujer miró sus pies ensangrentados.
—¿Tiene una reservación?
—No.
—Entonces no puede estar aquí.
Antes de que Elena respondiera, Vanessa apareció desde el salón privado.
Vestía un conjunto blanco, llevaba un bolso de diseñador y sostenía una taza de café como si el mundo entero estuviera obligado a apartarse cuando ella caminaba.
Al ver a Elena, se detuvo.
Después soltó una carcajada.
—¡No manches! ¿Qué es esto?
Dos huéspedes se volvieron.
Vanessa se acercó, observando la ropa rota de Elena con una expresión de repugnancia cuidadosamente exagerada.
—¿Quién dejó entrar a esta mujer?
La recepcionista se puso de pie.
—Señora Vanessa, le pedí que se retirara, pero…
—¿Pero qué? ¿Ahora también tenemos que recibir indigentes?
Elena la miró directamente.
—Quiero hablar con Daniel.
Vanessa sonrió con desprecio.
—¿Con mi esposo? Mi amor, Daniel no recibe a cualquiera. Si necesitas dinero, hay refugios en el pueblo.
—No necesito tu dinero.
—Entonces, ¿qué quieres? ¿Robar algo?
Elena bajó la mirada hacia la caja de madera.
Vanessa siguió el movimiento y soltó otra risa.
—¡Mira nada más! Hasta trae una cajita. ¿Qué guardas ahí? ¿Las monedas que recogiste en la carretera?
Elena levantó la cabeza.
—Te recomiendo que llames a Daniel antes de seguir hablando.
La sonrisa de Vanessa desapareció durante un segundo.
No estaba acostumbrada a que alguien le hablara así.
—¿Sabes quién soy?
—Sí.
—Soy Vanessa Somor. Este resort pertenece a mi familia.
—No —respondió Elena con calma—. Administras un resort que no te pertenece.
El silencio cayó como una piedra.
La recepcionista abrió los ojos.
Vanessa dejó la taza sobre el mostrador con tanta fuerza que el café salpicó el mármol.
—¡Seguridad!
Dos guardias se acercaron.
—Saquen a esta mujer de aquí. ¡Ahora!
Ramiro, el guardia canoso, avanzó lentamente.
—Señora Vanessa, tal vez deberíamos…
—¡No te pago para pensar!
Elena intentó mostrarle la caja.
—Ramiro, mira esto.
Pero Vanessa se interpuso.
—¡No le hables a mi personal!
Y entonces la golpeó.
La bofetada resonó en el vestíbulo.
La cabeza de Elena giró hacia un lado. Durante un instante, el sabor metálico de la sangre volvió a llenar su boca.
Nadie se movió.
Vanessa se acomodó la pulsera y señaló las puertas.
—Arrástrenla afuera. No quiero que los huéspedes tengan que ver semejante espectáculo.
Uno de los guardias sujetó a Elena del brazo herido.
Ella soltó un grito de dolor.
Ramiro reaccionó de inmediato.
—¡Suéltala! ¡No la toques así!
Vanessa se volvió hacia él.
—¿Qué dijiste?
El guardia tragó saliva, pero no retrocedió.
Elena aprovechó aquellos segundos para colocar la caja de madera sobre el mostrador.
La abrió.
Dentro, envuelta en terciopelo oscuro, descansaba una insignia dorada con el emblema original de los Somor: un sol naciente sobre tres olas.
Era la insignia de fundador que don Augusto había llevado durante la inauguración del resort.
Y que, según Daniel, había desaparecido después de su muerte.
Elena la levantó entre los dedos.
—Última oportunidad, Vanessa.
La mujer se echó a reír.
—¿Qué vas a hacer? ¿Amenazarme con una medallita?
Elena caminó hacia el terminal de seguridad instalado junto a la recepción.
Ramiro retrocedió, pálido.
—Señorita Elena…
Vanessa frunció el ceño.
—¿Cómo la llamaste?
Elena colocó la insignia contra el lector.
Durante un segundo no ocurrió nada.
Después, el terminal emitió un sonido grave.
Las puertas principales se cerraron automáticamente.
Los accesos laterales se bloquearon.
Los elevadores privados se detuvieron entre pisos y todas las pantallas del vestíbulo se apagaron al mismo tiempo.
Los huéspedes comenzaron a murmurar.
Una línea de letras blancas apareció en la pantalla central.
*ELENA SOMOR.*
*FIDEICOMISARIA MAYORITARIA.*
*AUTORIDAD DE CONTROL ACTIVADA.*
Vanessa dejó caer su taza.
La porcelana se hizo pedazos contra el suelo.
Y desde el elevador privado, justo cuando las puertas se abrieron, apareció Daniel Somor.
Al ver a Elena cubierta de sangre, con la insignia dorada en la mano, perdió el color del rostro.
No preguntó cómo había entrado.
No preguntó quién la había golpeado.
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Solo retrocedió un paso y susurró algo que Elena jamás olvidaría.
—No… tú deberías estar muerta.
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