Calm

Chapter 4: El testamento que podía destruir al sheriff

—¡Abra la puerta, juez Hart! ¡Por orden del condado!

El golpe hizo vibrar los vidrios de la pequeña casa.

Grace seguía mirando el testamento, incapaz de comprender por qué su hija, una niña que apenas había cumplido cinco años, aparecía como heredera de una propiedad que nunca había conocido.

Lily tenía derecho a reclamar las tierras cuando cumpliera seis años.

Y también la verdad sobre la muerte de su abuelo.

Su abuelo.

Samuel Whitmore.

El hombre de la fotografía, aquel que había perdido su rancho en circunstancias sospechosas, era el abuelo de su pequeña.

—No puede ser —susurró Grace—. Thomas me habría contado algo así.

El juez Samuel Hart tomó asiento junto a la mesa.

—Quizá tenía la intención de hacerlo. Pero los hombres que estaban detrás de este fraude no se conformaban con robar una propiedad. Querían borrar cualquier posibilidad de que alguien reclamara lo que pertenecía a los Whitmore.

Daniel se acercó a la ventana.

A través de una rendija de la cortina vio al sheriff desmontar y ajustar su cinturón. Nathaniel Price permanecía a su lado, con el rostro pálido y una mano vendada.

—No vienen a hablar —dijo Daniel—. Price sabe que encontramos el libro.

Grace guardó el testamento bajo su blusa.

—Entonces tenemos que salir por atrás.

El juez negó con la cabeza.

—La puerta trasera da a un terreno abierto. Nos verían antes de llegar al bosque.

—¿Tiene otro camino?

El anciano miró hacia una puerta estrecha que comunicaba la cocina con un pequeño almacén.

—Hay un pasillo entre mi casa y el establo. Si alcanzan el sendero detrás del molino, podrán llegar a la casa de Eleanor sin cruzar la calle principal.

Daniel tomó su sombrero.

—Grace, tú vas primero.

Ella se negó.

—No voy a dejarlo aquí para que Coldwell haga con usted lo que quiera.

El juez sonrió con tristeza.

—He pasado doce años viviendo con el peso de mi silencio. Si hoy tengo que responder por ello, lo haré de frente.

Alguien golpeó otra vez.

—¡Última advertencia, Hart!

El juez abrió la puerta antes de que Daniel pudiera detenerlo.

Coldwell entró sin esperar invitación, seguido por Price y dos hombres armados.

—Buenos días, juez.

—No recuerdo haberlo invitado.

—No estamos aquí para intercambiar cortesías. Buscamos documentos robados que pertenecen al condado.

—¿Documentos robados? —preguntó el anciano—. Qué curioso. Durante doce años nadie vino a preguntar por ellos.

Coldwell dejó de sonreír.

Price recorrió la habitación con la mirada. Sus ojos se detuvieron en la mesa, donde todavía quedaba una pequeña mancha de polvo del libro de cuentas.

—¿Dónde está el registro? —exigió.

El juez levantó las cejas.

—¿Qué registro?

—No juegue conmigo.

—A mi edad, señor Price, jugar con abogados suele ser más peligroso que jugar con niños.

Uno de los hombres del sheriff soltó una risa nerviosa.

Coldwell se volvió hacia él.

La risa murió inmediatamente.

—Samuel Hart, usted ya no tiene autoridad judicial. No puede obstruir una investigación del condado.

—Y usted no puede entrar a mi casa sin una orden.

El sheriff sacó un papel del bolsillo.

—Aquí está.

El juez lo examinó sin tocarlo.

—Esto no tiene sello oficial.

Price intervino rápidamente.

—Es una orden provisional. Será validada en cuanto el juez en funciones reciba el informe.

—Entonces no es una orden —replicó Hart—. Es un pedazo de papel firmado por un hombre que espera que todos los demás sean demasiado ignorantes para leerlo.

Coldwell se puso rojo.

—¡Basta!

Daniel salió de detrás de la puerta de la cocina.

—Tiene razón, sheriff. No hay sello, no hay firma de un juez en funciones y no hay motivo legal para registrar esta casa.

Coldwell giró sobre sus talones.

—¡Mercer!

—Coldwell.

Durante un instante, los dos hombres se miraron como si estuvieran recordando una conversación que había comenzado muchos años atrás.

El sheriff llevó una mano a la pistola.

Daniel no se movió.

—No te conviene hacerlo —dijo en voz baja.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy dando la oportunidad de salir por esa puerta sin empeorar tu situación.

Price señaló a Daniel.

—¡Él robó documentos del archivo de la iglesia! ¡Yo mismo lo vi!

—Entonces tendrás que explicar por qué estabas armado en un edificio abandonado —respondió Daniel.

—¡Intentabas destruir las pruebas!

—¿Por eso disparaste contra una viga?

Price palideció.

El juez Hart observó al abogado con creciente desprecio.

—Señor Price, ¿acaba de admitir que estuvo en la iglesia?

El abogado abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata.

Coldwell comprendió que la conversación estaba tomando un rumbo peligroso.

—Nos llevaremos a Mercer por alterar la paz. Y a la señora Turner por posesión de documentos sustraídos.

—¿Qué documentos? —preguntó el juez.

—Los que ustedes escondieron.

—No ha demostrado que existan.

Coldwell se acercó a la mesa.

—Sé que están aquí.

El juez se levantó lentamente.

—Entonces, si tiene pruebas, preséntelas ante el tribunal. Pero no tocará a esa mujer ni a su hija.

El sheriff lo empujó con el hombro al pasar.

Hart perdió el equilibrio y se apoyó en la mesa.

Daniel dio un paso hacia él.

—No vuelvas a tocarlo.

Coldwell desenvainó la pistola.

Los dos hombres armados que lo acompañaban hicieron lo mismo.

Durante un segundo, nadie respiró.

Entonces se escuchó un golpe seco en la puerta trasera.

Todos voltearon.

Un muchacho de unos dieciséis años apareció en el umbral, con las mejillas rojas por el frío y una bolsa de correo colgada al hombro.

—¡Señor sheriff! —exclamó—. ¡Lo buscan en la oficina del telégrafo!

Coldwell no bajó el arma.

—¿Quién?

—Llegó un telegrama de Denver. Dicen que es urgente.

El sheriff maldijo entre dientes.

Price se acercó a él y le susurró algo al oído.

Grace, que había permanecido oculta en el almacén, escuchó solo unas palabras.

—...si el tribunal se entera...

Coldwell guardó la pistola.

—Esto no termina aquí, Hart.

El juez señaló la puerta.

—Por primera vez en muchos años, estamos de acuerdo.

El sheriff se marchó acompañado de sus hombres. Price fue el último en salir.

Antes de cerrar la puerta, miró directamente hacia el almacén.

Sus ojos encontraron los de Grace a través de la rendija.

Y sonrió.

No era la sonrisa de un hombre que acababa de perder.

Era la de alguien que todavía creía tener una carta bajo la manga.

Cuando los caballos desaparecieron, Daniel cerró las cortinas y fue a buscar a Grace.

—¿Estás bien?

Ella salió del almacén con el testamento todavía escondido bajo la blusa.

—Ese hombre sabe que lo tenemos.

—Lo sospecha. No sabe qué documentos conservamos.

El juez Hart se sentó con cuidado y se frotó el hombro.

—Debemos llevar el testamento a Denver. Aquí no podremos conseguir una audiencia justa.

Grace miró al anciano.

—¿Y Lily? No puedo dejarla sola.

—No la dejarás —dijo Daniel—. Iremos todos.

—¿Y cómo vamos a pagar el viaje? Apenas tenemos dinero para comprar comida.

Daniel sacó unas monedas y las puso sobre la mesa.

—Tengo suficiente para llegar a Denver.

Grace lo miró con desconfianza.

—¿De dónde sacó tanto dinero?

Él guardó silencio por un momento.

—Trabajé en varios ranchos. Vendí dos caballos antes de venir.

—¿Y todo ese dinero lo está gastando en nosotras?

Daniel se acomodó el sombrero.

—No todo se trata de dinero, Grace.

—Para usted quizá no. Para mí, cada centavo significa que Lily puede comer mañana.

Él bajó la mirada.

—Tienes razón. No debí hablar como si no importara.

Grace se sorprendió de nuevo.

Aquel hombre podía ser obstinado, pero no parecía incapaz de reconocer sus errores.

El juez abrió un cajón y sacó un pequeño mapa.

—Hay algo más que deben saber. El testamento no es suficiente para recuperar la propiedad. Necesitamos demostrar que el registro territorial fue alterado y que el dinero de Samuel Whitmore desapareció por un fraude.

—Tenemos el libro de cuentas —dijo Grace.

—Y necesitamos encontrar el contrato original.

Daniel observó el mapa.

—¿Dónde podría estar?

Hart señaló una marca junto a las montañas.

—Samuel tenía una caja fuerte en su antiguo rancho. Cuando lo despojaron de sus tierras, la propiedad pasó a manos de una compañía que supuestamente había comprado todo legalmente.

—¿Quién dirige esa compañía? —preguntó Grace.

El juez la miró a los ojos.

—Nathaniel Price.

Grace sintió un vuelco en el estómago.

El abogado no solo estaba defendiendo los intereses de alguien poderoso.

Él mismo podía ser uno de los principales beneficiarios del fraude.

Daniel dobló el mapa.

—Entonces iremos al rancho.

—No pueden entrar sin autorización —advirtió Hart—. El terreno tiene vigilantes.

—No necesitamos quedarnos mucho tiempo. Solo encontrar el contrato.

Grace negó con la cabeza.

—No voy a permitir que arriesguemos la vida por un papel.

Daniel se volvió hacia ella.

—Si no lo encontramos, Coldwell podrá seguir amenazándote. Y cuando Lily cumpla seis años, quizá ya no quede nada que reclamar.

Grace miró el testamento.

Pensó en su hija dormida bajo una cobija prestada. Pensó en los siete centavos que había recogido del suelo, en las amenazas del sheriff y en la forma en que Price había hablado de Thomas.

No podía seguir huyendo.

—Vamos al rancho —dijo finalmente—. Pero no quiero que nadie dispare por mí.

Daniel asintió.

—Trataré de que no sea necesario.

El juez Hart preparó una bolsa con provisiones y guardó una copia del testamento en el forro de su abrigo.

Antes de despedirse, tomó la mano de Grace.

—Hay algo que nunca te he contado sobre Thomas.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Qué cosa?

El anciano miró hacia la ventana.

—La noche antes de morir, tu esposo vino a verme. Estaba convencido de que alguien había envenenado a Samuel Whitmore años atrás para quedarse con sus tierras. Y me dijo que había encontrado una conexión entre aquella muerte y la enfermedad que él mismo padecía.

Grace sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Qué está diciendo?

Hart apretó sus dedos.

—No tengo pruebas de que Thomas fuera envenenado. Pero creo que él sospechaba que su enfermedad no había sido natural.

Daniel se puso rígido.

—¿Por qué no me lo dijo antes?

—Porque no sabía en quién confiar.

Grace retiró lentamente la mano.

El mundo que conocía parecía desmoronarse a su alrededor.

Su esposo podía haber sido víctima de un crimen.

La propiedad de su hija podía haber sido robada.

Y el hombre que había amenazado con separarlas estaba relacionado con ambas cosas.

Afuera, una campana anunció el mediodía.

El juez Hart miró a Daniel.

—Vayan por la niña. Salgan del pueblo antes de que oscurezca.

Daniel abrió la puerta.

Pero justo cuando Grace iba a seguirlo, un ruido de cascos resonó en la calle.

Un jinete se detuvo frente a la casa.

Era un empleado de la oficina del sheriff.

Traía un sobre sellado.

—¿La señora Grace Turner?

Ella dio un paso adelante.

—Soy yo.

El hombre le entregó el sobre sin desmontar.

—Orden del condado.

Grace lo abrió con manos temblorosas.

Dentro había una notificación que declaraba a Lily en situación de abandono y autorizaba su traslado inmediato a Denver bajo custodia de las autoridades.

La fecha estaba escrita a mano.

Era de aquella misma mañana.

Y al pie del documento aparecía la firma del hombre que debía garantizar la legalidad de todo el procedimiento.

El juez Samuel Hart.

Grace levantó la mirada, horrorizada.

—¿Usted firmó esto?

El anciano se quedó pálido.

—No.

Daniel tomó el papel y examinó la firma.

Era casi idéntica a la del juez.

Casi.

Pero debajo del nombre había una pequeña marca que ninguno de ellos había visto antes.

Una estrella de tres puntas.

La misma señal que Thomas utilizaba para identificar sus mensajes auténticos.

Y eso solo podía significar una cosa.

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Alguien había estado copiando la letra de Thomas durante años.

Y ahora también estaba falsificando la firma del juez.

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