Calm

Chapter 6: El hombre que tenía la última pieza del rompecabezas

El hombre se sentó sin pedir permiso.

Como si aquel lugar le perteneciera.

Como si hubiera esperado ese momento durante años.

Diego no le quitaba la mirada de encima.

Había algo en él que le provocaba desconfianza.

—Dinos quién eres.

El hombre sonrió.

—Me llamo Arturo Valdés.

Elena palideció.

Diego lo notó.

—¿Lo conoces?

Ella permaneció en silencio.

Eso fue suficiente.

—Mamá.

Elena respiró profundamente.

—Sí.

Arturo juntó sus manos sobre la mesa.

—Yo fui quien ayudó a Elena a desaparecer.

Diego dio un paso hacia él.

—¿Tú?

Javier se levantó inmediatamente.

Pero Elena levantó la mano.

—Espera.

Arturo no parecía preocupado.

—Sé que me odias.

—Todavía no sé qué pensar.

—Eso cambiará cuando escuches toda la historia.

Sacó una carpeta vieja.

La colocó sobre la mesa.

—Aquí están las pruebas contra Ramón Salgado.

Diego no tocó la carpeta.

—¿Por qué ahora?

Arturo soltó una pequeña risa.

—Porque Ramón murió hace seis meses.

El silencio cayó sobre la mesa.

—¿Está muerto?

—Sí.

Diego sintió algo extraño.

Durante años había imaginado enfrentar al hombre responsable de destruir su familia.

Ahora nunca ocurriría.

Pero Arturo continuó.

—Aunque dejó algo peor.

—¿Qué?

Arturo abrió la carpeta.

Dentro había documentos.

Contratos.

Fotografías.

Y una carta.

—Ramón tenía un socio.

Elena cerró los ojos.

Como si hubiera esperado ese momento.

—¿Quién?

Arturo miró directamente a Diego.

—Tu padre.

Diego sintió un golpe en el pecho.

Otra vez.

La misma acusación.

La misma herida.

—No.

Elena tomó aire.

—Diego…

—No.

Él se levantó.

—Ya escuché suficiente.

Arturo negó.

—No entiendes.

—Mi padre me mintió. Ahora resulta que también era parte de esto.

—No exactamente.

Diego golpeó la mesa.

—Entonces explica.

Arturo abrió otro documento.

—Tu padre trabajaba para Ramón, sí. Pero cuando descubrió lo que realmente hacía, intentó detenerlo.

Diego se quedó quieto.

—¿Y por qué no habló?

Elena respondió en voz baja.

—Porque Ramón tenía pruebas de algo que tu padre había hecho años antes.

—¿Qué cosa?

Nadie respondió.

La tensión aumentó.

Finalmente, Arturo dijo:

—Tu padre también cometió un error.

Diego apretó los dientes.

—Todos cometieron errores menos yo, ¿verdad?

Elena tomó su mano.

—Hijo…

Pero Diego se apartó.

Demasiadas verdades.

Demasiadas mentiras.

Demasiadas personas que habían decidido por él.

Arturo cerró la carpeta.

—Hay algo más.

Sacó una fotografía.

Era una imagen reciente.

En ella aparecía Patricia.

Pero no estaba sola.

Estaba hablando con un hombre desconocido.

—¿Qué significa esto?

Arturo respondió:

—Que Patricia nunca te contó por qué realmente buscó la casa en la subasta.

Diego sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Qué quieres decir?

—La subasta no fue una casualidad.

Elena miró la fotografía.

—Ella sabía que ibas a llegar.

Diego recordó todo.

La forma en que Patricia lo miró.

La rapidez con la que apareció.

Las advertencias.

Todo.

—¿Me estaba usando?

Arturo negó.

—No exactamente.

—Entonces dime la verdad.

Arturo guardó silencio.

Después dijo:

—Patricia quería encontrarte porque tú eres la única persona que puede abrir una caja que Ramón dejó escondida.

Diego frunció el ceño.

—¿Una caja?

—Una caja que contiene la última prueba.

—¿Prueba de qué?

Arturo miró a Elena.

Luego a Diego.

—De quién realmente destruyó a tu familia.

Afuera comenzó a llover.

Elena tomó la mano de su hijo.

Por primera vez en treinta años.

—Diego, hay algo que nunca te dije.

Él la miró.

—¿Qué?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—La noche que desaparecí, alguien de nuestra familia me entregó a Ramón.

Diego sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Elena abrió la boca para responder.

Pero antes de hacerlo, su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Su rostro cambió completamente.

Diego vio el miedo en sus ojos.

—¿Quién es?

Elena no respondió.

Solo mostró la pantalla.

Había un mensaje.

"Dejen de buscar. La próxima vez no habrá advertencias.""

Diego levantó la mirada.

Porque entendió algo.

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La verdad había estado escondida durante treinta años.

Pero alguien todavía estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para mantenerla enterrada.

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