Calm

Chapter 4: La puerta que guardaba el secreto de Elena

La fotografía cayó de las manos de Diego y golpeó el suelo de madera.

Durante unos segundos nadie habló.

Nadie se movió.

El mundo parecía haberse detenido frente a aquella imagen.

Una mujer mayor aparecía sentada en una silla sencilla, mirando directamente a la cámara.

Su cabello tenía algunas canas.

Su rostro mostraba el paso de los años.

Pero sus ojos…

Esos ojos eran imposibles de olvidar.

Los mismos que Diego había visto en sus sueños desde niño.

Los mismos que aparecían en la única fotografía que conservaba de su infancia.

—No puede ser… —susurró.

Patricia se llevó una mano al pecho.

—Diego…

Él levantó la fotografía.

—Es ella.

Su voz se quebró.

—Es mi mamá.

Javier observó la imagen con cuidado.

—¿Quién tomó esta foto?

Nadie respondió.

Porque todos tenían la misma pregunta.

¿Quién había estado viendo a Elena?

¿Quién la había encontrado después de tantos años?

Diego tomó la llave antigua que Patricia le había entregado.

Sus manos temblaban.

—Dijiste que esto abre una habitación.

Patricia asintió lentamente.

—Sí.

—Entonces vamos a abrirla.

Los tres caminaron hacia el sótano.

La entrada estaba escondida detrás de un viejo armario que parecía haber sido colocado ahí para ocultarla.

Cada paso que daban levantaba polvo.

El aire olía a humedad y madera vieja.

Al final del pasillo encontraron una puerta pequeña de metal.

Diego acercó la llave.

Antes de girarla, Patricia lo detuvo.

—Espera.

Él volteó.

—¿Qué pasa?

Ella lo miró con miedo.

—Cuando abras esa puerta, ya no habrá manera de regresar a la vida que conocías.

Diego apretó la mandíbula.

—Esa vida estaba basada en mentiras.

Y giró la llave.

La cerradura sonó.

La puerta se abrió lentamente.

Dentro había una habitación pequeña.

Pero no estaba abandonada.

Había una mesa.

Una lámpara.

Una silla.

Y decenas de documentos guardados en cajas.

En una esquina había una manta doblada.

Y encima de la mesa había un cuaderno.

Diego caminó hacia él.

La primera página tenía una fecha.

Treinta años atrás.

Y un nombre.

Elena Ramírez.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Abrió el cuaderno.

La letra era de su mamá.

"Si alguien encuentra esto, significa que finalmente alguien decidió buscar la verdad.""

Diego sintió lágrimas en los ojos.

Continuó leyendo.

"Me dijeron que desaparecer era la única forma de proteger a mi hijo.""

Javier y Patricia permanecían detrás de él en silencio.

"Pero nunca imaginé que tendría que alejarme de Diego durante tantos años.""

Diego cerró los ojos.

Su mamá sí había estado viva.

Había pensado en él.

Había sufrido.

—Ella me buscó… —dijo.

Patricia bajó la mirada.

—Sí.

Diego volteó rápidamente.

—¿Tú lo sabías?

La pregunta salió con dolor.

Patricia tardó unos segundos.

—Sabía que estaba viva.

El silencio fue peor que cualquier grito.

Diego dejó el cuaderno sobre la mesa.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace diez años.

Javier dio un paso atrás.

—¿Diez años?

Patricia empezó a llorar.

—Encontré una carta escondida en la casa de mi padre. Elena me había escrito.

—¿Y nunca me dijiste nada? —preguntó Diego.

—Porque cuando intenté buscarla, alguien me amenazó.

Diego la miró con incredulidad.

—¿Quién?

Patricia negó con la cabeza.

—No lo sabía.

Pero entonces un sonido interrumpió la conversación.

Algo había caído afuera.

Los tres se quedaron quietos.

Javier apagó la lámpara.

—No estamos solos.

Escucharon pasos.

Alguien caminaba por la casa.

Diego salió del sótano con cuidado.

La persona estaba en la sala.

Pero cuando llegó, ya no había nadie.

Solo encontró un sobre encima de la mesa.

En la parte delantera decía:

"Para Diego.""

Lo abrió.

Dentro había una hoja.

Solo una frase.

"Si quieres encontrar a tu madre, deja de confiar en quienes dicen ayudarte.""

Diego miró a Patricia.

Ella palideció.

—¿Crees que fui yo?

—No sé qué creer.

Esa respuesta le dolió más que una acusación.

Antes de que Patricia pudiera hablar, el teléfono de Diego sonó.

Era un número desconocido.

Contestó.

—¿Bueno?

Una voz femenina respondió.

Una voz débil.

Una voz que parecía venir de un recuerdo lejano.

—Diego…

Él dejó de respirar.

Porque esa voz decía su nombre de la misma manera que alguien lo había dicho cuando era niño.

—¿Quién habla?

Hubo silencio.

Luego la mujer respondió:

—Soy tu mamá.

La llamada se cortó.

Diego quedó paralizado.

Javier lo miró.

—¿Era ella?

Diego no podía responder.

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Porque después de treinta años de buscar una respuesta…

por fin había escuchado la voz que había esperado toda su vida.

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