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Chapter 7: La casa donde nació Elena escondía una verdad capaz de destruir a los Somor

La camioneta negra estaba estacionada frente a la casa de Guadalajara, y Elena reconoció la placa antes de que el vehículo desapareciera de la pantalla.

Era la misma que había intentado sacarla de la carretera.

Pero lo que le heló la sangre no fue la camioneta.

Fue la silueta que apareció detrás de una de las ventanas iluminadas.

Una mujer.

Llevaba el cabello recogido, vestía una blusa azul y sostenía una carpeta contra el pecho.

Elena conocía aquella postura.

Conocía aquella manera de inclinar la cabeza cuando leía un documento.

Y conocía perfectamente el rostro que apareció durante un segundo antes de que la transmisión se cortara.

—No puede ser —murmuró.

Ramiro se acercó al monitor.

—¿Reconoce a esa persona?

Elena no contestó inmediatamente.

Amplió la fotografía con los dedos. La imagen perdió nitidez, pero fue suficiente para distinguir los rasgos de la mujer.

—Es mi mamá.

Vanessa soltó un grito ahogado.

—¡Pero Patricia está muerta!

Elena la miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Yo también creía que mi papá estaba muerto. Y mira lo que pasó.

El vestíbulo volvió a quedar en silencio.

La grabación de Patricia había sido realizada años atrás. Sin embargo, la fotografía parecía mostrar a una mujer viva, de pie dentro de una casa que llevaba mucho tiempo cerrada.

Elena intentó convencerse de que se trataba de una imagen antigua, de una grabación reproducida en otro monitor o de una coincidencia que su mente, desesperada por recuperar a su madre, estaba convirtiendo en esperanza.

Pero la fecha del archivo era de esa misma tarde.

Y el registro indicaba que la fotografía había sido tomada apenas unos minutos antes.

—Necesito ver esa casa —dijo.

Ramiro llamó a la policía de Guadalajara y explicó la situación. Las autoridades confirmaron que enviarían una unidad para asegurar la propiedad, pero advirtieron que tardarían en llegar debido al tráfico.

Elena no quería esperar.

Cada minuto que pasaba, alguien podía destruir los documentos que su madre había dejado escondidos.

—Nos vamos ahora —decidió.

—Señorita, no puede conducir en su estado —protestó Ramiro.

—No voy a conducir.

Vanessa levantó la mirada.

—Yo te llevo.

Elena la observó con desconfianza.

—¿Y por qué habría de confiar en ti?

Vanessa tragó saliva.

—Porque si quisiera que desaparecieras, no habría regresado al resort después de lo que pasó en la capilla. Y porque necesito saber si Daniel me mintió sobre algo más.

Elena estuvo a punto de rechazar la oferta.

Pero recordó que Vanessa había reconocido la casa, los documentos y el nombre de Beatriz. Quizá la mujer no fuera inocente, pero todavía podía ser útil.

—Está bien. Ramiro viene con nosotras.

Salieron del resort en un automóvil de la administración, mientras dos vehículos policiales los seguían a distancia.

Durante el trayecto, Vanessa mantuvo ambas manos sobre el volante.

—Hay algo que nunca te conté —dijo después de varios minutos.

Elena miró por la ventana.

—¿Otra mentira?

—No. Una decisión de la que me avergüenzo.

—Habla.

Vanessa respiró profundamente.

—Hace cuatro años, Daniel me llevó a la casa de Guadalajara. Dijo que necesitaba recuperar unos documentos de tu mamá. Yo no quería entrar porque sabía que la propiedad te pertenecía, pero insistió. Cuando bajamos al sótano, encontramos un compartimento vacío.

Elena se volvió hacia ella.

—¿Vacío?

—Sí. Había marcas en la pared, como si alguien hubiera retirado una caja. Daniel se puso furioso. Me ordenó que buscara por toda la habitación, pero no encontramos nada.

—¿Qué hizo después?

Vanessa apretó el volante.

—Me pidió que mintiera si alguien preguntaba. Dijo que nunca habíamos estado allí.

Ramiro intervino desde el asiento trasero.

—¿Y por qué no informó a las autoridades?

Vanessa soltó una risa amarga.

—Porque estaba casada con Daniel. Porque vivía de su dinero. Porque pensé que, si hacía demasiadas preguntas, terminaría en la calle.

Elena sintió una mezcla de rabia y cansancio.

—No puedes pasar toda tu vida culpando a otros por las decisiones que tomaste.

—Lo sé.

Vanessa guardó silencio durante el resto del trayecto.

Cuando llegaron a la casa, Elena reconoció el portón de hierro, los árboles de jacaranda y la fuente seca donde su madre solía colocar macetas con flores.

Todo parecía más pequeño que en sus recuerdos.

La fachada estaba deteriorada. Había pintura descascarada alrededor de las ventanas y maleza junto a las escaleras. Sin embargo, las luces del interior estaban encendidas.

Y la camioneta negra seguía estacionada frente a la entrada.

Ramiro tomó una linterna y pidió a Vanessa que permaneciera detrás de él.

Elena se negó.

—Esta es mi casa.

—Precisamente por eso no quiero que le pase nada.

Se acercaron al portón.

Estaba abierto.

La puerta principal también.

Dentro, el olor a madera húmeda y polvo se mezclaba con el aroma de café recién hecho.

Elena se detuvo.

Su madre preparaba café de olla todos los domingos. Le gustaba añadir canela y dejar que el aroma llenara la cocina antes de despertar a la familia.

Aquel olor era idéntico.

—¿Lo hueles? —susurró.

Ramiro asintió.

—Sí.

Caminaron por el pasillo.

En la sala encontraron una taza sobre la mesa, todavía tibia. A un lado había un plato con una concha de vainilla a medio comer.

Alguien había estado allí recientemente.

Vanessa señaló las escaleras.

—El sótano está abajo.

Elena bajó primero.

Cada escalón le devolvía un recuerdo: las tardes de juegos, las historias de su abuelo, la voz de su madre llamándola para cenar.

Al llegar a la habitación oculta, encontró la pared del fondo abierta.

El compartimento había sido forzado.

Pero esta vez no estaba vacío.

Sobre una mesa descansaba una caja metálica y, junto a ella, una fotografía enmarcada.

Elena se acercó.

En la imagen aparecían Patricia, Ernesto, Augusto y una mujer joven que Elena no reconoció.

Todos sonreían frente al primer edificio del resort.

En el reverso, su abuelo había escrito una fecha y una frase:

La familia que protege la verdad nunca necesita esconderse de ella.

Elena dejó la fotografía sobre la mesa y abrió la caja.

Dentro había una carpeta gruesa, varias memorias digitales y una pequeña grabadora.

En la primera hoja aparecía el título:

*ESCRITURA ORIGINAL DEL FIDEICOMISO SOMOR.*

Elena sintió que las piernas le temblaban.

Por fin.

Después de años de mentiras, tenía frente a ella el documento que podía devolverle el control de su patrimonio y demostrar que Daniel y Arturo habían actuado contra los intereses de la familia.

Pero al pasar la primera página, encontró una anotación escrita a mano por su abuelo.

*La escritura solo tendrá validez si se acompaña de la declaración de la testigo presencial.*

Debajo aparecía un nombre.

*Patricia Somor.*

Elena se llevó una mano a la boca.

—Mi mamá era la testigo.

Ramiro revisó la carpeta.

—Parece que su declaración fue incorporada como anexo. Pero aquí falta una página.

Vanessa se acercó.

—¿Cuál?

Ramiro señaló el índice.

—La hoja donde se identifica a la persona que retrasó la llamada de emergencia la noche en que murió don Augusto.

Elena cerró los ojos.

La prueba decisiva había desaparecido.

Otra vez.

Entonces escucharon un ruido en el piso superior.

Un golpe seco.

Después, pasos.

Ramiro apagó la linterna.

—Hay alguien más en la casa.

Vanessa se aferró al brazo de Elena.

Los pasos se acercaron a la escalera.

Una sombra apareció en la entrada del sótano.

Elena contuvo la respiración.

La figura bajó lentamente, apoyándose en el pasamanos.

Llevaba una chamarra gris, pantalones oscuros y el cabello recogido.

Cuando llegó al último escalón, levantó el rostro.

Elena dejó escapar un sonido ahogado.

Era Beatriz.

Pero no la mujer que habían dejado en la capilla.

Tenía una herida en la frente y la ropa manchada de tierra. Respiraba con dificultad y llevaba una bolsa de tela colgada del hombro.

—Tía…

Beatriz levantó una mano.

—No te acerques.

Elena sintió que el corazón se le rompía otra vez.

—¿Qué haces aquí?

Su tía miró la carpeta abierta.

—Llegué demasiado tarde.

—¿Tú tomaste la página que falta?

Beatriz negó con la cabeza.

—No. La tomó tu madre.

Elena se quedó inmóvil.

—¿Qué estás diciendo?

Beatriz se apoyó contra la pared.

—Patricia no murió en aquel hospital, Elena.

Vanessa soltó la bolsa que llevaba en la mano.

Ramiro levantó la linterna.

Elena sintió que el mundo entero se inclinaba bajo sus pies.

—Yo estuve allí —susurró—. Vi cómo los médicos intentaban salvarla. Vi el certificado de defunción. Vi…

—Viste lo que te permitieron ver —interrumpió Beatriz—. La mujer que murió aquella noche no era Patricia.

Elena comenzó a negar con la cabeza.

—No. No, eso no es posible.

Su tía abrió la bolsa de tela y sacó un sobre.

Dentro había una fotografía reciente de Patricia, tomada frente a una pequeña casa junto al mar.

Su madre tenía algunas canas, el rostro más delgado y una expresión de tristeza que Elena reconocería en cualquier lugar.

Pero estaba viva.

En el reverso había una dirección escrita con tinta azul.

Y una frase:

Si mi hija encuentra esto, dile que nunca dejé de buscarla.

Elena apretó la fotografía contra el pecho.

—¿Dónde está mi mamá?

Beatriz comenzó a llorar.

—En un lugar donde nadie puede encontrarla sin poner su vida en peligro.

Antes de que Elena pudiera hacer otra pregunta, el teléfono de Ramiro vibró.

Era un mensaje de las autoridades.

*ARTURO SOMOR HA SIDO TRASLADADO A UN CENTRO DE DETENCIÓN. DURANTE EL TRASLADO, IDENTIFICÓ A UN CÓMPLICE QUE TODAVÍA NO HA SIDO LOCALIZADO.*

Debajo aparecía una fotografía.

Elena reconoció el rostro de inmediato.

Era la mujer que había visto junto a Patricia en la imagen de la pantalla.

La misma desconocida que aparecía en la fotografía antigua de la familia.

Beatriz observó la pantalla y palideció.

—No puede ser ella.

Elena la miró.

—¿Quién es?

Su tía retrocedió hasta chocar contra la pared.

—La persona que fingió la muerte de tu mamá.

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Y después pronunció un nombre que Elena jamás habría imaginado escuchar.

—Lucía Somor. La hermana gemela de tu madre.

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