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Chapter 2: La mujer que sabía demasiado

A las ocho de la mañana, Diego llegó a la iglesia vieja del pueblo.

No había dormido.

Toda la noche había leído las cartas de su mamá.

Cada palabra era una herida nueva.

Elena había escrito durante años.

Cartas que nunca pudo enviar.

Cartas donde hablaba de miedo, tristeza y esperanza.

Pero también mencionaba un nombre.

Un nombre que Diego no conocía.

Ramón Salgado.

El padre de Patricia.

El hombre que había sido dueño de la casa antes de que ella quedara abandonada.

Cuando Patricia llegó a la iglesia, parecía más cansada que el día anterior.

—Pensé que no vendrías.

Diego la miró serio.

—Después de leer las cartas de mi mamá, no podía quedarme sin respuestas.

Patricia cerró los ojos.

—Entonces ya encontraste la caja.

Diego se sorprendió.

—¿Usted sabía que estaba ahí?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

La mujer tardó en responder.

—Desde hace treinta años.

El silencio fue pesado.

—¿Por qué nunca me dijo nada?

Patricia bajó la cabeza.

—Porque tuve miedo.

Diego soltó una risa amarga.

—Todos dicen eso. Miedo. Siempre es miedo. Mientras mi familia sufría, ustedes tenían miedo.

Las palabras lastimaron a Patricia.

Pero no se defendió.

—Tienes razón.

Eso sorprendió a Diego.

—¿Qué pasó realmente?

Patricia miró hacia el altar vacío.

—Mi papá era un hombre poderoso. Tenía negocios, dinero y mucha influencia en el pueblo.

—¿Y mi mamá?

—Elena trabajaba en una fonda cerca de la plaza. Era una mujer buena. Demasiado buena para la gente que la rodeaba.

Patricia respiró profundamente.

—Ella descubrió algo que no debía descubrir.

—¿Qué?

—Que mi papá había engañado a muchas personas con sus negocios.

Diego frunció el ceño.

—¿Y por eso la hizo desaparecer?

Patricia no respondió inmediatamente.

Esa respuesta fue suficiente.

—Mi mamá intentó denunciarlo —continuó Patricia—. Pero nadie quiso escucharla.

—¿Y usted?

Las lágrimas aparecieron en sus ojos.

—Yo tenía diecisiete años. Era una cobarde.

Diego apartó la mirada.

—Mi mamá confiaba en alguien de su propia familia.

—Lo sé.

—¿Cómo sabe tanto?

Patricia metió la mano en su bolsa y sacó un sobre.

—Porque ella me dejó esto antes de irse.

Diego tomó el sobre.

La letra era de Elena.

"Patricia, si algo me pasa, cuida de mi hijo.""

Diego sintió un dolor profundo.

—¿Usted sabía dónde estaba mi mamá?

Patricia negó con la cabeza.

—No. Pero sé quién estuvo detrás de todo.

Antes de que pudiera decir el nombre, una motocicleta se escuchó afuera.

Javier entró rápidamente.

—Diego, tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

—Alguien entró a la casa.

Diego se levantó.

—¿Se llevaron algo?

Javier dudó.

—No.

—Entonces, ¿qué hicieron?

Javier le entregó una fotografía.

Era una imagen vieja.

En ella aparecían tres personas.

Elena.

Ramón Salgado.

Y un hombre joven que Diego reconoció inmediatamente.

Era su propio padre.

Diego sintió que el mundo se detenía.

—Mi papá…

Patricia lo miró con tristeza.

—Hay algo que nunca te contaron.

Diego apretó la fotografía.

—Dígame.

—Tu padre no era un desconocido en esta historia.

El enojo comenzó a crecer dentro de él.

—¿Qué significa eso?

Patricia respiró profundamente.

—Significa que él sabía lo que le pasó a tu mamá.

Diego salió de la iglesia sin decir una palabra.

Sus amigos lo siguieron.

Durante años había pensado que su padre también era una víctima.

Pero ahora todo estaba cambiando.

Cuando llegaron a la casa, encontraron la puerta abierta.

Dentro, todo estaba revuelto.

Pero alguien había dejado algo sobre la mesa.

Una carta.

Diego la abrió.

Solo tenía una frase.

"Tu padre te mintió toda tu vida.""

Esa noche, mientras la lluvia golpeaba las ventanas, Diego recibió una llamada de un número desconocido.

Contestó.

—¿Bueno?

Una voz vieja respondió.

—Diego… soy tu padre.

El silencio llenó la habitación.

—¿Dónde está usted?

La voz temblaba.

—Necesito verte antes de que sea demasiado tarde.

Diego apretó el teléfono.

—Después de tantos años, ¿ahora quiere hablar?

Su padre suspiró.

—Porque la persona que destruyó nuestra familia acaba de regresar.

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Y antes de colgar, dijo algo que dejó a Diego completamente paralizado.

—Hijo… tu mamá podría seguir viva.

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