Chapter 5: El padre que fingió estar muerto para quedarse con la fortuna
Elena había imaginado durante años cómo sería volver a ver a su padre.
En sus sueños, Ernesto regresaba por la puerta de la casa, la abrazaba y le explicaba por qué había tardado tanto en volver.
En sus pesadillas, aparecía cubierto de sangre, acusándola de haberlo abandonado.
Pero jamás había imaginado que regresaría acompañado por el hombre que supuestamente había muerto con su abuelo y que su primera reacción sería mirarla como si fuera una desconocida.
—Hola, Elena —dijo Ernesto.
Ella no respondió.
No podía.
Tenía once años cuando le dijeron que su padre había muerto. Recordaba la ropa negra, las flores, las conversaciones en voz baja y el rostro de su madre, destrozado por una tristeza que parecía no tener fin.
Recordaba haber dormido durante meses con una fotografía de Ernesto debajo de la almohada.
Y ahora él estaba allí, vivo, con una camisa impecable y zapatos que no habían tocado el barro del camino.
—No te acerques —susurró Elena.
Ernesto se detuvo.
—Hija…
—¡No me llames así!
La palabra salió tan fuerte que Vanessa se estremeció.
Elena sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—¿Sabes cuántas veces le pregunté a mi mamá por qué te habías ido? ¿Cuántas veces me culpé por no haber estado contigo aquella noche? ¿Cuántas veces soñé que volvías?
Ernesto apretó la mandíbula.
—No sabes lo que tuve que hacer para sobrevivir.
—¿Sobrevivir a qué? ¿A tu propia familia?
Arturo cerró la puerta de la capilla.
—Este no es el lugar para una reunión sentimental.
Ramiro se colocó delante de Elena.
—Nadie va a acercarse a ella.
Arturo lo observó con desprecio.
—Tú sigues creyendo que eres un guardia con autoridad. No tienes idea de lo que está ocurriendo.
—Tengo suficiente idea para saber que hay personas armadas afuera.
Ernesto miró a Ramiro.
—No venimos a hacerle daño a Elena.
—Entonces pueden explicar por qué alguien intentó matarla en la carretera.
Ernesto no contestó.
Y su silencio fue más aterrador que cualquier amenaza.
Beatriz se levantó de la banca.
—Ya basta. Elena merece saber la verdad.
Arturo soltó una risa seca.
—¿La verdad? ¿Tú vas a hablar de la verdad después de haber firmado documentos falsos durante años?
Beatriz palideció.
—Firmé porque me amenazaste.
—Firmaste porque querías conservar tu casa, tus cuentas y tu reputación. No finjas que fuiste una víctima inocente.
Elena miró a su tía.
—¿Es cierto?
Beatriz comenzó a llorar.
—Al principio solo me pidió que certificara unos movimientos bancarios. Me dijo que Augusto estaba enfermo y que necesitaban reorganizar las cuentas para pagar a los proveedores. Después descubrí que las cifras no coincidían. Quise retirarme, pero Arturo me mostró fotografías de tu madre saliendo del hospital.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Qué fotografías?
—Me dijo que Patricia estaba siendo vigilada. Que si hablaba, tú también estarías en peligro.
Ernesto intervino.
—Arturo no tenía intención de tocar a tu madre.
Beatriz lo miró con rabia.
—¡Tú fuiste quien le dijo que Patricia había encontrado los documentos!
Elena se volvió hacia su padre.
—¿Qué documentos?
Ernesto respiró profundamente.
Durante un instante, su expresión cambió. Pareció un hombre cansado, atrapado en una historia que había comenzado mucho antes de que Elena pudiera comprenderla.
—Tu abuelo había descubierto que Arturo estaba desviando dinero del resort. Yo me enteré de que planeaba denunciarlo. Le pedí que esperara.
—¿Por qué?
—Porque yo también había firmado contratos con empresas de Arturo.
Elena sintió que el mundo volvía a girar.
—¿Tú también estabas robando?
—No de la manera que crees.
—¿Entonces de qué manera?
Ernesto bajó la mirada.
—Al principio eran préstamos. Necesitaba dinero para mantener una inversión que había salido mal. Arturo me ofreció una solución.
Me dijo que podía devolverlo sin que nadie se enterara. Después los préstamos se convirtieron en transferencias y las transferencias en una deuda que no podía pagar.
Elena retrocedió un paso.
—¿Y por eso fingiste tu muerte?
—Arturo me dijo que era la única manera de escapar de las consecuencias.
—¿De las consecuencias de tus decisiones?
Ernesto no contestó.
Elena sintió que una parte de su infancia se rompía para siempre.
Su padre no había sido un héroe desaparecido. Había participado en la misma red de mentiras que destruyó a su abuelo y dejó a su madre consumida por el miedo.
—¿Mi mamá sabía que estabas vivo?
Ernesto cerró los ojos.
—Sí.
Elena soltó una exclamación ahogada.
—¿Ella sabía?
—Se enteró después de que tu abuelo murió. Vino a buscarme y me pidió que regresara. Quería que te explicara todo. Pero Arturo me convenció de que, si volvía, terminaría en la cárcel.
—¿Y la dejaste sola?
—Pensé que estaría más segura sin mí.
Elena lo miró con incredulidad.
—No. Pensaste que estarías más seguro tú.
Ernesto recibió la acusación sin defenderse.
Por primera vez, pareció incapaz de inventar una excusa.
Arturo golpeó una de las bancas con la palma.
—Ya fue suficiente. Necesitamos la insignia.
Elena cerró los dedos alrededor de la pieza dorada.
—¿Para qué?
—Porque activa el acceso al archivo original. La escritura que buscas está ahí, y necesito destruirla antes de que llegue a manos de las autoridades.
—¿Por qué no la destruiste hace siete años?
Arturo sonrió.
—Porque tu abuelo no confiaba en nadie. Creó varias copias y escondió la original detrás de un sistema que solo podía abrirse con la insignia y una clave familiar.
Elena recordó la caja de madera, los registros del terminal y la referencia al archivo del fundador.
—¿Qué clave?
Arturo miró a Ernesto.
Su padre sacó del bolsillo una pequeña tarjeta de plástico.
—La fecha de nacimiento de tu madre.
Elena sintió náuseas.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque yo ayudé a tu abuelo a configurar el sistema.
Arturo extendió la mano.
—Dame la insignia, Elena. No tienes por qué seguir sufriendo por errores que ocurrieron antes de que pudieras comprenderlos.
—Mi abuelo murió por esos errores.
—Tu abuelo murió porque se negó a aceptar que el mundo había cambiado.
—Mi mamá murió porque descubrió lo que ustedes hicieron.
Ernesto se estremeció.
—Tu madre no murió por eso.
Elena se volvió hacia él.
—¿Qué?
Su padre tragó saliva.
—Patricia estaba enferma. Los médicos le advirtieron que su corazón podía fallar en cualquier momento.
—Yo estuve con ella en el hospital. La vi recuperarse. Habló conmigo aquella mañana. Me dijo que quería volver a casa.
—Y después tuvo una complicación.
—¿Quién estaba con ella?
Ernesto no respondió.
Elena sintió un frío que le recorrió la espalda.
—¿Quién estaba con mi mamá cuando murió?
Beatriz comenzó a sollozar.
Arturo miró a Ernesto con una advertencia silenciosa.
Pero Elena ya había visto suficiente.
—¡Contéstame!
Su padre bajó la cabeza.
—Yo estuve allí.
Elena sintió que le faltaba el aire.
—¿Tú?
—Fui a verla porque me pidió que regresara. Estaba muy débil. Quería que arregláramos las cosas antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Y qué pasó?
Ernesto se llevó una mano al rostro.
—Discutimos. Me dijo que iba a entregar los documentos a la policía. Me pidió que te llevara conmigo y que confesara todo. Yo me negué.
—¿Y luego?
—Se alteró. Empezó a sentirse mal. Llamé a una enfermera, pero…
—¿Pero qué?
Ernesto comenzó a llorar.
—Arturo me había dicho que no podía regresar a la vida pública. Que si Patricia hablaba, todos perderíamos todo. Cuando los médicos intentaron estabilizarla, yo me fui.
Elena lo miró horrorizada.
—¿Te fuiste mientras mi mamá se estaba muriendo?
—Tenía miedo.
—¡Ella era tu esposa!
La voz de Elena rebotó contra las paredes de la capilla.
—¡Yo era tu hija! ¡Y me dejaste creer que estabas muerto mientras tu hermana me abrazaba en los funerales y me decía que todo iba a estar bien!
Ernesto se arrodilló.
—Perdóname.
Elena retrocedió.
No quería tocarlo.
No quería escuchar su voz.
No quería descubrir que el hombre que había amado con toda su alma había sido capaz de elegir el miedo una y otra vez.
Arturo aprovechó el momento.
Se acercó a Elena y extendió la mano.
—Dame la insignia.
Ramiro intentó interponerse, pero uno de los hombres que aguardaban afuera entró y lo sujetó por detrás.
Vanessa gritó.
Otro hombre la tomó del brazo.
Elena apretó la insignia.
—¡Suéltenlos!
Arturo sonrió.
—Te dije que no convirtieras esto en un problema.
—No voy a darte nada.
—Entonces tu tía será la primera en pagar las consecuencias.
Beatriz se quedó inmóvil.
Ernesto se levantó de golpe.
—¡No la toques!
Arturo lo miró con frialdad.
—¿Ahora sí te importa alguien más que tú mismo?
Elena aprovechó la discusión para sacar discretamente el teléfono que Ramiro le había prestado antes de salir del resort.
La pantalla mostraba una llamada activa.
Había marcado al número de emergencias mientras Arturo hablaba.
El micrófono estaba encendido.
Pero necesitaba tiempo.
—Si quieren la insignia —dijo Elena—, tendrán que explicarme qué contiene la escritura.
Arturo entrecerró los ojos.
—No estás en posición de negociar.
—Entonces tendrás que matarme aquí mismo. Porque no voy a entregártela sin saber qué están intentando ocultar.
Ernesto miró a su hija.
Por primera vez, Elena vio algo parecido al arrepentimiento verdadero en su rostro.
—Arturo, déjala ir.
—Cállate.
—Ya destruiste a Augusto. Patricia está muerta. Daniel está acabado. ¿Qué más quieres?
Arturo se volvió lentamente.
—Quiero recuperar lo que me pertenece.
—¡No te pertenece nada!
Arturo lo golpeó en el rostro.
Ernesto cayó contra una banca.
Vanessa gritó otra vez.
Elena sintió que el miedo se convertía en una rabia limpia, precisa.
—Eres un cobarde —dijo.
Arturo se volvió hacia ella.
—¿Qué dijiste?
—Que eres un cobarde. Necesitaste a mi padre, a mi primo y a mi tía para esconder tus delitos. Necesitaste falsificar muertes, amenazar mujeres y perseguir a una persona herida por una carretera para conseguir una insignia.
Arturo levantó la mano.
Pero antes de que pudiera tocarla, una sirena resonó a lo lejos.
Después otra.
Los hombres que sujetaban a Ramiro y Vanessa intercambiaron miradas.
Arturo perdió la sonrisa.
—¿Qué hiciste?
Elena levantó el teléfono.
—Lo suficiente.
Arturo se lanzó hacia ella.
Ramiro consiguió soltarse y empujó una banca contra el pasillo. Vanessa se liberó de su captor y corrió hacia la puerta lateral.
Ernesto se interpuso entre Arturo y Elena.
—¡Corre, hija!
Elena dudó.
No quería deberle nada.
Pero tampoco podía permitir que lo mataran frente a ella.
Ramiro la tomó del brazo sano y la condujo hacia una salida lateral. Vanessa los siguió, llorando, mientras las sirenas se acercaban.
Cuando llegaron al exterior, dos patrullas bloqueaban el camino. Los oficiales descendieron con las armas preparadas y ordenaron a los hombres que salieran de la capilla.
Elena se apoyó contra un árbol, respirando con dificultad.
Arturo fue detenido después de intentar escapar por la parte trasera del edificio. Ernesto salió esposado unos minutos más tarde, con el rostro cubierto de lágrimas.
Antes de que lo subieran a una patrulla, volvió la cabeza hacia Elena.
—Hay algo que debes saber.
Ella no se acercó.
—Tu madre dejó una grabación. La escondió antes de morir. Si la encuentras, entenderás por qué acepté desaparecer.
Elena sintió una punzada de dolor.
—No necesito entender por qué me abandonaste.
Ernesto bajó la mirada.
—No. Pero necesitas saber quién le entregó a Arturo la información que permitió encontrarla aquella noche.
Un oficial lo empujó suavemente hacia el vehículo.
La puerta se cerró.
Elena se quedó inmóvil mientras las patrullas se alejaban.
Entonces Ramiro se acercó con el teléfono en la mano.
—Señorita, la llamada de emergencia quedó registrada. Pero hay algo más.
Le mostró la pantalla.
Mientras la policía detenía a Arturo, alguien había accedido remotamente al sistema del resort y había eliminado varios archivos del servidor.
Entre ellos estaba el expediente médico de don Augusto.
Y el historial de visitas del hospital donde había muerto Patricia.
Elena sintió que la esperanza se le escapaba.
—¿Pueden recuperarlos?
—Tal vez. Pero quien entró al sistema tenía autorización de administrador.
—¿Daniel?
Ramiro negó con la cabeza.
—No, señorita. Su acceso sigue suspendido.
Elena observó la lista de usuarios autorizados.
Había tres nombres.
Daniel Somor.
Arturo Somor.
Y una tercera cuenta que llevaba siete años sin utilizarse.
*ERNESTO SOMOR — ADMINISTRADOR PRINCIPAL.*
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La cuenta acababa de registrar una conexión.
A pesar de que Ernesto estaba esposado dentro de una patrulla policial.
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