Calm

Chapter 4: La carta que convirtió a toda la familia en sospechosa

Elena apenas terminó de leer la última línea cuando escuchó unos pasos detrás de ella y una voz que conocía desde la infancia le susurró al oído:

—Si sigues buscando, vas a descubrir por qué tu abuelo prefirió morir antes que revelar el nombre de quien lo traicionó.

Elena se dio vuelta tan rápido que el dolor de sus costillas la obligó a apoyarse contra la pared.

Era Ramiro.

El guardia sostenía una carpeta azul contra el pecho. Tenía el rostro tenso y las manos temblorosas, como si hubiera pasado años cargando con un secreto demasiado pesado.

—¿Tú escribiste esto? —preguntó Elena, mostrándole la carta.

Ramiro negó con la cabeza.

—No. Pero sé quién pudo haberla dejado.

—¿Quién?

El hombre miró hacia el vestíbulo, asegurándose de que nadie los escuchara.

—Tu mamá.

Elena sintió que el aire se le atoraba en la garganta.

Su madre, Patricia, había muerto tres años después que su abuelo. Oficialmente, un derrame cerebral se la había llevado durante una madrugada lluviosa en Guadalajara. Elena había estado con ella en el hospital, sosteniéndole la mano mientras los médicos intentaban reanimarla.

Durante mucho tiempo, la joven había pensado que las desgracias simplemente se habían ensañado con su familia.

Primero su abuelo.

Después su madre.

Ahora, al escuchar las palabras de Ramiro, comenzó a preguntarse si había estado llorando dos muertes que alguien había provocado.

—No vuelvas a hablar de mi mamá sin explicarme lo que sabes —dijo, con la voz quebrada—. No estoy dispuesta a soportar otra mentira.

Ramiro bajó la mirada.

—Tu madre vino aquí una semana antes de morir. Me pidió que guardara unos documentos. Dijo que, si algún día regresabas, debía entregártelos personalmente.

Abrió la carpeta azul.

Dentro había copias de contratos, fotografías de una bodega y una hoja con una lista de nombres. Elena reconoció el de Daniel. También estaba el de Arturo.

Pero había un tercer nombre escrito a mano.

*Beatriz Somor.*

Elena dejó de respirar por un instante.

Beatriz era la hermana mayor de su madre. Su tía. La mujer que la había recibido en su casa después de la muerte de Patricia y que había llorado junto a ella durante el funeral de don Augusto.

También era la persona que le había aconsejado mantenerse lejos del resort.

«No te metas en asuntos que no entiendes, Elena», le había dicho entonces. «Tu primo sabe lo que hace. Tú tienes que construir tu propia vida».

Elena recordaba incluso cómo su tía le había preparado café de olla aquella tarde, colocando una mano sobre la suya mientras le prometía que siempre podría contar con ella.

Ahora aquel recuerdo tenía un sabor amargo.

—¿Por qué aparece el nombre de mi tía? —preguntó.

Ramiro tardó en contestar.

—Porque tu madre creía que Beatriz estaba ayudando a Arturo.

Elena negó con la cabeza.

—Eso no tiene sentido. Mi tía nunca habría participado en algo así.

—Yo también quise creerlo.

Ramiro le entregó otra hoja.

Era una copia de un correo electrónico impreso. La fecha correspondía a dos semanas antes de la muerte de Patricia.

El mensaje decía:

La muchacha no debe enterarse de la segunda escritura. Si descubre quién tiene la copia original, todo lo que hemos construido se vendrá abajo.

Al final aparecían unas iniciales: B. S.

Elena sintió que le temblaban las piernas.

—¿Qué segunda escritura?

Ramiro señaló una línea subrayada en rojo.

—Tu abuelo modificó el fideicomiso pocos días antes de morir. La primera escritura dejaba el control operativo bajo la administración de Daniel, siempre sujeto a supervisión. La segunda establecía algo diferente.

—¿Qué cosa?

—Que, si se demostraba que alguien había provocado su muerte o había intentado apropiarse ilegalmente del patrimonio, todos los derechos de esa persona quedarían suspendidos. Y la administración pasaría a una entidad independiente hasta que se resolviera el caso.

Elena miró la hoja.

—Entonces, ¿por qué no se aplicó?

—Porque la segunda escritura desapareció.

Elena sintió que las piezas comenzaban a encajar, aunque todavía faltaban demasiadas.

Si el documento existía, alguien había tenido que ocultarlo. Si Beatriz conocía su contenido, quizá había ayudado a hacerlo desaparecer. Y si Arturo había permanecido vivo durante todos esos años, debía de haber contado con personas dispuestas a protegerlo.

—¿Dónde está la escritura original?

Ramiro abrió la boca para contestar.

Un estruendo interrumpió la conversación.

Desde el vestíbulo llegó el sonido de una puerta golpeando contra la pared.

—¡Elena!

Era Vanessa.

La mujer apareció al final del pasillo con el maquillaje corrido y el teléfono apretado entre los dedos.

—Tienes que venir. Daniel acaba de recibir una llamada.

Elena guardó los documentos dentro de la caja.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Vanessa miró a Ramiro y después a Elena.

Por primera vez desde que se habían encontrado, no había desprecio en sus ojos.

Solo miedo.

—La llamada era de tu tía Beatriz.

Elena sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿Qué dijo?

Vanessa tragó saliva.

—Que sabe dónde está Arturo. Y que, si no quieres que la historia de tu abuelo se repita, tienes que ir a verla antes de las seis de la tarde.

—¿Dónde?

—En la capilla vieja, junto a la carretera.

Elena observó a Vanessa con desconfianza.

—¿Por qué te lo dijo a ti?

La mujer apretó el teléfono.

—Porque Daniel está encerrado en la oficina de seguridad y no puede contestar. Yo fui la única que escuchó el mensaje de voz.

—Ponlo.

Vanessa obedeció.

La voz de Beatriz llenó el pasillo.

Sonaba serena, casi cariñosa.

—Vanessa, necesito que Elena me escuche. Dile que no confíe en Arturo. Dile que la escritura no es lo que cree. Y, sobre todo, dile que no permita que Daniel entregue la insignia.

El mensaje terminó con un ruido seco.

Elena volvió a escucharlo.

—¿Qué significa que no entregue la insignia?

Vanessa negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Y por qué tendría que entregarla?

Ramiro intervino.

—Porque la insignia no solo activa el control administrativo. También permite acceder a una caja de seguridad en el archivo original del fundador.

Elena miró la pieza dorada que descansaba en su mano.

Su abuelo se la había entregado cuando cumplió dieciocho años, explicándole que aquel emblema no era una joya, sino una responsabilidad.

Ella había pensado que era una tradición familiar.

Ahora comprendía que también era una llave.

—Necesito llegar al archivo —dijo.

Ramiro se interpuso.

—Señorita, todavía no ha recibido atención médica.

—Puedo caminar.

—No se trata de eso. Si Arturo está vivo y Beatriz sabe dónde se encuentra, ir sola sería una locura.

Elena miró a Vanessa.

—¿Tú vendrías conmigo?

La mujer abrió los ojos.

—¿Yo?

—Tu nombre podría aparecer en los documentos. Si quieres demostrar que no sabías lo que estaba pasando, esta es tu oportunidad.

Vanessa apretó los labios.

Durante unos segundos, Elena creyó que se negaría.

Después, la mujer se quitó los tacones y los dejó junto a la pared.

—Está bien.

Ramiro llamó a una empleada de confianza para que acompañara a Elena a la enfermería del resort. Un médico que se alojaba allí examinó sus heridas, limpió los cortes de sus pies y confirmó que tenía varias costillas lastimadas, aunque no parecía haber fracturas desplazadas.

Elena aceptó un vendaje y unos analgésicos, pero rechazó quedarse en observación.

A las cuatro y media de la tarde, salió por una puerta lateral acompañada por Vanessa y Ramiro.

La carretera hacia la capilla vieja atravesaba una zona de vegetación espesa. El cielo se había cubierto de nubes y el viento agitaba los árboles con una fuerza que parecía anunciar una tormenta.

Durante el trayecto, Vanessa permaneció callada.

Finalmente, habló.

—¿Sabes qué fue lo peor de vivir con Daniel?

Elena no respondió.

—Que nunca me permitió sentir que algo me pertenecía. La casa, el dinero, las vacaciones, incluso las amistades… todo dependía de que yo no hiciera preguntas.

—Eso no te obligó a humillarme.

Vanessa bajó la mirada.

—Lo sé.

—Me golpeaste frente a todo el mundo.

—Lo sé.

Elena giró hacia ella.

—No esperes que una disculpa borre lo que hiciste.

—No lo espero.

La respuesta sorprendió a Elena.

Vanessa respiró profundamente.

—Cuando Daniel me conoció, me dijo que el resort era suyo. Que había trabajado toda su vida para levantarlo. Yo quería creer que me había casado con un hombre que sabía lo que hacía. Después empecé a notar cosas: documentos que no podía leer, llamadas que terminaban cuando entraba a una habitación, dinero que llegaba a cuentas que no conocía.

—¿Y nunca investigaste?

—Tuve miedo de perderlo todo.

Elena miró por la ventana.

—A veces, por conservar una mentira, terminamos perdiendo mucho más.

Vanessa no contestó.

Cuando llegaron a la capilla, encontraron la puerta entreabierta.

El edificio llevaba años abandonado. La pintura se desprendía de las paredes y varias bancas estaban cubiertas de polvo. Sobre el altar había una imagen de la Virgen de Guadalupe, adornada con flores marchitas.

Beatriz estaba sentada en la primera banca.

Vestía de negro.

Al ver a Elena, se levantó y abrió los brazos.

—Mi niña…

Elena se quedó inmóvil.

Durante toda su vida había buscado refugio en aquellos brazos. Cuando Patricia murió, su tía la había abrazado durante horas. Cuando tuvo pesadillas, Beatriz se sentaba junto a su cama y le acariciaba el cabello hasta que volvía a dormirse.

Ahora no podía acercarse a ella.

—¿Qué hiciste, tía?

Beatriz bajó los brazos.

—Más de lo que imaginas.

—¿Ayudaste a Arturo?

La mujer cerró los ojos.

—Sí.

Vanessa soltó una exclamación ahogada.

Elena sintió que el dolor físico desaparecía detrás de una tristeza mucho más profunda.

—¿También tuviste algo que ver con la muerte de mi mamá?

Beatriz abrió los ojos de golpe.

—¡No!

Su voz resonó en la capilla.

—Jamás habría permitido que le hicieran daño a Patricia.

—Entonces explícame por qué tu nombre aparece en los documentos.

Beatriz se sentó lentamente.

—Porque tu madre descubrió la verdad. Y porque yo fui demasiado cobarde para ayudarla.

Sacó un sobre de su bolso y lo colocó sobre la banca.

En el frente estaba escrito el nombre completo de Elena.

—Aquí está la copia de la segunda escritura —dijo—. Pero antes de entregártela, tienes que saber algo.

Elena no se movió.

Beatriz miró hacia la puerta.

—Arturo no fue quien planeó todo. Él solo quería el dinero y el control del resort. La persona que decidió eliminar a Augusto, que organizó el encubrimiento y que después persiguió a tu madre…

La mujer se llevó una mano a la boca.

—Esa persona todavía tiene acceso a tus cuentas, a tus documentos y a tu vida.

Elena sintió que el estómago se le encogía.

—¿Quién es?

Beatriz levantó la mirada.

—Tu padre.

El silencio fue tan profundo que Elena escuchó el viento silbar entre las ventanas rotas.

Su padre, Ernesto Somor, había muerto cuando ella tenía once años. Un accidente en una carretera de Querétaro, un automóvil incendiado y un funeral cerrado porque, según le dijeron, el cuerpo había quedado irreconocible.

Elena había crecido creyendo que su abuelo y su madre eran los últimos miembros de su familia que le quedaban.

Pero Beatriz acababa de decir que Ernesto seguía vivo.

—Eso es imposible —susurró.

Su tía negó con la cabeza.

—Lo enterramos bajo un nombre falso. Y alguien se encargó de que jamás volvieras a verlo.

Entonces se escuchó un disparo afuera.

Vanessa gritó.

Ramiro empujó a Elena detrás de una columna mientras la puerta de la capilla se abría de golpe.

Un hombre entró lentamente, sosteniendo un teléfono en una mano.

No llevaba un arma visible.

Pero Elena reconoció su rostro de inmediato.

Era el mismo hombre de la pantalla.

Arturo Somor.

—Qué reunión tan conmovedora —dijo, mirando a Beatriz—. Lástima que siempre hayas sido incapaz de guardar un secreto.

Y detrás de él apareció otro hombre.

Más alto.

Con una cicatriz junto a la ceja.

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Elena sintió que el corazón se le detenía.

Porque aquel rostro era el de su padre.

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