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Chapter 9: El juez que juró proteger a Thomas tenía un secreto imperdonable

Daniel dejó la fotografía sobre la mesa.

No apartó los ojos del juez Hart.

—Quiero una respuesta.

El anciano permaneció inmóvil, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.

Grace abrazó a Lily, que estaba sentada junto a la estufa dibujando con un trozo de carbón sobre un papel viejo.

La niña no entendía por qué los adultos volvían a hablar en voz baja cada vez que alguien mencionaba el nombre de su padre.

Pero comprendía que algo estaba mal.

—¿Qué hiciste con la última carta de Thomas? —preguntó Daniel.

Hart se quitó los lentes.

—No todo lo que está escrito en ese mensaje es cierto.

—Entonces dime qué parte lo es.

El anciano miró a Grace.

—Hace cuatro meses, la noche antes de que Thomas muriera, vino a mi casa. Estaba muy enfermo y apenas podía respirar. Me entregó un sobre y me pidió que lo guardara hasta que alguien pudiera demostrar que Coldwell había falsificado los registros.

Grace sintió un escalofrío.

—¿Por qué no me lo dijo?

—Porque Thomas me hizo prometer que no revelaría su contenido mientras Coldwell siguiera teniendo poder sobre el condado.

Daniel se levantó.

—¿Y dónde está el sobre?

Hart cerró los ojos.

—Lo destruí.

Grace dejó escapar un sonido ahogado.

—¿Qué?

El juez bajó la cabeza.

—Coldwell me amenazó. Dijo que sabía dónde vivía mi hija y que podía acusarla de un delito que la enviaría a prisión. Me dio una noche para decidir. Creí que, si destruía la carta, podría proteger a mi familia y ganar tiempo para encontrar otra manera de ayudar a Thomas.

Daniel lo miró con incredulidad.

—¿Y luego dejaste que lo enterraran como a un hombre que había muerto de una enfermedad común?

—Sí.

—¿Dejaste que su esposa y su hija vivieran creyendo que no había nada más que saber?

Hart se llevó las manos al rostro.

—Sí.

Grace sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas.

—¿Sabe lo que tuve que hacer después de que murió? Vendí mis muebles, mis vestidos, las herramientas de Thomas. Trabajé hasta que mis manos se llenaron de heridas. Mi hija se acostó con hambre durante cinco días.

El anciano no levantó la mirada.

—Lo sé.

—¡No, no lo sabe! Usted tuvo miedo por su familia y decidió salvarla. Yo no tuve esa opción. A mí me dejaron sola para defender a mi hija de hombres que sabían exactamente lo que habían hecho.

Hart aceptó cada palabra sin intentar justificarse.

Daniel caminó hasta la ventana.

Durante años había culpado a Thomas por haberlo abandonado. Después se había culpado a sí mismo por creer una mentira. Ahora descubría que un hombre en quien había confiado también había elegido el silencio.

—¿Qué decía la carta? —preguntó finalmente.

Hart respiró profundamente.

—Thomas escribió que tenía pruebas de que Samuel había sido envenenado. Dijo que el doctor Greene había encontrado una sustancia extraña en los restos de una medicina que el patrón tomaba cada noche. Pero antes de que pudiera entregar el informe, alguien entró en su consultorio y se llevó sus notas.

Grace se acercó a la mesa.

—¿Y Thomas?

—Thomas estaba convencido de que la misma persona había empezado a enfermarlo a él. Me pidió que buscara al doctor y que no permitiera que Lily quedara bajo la custodia del condado.

Daniel se volvió lentamente.

—¿Mencionó a Coldwell?

Hart asintió.

—Y a Hargrove. Pero había un tercer nombre.

Grace sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿Cuál?

El juez miró directamente a Daniel.

—Samuel Whitmore sospechaba que su propia esposa había participado en el fraude.

El silencio fue absoluto.

Daniel retrocedió un paso.

—Mi madre murió cuando yo tenía siete años.

—Lo sé.

—¿Está diciendo que ella tuvo algo que ver con la muerte de Samuel?

—No puedo asegurarlo. Thomas escribió que había encontrado cartas que demostraban que ella conocía las irregularidades de los registros. Pero también dijo que alguien había falsificado su firma en un documento que la implicaba directamente.

Daniel se llevó una mano a la frente.

Su madre había sido una mujer reservada. Nunca hablaba de Samuel, nunca permitía que él se acercara al rancho y siempre insistía en que los Whitmore eran personas peligrosas.

Ahora Daniel se preguntaba si había sido una víctima de aquella familia o una parte del secreto que había destruido a todos.

Grace se sentó lentamente.

—¿Cómo podemos demostrarlo si la carta ya no existe?

El juez levantó la cabeza.

—Porque Thomas me entregó algo más.

Sacó del forro de su abrigo una pequeña llave de hierro.

—Me dijo que la última prueba estaba guardada en la caja de seguridad de un banco de Denver. No pude recuperarla porque necesitaba una autorización firmada por dos testigos. Uno era Samuel y el otro era Thomas.

Daniel tomó la llave.

—¿Y por qué no nos lo dijiste antes?

—Porque no sabía si todavía era posible abrir la caja. Pensé que Hargrove había conseguido cambiar la cerradura.

Grace miró la llave.

—¿Qué contiene?

—No lo sé. Thomas nunca me lo dijo.

Daniel apretó la llave en el puño.

—Entonces iremos al banco.

Margaret Ellis se ofreció a quedarse con Lily mientras los tres adultos salían.

Grace besó a su hija en la frente.

—Volveré pronto.

Lily la abrazó.

—No tardes, mamá.

—No lo haré.

El banco estaba situado en una calle comercial, entre una joyería y una oficina de telégrafos. Daniel presentó la llave y la carta de autorización que el juez había conservado.

El gerente examinó los documentos durante varios minutos.

—Esta caja se abrió hace once años —dijo finalmente—. El contenido fue retirado por un representante legal.

Daniel sintió que la esperanza se desvanecía.

—¿Quién?

El gerente consultó un libro de registros.

—Nathaniel Price.

Grace apretó los puños.

—Por supuesto.

El gerente continuó leyendo.

—Sin embargo, el registro indica que el representante dejó un sobre sellado en custodia. Hay una nota que especifica que solo puede entregarse a Daniel Mercer Whitmore, previa verificación de identidad.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿A mí?

El hombre asintió.

—Así está escrito.

Los condujo hasta una pequeña oficina y regresó con una caja de metal.

Dentro había un sobre, una fotografía y un documento doblado.

Daniel abrió el sobre.

La primera hoja contenía una declaración firmada por Samuel Whitmore en la que reconocía a Daniel como su hijo y le concedía derechos sobre el rancho.

La segunda era una carta de Thomas.

Daniel: si has llegado hasta aquí, significa que descubriste que Samuel era tu padre. Quiero que sepas que nunca te traicioné. Me fui de tu lado porque creí que así podría mantenerte a salvo mientras encontraba pruebas contra Coldwell y Hargrove.

Grace leyó por encima de su hombro.

Las palabras continuaban:

La persona que falsificó los documentos no actuó por dinero solamente. Quería asegurarse de que ninguna de las dos familias pudiera reclamar la propiedad. Y hay alguien más involucrado: el hombre que hoy controla el despacho donde se redactaron las órdenes de custodia.

Daniel levantó la vista.

—¿Quién es?

Grace pasó a la última línea.

El fiscal territorial, Andrew Bell.

El juez Hart dejó escapar un suspiro.

—Bell fue nombrado hace seis meses. Tiene autoridad para supervisar las investigaciones del condado y revisar las órdenes de protección de menores.

Grace sintió que el estómago se le cerraba.

—¿También está involucrado en lo que le hicieron a Lily?

—No lo sabemos —respondió Hart—. Pero si su nombre aparece aquí, debemos descubrir por qué.

Daniel tomó la fotografía.

Mostraba a Thomas sentado frente a una mesa, junto a un hombre de cabello oscuro y rostro severo. En la parte posterior había una fecha y una dirección.

Grace reconoció inmediatamente al hombre.

—Es el fiscal Bell.

El juez miró la imagen con atención.

—¿Estás segura?

—Lo vi en una reunión del condado, hace dos años. Thomas me pidió que lo acompañara. Bell habló de la importancia de proteger a las familias y después se quedó conversando con mi esposo.

Daniel examinó el reverso.

La dirección correspondía a una casa situada a las afueras de Denver.

—Vamos a visitarlo.

El juez Hart negó con la cabeza.

—No podemos presentarnos en su casa sin una orden. Si está implicado, podría destruir cualquier prueba que conserve.

—Entonces conseguiremos una orden —dijo Daniel.

Regresaron a la pensión y encontraron a Margaret esperando junto a la puerta.

Tenía el rostro desencajado.

—Señora Turner, tiene que venir.

Grace sintió que la sangre se le helaba.

—¿Qué pasó?

Margaret señaló la habitación.

La cama de Lily estaba vacía.

Sobre la almohada había una nota.

Grace la tomó con manos temblorosas.

La niña está bajo protección del tribunal. Preséntese mañana a las nueve si desea recuperarla.

Debajo aparecía un sello oficial.

El mismo sello que figuraba en las órdenes falsificadas de Coldwell.

Grace soltó un grito.

Daniel la sostuvo antes de que cayera.

—No —susurró ella—. No otra vez. No pueden hacerme esto otra vez.

Margaret comenzó a llorar.

—Entraron mientras yo estaba en la cocina. Había dos hombres. Dijeron que tenían autorización del fiscal.

El juez Hart tomó la nota.

—Andrew Bell.

Daniel apretó la mandíbula.

—Ahora tenemos la prueba de que está involucrado.

Grace se apartó de él.

—¡No quiero más pruebas! ¡Quiero a mi hija!

Su voz resonó por toda la pensión.

Daniel no intentó detenerla.

La vio llorar, vio cómo se doblaban sus hombros y cómo sus manos buscaban desesperadamente algo que ya no estaba allí.

Entonces se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa.

—Escúchame, Grace. Esta vez no vamos a esperar a que un tribunal decida si mereces ser madre.

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Daniel tomó el documento que demostraba su parentesco con Samuel Whitmore.

—Voy a presentar todo esto ante las autoridades federales, aunque tenga que enfrentarme a cada hombre que participó en el fraude. Y mientras tanto, encontraremos a Lily.

El juez Hart se puso de pie.

—Hay un tren que sale hacia Colorado Springs en dos horas. Desde allí podremos contactar a un representante federal que no dependa del fiscal Bell.

Grace se secó las lágrimas.

—¿Y si ya la llevaron lejos?

Daniel guardó la carta de Thomas dentro de su chaqueta.

—Entonces iremos más lejos.

Pero antes de salir, Grace volvió a mirar la nota.

Había algo escrito en el margen inferior, con una letra distinta.

No busque a su hija en el tribunal. Busque la casa donde murió Samuel Whitmore.

Daniel leyó el mensaje y levantó la mirada hacia el juez.

Hart palideció.

—Esa casa está abandonada desde hace doce años.

—¿Por qué? —preguntó Grace.

El anciano tragó saliva.

—Porque fue el último lugar donde alguien vio con vida al médico que atendió a Samuel.

Daniel tomó su sombrero.

—Entonces ahí es donde iremos.

Grace se puso de pie, con los ojos secos y el rostro endurecido.

Ya no quedaba nada de la mujer que había entrado a la tienda con siete centavos.

La habían despojado de su esposo, de su hogar y de la tranquilidad de su hija.

Pero no conseguirían arrebatarle también la voluntad de luchar.

Y cuando salieron a la calle, una diligencia pasó frente a ellos.

En su interior, sentada junto a un hombre que llevaba un abrigo oscuro, Lily observaba la ciudad a través de la ventana.

La niña no lloraba.

Tenía la medalla de la Virgen apretada en el puño.

Y en el bolsillo de su vestido guardaba un pequeño papel que había encontrado escondido dentro de la manta.

Un papel con la letra de su padre.

Si alguna vez te separan de tu mamá, busca al hombre que lleva una estrella en la mano izquierda. Él sabe dónde está la verdad.

Lily miró al hombre sentado frente a ella.

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En su mano izquierda, bajo el puño del abrigo, brillaba un anillo con una estrella grabada.

Y cuando él sonrió, la niña comprendió que el peligro apenas comenzaba.

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