Chapter 5: La llamada de Samuel
Mi papá no volvió a sentarse aquella mañana.
Caminaba por la cocina con el teléfono en la mano, revisando una y otra vez el número que había llamado.
—¿Qué te dijo? —pregunté.
Arthur me miró.
—Dijo que necesitamos hablar.
—¿De qué?
—De la propiedad.
Denise se quedó sentada.
—No vayas.
Arthur volteó.
—¿Por qué?
—Porque Samuel es peligroso.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Mi papá se acercó.
—¿Qué significa "peligroso"?
Denise tragó saliva.
—Significa que no sabes con quién estás tratando.
—Entonces explícame.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Arthur…
—¿Te amenazó?
Denise no respondió.
Arthur se quedó mirándola.
—¿Te amenazó?
—Una vez.
Tasha comenzó a llorar.
—Mamá…
—No quería que ustedes supieran.
Arthur dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Qué hizo?
—Nada.
—Denise.
—Solo dijo que si yo no hacía lo que me pedía, perdería todo.
—¿Todo qué?
Ella bajó la mirada.
—La casa.
Mi papá se quedó callado.
—¿Nuestra casa?
Denise asintió.
—La deuda estaba vinculada a varias cosas.
Arthur abrió la carpeta nuevamente.
—Entonces la propiedad de Maya…
—Era la garantía.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Garantía para qué?
Denise me miró.
—Para cubrir una deuda que Samuel decía que me ayudaría a pagar.
Arthur se llevó una mano a la frente.
—¿Y por qué mi hija?
—Porque tú nunca habrías aceptado poner nuestra casa en riesgo.
—Claro que no.
—Pero Maya…
Denise se detuvo.
Mi papá dio un paso hacia ella.
—Termina la frase.
—Maya no sabía nada.
Mi estómago se revolvió.
—Precisamente.
Arthur golpeó la mesa.
—¡Eso es lo que estás diciendo! ¡La usaste porque no sabía!
Denise comenzó a llorar.
—Yo pensaba que podía arreglarlo antes de que ella se enterara.
—¿Cuánto tiempo?
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?
Denise no respondió.
Arthur volvió a preguntar.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos años.
Mi papá cerró los ojos.
Dos años.
Yo tenía dieciséis.
Una niña.
Y alguien había estado preparando documentos financieros a mi nombre.
Me senté.
Tasha se acercó y me tomó la mano.
—Maya, perdón.
La miré.
—¿Por qué?
—Porque sabía que mamá te trataba diferente.
—Tú no hiciste esto.
—Pero me quedé callada.
No supe qué decir.
Marcus se acercó también.
—Yo tampoco sabía de la propiedad.
Jordan negó con la cabeza.
—Ni yo.
Los tres parecían avergonzados.
Por primera vez, entendí que ellos también habían vivido dentro de una mentira.
No justificaba lo que había pasado.
Pero al menos ya no me sentía completamente sola.
Mi papá tomó la carpeta.
—Nadie firma nada.
Todos lo miramos.
—A partir de este momento, nadie entrega documentos, nadie responde llamadas de Samuel y nadie sale solo de la casa sin avisarme.
Denise se puso de pie.
—Arthur, estás exagerando.
—No.
—Solo quiero proteger a mis hijos.
—Entonces empieza diciendo la verdad.
Ella guardó silencio.
El teléfono volvió a sonar.
Todos nos congelamos.
Arthur miró la pantalla.
Otra vez Samuel.
Esta vez activó el altavoz.
—¿Qué quieres?
La voz del hombre sonó tranquila.
—Arthur, no hay necesidad de ponerse así.
Mi papá apretó la mandíbula.
—No me llames por mi nombre como si fuéramos amigos.
Samuel soltó una pequeña risa.
—Solo quiero evitar un problema.
—El problema ya existe.
—No necesariamente.
—Mi hija aparece como propietaria de una casa que tú controlas.
Hubo un silencio.
Después Samuel dijo:
—Eso puede solucionarse.
—¿Cómo?
—Con una firma.
Mi papá se quedó completamente quieto.
—¿De quién?
—De Maya.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Arthur respondió:
—Ella no va a firmar nada.
—Entonces la propiedad se queda bloqueada.
—Perfecto.
—Y Denise tendrá un problema mucho más grande.
Mi papá miró a mi madrastra.
—¿Qué problema?
Samuel guardó silencio.
—Pregúntale a ella.
La llamada terminó.
Arthur miró a Denise.
—¿Qué significa eso?
Denise empezó a llorar.
—No sé.
—¡No me digas que no sabes!
Ella se cubrió el rostro.
—Hay documentos que no te enseñé.
Arthur se quedó inmóvil.
—¿Dónde?
—En mi oficina.
—Vamos.
Subimos al segundo piso.
La oficina de Denise estaba siempre cerrada.
Nunca había entrado.
Ella abrió la puerta con manos temblorosas.
El lugar olía a perfume y papel viejo.
Había un escritorio grande, un librero y un pequeño archivero.
Denise sacó una llave de su bolso.
Abrió el cajón inferior.
Había más documentos.
Muchos más.
Arthur comenzó a revisarlos.
Entonces encontró un sobre rojo.
Lo abrió.
Sacó varias fotografías.
Mi papá las extendió sobre el escritorio.
Eran fotografías de mí.
En la escuela.
Saliendo del gimnasio.
En el estacionamiento.
Incluso frente a nuestra casa.
Sentí frío.
—¿Quién tomó esas fotos?
Denise comenzó a temblar.
—Samuel.
Arthur se volvió hacia ella.
—¿Por qué?
—Para saber dónde estabas.
—¿Por qué necesitaba saber dónde estaba mi hija?
Denise lloró.
—Porque quería asegurarse de que tú no hablaras con nadie.
Mi papá levantó una fotografía.
—¿Qué tiene que ver Maya con él?
—No sé.
—¡Mientes!
—¡No lo sé!
Arthur golpeó el escritorio con ambas manos.
—Entonces explícame esto.
Sacó otro documento.
Era una copia de un seguro de vida.
Mi nombre aparecía como beneficiaria.
Pero el beneficiario secundario era Samuel Reed.
Mi papá dejó de respirar.
—¿Quién puso esto?
Denise no contestó.
—¿Quién?
—Yo.
Arthur se quedó mirando el documento.
—¿Por qué?
Denise bajó la cabeza.
—Porque Samuel dijo que era necesario.
Mi papá retrocedió.
—¿Un seguro de vida?
—Sí.
—¿Sobre quién?
Denise comenzó a llorar.
—Sobre ti.
El silencio fue absoluto.
Sentí que el mundo se detenía.
Mi papá tomó el documento.
—¿Hay un seguro sobre mi vida?
Denise asintió.
—¿Y Samuel es beneficiario?
—Si Maya no pudiera recibirlo.
Arthur miró el papel.
Después miró a Denise.
—¿Cuánto?
Ella no respondió.
—¿Cuánto vale?
—Dos millones de dólares.
Tasha soltó un grito.
Yo me llevé una mano a la boca.
Arthur parecía incapaz de procesarlo.
—¿Quién paga las primas?
Denise cerró los ojos.
—La cuenta familiar.
Mi papá miró los recibos.
Entonces comprendió.
El dinero que él había enviado.
El dinero que creía destinado a nosotros.
Había estado pagando un seguro del que nunca supo nada.
—¿Desde cuándo?
—Hace casi dos años.
Arthur dejó caer el documento.
—Esto no es una deuda.
Su voz era apenas un susurro.
—Esto es una trampa.
Entonces escuchamos un golpe en la puerta principal.
Todos nos quedamos congelados.
Otro golpe.
Más fuerte.
Arthur bajó las escaleras.
Yo fui detrás de él.
Cuando abrió la puerta, un hombre de traje oscuro estaba parado en el porche.
No era Samuel.
Era un abogado.
Llevaba un sobre grueso en la mano.
—¿Arthur Carter?
—Sí.
El hombre miró hacia mí.
—¿Maya Carter?
Sentí que se me helaba la sangre.
—Sí.
Me entregó el sobre.
—Entonces esto es para usted.
Arthur lo tomó primero.
Leyó el remitente.
Su rostro cambió.
—¿Quién lo envía?
El abogado respondió:
—Samuel Reed.
Arthur abrió el sobre.
Sacó una sola hoja.
La leyó.
Luego me miró.
—Maya…
—¿Qué dice?
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Mi papá tardó unos segundos en responder.
—Dice que tienes cuarenta y ocho horas para firmar la venta de la propiedad.