Chapter 9: La mujer del pañuelo verde
Nos quedamos inmóviles en la oscuridad.
Nadie respiraba.
Afuera, unos pasos se acercaron lentamente a la puerta de la unidad.
Arthur levantó una mano.
Daniel sacó su teléfono.
Tasha abrazó a Brianna.
Yo sentía el corazón golpeando con tanta fuerza que estaba segura de que cualquiera podía escucharlo.
Entonces alguien intentó abrir la puerta.
Una vez.
Dos veces.
La tercera vez, la manija se movió con fuerza.
Arthur se acercó en silencio.
De repente, los pasos se alejaron.
Escuchamos una puerta metálica cerrarse.
Daniel encendió la luz.
—Tenemos que salir.
Arthur asintió.
—Ahora.
Guardamos las fotografías y documentos más importantes.
La carta de mi mamá quedó dentro de mi bolso.
No iba a separarme de ella.
Cuando salimos de la bodega, no vimos a nadie.
Pero había algo sobre el suelo.
Un sobre.
Daniel lo recogió.
—No lo abras aquí.
Arthur miró el frente.
Su rostro cambió.
—Es para Maya.
Mi nombre estaba escrito en letras negras.
Subimos al automóvil.
Daniel abrió el sobre con cuidado.
Dentro había una fotografía.
La misma imagen de mi mamá frente al auto.
Pero esta vez había una ampliación.
Samuel aparecía al fondo.
Y junto a él estaba otra persona.
Denise.
El pañuelo verde alrededor del cuello.
Yo miré a mi madrastra.
—¿Por qué estabas con él?
Denise cerró los ojos.
—Porque él me pidió que fuera.
—¿A dónde?
—Al estacionamiento.
—¿Para qué?
—Para hablar con tu mamá.
Arthur apretó el volante.
—¿Qué hablaron?
—Samuel quería recuperar unos documentos.
—¿Qué documentos?
—Los originales de unas cuentas.
—¿Y tu mamá?
—Se negó.
—¿Y después?
Denise empezó a llorar.
—Me fui.
—¿Sola?
Silencio.
—Denise.
—Sí.
Arthur la miró por el espejo.
—¿Dejaste a tu madre sola con Samuel?
—Sí.
Sentí un dolor profundo.
—¿Y luego qué pasó?
—Me fui a casa.
—¿A qué hora?
Denise no contestó.
Daniel intervino.
—La policía puede averiguar eso.
Denise se quedó callada.
Arthur arrancó el automóvil.
Nadie habló durante varios minutos.
Yo miraba por la ventana.
Toda mi vida había pensado que la última noche de mi mamá había sido sencilla.
Una salida.
Un accidente.
Una llamada.
Ahora cada recuerdo parecía tener una sombra.
Cuando llegamos a casa, mi papá recibió una llamada.
Era su abogado.
—¿Sí?
Escuchó.
Su rostro se endureció.
—¿Qué documentos?
Pausa.
—¿Cuándo?
Otra pausa.
—No. Nadie autorizó eso.
Colgó.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Arthur respiró profundamente.
—Samuel intentó registrar una transferencia de la propiedad esta mañana.
Daniel se quedó serio.
—¿Con qué firma?
—Con la firma de Maya.
Sentí frío.
—Pero yo no firmé nada.
—Lo sé.
Daniel tomó su teléfono.
—Voy a presentar una objeción inmediatamente.
Denise se sentó en el sofá.
—No servirá.
Arthur la miró.
—¿Por qué?
—Porque Samuel tiene otra copia.
—¿De qué?
—Del documento original.
Daniel se acercó.
—¿Dónde?
Denise levantó la mirada.
—En la casa de Samuel.
Arthur frunció el ceño.
—¿Cómo sabes?
Denise no contestó.
—¿Cómo sabes, Denise?
Ella comenzó a llorar.
—Porque yo se lo entregué.
Mi papá se quedó completamente inmóvil.
—¿Cuándo?
—Hace dos años.
—¿Qué documento?
Denise apretó los labios.
—El fideicomiso original.
Daniel palideció.
—¿Usted le entregó el documento que protegía los bienes de Maya?
—No sabía lo que iba a hacer.
—¿Por qué se lo dio?
—Me dijo que era necesario para arreglar las deudas.
Arthur dio un paso atrás.
—Dios mío.
Yo sentía que ya no podía llorar.
Estaba vacía.
—¿Qué más le diste?
Denise no respondió.
—¿Qué más?
—Una copia de la identificación de Maya.
Daniel cerró los ojos.
—Eso explica la falsificación.
Mi papá la miró con una decepción que parecía más dolorosa que la rabia.
—¿Cómo pudiste hacerle esto?
Denise se levantó.
—Yo estaba desesperada.
—No.
Arthur negó con la cabeza.
—Estabas desesperada por dinero.
Ella lloró.
—Sí.
—Y usaste a mi hija.
—Sí.
—Y le mentiste durante años.
—Sí.
—Y permitiste que Samuel creyera que podía controlar su futuro.
Denise no respondió.
Arthur se volvió hacia mí.
—Maya, lo siento.
Yo negué con la cabeza.
—No es tu culpa.
—Debí protegerte.
—Lo sé.
Arthur bajó la mirada.
—Y ahora voy a hacerlo.
Daniel recibió otro mensaje.
Lo leyó.
—Tenemos un problema.
Arthur levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Samuel presentó una nueva prueba.
—¿Otra grabación?
—No.
Daniel mostró la pantalla.
—Un video.
Yo me acerqué.
En la grabación aparecía una oficina.
Samuel estaba sentado frente a una cámara.
Y frente a él estaba una joven.
Era yo.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—Eso no soy yo.
Daniel amplió la imagen.
Era una chica muy parecida a mí.
El mismo cabello.
Una sudadera parecida.
La misma estatura.
Pero no era yo.
Arthur observó la pantalla.
—¿Quién es?
Daniel revisó la información del archivo.
—No lo sé todavía.
Entonces escuchamos a Samuel en el video.
—Maya Carter está de acuerdo con la transferencia.
La joven frente a él respondió:
—Sí.
Yo negué con la cabeza.
—Eso es una mentira.
Daniel pausó el video.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque la mujer que aparece ahí tiene una cicatriz en la mano derecha.
Miré mi mano.
No tenía ninguna.
Arthur apretó los puños.
—Entonces contrataron a alguien que se hizo pasar por Maya.
Daniel asintió.
—Exactamente.
Denise comenzó a llorar.
—Samuel dijo que solo sería temporal.
Arthur la miró.
—¿Quién es esa mujer?
Denise cerró los ojos.
—No lo sé.
—¿Nunca la viste?
—Sí.
Todos nos quedamos quietos.
—¿Quién es?
Denise tragó saliva.
—La hermana de Samuel.
Tasha se llevó una mano a la boca.
Daniel preguntó:
—¿Y dónde está ahora?
Denise levantó la mirada.
—No lo sé.
Entonces sonó el timbre.
Arthur abrió la puerta.
Una mujer estaba parada afuera.
Tenía el cabello oscuro, una carpeta en las manos y una cicatriz visible en la mano derecha.
Miró directamente hacia mí.
—¿Maya Carter?
Yo no pude responder.
La mujer sonrió débilmente.
—Necesitamos hablar.
Arthur se interpuso.
—¿Quién eres?
Ella miró a Denise.
Después a mi papá.
—Mi nombre es Rebecca Reed.
Daniel palideció.
Rebecca levantó la carpeta.
—Y vine porque Samuel no les está contando toda la verdad.
Me miró directamente a los ojos.
—Yo fui la mujer que apareció en ese video.
Denise dejó escapar un sollozo.
Rebecca continuó:
—Pero nunca firmé nada por voluntad propia.
Abrió la carpeta.
—Y tengo pruebas de quién me obligó a hacerlo.
Entonces sacó una fotografía.
En ella aparecían Samuel, Denise…
y mi mamá.
Pero mi mamá no estaba discutiendo con ellos.
Estaba entregándoles una pequeña caja negra.
Rebecca señaló la fotografía.
—Esto fue tomado tres horas antes de que tu madre muriera.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué hay dentro de esa caja?
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Rebecca me miró.
—La prueba de que tu mamá sabía que iba a morir.