Chapter 6: Las cuarenta y ocho horas
La hoja temblaba entre los dedos de mi papá.
Yo la miraba desde el otro lado del recibidor.
—¿Y si no firmo?
El abogado acomodó sus lentes.
—Entonces el asunto pasará a otra instancia.
—¿Qué instancia?
—Demanda civil.
Arthur se puso delante de mí.
—Ella no va a firmar nada.
El abogado asintió.
—Eso le dije al señor Reed que probablemente respondería.
—¿Y aun así te mandó?
—Sí.
—¿Por qué?
El hombre miró la carpeta.
—Porque afirma tener documentación que demuestra que Maya aceptó participar en la operación.
Sentí que me faltaba el aire.
—Pero nunca acepté.
—Lo sé.
El abogado me miró directamente.
—Por eso estoy aquí.
Arthur frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que los documentos que Samuel tiene podrían contener irregularidades.
Denise apareció detrás de nosotros.
—¿Irregularidades?
El abogado la observó.
—Varias.
Arthur se volvió hacia ella.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
El abogado carraspeó.
—Señora Carter, sería mejor que no dijera nada más sin asesoría legal.
Denise se quedó callada.
Arthur invitó al abogado a pasar.
Nos sentamos en la sala.
El hombre colocó una carpeta sobre la mesa.
—Mi nombre es Daniel Brooks. Trabajo con el despacho que representa a su hija.
Arthur levantó una ceja.
—¿A mi hija?
—Sí.
—¿Quién te contrató?
Daniel miró a Maya.
—Su madre.
Me quedé helada.
—¿Mi mamá?
Daniel asintió.
—Su madre biológica.
Mi corazón se detuvo.
Mi mamá llevaba seis años muerta.
—Eso es imposible.
—No.
Daniel abrió la carpeta.
—La póliza y algunos documentos de la propiedad fueron preparados utilizando un fideicomiso que su madre estableció antes de fallecer.
Arthur lo miró fijamente.
—¿Mi esposa tenía un fideicomiso?
—Sí.
—Nunca me habló de eso.
—Probablemente porque no quería que usted supiera hasta que Maya cumpliera dieciocho años.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Mi mamá dejó algo para mí?
Daniel asintió.
—Mucho más de lo que imagina.
Denise se levantó.
—Eso es absurdo.
Daniel la miró.
—No lo es.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque revisé los documentos originales.
Arthur se inclinó hacia adelante.
—¿Qué documentos?
Daniel sacó una copia.
—Su esposa, Denise, intentó modificar la estructura del fideicomiso hace dos años.
Mi papá se quedó quieto.
—¿Cómo?
—Presentó documentos para convertirse en administradora temporal.
Denise palideció.
—Eso no fue ilegal.
Daniel la miró.
—No he dicho que lo fuera.
Sacó otra hoja.
—Pero la firma de Maya que aparece en esa solicitud no coincide con ninguna firma auténtica registrada.
Yo respiré profundamente.
—Entonces alguien falsificó mi firma.
Daniel asintió.
—Eso parece.
Arthur cerró los ojos.
—¿Y Samuel?
—Samuel aparece en varias operaciones relacionadas.
Daniel sacó una última carpeta.
—Pero hay algo mucho más importante.
La puso frente a nosotros.
—La propiedad de Maple Ridge no vale trescientos diez mil dólares.
Arthur frunció el ceño.
—¿Cuánto vale?
Daniel respondió:
—Actualmente, alrededor de setecientos cincuenta mil.
Denise se quedó blanca.
Tasha abrió los ojos.
—¿Setecientos cincuenta?
Daniel asintió.
—La propiedad fue adquirida originalmente por su familia hace años. Después de algunas modificaciones, su valor aumentó considerablemente.
Mi papá tomó la hoja.
—¿Y por qué alguien la puso a nombre de Maya?
Daniel miró a Denise.
—Eso es lo que necesitamos averiguar.
Denise no dijo nada.
Daniel continuó:
—Pero hay una cláusula en el fideicomiso.
—¿Cuál?
—Maya no puede vender la propiedad hasta cumplir veintiún años.
Yo lo miré.
—¿Entonces por qué Samuel dice que tengo cuarenta y ocho horas?
Daniel sonrió ligeramente.
—Porque necesita que usted firme una renuncia.
Arthur se levantó.
—Y si ella no firma…
—Samuel no puede venderla legalmente.
El silencio fue inmediato.
Por primera vez desde que todo había comenzado, sentí que tenía una salida.
Pero Daniel todavía no había terminado.
—Hay otra cláusula.
—¿Cuál? —preguntó Arthur.
—Si alguien intenta obligar, engañar o falsificar documentos para apropiarse de la propiedad, el fideicomiso se activa automáticamente.
Arthur frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Daniel miró a Maya.
—Que todos los bienes vinculados al fideicomiso pasarían a su control.
Mi papá se quedó sin palabras.
—¿Todos?
—Sí.
Daniel abrió una lista.
Había inversiones.
Cuentas.
Propiedades.
Acciones.
Y una cifra final.
*$1,870,000 dólares.*
Sentí que me mareaba.
—¿Mi mamá tenía todo eso?
Daniel negó suavemente.
—No era solamente suyo.
—¿Entonces?
—Parte pertenecía a su familia. Su madre se aseguró de que nada pudiera ser vendido sin su autorización cuando usted alcanzara la edad establecida.
Arthur miró hacia Denise.
Ella estaba completamente quieta.
—¿Ella sabía?
Daniel respondió:
—Por los documentos que encontré, sí.
Mi papá se acercó a Denise.
—¿Sabías que Maya iba a recibir esto?
Denise comenzó a llorar.
—No todo.
—¿Pero sabías?
—Sabía que había una propiedad.
—¿Y aun así intentaste usarla?
—Yo necesitaba ayuda.
Arthur negó con la cabeza.
—No.
Señaló la carpeta.
—Tú necesitabas dinero.
Denise cayó sentada.
—Yo pensé que podía arreglarlo.
—Siempre dices eso.
Arthur se volvió hacia Daniel.
—¿Qué hacemos ahora?
—Primero, Maya no debe firmar absolutamente nada.
—Eso está claro.
—Segundo, necesitamos revisar cada documento que Denise haya presentado durante los últimos dos años.
Denise levantó la cabeza.
—¿Todos?
—Todos.
—Eso podría destruir mi vida.
Daniel la miró con seriedad.
—La decisión de ocultar información financiera durante años fue suya.
Denise comenzó a llorar.
Yo la observé.
Durante mucho tiempo había imaginado el día en que ella finalmente pagaría por todo.
Pensé que sentiría alegría.
Pero no sentí alegría.
Sentí cansancio.
Mi papá se sentó junto a mí.
—Maya.
Lo miré.
—Quiero pedirte perdón.
—Papá…
—No.
Me tomó la mano.
—No quiero que me digas que está bien.
Sus ojos estaban rojos.
—No estuvo bien.
Yo no dije nada.
—Confié en la persona equivocada —continuó—. Y mientras yo creía que te estaban cuidando, tú estabas aprendiendo a vivir sin pedir nada.
Las lágrimas me corrieron por las mejillas.
—Solo quería que estuvieras orgulloso de mí.
Arthur me abrazó.
—Siempre lo estuve.
Me quedé contra su pecho.
Por primera vez en años, lloré como la niña que había perdido a su mamá.
Y mi papá me sostuvo como debió haberlo hecho desde el principio.
Entonces Daniel recibió una llamada.
Contestó.
—¿Bueno?
Su expresión cambió.
Se levantó.
—¿Está seguro?
Escuchó unos segundos más.
—Entiendo.
Colgó.
Arthur lo miró.
—¿Qué pasó?
Daniel cerró la carpeta.
—Acaban de presentar una demanda contra Maya.
Mi corazón se detuvo.
—¿Quién?
Daniel respondió:
—Samuel Reed.
Arthur se levantó.
—¿Por qué?
Daniel miró el documento que acababa de recibir en su teléfono.
—Alega que Maya recibió trescientos diez mil dólares de manera indebida y que debe devolverlos inmediatamente.
—Eso es mentira —dije.
—Lo sé.
Daniel tragó saliva.
—Pero hay algo más.
Arthur se acercó.
—¿Qué?
Daniel mostró la pantalla.
—Samuel acaba de presentar una grabación como prueba.
Yo sentí un escalofrío.
—¿Una grabación de qué?
Daniel levantó los ojos.
—De una conversación en la que supuestamente tú aceptas vender la propiedad.
Nadie habló.
Entonces escuchamos un ruido en la puerta.
Denise levantó la cabeza.
Era su teléfono.
Había recibido un mensaje.
Lo abrió.
Su rostro perdió todo color.
Arthur lo notó.
—¿Qué dice?
Denise no respondió.
Arthur tomó el teléfono.
Leyó el mensaje.
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Solo había una frase:
*"Si no consigues que Maya firme en las próximas cuarenta y ocho horas, contaré lo que pasó la noche en que murió su madre.""*