Chapter 8: La unidad 214
La puerta de la unidad 214 tenía una capa de polvo tan gruesa que parecía no haberse abierto en años.
Mi papá introdujo la llave.
La giró.
El clic de la cerradura sonó como una sentencia.
Daniel levantó una mano.
—Esperen.
Todos nos detuvimos.
—Antes de entrar, nadie toca nada.
Arthur asintió.
—Entendido.
La puerta subió lentamente.
El olor a cartón viejo y humedad salió de inmediato.
Encendimos las luces.
Había cajas por todas partes.
Documentos.
Fotografías.
Carpetas.
Una vieja maleta azul.
Y al fondo, sobre una mesa pequeña, había una caja de madera.
Yo reconocí algo inmediatamente.
—Esa caja era de mi mamá.
Mi papá me miró.
—¿Estás segura?
Asentí.
—La tenía en su recámara.
Daniel se puso guantes.
—Entonces probablemente sea importante.
La abrió.
Dentro había fotografías familiares.
Una pulsera.
Una pequeña libreta.
Y varios sobres.
Tomé uno.
Tenía mi nombre.
*Para Maya. Cuando cumplas dieciocho años.*
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Es de ella.
Mi papá se acercó.
—¿Quieres abrirlo?
Asentí.
El sobre temblaba entre mis manos.
Lo abrí.
Dentro había una carta.
La letra era de mi mamá.
La reconocí inmediatamente.
Por un momento ya no estaba en aquella bodega.
Tenía doce años otra vez.
Mi mamá estaba sentada junto a mi cama.
Me peinaba antes de ir a la escuela.
Me decía que siempre podía contarle cualquier cosa.
Cerré los ojos.
Y comencé a leer.
No decía mucho.
Pero decía lo suficiente.
Mi mamá explicaba que había dejado ciertos bienes protegidos para mí.
Decía que había descubierto movimientos extraños en sus cuentas.
Y mencionaba a una persona.
Samuel Reed.
Mi papá apretó la mandíbula.
Seguí leyendo.
Mi mamá decía que no confiara en nadie que intentara convencerme de vender o transferir propiedades antes de cumplir veintiún años.
También decía que había una persona cercana a nuestra familia que estaba ayudando a Samuel.
La carta no mencionaba el nombre.
Pero había una frase que me hizo detenerme.
*“Si algo me pasa, busca a la mujer que llevaba un pañuelo verde la noche que discutimos.””*
Levanté la cabeza.
—¿Qué significa esto?
Arthur palideció.
—No lo sé.
Denise, que estaba detrás de nosotros, comenzó a retroceder.
Tasha la miró.
—Mamá.
Denise negó con la cabeza.
—No.
—¿Qué?
—No sigas.
Yo la observé.
—Tú sabes.
Denise se llevó una mano al pecho.
—Maya, por favor.
—¿Tú llevabas un pañuelo verde?
Ella cerró los ojos.
Silencio.
Arthur se volvió hacia ella.
—Denise.
—No recuerdo.
—¿Lo llevabas?
Ella comenzó a llorar.
—Sí.
Sentí un vacío en el estómago.
—Tú estabas con mi mamá esa noche.
—Sí.
—¿Por qué?
Denise no respondió.
Arthur dio un paso.
—¿Qué pasó?
—Nos peleamos.
—¿Por qué?
—Por Samuel.
La habitación quedó en silencio.
Denise respiró profundamente.
—Tu mamá descubrió que Samuel estaba utilizando documentos de su empresa.
—¿Y tú lo sabías?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que ella muriera.
Mi papá cerró los ojos.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque Samuel me amenazó.
—¿Con qué?
Denise miró hacia mí.
—Con destruir a todos.
Tasha negó con la cabeza.
—Eso no explica nada.
Denise se sentó sobre una caja.
—Tu mamá quería denunciarlo.
—¿Y tú intentaste detenerla?
—Sí.
Sentí que la rabia me subía al pecho.
—¿Por qué?
—Porque Samuel tenía documentos que podían arruinarme.
Arthur se quedó quieto.
—¿Qué documentos?
Denise bajó la mirada.
—Mis deudas.
—¿Y qué más?
Ella empezó a llorar.
—Un préstamo.
—¿De Samuel?
Asintió.
—Yo necesitaba dinero.
Arthur soltó una risa amarga.
—Siempre fue dinero.
Denise lo miró.
—No entiendes.
—Entiendo demasiado.
Daniel levantó una carpeta.
—Aquí hay algo.
Todos nos acercamos.
Era un reporte de accidente.
La fecha coincidía con la muerte de mi mamá.
Daniel leyó.
—Aquí dice que el vehículo perdió el control.
—Eso ya lo sabíamos —dijo Arthur.
—Sí.
Daniel pasó la página.
—Pero hay una observación.
Se quedó callado.
—¿Qué dice? —pregunté.
—El vehículo había sido revisado dos días antes.
Arthur frunció el ceño.
—¿Y?
—Los frenos estaban en perfecto estado.
Mi papá palideció.
Denise comenzó a temblar.
—No.
Daniel siguió leyendo.
—El informe original indicaba una falla posterior.
Arthur tomó el documento.
—¿Qué significa?
—Que alguien pudo haber manipulado el vehículo después de la revisión.
Mi corazón comenzó a latir violentamente.
—¿Estás diciendo que mi mamá no tuvo un accidente?
Daniel no respondió directamente.
—Estoy diciendo que hay suficientes inconsistencias para investigarlo.
Arthur miró a Denise.
—¿Tú sabías esto?
—No.
—Mírame.
Ella levantó la cabeza.
—¿Sabías?
—No sabía que los frenos…
Se detuvo.
Arthur se acercó.
—¿Qué significa "no sabías que los frenos"?
Denise comenzó a llorar.
—Samuel dijo que no quería hacerle daño.
Nadie respiró.
—¿Qué?
Denise se tapó la boca.
Ya era demasiado tarde.
Arthur agarró el respaldo de una silla.
—¿Qué acabas de decir?
—Nada.
—Lo escuchamos todos.
Denise lloraba.
—Samuel dijo que solo quería asustarla.
Mi cuerpo se quedó helado.
—¿Asustarla?
—Sí.
—¿Qué hizo?
Denise negó con la cabeza.
—No sé.
—¡¿Qué hizo?!
—No sé qué pasó después.
Arthur se volvió hacia Daniel.
—Tenemos que llevar esto a la policía.
Daniel asintió.
—Sí.
Pero antes de que pudiera cerrar la carpeta, una fotografía cayó al suelo.
Me agaché.
La levanté.
Era una imagen de mi mamá junto a su auto.
Al fondo aparecía un hombre.
Lo reconocí.
Era Samuel.
Pero había algo más.
En la parte posterior de la fotografía había una fecha escrita.
La fecha era dos días antes de la muerte de mi mamá.
Y debajo había una frase:
*“Él no vino solo.””*
Miré a Denise.
—¿Quién estaba con Samuel?
Ella no respondió.
Entonces Tasha tomó otra fotografía de la caja.
Su rostro se volvió blanco.
—Mamá…
—¿Qué?
Tasha giró la fotografía.
Era una imagen tomada afuera de la casa.
Samuel estaba parado junto a otra persona.
Y esa persona llevaba un pañuelo verde.
Tasha levantó lentamente la mirada.
—Eres tú.
Denise dejó escapar un sollozo.
Pero antes de que pudiera decir algo, escuchamos un ruido afuera de la bodega.
Pasos.
Luego el sonido de una puerta cerrándose.
Arthur apagó las luces.
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Daniel susurró:
—No estamos solos.